Escuchando a mi madre parlamentar diplomáticamente con
nuestro querido agaporni “Yupi”, se me vienen algunas historias a la mente que
no merecen menos que ser plasmadas en papel para perdurar en la posteridad.
Sobre el tema este que os digo. Lo de hablar pacíficamente con una psitácida
psicópata con brotes psicóticos. ¿Trabalenguas? No. Empirismo.
No me gustaría aburrir con los detalles (tan escabrosos
como verídicos) resultantes de mi estudio intensivo sobre este “inseparable”
fenómeno. Así que para que os hagáis una idea de lo que se ha avanzado en el
proceso de entendimiento para con los animales tengo que poneros en
antecedentes. Esto viene a ser, los años de experiencia en este campo de mi
señora madre.
Hubo un tiempo en el que se podía dar largos paseos por el
campo (al menos en mi pueblo y siempre
que no estuviera abierta la veda) con toda la tranquilidad del mundo. Así que,
cambiando el respetable deporte del silloning por un poquito de contacto con la
naturaleza , nos fuimos un buen día, hará un año o poco más, mi madre, mi
hermana y yo, a bajar el almuerzo saludablemente por esas lindes de la campiña
cordobesa.
Cuando llevábamos cerca de una hora de caminata, y a falta
de alternativas geográficas por las que continuar la expedición, a una servidora
aquí presente se le ocurrió la feliz idea de volver a casa y por el mismo
camino. Tanto más feliz sería la idea que, casi al mismo tiempo, aterrizó en la
azotea de mi madre.”¡No! ¡Atajemos por ahí!” (Necesitaría un capítulo entero,
probablemente de quince folios, para explicar la inmemorial e insana afición de
mi madre por meterse en sitios que no conoce con tal de acortar el camino).
Así que, puesto que una vez que se le pela el cable y decide
tirar por ahí o por allá todos los intentos por hacerla entrar en razón y
lógica son inútiles, allí que fue Antonia de la jungla (y nosotras detrás) a
adentrarse por un caminito aparentemente tranquilo y pacífico. En ello
estábamos cuando mi ojo avizor, a la par que miope pero siempre sollispado en
terreno desconocido y por lo tanto hostil, creyó ver un movimiento lateral en
la distancia. Sin pararme todavía me giré hacia el punto donde se hallaba mi
avistamiento y, frunciendo el ceño al estilo del tito Clint, solté la típica
pregunta retórica y osada del que ve menos que un gato de yeso pero tiene que
mantener la dignidad: ¿eso de allí qué es lo que es?
La contundencia de la respuesta no se hizo esperar.”Parece
un perro”. Debo aclarar aquí un pequeño detalle insignificante. A un lado del
camino había una alambrada que rodeaba una parcela de dimensiones importantes,
en cuyo centro se encontraba la correspondiente casa/casita/casilla, más o
menos a unos doscientos metros de la linde y de nosotras. Pues bien, vuelvo a
los acontecimientos. Parece ser que en el momento pregunta-respuesta, sin que
nos percatásemos de ello, se estableció una mágica conexión entre el objeto de
mi visualización y los objetos de la visualización del susodicho, o sea,
nosotras.
Más o menos a esa altura yo, que tengo un especial olfato
para las situaciones peliagudas, ya había activado el protocolo de alarma y
huida y quise, solidariamente, compartirlo con mi familia, para que
sigilosamente…saliéramos de allí cagando leches. A lo que mi madre, muy en su
línea de la jungla, alegó “Anda, ¿qué nos va a pasar?¿no ves lo lejos que está
el perro? Además, está vallado, ¿qué va a hacer saltárselo?”.
¿Conocéis esa situación tensa en la que estás pensando con
todas tus fuerzas “no lo digas, no lo digas, no lo digas”, y va y lo dice? Pues
fue así exactamente. Todo lo que vino después de eso lo recuerdo nítidamente a
lo matrix. Me paré en seco, y
robóticamente enfilé al bicho con la mirada desde la distancia. En milésimas de
segundo me percaté de que el bicho también me miraba a mí, y si hubiéramos
tenido espuelas y revólver aquello hubiera sido la muerte tenía un precio. No se trataba de un simple perro, así a
ojímetro calculé que era un basto cruce de mastín de Mordor con pastor morlaco
del averno, quizás con algo de bóxer verraco de las cavernas. ¡Miedo es decir
poco! Lo vi cuadrarse allí, en la otra punta, a tantísimos metros. Y yo ya
había dado la vuelta con mi hermana cuando el endemoniado bicharraco echó a
correr, cual caballo de Atila, quemando la tierra bajo sus pulpejos de hierro,
hacia nosotras.
Mi madre, fiel creyente y practicante de la fé hippie de la
diplomacia animal, se quedó clavada delante de la alambrada, desoyendo nuestros
razonables e insistentes consejos de “vamos, cojones, que verás tú si nunca ha
pasado nada en el pueblo y vamos a ser nosotras las protagonistas de la muerte
más tonta de la historia”. Cualquiera puede pensar que la buena mujer,
atenazada por el pánico e incapaz de mover un músculo, no podía salir corriendo
de allí. Pero no, fue mucho mejor. La señora tuvo otra feliz idea, en este
caso, la de esperar del otro lado al orco de Moria enfurecido, ladrando como un
descosido, y soltando unos cuajarones de babas a diestro y siniestro con el
galope tendido, para decirle cariñosamente (y cito literalmente): eh, amigo,
tranquilo.
Después de decírselo dos veces y gesticular con las manos
en un intento de conseguir que la bestia dejara de saltar asomando medio cuerpo
por encima de la valla, alargué mi mano
maravillosa y le pegué un tirón del brazo a mi madre. Y en ese momento ya sí,
salimos de allí a la velocidad de las cagaleras.
Fue un verdadero milagro de los Dioses que el sicario de
Satanás no nos hiciera trizas. Llevábamos un buen trecho recorrido y lo
seguíamos escuchando ladrar (el cancerberos al lado de eso era un castrati).
Tiempo después, comentando la historia, nos enteramos de que no era la primera
vez que tenían problemas con ese animal. Y que más de una vez se había saltado
la alambrada… ¿Moraleja? Atajos de mi madre no, por favor. Y la diplomacia,
si no funciona en el congreso de los
diputados, no va a funcionar en mitad del “campo pelao”.
Teniendo en cuenta todo esto no es difícil entender por qué
le dice al pollo, suave y conciliadoramente, “no seas malito eh” cuando le pega
unos picotazos que le abre un boquete en la oreja. Ante todo, diplomacia
animal. Y mucha fé hippie. A ver con qué amorosa filosofía contraataca cuando
le pique un ojo. Desde luego podéis estar seguros de que os lo contaré (si no
me mata antes el plumífero para no dejar testigos).
Raquel Alcaide