Hace unos doce meses trabajaba en
la portada de mi agenda, en el mes de enero, intentando copiar dignamente la
cabeza de un león aristoso, afilado y desafiante, que había encontrado en
internet. Me pareció buena idea, pues las circunstancias del momento me habían
llevado a ese camino brumoso que une la casita campestre y feliz con el
castillo del ser oscuro, y la niebla no me dejaba ver en qué dirección se
movían mis pies, así que lo único que se me ocurrió hacer fue lo que hago
siempre, presentar batalla y que salga el sol por Antequera. La frase que reza
nada más abrir el cuaderno podía haber sido ésa –ahora que lo pienso–, pero quedaba más romántica
aquella letra de Héroes: La derrota no es
una opción, y no hay excusa. Está claro que de haber tenido poderes
predictivos habría seguido cantando parasiempre
me parece mucho tiempo…
Estaba dudando si meter esa
última oración entre paréntesis, pero se me han jodido las teclas de la segunda
fila del portátil. Tendrá que quedar así, espero que pueda soportar los embates
de la crítica moderna del lector riguroso. La cuestión es que, sin darme
cuenta, ése ha sido mi mantra desde entonces. Si puedo elegir, elijo no
rendirme. Y me voy a poner ese pin, porque me apetece, la verdad. No es que me
haya levantado hoy con el discurso pensado, ni con mariposas en el estómago o
subidones hormonales de purpurina con fresa, muy al contrario, tengo
contracturas hasta en las cejas y he dormido como si hubiera estado descargando
sacos de harina toda la noche, arreando a mi contrario para que dejara de
roncar y dando más vueltas que un manco remando, pero me ha entrado el
calambrazo de hacer inventario y aquí estoy, poniéndome mi pin. Ea.
¿Quedará muy Mermelada Coelho si
hago repaso y ensalzamiento de cosas buenas? No sé muy bien por dónde meterle
mano a esto, mi reputación de Grinch podría verse gravemente afectada, aunque,
por otra parte, mi calendario de Adviento y las galletas de canela y jengibre
con sabor a Navidad –y a canela y jengibre– me salen cada vez mejor, y
eso es muy contradictorio, claramente. En cualquier caso, lo que es impepinable
es que he llegado hasta aquí, y eso mola bastante. Porque, a ver, cuando una
empieza temporada nueva con trabajo nuevo, lo último que piensa es que va a
llegar hasta el final y a sobrevivir para contarlo, pero mira, lo que yo decía,
un pin pa’ mí.
Todo comenzó con la forja de los Grandes Anillos…Perdón, mi vida no
es tan épica, pero yo sí, qué le vamos a hacer. Pues eso, que los nuevos
capítulos empezaron con curro a destajo en la otra punta del reino. Conocí a
gente muy caramelo y a gente muy última loncha de choped de táper de una
semana; también a criaturas insidiosas y corrosivas, con veneno en la sangre,
surgidas de algún abismo negro y antiguo como el mundo y como el cagar. De todo
tiene que haber en la viña del Señor. Aprendí muchas cosas –algunas incluso de mi profesión– y aguanté como una jabata
hasta final de trayecto, o de contrato en este caso. Y estoy orgullosa. Y
cagada de miedo, que también lo estuve, y lo estoy, y lo estaré, pero oye, ahí
lo llevamos, el miedo y yo, la mierda y yo, el cable de la cabeza y el culo, ya
sabéis, la vida, los autobuses enlatados, equilibrismo en el metro, vapores de
alcohol como densas nubes a nuestro alrededor, como si fueras a ser Rocío
Jurado, esa noche, en Lluvia de estrellas.
¡Ahora sí que estoy resumiendo! Joder, ya era hora.
Entre toda esa aventura perdí sin
querer un puñado de kilos, algún teléfono y una buena amiga. Cosas que pasan. En
los tres casos la lucha continúa. En abril me acordé de que la respuesta a la
vida, el universo y todo lo demás es 42, así que me tatué el Don’t panic! en el cerebro y mi
costumbre se encargó de recordármelo cada vez que volvía del baño con cara de
chino con diarrea –ser friki ayuda mucho a motivarse, tener un compañero de
viaje que sabe cuándo hay que soltar un par de hostias figuradas, también–. Mayo
fue asqueroso, en junio me imaginé que cada día era un capítulo de Doctor Who,
de julio no me acuerdo, pero en agosto vi a mi familia cuatro días y a la bella
Galicia otros tantos, y en A Costa da Morte no eché de menos la tardis. Luego
aproveché el paro para pasarme la ITV, y volví a pasar miedo, y luego alivio, y
luego miedo otra vez, y luego suspiré, y resoplé, y al final cagué duro. Una
montaña rusa de emociones y texturas. Y aquí estoy, al final de tantas cosas, enrollándome como siempre, descontenta
con la estructura y la forma de estos párrafos, descubriendo una vez más por
qué no suelo hacer esta clase de remember
flipado de anuario. Tan flipado que empecé escribiéndolo ayer y lo estoy
acabando hoy. Pausa para rellenarme el té –rojo con chocolate, algarroba y
arroz inflado, y una cucharadita de miel de espliego, deberíais probarlo,
templa el espíritu y amodorra las tensiones sociales–.
El caso es que, a pesar de haber
tenido que renunciar como todo el mundo a tantas cosas, no me parece justo
menospreciar otros tantos méritos conseguidos, cosas bonitas y hasta útiles que
he encontrado por el camino, y metas nuevas que en otro momento nunca se me
habría ocurrido siquiera proponerme. Adaptarse no significa someterse,
significa rediseñar el método de lucha para seguir sobreviviendo, y eso es todo
lo que estoy –y lo que estamos– haciendo. Empieza a sonar de fondo esa maravillosa
canción de Bowie, ¿la oís? Ch ch ch ch
changes…
Por cierto, aproveché que se me escacharró el móvil y tuve que cambiarlo
para salirme de unos cuantos grupos. Me da una pereza tremenda arrastrar esos
lastres inútiles, si alguien se quiere ofender le recomendaría un vasito de
agua, pero para no ser tan borde matizaré simplemente que detestar los grupos
de WhatsApp no implica necesariamente una falta de aprecio por las personas que
los componen. También aprovecho este párrafo de miscelánea que me estoy sacando
de la manga para recordar a aquellos pobres de espíritu que si no me van a
decir “qué guapa estás, se te ha quedado un cuerpo de escándalo”, que mantengan
el boquino en mute, pues mi visible, aunque no prevista ni buscada, pero a su
vez de sobra salubre delgadez se va a quedar conmigo bastante tiempo, y los
rancios comentarios acompañados de hiperbólicas muecas de sobreenfatizada
preocupación empiezan a cansarme. Me está quedando bien este popurrí prácticamente
inconexo de cosas. Espero que no se me vaya de las manos.
Es posible que lo mejor, para evitar
esto último, sea ir encajando ya la puerta. ¡Última ronda! ¡No saquéis las
copas a la calle! Como se suele decir, os voy a dejar que sigáis con vuestra
faena, que os cunda y todo eso. Yo, por mi parte, tengo montañas de papeles y
proyectos que organizar, trabajo decentemente remunerado que buscar, y posturas
nuevas de yoga que intentar, que no es poco.
Tengo unas amigas geniales, una
amorosa familia de otra época y corte moral, y un hombre que mata dragones por
mí. Si desear sirve de algo, os deseo algo tan bueno como lo que yo tengo, y
que se extienda en vuestra línea de vida desde hoy mismo hasta el infinito.
Salud, rock and roll y buenos caldos. ¡Feliz 2021!
¡JUMANJI!
R.A.V.