lunes, 30 de enero de 2017

El viejo Tommy



Tiene los ojos acuosos. No son azules, ni dejan de serlo, tan espesos a veces que te pierdes en su tinta buscando el matiz cromático.

Yo lo hago, cuando me atrevo. Me acerco y me freno en seco, me confundo, me acelero, acecho en la distancia un destello que me hable, que me cuente de qué están hechas las historias que han forjado sus pupilas.

La mirada humilde oculta temores (¿quién no?) y cierta ternura que subleva. Son sus iris un bálsamo extraño que transmite paz y agonía, recuerdos dulces, palabras amargas, aciagos días, desenfreno y melancolía.

No necesito preguntarle nada. Leo en cada pestañeo las frases que nunca dice, adivino palabras, intuyo pesadas maletas con las que carga.

De repente sonríe, y pienso qué tontería se me habrá escapado.

Yo, como siempre, en mi mundo. Imaginando otros y escribiéndolo para que sigan existiendo.



RAV