miércoles, 30 de enero de 2019

Oscura y pura


Hoy toca poesía. No es algo que yo decida o elija, es algo que sale cuando quiere y puede, como un virus contagioso o una tos alérgica, que te hace polvo la garganta y es irreprimible en cualquier circunstancia. A veces tienes una imagen, una idea que te ronda, un capítulo de tu vida o de la de otros, fantasía y ciencia ficción, o cólera, o traumas en la mochila, dolor de espalda y congestión. Lo que sea, un mal día o uno estupendo o uno mediocre y aburrido, todo puede hacer que escribas. Porque todo es, y con eso basta. Escribes porque respiras. Y no puedes -ni debes- explicar nada más.


"Oscura y pura"

Oscura y pura,
como un ataque de ira,
como el chocolate negro,
como las tardes en que no te veo.
Vestida de raso y de rabia,
la chaqueta de cuero
y las pupilas dilatadas.

Avisto miradas furtivas
que viajan en silencio,
tanteo el terreno,
calculo situaciones y salidas.
Quizás he venido a buscarte,
pero no salgo a tu encuentro.

Las aceras
son arenas movedizas.
Tú estás lejos.
Correré una vez más el riesgo,
fingiendo una seguridad
que no siento.

Hay sonrisas en los cristales
y sangre en los bolsillos.
Maletas olvidadas,
desgana,
veneno y maldades
acechando tras los visillos,
de gente podrida
de miedo y deriva,
de perros abandonados
a su perra suerte y su perra vida.

Una nube negra engulle todo,
turba espesa de sumisos y desesperados.
Ansiosos por el futuro,
cruzando -semáforo en rojo-
como autómatas desorientados.
Queriendo salir ilesos
en la huida del pasado.

Retrocede la furia
con el té caliente del desayuno.
Respira un minuto.
Los demonios no duermen
ni descansa el huracán,
el tiempo será siempre tu verdugo.

Oscura y pura,
mientras resisto y vivo.
Oscura y pura,
mientras lo escribo.



RAV

jueves, 24 de enero de 2019

Crónicas de viaje: "Teneriffa, agüita mi niño".





Tenerife es una isla del océano Atlántico perteneciente a la Comunidad Autónoma de Canarias (España). Junto a La Palma, La Gomera y El Hierro conforma la provincia de Santa Cruz de Tenerife. Eso y algunas cosas más dice si le preguntas a la Wikipedia, si me preguntas a mí te diré que soy una gran ignorante de la vida y que, no obstante, después de dos días y medio en sus tierras puedo definirla como un paraíso para los sentidos. Soy bastante mala con la geografía desde siempre –no voy a reconocer hasta qué punto, pero en mi defensa alegaré que me vuelco en investigaciones cuando visito ciudades nuevas y también a la vuelta del viaje–, por lo que mantengo la sana costumbre de pillar un mapa en cuanto aterrizo. Me gusta marcar los sitios por los que pasamos y tener la consciencia e imagen mental de dónde estoy ubicada en cada momento sobre el planeta Tierra, y así de paso relleno esos huecos que hay en mi cabeza, capitales, provincias y demás. Siendo más sincera todavía tengo que añadir que nunca me había llamado especialmente la atención esta isla (ninguna, en general, manías tontas de persona poco viajada), pero de eso también me han curado allí.

¡La de cosas que he aprendido! Aparte de las fotos, los momentos y todos los recuerdos que eso conlleva, lo que más me gusta es lo que aprendes en cada parte del mundo. Para empezar, que la historia cambia por completo si vas de la mano de guías autóctonos, y si estos son amigos no podrás pedir más ni comer mejor. Que todo el mundo conoce las papas arrugás y el mojo, pero yo ahora puedo decir que el gofio, el almogrote, y el barraquito especial están de vicio también. Y la carne de cabra, y la mermelada de guayaba, y los juguitos de naranja y papaya. ¡Y los vinos! Entran que da gusto y no sabes cuándo parar. Huelga decir que el gastroturismo es una parte muy importante de nuestros viajes. Para hacer frente al bucle interminable de curvas y revueltas que te llevan al Teide hay que llenar bien el buche y engrasar la maquinaria. Especial buen recuerdo guardo del restaurante “Aguamansa” –en La Orotava, ojito con Miguelito y su espirituoso casero de romero que se te mete en el alma y te tersa la piel, citando sus mismas palabras–, la tasca de “Tocuyo” –donde las paredes están llenas de frases, versos y chistes varios, y es costumbre tirar las cáscaras de los cacahuetes al suelo–, y el guachinche “El Paraíso” –en San Cristóbal de la Laguna, igual que el anterior, donde pudimos degustar no pocos platos y bebidas típicas que hicieron las delicias de nuestro paladar. Rincones que ya tengo apuntados en mi agenda para la próxima incursión, además de todos los que nos quedaron por visitar.

También he aprendido palabras y expresiones, riqueza cultural que no sé si todo el mundo valora, pero que a mí me encanta. Los guachinches son bares o restaurantes donde te sirven comidas y vinos típicos de la zona, que se originaron en los mercadillos que hacían los ganaderos y agricultores antaño con sus productos, algunos se hicieron legales y otros…ahí están. A lo que nosotros llamamos chirimiri o chispear (harineando en mi pueblo), ellos lo conocen como chipi chipi. Luego están los magos, que he visto que tiene varias acepciones, pero la que a mí me explicaron consistía en gente de pueblo, muy de campo, tosca y con la cara roja, de trabajar bajo el sol y también de cerrar algún que otro bar al terminar la jornada. Agüita es una de mis favoritas, es para mostrar sorpresa ante algo, aunque tiene mucha versatilidad, por los contextos en los que yo la he escuchado podría ser para los canarios lo que “no ve” para los malagueños, “sipote” para los cordobeses, “ahí va la hostia” para los vascos, o “vaya tela” para el resto de la población. Se me quedan muchas en el tintero, pero como pienso ir más veces ya haré un glosario en condiciones.
De los paisajes qué puedo decir. Contraste de temperaturas y accidentes geográficos en cuestión de pocos kilómetros. Tengo fotos que recuerdan a isla Nublar, otras que te transportan a algún capítulo de Doctor Who en las tierras de Marte, y otras en las que puedes revivir más de una escena de Perdidos. Cada imagen acompañando a silencios y exclamaciones que se suceden y apelotonan en un vórtice constante con el Síndrome de Stendhal como protagonista. Es mi manera enrevesada y romántica de decir que lo flipé bastante, que me encantó, que allí se puede respirar y desconectar. ¡Que volveremos! Con menos lluvia, espero, para poder subir en condiciones al padre Teide, y con más tiempo, para todo lo que se nos ha quedado a medias. Desde luego, dos días y medio en Teneriffa, como dicen los guiris, es como dejarte con la miel en los labios.

Tenía la intención de escribir unos párrafos en orden cronólogico, con listas de lugares visitados y restaurantes que valorar en tripadvisor, pero luego me he dado cuenta de que esto no es un blog de viajes ni yo soy una trotamundos profesional, así que me quedo tan a gusto con mi reseña tinerfeña a modo de diario personal. Justo ahora, releyendo desde el principio, me percato también de que no he contado la aventura con el coche para llegar a la T4, que casi nos hace perder el vuelo a la ida, y luego la hora de retraso por el cambio de avión que nos hicieron, ya que el nuestro había dado no sé qué problema en la revisión de seguridad. Gajes de los viajes y de los vuelos, aventurillas éstas rematadas por otra hora de espera en Tenerife Norte al llegar, por no sé qué cambio de la ruta en el autobús que traía a nuestro anfitrión desde Tacoronte para recogernos. Debo decir que las seis horas largas de ayuno que casi sumen a mi estómago y mi espíritu en depresión profunda, se vieron gratamente compensadas por el “faro especial” que nos metimos entre pecho y espalda con un juguito de naranja y papaya en cuanto estuvimos en manos del guía local (godo de nacimiento, guanche en funciones).

Todo eso puede dar para otro post, otro día quizás. Hoy lo dejo aquí. Me llevo momentos, lugares, risas, fotos, vino con vino, leche y leche, postales y souvenirs, recuerdos geniales y la firme promesa de volver pronto para no dejar nada sin ver y sin hacer.


RAV

jueves, 17 de enero de 2019

Sobre sueños y pesadillas





En los últimos tiempos leo muchos titulares y artículos sobre las mujeres que no quieren ser madres. La presión social pesa como una losa, esa que te juzga y machaca por no querer lo que se supone que todas quieren: tener familia, procrear, reproducirte. ¡Que se te pasa el arroz, moza! ¿Tú para cuándo? Tu madre, tus tías y primas, la vecina del quinto que se sabe tu vida en verso, y tus amigas, ese grupo que cada vez que es más pequeño, al menos si cuentas las solteras o libres de “cargas familiares”. Si pasas de los treinta y estás asintiendo mientras lees esto probablemente estás harta de vivir situaciones de ese tipo, aburrida de que tus amigas sólo sepan hablar de pañales y del estrés de la maternidad, y cansada de que a pesar de eso te intenten convencer para que sigas su mismo camino y pronto, que ya tenemos una edad. A lo mejor quieres viajar y conocer mundo, o no te apetece sacrificar tu cuerpo de reina ni estar nueve meses sin poder beberte un gin tonic, o a lo mejor, simplemente, no te gustan los niños. No quieres y punto. Es tu decisión, y es tan respetable como cualquier otra. O debería serlo. Eso, como siempre, será evaluado, juzgado y llevado al patíbulo para escarnio público por esta maravillosa sociedad.

También he leído otras tantas páginas sobre las mujeres que han elegido ser madres. Cuentan su experiencia y cómo la han disfrutado y lo siguen haciendo a medida que sus retoños van creciendo. Sus vivencias, sus sentimientos, la lactancia, el contacto, esos lazos irrompibles que se han forjado para no romperse jamás. Un instinto y una necesidad mutuos que han llegado a sus vidas para complementarse y para quedarse. No por eso dejan de hablarte de las noches sin dormir y del terremoto de 6.9 en la escala Richter que supone esta nueva aventura, pero lo hacen desde la pasión por el momento que viven, asumiendo con naturalidad y resignación el pago de esa cuota los primeros meses y de las que vendrán en los siguientes años. Opción igual de respetable aunque, a veces, leyendo ambos tipos de artículos, diera la sensación de una absurda guerra abierta entre las dos “facciones” del mismo sexo. Luego estoy yo, que tengo treintaiún años y no voy a hablar de las unas ni de las otras, sino de mí, y de las muchas como una servidora que imagino habrá por el mundo.

Todavía no he leído una sola parrafada -igual es que no leo tanto como parece, puede ser- que hable sobre las mujeres que queremos ser madres y no nos dejan. Estamos ahí. Existimos. No hay problema físico ni enfermedad alguna que no los impida, incluso tenemos pareja estable y unos bonitos sueños de futuro; precisamente digo sueños en lugar de planes por eso, porque no nos dejan, ni tener hijos, ni tener planes. Esto va a ser triste, aviso. Intentaré no caer en lo cursi, pero también de eso hay, a qué negarlo.

La primera vez que vi sus ojos supe que mis hijos tendrían esas pestañas. Tenía que ser así. En aquel momento no lo sabía, pero ya había tomado una decisión. Luego vinieron más pensamientos al hilo de ese viejo instinto que, por genética o azar, también me había tocado la frente con su varita. Recuerdos de la infancia para compartir con ellos; libros, cuadernos y juegos que enseñarles; las historias de la familia y las croquetas de mi madre; el amor por la naturaleza y los animales; películas y viajes por hacer; rincones por descubrir y aventuras por vivir. Pues eso que dije antes. Sueños. ¿Por qué no soñar? Durante muchos años renegué de todo. He ido de rapera, de gótica y de chándal. De rebelde, de vegetariana y de anti. Los niños son el demonio - ¡Ponedles bozal y microchip antes de sacarlos a la calle, por Dios! - , no me gustan, no sé de qué hablarles, son raros, hacen ruido y cuando se cagan encima huele a estiércol de poni. ¡Y virus! Tienen porquerías a montones, con capacidad destructiva de bomba nuclear, contra la que tu triste sistema inmune de persona adulta no tiene una mierda que hacer más que huir y esconderse cruzando los linfocitos tras la espalda deseando que sea una muerte rápida e indolora. ¡Putos niños! ¡Quiero uno! En realidad quiero varios. No por las ayudas esas que había antes para las familias numerosas (desconozco si siguen existiendo, y las ayudas también), ni por crear un ejército de superhéroes súper bien educados que combatan con sus modales, ideas y respetos la nueva era de podredumbre que se nos viene encima. Tampoco es por sus abuelos, ni por deseo expreso de nadie que no sea una misma y su amante esposo. Es mi deseo, mi preferencia, mi elección. Es una decisión - egoísta por supuesto, no puede ser de otra manera, pues nadie pide nacer -, y es mía. Nadie me lo pide, ni me lo impone. En todo caso, y esto me parece importante, me lo impiden.

Mi historia no tiene nada de especial, es tan común como la tos. Media vida estudiando, la otra media buscando trabajo. Formo parte de esa generación que lo ha tenido prácticamente todo gracias al esfuerzo de unos padres que no tenían mucho pero querían darte un futuro mejor del que tuvieron ellos, con oportunidades, con posibles y posibilidades. Recuerdo cuando mi hermana y yo solicitábamos becas y ayudas para el colegio o el instituto, y en la casilla de profesión del padre y de la madre marcábamos otros y escribíamos trabajadores del campo. La otra opción era marcar agricultores, ¡qué más quisiéramos nosotros que tener tierras! Anda que si a mi padre le llegan a decir lo que me iba a dar de comer la veterinaria… Cuánto dinero, tiempo, sudor y lágrimas invertidos (lágrimas menos, la verdad, yo he sido siempre más de ira y fuego). Y como yo, tantos. Soñando con una vida tranquila, con un trabajo estable, sin lujos, algo humilde pero digno. La realidad es bien distinta a todo lo que hubiera podido imaginar.

Tres años en paro de preliminares, luego vino el sexo duro. Seis o siete trabajos distintos llevo ya en la capital del reino, todos temporales o en condiciones muy criticables, y con frecuencia ambas cosas. Alquileres desorbitados en pisos zulo, semisótanos o interiores con vistas a ninguna parte. Eso si tienes suerte y te conceden el honor, primero tienes que pasar más de un casting y superar una yincana a la que se le queda corta Humor Amarillo. Y si consigues llegar sano y salvo a la Copa de los Tres Magos, como no lleves la sangre de una virgen, un pelo de unicornio, el Santo Grial y la misma Excálibur para respaldar tu aval, te puedes ir por donde has venido con el rabo entre las piernas (importante que sea tuyo y no de tu perro, porque animales ni mijita, oye, a ver si te vas a creer que esto es un puto zoológico). Paga luz, paga gas y agua, la comunidad, la cuota del Colegio -que si no no puedes ejercer- , la factura del móvil, o del fijo, o de internet, o las tres cosas, y el IVA trimestral - si tienes la desgracia de ser autónomo-, paga trampas, tapa agujeros, repara el calentador y compra el pan. Y si no ahí te quedas, con tus padres o con tus suegros. Ya os digo yo que ninguna de las dos alternativas es buena.

Si llegado a este punto has conseguido una estabilidad sentimental te puedes dar con un canto en los dientes. Yo tengo esa suerte pero, por triste que sea la verdad, vida personal y trabajo bien remunerado - o mínimamente bien pagado como para poder vivir sin estar con la soga al cuello - son altamente incompatibles, inversamente proporcionales o como lo queráis llamar. Tengo amigas y amigos que están triunfando dentro de su profesión, y otros que están casados y o tienen hijos. Puedo contar con los dedos de una mano los que se encuentran en ambos grupos. De hecho miento, no puedo. Y tener que elegir, cosa que antes o después acabas haciendo sin darte cuenta, es todo menos fácil. Ahí es cuando te das cuenta de lo ambiciosa y egoísta que eres, lo quieres todo para ti: un pisito, un marido, unos hijos y un trabajo. Y todo estable. ¡Claro que sí! ¡A seguir soñando, guapa!

Ciertamente yo ya he escogido mi camino, el de pagar facturas y guardar los bordes del pan de molde para hacer migas a final de mes. Pero sigo alimentando, como a ese gatito que rescatas de la calle y escondes en tu cuarto para que tu madre no lo encuentre, la pequeña esperanza de poder tener mi propia familia antes de que mis ovarios y la maquinaria imperfecta de mis entrañas se cansen de esperar. No pocas veces me ha dicho mi madre eso de “lo de los niños no es cuestión de pensarlo, si lo piensas no los tienes nunca”, y mi suegra - otra que no tiene ganas de nietos, no ni ná- aquello otro de “tú no tienes de qué preocuparte, que a tus hijos no les va a faltar de nada”. Amables palabras, sinceras por supuesto, pero egoístas también, de otra época y corte moral - como dice la canción -, incapaces de apreciar la realidad. Antes tener prole se hacía por inercia, ya ni siquiera por presión social, es que ni se lo planteaban, era lo que tocaba y punto. Vivían en la misma casa abuelos, padres y nietos, y algún bisabuelo que quedara por allí. Y no lo critico, eran otros tiempos. Los míos son estos, y si pienso en la mierda de mundo que tenemos y alimentamos se me quitan las ganas de traer más criaturas a que sufran en él, pero tampoco me parece mala idea procrear para dejarle a éste mejores personas (que a todas luces hace falta como agua de mayo). Y si no puedo asegurarles un techo y unos cuidados básicos… ¿Para qué? ¿Tener hijos para apretujarnos en veinte metros cuadrados? ¿Para que los mantengan mis padres o mis suegros? ¿Con un sueldo, mileurista raspado con suerte, temporal y tan inestable como la dinamita? ¡No pasa nada! “Ahora se pare más tarde, fulanita hasta los treinta y siete no se quedó embarazada, y menganita a los treinta y nueve tuvo el último y ni tan mal”. No puedo esperar a los cuarenta (cuarenta y cinco de mi novio, ojo) para arriesgar mi vida y la del que venga, o para tropezar con algún cáncer a los sesenta y pocos y dejar a los churumbeles a medio cocer. No funciona así, al menos en mi cabeza. En mi cabeza ya voy tarde, no por la sociedad (la sociedad me la trae bastante al pairo), sino por lo que yo quiero. Y sin embargo no soy yo, es ella la que decide.

Y este pensamiento me atiza y me atenaza. La mente es maravillosa y deja huecos y hace su propia magia para ocuparte los sentidos en otras mil cosas, pero hay días en que quema como este jodido sol de invierno y dejo que me consuma como se consumen esas velas aromáticas que venden en los chinos, que huelen de puta madre pero que no sirven para nada, cuando se derriten se apagan y se acabó la historia. No hay moraleja, ni resumen ni conclusión, ni sentencia final para cerrar decorosamente estos párrafos. Es una jodienda, como tantas otras, pero es lo que hay. El tiempo siempre corre en nuestra contra. Habrá qué decidir qué cojones hacemos mientras, sin desestimar qué nos dejan hacer.


RAV