viernes, 23 de abril de 2021

Apuntes por el Día del Libro

Da igual si el día ha sido corto o largo, intenso, pasajero o rutinario, si al final puedo caer en la cama como un ladrillo, a todo lo largo, y abrir un libro, y leer un rato. Ése será mi premio, y será mi bálsamo.

Hace dos noches empecé un título nuevo, de tapa blanda y edición casi de bolsillo —no importa, no soy prejuiciosa ni talibana, puedo quererlo igual—; sin pensarlo en modo alguno, de manera totalmente automática, hice lo que hago siempre: saludé, presenté mis respetos y mis nobles intenciones, y, sin pedir permiso, hundí mi nariz chata entre sus páginas. Inspiré, aspiré y respiré varias veces, y me dejé llevar un rato. Era mi premio y era mi bálsamo. No había ninguna prisa.

Esto no es nuevo para mí —soy vieja (y pelleja) oledora de libros—, y aun así me pilló ciertamente a desmano, a contrapelo y desenfocada, la imprevista tromba de nostalgias comprimidas que mi bulbo olfatorio descargó impunemente sobre una parte de mi cerebro cuyas insondables conexiones desconozco pero que es, claramente, la hacedora de magia.

¿Cómo se explica si no? ¿Cómo puede ser que un papel tan nuevo, tan recién sacado del horno, tan tibio, tan sin tocar, pueda oler así?

Olía al Carabás 1 y al Micho 2, a la editorial Anaya y a Vacaciones Santillana.

Olía a la mesita de noche de mi cuarto de cuando tenía doce años, al altillo del armario empotrado, al rincón donde mi madre escondía las revistas del Círculo de Lectores.

Olía al polvillo de las estanterías metálicas de la biblioteca del pueblo y a todos los libros que Ana Cabello dejaba que me llevara a casa, sabiendo de sobra que se me pasaría la fecha del préstamo antes de que pudiera leérmelos todos.

Olía a Alfaguara, a las ediciones con el lomo de color mostaza y al Pequeño Vampiro.

Olía a las aventuras de la Celia de Elena Fortún que mi madre nos leía por las noches.


Olía a estaciones enteras en la campiña.

Olía a norte y a sur y a los mapas físicos y políticos del libro de Sociales de primero de la ESO.

Olía a diarios con candado, a collares de macarrones y a cajas con gusanos de seda. Al verano del 92.

Olía a Nesquik con galletas, a guerras de globos de agua, a medias noches con nocilla y polos Flash de la marca Kelia. A cumpleaños de tres días.

Olía a paseos por el campo, con perros gigantes que parecían molinos y molinos enormes que se convertían en castillos.

Olía a la historia del melonero que nos contaba mi padre; a mi abuela chillándole a mi abuelo porque le daba el pan con la boca a los pichones; a mi perro D’Artacán, al que todos se empeñaban en llamar Sandokán.

Olía a macetas en las puertas, a alfombras de juncia y a peroles de arroz el domingo de las cruces de mayo en la Sendilla.

Olía a cuentos que no recuerdo que escribí, a doña Amparo y a la señorita Josefina.


Olía a teatro y a piscina.

Olía a nervios de la Selectividad.

Olía a jazmín y a naranjas, al bullir de los gorriones y verderones por la mañana temprano en el corral.

Olía a toda la vida leyendo y viviendo.

Olía a calma y a libertad.

Y todo eso en un segundo. Como para no marearse con tanto olor ¿verdad? ¡Maldita celulosa y sus intríngulis químicos con aroma a viajes en el tiempo!

Por supuesto, después de todo esto, me puse, por fin, a leer.



¡Feliz Día del Libro!


RAV
23/04/2021

martes, 9 de febrero de 2021

La vida, el universo y todo lo demás

 

 


“Dijo que una noche apareció una nave en el cielo de un planeta por el que nunca se había visto ninguna. El planeta se llamaba Dalforsas; la nave era en la que estaban. Surgió como una estrella nueva y brillante que se movía silenciosa por el firmamento.

Tribus primitivas que se sentaban acurrucadas en las Laderas del Frío levantaron la vista de sus humeantes copas nocturnas y señalaron con los dedos temblorosos, jurando que habían visto una señal, un signo de sus dioses que les indicaba que debían levantarse al fin y matar a la maligna Princesa de las Llanuras.

En las altas torres de sus palacios, la Princesa de las Llanuras alzó la vista y vio la estrella brillante, que sin lugar a dudas interpretó como una señal de los dioses para atacar a las malditas tribus de las Laderas del Frío.

Y entre ambos, los Habitantes del Bosque miraron al cielo y vieron la señal de la nueva estrella; sintieron miedo y recelo, pues aunque nunca habían visto nada parecido, sabían exactamente lo que presagiaba, e inclinaron la cabeza con desesperación.

Sabían que cuando llegaran las lluvias, habría una señal.

Cuando las lluvias terminaran, habría una señal.

Cuando el viento se levantara, habría una señal.

Cuando el viento cesara, habría una señal.

Cuando en aquella tierra naciera una cabra con tres cabezas a media noche de un día de luna llena, habría una señal.

Cuando a alguna hora de la tarde naciera en aquella tierra un gato o un cerdo enteramente normales sin ninguna complicación en el parto, o incluso un niño con la nariz respingona, eso también se tomaría a menudo como una señal.

De modo que no cabía duda alguna de que una estrella nueva en el cielo era una señal de un tipo particularmente espectacular.

Y cada nueva señal significaba lo mismo: que la Princesa de las Llanuras y las Tribus de las Laderas del Frío estaban a punto de armar otro alboroto.

Eso no sería tan malo si la Princesa de las Llanuras y las Tribus de las Laderas del Frío no decidieran siempre armar jaleo en el Bosque, y si en los enfrentamientos no llevaran siempre la peor parte los Habitantes del Bosque, aunque por lo que les concernía nunca habían tenido nada que ver en ello.

Y a veces, después de algunos de los peores atropellos, los Habitantes del Bosque enviaban un mensajero al jefe de la Princesa de las Llanuras o al de las Tribus de las Laderas del Frío exigiendo saber la razón de aquella conducta intolerable.

Y el jefe, cualquiera que fuese, llevaba al mensajero aparte y le explicaba la razón despacio, cuidadosamente, prestando gran atención a los detalles.

Y lo terrible residía en que era una razón muy buena. Muy clara, muy sensata y firme. El mensajero bajaba la cabeza sintiéndose triste y estúpido por no haber comprendido la complejidad y dureza del mundo real y las dificultades y paradojas que había que aceptar si se vivía en él.

¿Comprendes ahora? decía el jefe.

El mensajero asentía en silencio.

¿Y entiendes que estas batallas debían librarse?

Otra seña muda.

¿Y por qué debían llevarse a cabo en el Bosque, y por qué son en beneficio de todos, incluso de los Habitantes del Bosque?

Pues…

A la larga.

Pues sí.

El mensajero comprendía la razón y volvía al Bosque con su gente. Pero al acercarse a ellos, al caminar por el Bosque, entre los árboles, descubría que lo único que recordaba de la razón era lo tremendamente clara que le había parecido la argumentación. No recordaba en absoluto de qué trataba.

Lo que, por supuesto, constituía un gran alivio cuando las Tribus y la Princesa entraban en el Bosque a sangre y fuego, matando a todos los Habitantes del Bosque que se presentaban a su paso.”


Éste es un delicioso fragmento de la obra de Douglas Adams, "La vida, el universo y todo lo demás", tercer libro de una saga genial sobre hilarante ciencia ficción en absoluto exenta de surrealismo y finísima crítica social. Una verdadera maravilla.


lunes, 1 de febrero de 2021

Cartas azules


 



Madrid, 1 de febrero de 2021

 

¡Hola, tronk!

 

Perdona por no haberte escrito antes, supongo que se me hacía bola —justo como está pasando ahora—, pero es uno de febrero y ya no podía dejarlo pasar más. Intentaré no ponerme muy mermelada, que sé que a ti ese rollo pasteloso no te gusta nada (ya empiezo con las rimas, prepárate).

Este mes es súper cuadriculado, empieza en lunes y acaba en domingo. En la agenda queda bastante guay, porque no tengo que hacer el pino con las orejas para que me cuadren los espacios, pero molaría que fuese bisiesto aunque sólo fuera por joder. No te preocupes, que estoy de buen humor. ¡Para un día que sale el sol no me voy a quejar! Un Lorenzo que pega hoy, tía… He ido a dar una vuelta por el parque y he pasado hasta calor. Estaba el cielo impresionante de limpio y de azul, azul potente, azul del tuyo, ya sabes. Y he tenido que pararme y sacar el móvil para echar fotos porque ha pasado una bandada inmensa de cigüeñas y me he tronchado el pescuezo como una monguer mirando p’arriba. Tú habrías hecho lo mismo. Las dos como dos pavas pegando saltitos, porque parece ser que no hemos visto un puñetero pájaro en la vida.

Que dice el refrán que por San Blas a la cigüeña verás, pero con el cambio climático las tenemos ya todo el año, y aun así a mí me sigue flipando verlas. Que, bueno, ¡no te lo he contado! ¡Lo de la Filomena, tía! Una movida con la nieve que esto ha sido más grande que el Día de la Juncia en mi pueblo, no te digo ná y te lo digo to. Una capa de mierda blanca que nos ha cubierto…que vaya tela, y luego un zambombazo en La Latina por un problema con el gas, y un meteorito raspando la estratosfera, y terremotos en Granada, y otro trozo de meteorito por allí… ¡Qué puta locura! Vamos, yo estoy deseando ya que lleguen los alienígenas. Sé que no va a ser el Doctor con la tardis, pero por pedir que no quede ¿no?

Y yo sigo en el paro, podría ponerme a fabricar mi propia nave espacial, que algo de tiempo libre tengo. Veo de vez en cuando las ofertas del Colegio y me pongo a resoplar, y ahí sigo echando balones fuera e intentando buscarme la vida por otro lado. A lo de Correos le pegué al final la patada, los apuntes más aburridos del Universo, nena. Y ahora estoy viendo unas clases gratuitas como de iniciación a la redacción digital; tienen buena pinta, no sé en qué acabarán pero estoy segura de que te encantarían. ¿Te acuerdas de aquella historia que me enviaste por Facebook de la compañera que había conseguido salirse del gremio y dedicarse al diseño gráfico o algo así? Pues ayer vi otra de una chavala que también lo había dejado para convertirse en redactora digital y le iba súper bien. Hay que conseguirlo como sea, colega. ¡Como sea!

Lo que no sé es cuándo voy a terminar todas las cosas que tengo pendientes, todos los proyectos y manualidades que tengo en la lista… ¡El que no se estresa es porque no quiere! Un álbum súper guapo quería hacer con la excursión que hicimos hace cuatro o cinco años ya, la ruta de los cascos de Star Wars ¿te acuerdas? Vaya día más de puta madre que echamos. Yo quería hacer un álbum con las páginas en forma de casco de Stoormtrooper, y poner dentro las fotos más chulas (que si no nos echamos quinientas aquel día, no nos echamos ninguna); y luego quería hacer no uno, sino varios, para regalaros una copia a ti y otra a la Vero para que la tuvierais de recuerdo. Ahora sí que voy tarde ¿eh?

¡Bueno! Y me acabo de leer un libro que te habría encantado. Me lo regaló Viveka, que está llena de amor y de flipamiento cósmico, y es que te lo habrías leído en una tarde. A mí me partió en dos la cabeza, pero como Tokyo Blues, tronk. Que el arte japonés a mí se me escapa, to mu bonito pero to mu triste; ahora, eso sí, yo lo respeto mucho y sobre todo el sushi me lo como con amor y admiración y con hambre insaciable —tengo que aprender a hacerlo en casa con aquella receta que me diste—. Seguramente ya sabes de qué va la historia, porque desde la primera página estuve pensando en ti, así que de alguna manera te lo has leído conmigo. Y la Vero me regaló un cuadro con una lámina muy cuqui y muy azulona que pone “corazón de veterinaria” encima de una ilustración que parece un esquema del Joaquín Vivo en la pizarra del aula grande de Sanidad Animal. Y mola un montón, y es azul, y también me recuerda mucho a ti.

Tengo que ir terminando la carta, guapa, o esto se va a poner acuoso irremediablemente, y ni tú ni yo queremos eso. Que nosotras somos de acero inoxidable, y todo el mundo lo sabe, hay que mantener la moral alta y la cabeza también. Dientes dientes, que es lo que jode. Como la putada de no poder decirte hoy, como otras veces, feliz feliz no cumpleaños, porque esta vez es amargamente cierto. Y a pesar de eso sé que desde algún lugar te asomarás a través del espejo y un poquito sonreirás.

Sigues muy viva en nuestras patatas, y en todos los azules de la Tierra. Prometo escribirte más, y adoptar un gato cuando pueda.

Un abrazo, Peliblue.

Hasta siempre, amiga.

 

Raquel

lunes, 25 de enero de 2021

Por un kilo de brevas

 

Arsacio y Flora vivían en el campo, allí en el valle, casi al fondo del todo, entre dos laderas plagadas de pitas y olivos. En una casita baja y ancha con un par de puertas, tres ventanas y tejado y medio, se recogían del sol y de la lluvia cuando encartaba, amanecían y anochecían con su rutina de lechugas, cabras y pan duro, y con los tres hijos que les habían tocado en suerte. Tenían unas cuantas gallinas también, y un granado y un ciruelo, y alguna higuera. No era una gran hacienda —ni  siquiera se distinguía dónde terminaba la casa y dónde empezaban las zahúrdas y el corral—, pero les daba para sobrevivir, y después de una guerra no se hacían preguntas; se daban las gracias sin hablar y seguían adelante.

Muy lejos de la romántica idea que de la naturaleza tenemos en los tiempos modernos, la vida extramuros despierta todos los días antes que los propios gallos y se acuesta mucho después de que encandile la luna. Así se encallecían, también entonces, las manos y se curvaban poco a poco la cerviz de los padres y el lomo de los hijos. Desde temprana edad se aplicaban estos en las faenas del hogar, luego —si querían Dios y la vaca negra— aprendían a leer, a escribir y las cuatro reglas, y con siete u ocho años estaban ya listos para recoger aceitunas, cortar ajos, limpiar cuadras o lo que falta hiciera para arrimar el hombro y ganarse el sustento diario.

La hermana mayor y el desgarbado zagal de en medio conocían de sobra sus deberes y, con más o menos entusiasmo, asumían su parte de carga; pero Adela, la pequeña, iba todavía a la escuela y andaba justo en esa edad en que pronto se decidiría para ella el mismo destino que para sus hermanos. ‹‹Mucho trabajo, señor maestro, no están los tiempos para soñar. La esperanza y el futuro son cosa de los intelectuales…››, le decía el bueno de Arsacio a don Martín varias tardes a la semana y cierto domingo esporádico, cuando el viejo profesor se dejaba caer por la casilla para intentar conducir al hortelano por el camino de la razón. Que no gastaba mollera dura Arsacio, y de noble como era no le había levantado la voz ni soltado un alpargatazo a ninguno de sus vástagos en sus cortas vidas, pero no estaba la cosa para pagar estudios y encima dejar en barbecho unos brazos frescos y lozanos que siempre venían bien para mantener a flote la economía.

El maestro, por su parte, no perdía la fe, los estribos ni la paciencia. De todo eso tenía bastante y, con su boina calada y su chivata de avellano, se acercaba a darle la charla cada vez que veía ocasión. Gran empeño y dialéctica ponía en convencer al padre de familia para que diera la oportunidad a su benjamina de medrar en los estudios, y agotados ya todos sus argumentos los repetía sin desanimarse, confiando para sus adentros en aquello de que no liga el burro por guapo sino por insistente.

Una tarde de primeros de junio, con la excusa de catar las primeras brevas de la temporada, se pasó don Martín por la huerta de Arsacio, y allí que lo encontró sembrando unos calabacines y rumiando cosas que él sabría entre dientes. Mientras preparaba éste la romana para pesar la fruta, aprovechó el maestro como quien no quiere la cosa y volvió sobre el tema:

—¿Y no se ha pensado usted lo que le dije el otro día, Arsacio?

—Si es que no hay nada que pensar, don Martín. Yo se lo agradezco de veras, pero son   muchas bocas que alimentar.

—Mire que se le dan bien las matemáticas a la niña, y es aplicada y despierta —seguía relatando el maestro con calma.

—Eso está bien. Así no me la engañarán con la paga a final de mes, que ya está crecidita y ha empezado a servir por las tardes en una buena casa.

—Vaya por Dios. Así que ya la han puesto a trabajar… Pero la dejarán volver al colegio el curso que viene ¿verdad?

—¿Le pongo algo más aparte del kilo de brevas? —Arsacio no quería ser descortés, pero había que ir abreviando con el palique, que se deshilachaba el día.

El maestro siguió a lo suyo y pareció iluminársele de pronto la frente. Con una media sonrisa se jugó una pequeña carta.

—Bueno, y digo yo… ¿Qué le parecería que Adelita viniese a limpiar mi casa? Mi señora no da abasto entre tanto quehacer y cuidar de su madre, que está ahora pachucha. Así podría ganarse unas perrillas y yo le seguiría dando clases con su permiso.

Arsacio suspiró tan profundamente que un gato que le andaba alrededor puso el rabo gordo y se alejó receloso.

Unas semanas más tarde acabó dando su brazo a torcer y dejó a la cría seguir recibiendo instrucción básica de don Martín. Le tenía aprecio al hombre y, si tanto interés había mostrado éste en la niña, quizás merecía la pena darle una oportunidad. Si la cosa salía mal, trabajo no le iba a faltar; la metería en otra casa de gente pudiente o la mandaría por las mañanas a subir al pueblo a vender leche y huevos.

Estaba bien tenerlo todo pensado, por si acaso, pero con los años acabó descubriendo que aquellas alternativas nunca le harían falta. Adela se aplicaba con energía y tesón a sus libros, y pronto hubo de despedirse de don Martín para seguir recibiendo formación de otros profesores. Gracias a las recomendaciones de éste y a las buenas notas que se esforzaba en sacar, consiguió varias becas que le permitieron mudarse a la ciudad para continuar con sus estudios.

El bueno de don Martín vivió para ver cómo su pupila se convertía en médico. El primer médico que tuvo aquel valle, por un kilo de brevas.


#MiMejorMaestro


RAV


viernes, 1 de enero de 2021

"Cayeron torres, pero Spiderman no pudo estar..."

 

Hace unos doce meses trabajaba en la portada de mi agenda, en el mes de enero, intentando copiar dignamente la cabeza de un león aristoso, afilado y desafiante, que había encontrado en internet. Me pareció buena idea, pues las circunstancias del momento me habían llevado a ese camino brumoso que une la casita campestre y feliz con el castillo del ser oscuro, y la niebla no me dejaba ver en qué dirección se movían mis pies, así que lo único que se me ocurrió hacer fue lo que hago siempre, presentar batalla y que salga el sol por Antequera. La frase que reza nada más abrir el cuaderno podía haber sido ésa –ahora  que lo pienso, pero quedaba más romántica aquella letra de Héroes: La derrota no es una opción, y no hay excusa. Está claro que de haber tenido poderes predictivos habría seguido cantando parasiempre me parece mucho tiempo…

Estaba dudando si meter esa última oración entre paréntesis, pero se me han jodido las teclas de la segunda fila del portátil. Tendrá que quedar así, espero que pueda soportar los embates de la crítica moderna del lector riguroso. La cuestión es que, sin darme cuenta, ése ha sido mi mantra desde entonces. Si puedo elegir, elijo no rendirme. Y me voy a poner ese pin, porque me apetece, la verdad. No es que me haya levantado hoy con el discurso pensado, ni con mariposas en el estómago o subidones hormonales de purpurina con fresa, muy al contrario, tengo contracturas hasta en las cejas y he dormido como si hubiera estado descargando sacos de harina toda la noche, arreando a mi contrario para que dejara de roncar y dando más vueltas que un manco remando, pero me ha entrado el calambrazo de hacer inventario y aquí estoy, poniéndome mi pin. Ea.

¿Quedará muy Mermelada Coelho si hago repaso y ensalzamiento de cosas buenas? No sé muy bien por dónde meterle mano a esto, mi reputación de Grinch podría verse gravemente afectada, aunque, por otra parte, mi calendario de Adviento y las galletas de canela y jengibre con sabor a Navidad –y a canela y jengibre me salen cada vez mejor, y eso es muy contradictorio, claramente. En cualquier caso, lo que es impepinable es que he llegado hasta aquí, y eso mola bastante. Porque, a ver, cuando una empieza temporada nueva con trabajo nuevo, lo último que piensa es que va a llegar hasta el final y a sobrevivir para contarlo, pero mira, lo que yo decía, un pin pa’ mí.

Todo comenzó con la forja de los Grandes Anillos…Perdón, mi vida no es tan épica, pero yo sí, qué le vamos a hacer. Pues eso, que los nuevos capítulos empezaron con curro a destajo en la otra punta del reino. Conocí a gente muy caramelo y a gente muy última loncha de choped de táper de una semana; también a criaturas insidiosas y corrosivas, con veneno en la sangre, surgidas de algún abismo negro y antiguo como el mundo y como el cagar. De todo tiene que haber en la viña del Señor. Aprendí muchas cosas –algunas  incluso de mi profesión y aguanté como una jabata hasta final de trayecto, o de contrato en este caso. Y estoy orgullosa. Y cagada de miedo, que también lo estuve, y lo estoy, y lo estaré, pero oye, ahí lo llevamos, el miedo y yo, la mierda y yo, el cable de la cabeza y el culo, ya sabéis, la vida, los autobuses enlatados, equilibrismo en el metro, vapores de alcohol como densas nubes a nuestro alrededor, como si fueras a ser Rocío Jurado, esa noche, en Lluvia de estrellas. ¡Ahora sí que estoy resumiendo! Joder, ya era hora.

Entre toda esa aventura perdí sin querer un puñado de kilos, algún teléfono y una buena amiga. Cosas que pasan. En los tres casos la lucha continúa. En abril me acordé de que la respuesta a la vida, el universo y todo lo demás es 42, así que me tatué el Don’t panic! en el cerebro y mi costumbre se encargó de recordármelo cada vez que volvía del baño con cara de chino con diarrea –ser friki ayuda mucho a motivarse, tener un compañero de viaje que sabe cuándo hay que soltar un par de hostias figuradas, también–. Mayo fue asqueroso, en junio me imaginé que cada día era un capítulo de Doctor Who, de julio no me acuerdo, pero en agosto vi a mi familia cuatro días y a la bella Galicia otros tantos, y en A Costa da Morte no eché de menos la tardis. Luego aproveché el paro para pasarme la ITV, y volví a pasar miedo, y luego alivio, y luego miedo otra vez, y luego suspiré, y resoplé, y al final cagué duro. Una montaña rusa de emociones y texturas. Y aquí estoy, al final de tantas cosas, enrollándome como siempre, descontenta con la estructura y la forma de estos párrafos, descubriendo una vez más por qué no suelo hacer esta clase de remember flipado de anuario. Tan flipado que empecé escribiéndolo ayer y lo estoy acabando hoy. Pausa para rellenarme el té –rojo con chocolate, algarroba y arroz inflado, y una cucharadita de miel de espliego, deberíais probarlo, templa el espíritu y amodorra las tensiones sociales–.

El caso es que, a pesar de haber tenido que renunciar como todo el mundo a tantas cosas, no me parece justo menospreciar otros tantos méritos conseguidos, cosas bonitas y hasta útiles que he encontrado por el camino, y metas nuevas que en otro momento nunca se me habría ocurrido siquiera proponerme. Adaptarse no significa someterse, significa rediseñar el método de lucha para seguir sobreviviendo, y eso es todo lo que estoy –y lo que estamos– haciendo. Empieza a sonar de fondo esa maravillosa canción de Bowie, ¿la oís? Ch ch ch ch changes…

Por cierto, aproveché que se me escacharró el móvil y tuve que cambiarlo para salirme de unos cuantos grupos. Me da una pereza tremenda arrastrar esos lastres inútiles, si alguien se quiere ofender le recomendaría un vasito de agua, pero para no ser tan borde matizaré simplemente que detestar los grupos de WhatsApp no implica necesariamente una falta de aprecio por las personas que los componen. También aprovecho este párrafo de miscelánea que me estoy sacando de la manga para recordar a aquellos pobres de espíritu que si no me van a decir “qué guapa estás, se te ha quedado un cuerpo de escándalo”, que mantengan el boquino en mute, pues mi visible, aunque no prevista ni buscada, pero a su vez de sobra salubre delgadez se va a quedar conmigo bastante tiempo, y los rancios comentarios acompañados de hiperbólicas muecas de sobreenfatizada preocupación empiezan a cansarme. Me está quedando bien este popurrí prácticamente inconexo de cosas. Espero que no se me vaya de las manos.

Es posible que lo mejor, para evitar esto último, sea ir encajando ya la puerta. ¡Última ronda! ¡No saquéis las copas a la calle! Como se suele decir, os voy a dejar que sigáis con vuestra faena, que os cunda y todo eso. Yo, por mi parte, tengo montañas de papeles y proyectos que organizar, trabajo decentemente remunerado que buscar, y posturas nuevas de yoga que intentar, que no es poco. 

Tengo unas amigas geniales, una amorosa familia de otra época y corte moral, y un hombre que mata dragones por mí. Si desear sirve de algo, os deseo algo tan bueno como lo que yo tengo, y que se extienda en vuestra línea de vida desde hoy mismo hasta el infinito. Salud, rock and roll y buenos caldos. ¡Feliz 2021!


¡JUMANJI!


R.A.V.