
En los últimos tiempos leo muchos
titulares y artículos sobre las mujeres que no quieren ser madres. La presión
social pesa como una losa, esa que te juzga y machaca por no querer lo que se
supone que todas quieren: tener familia, procrear, reproducirte. ¡Que se te
pasa el arroz, moza! ¿Tú para cuándo? Tu madre, tus tías y primas, la vecina del
quinto que se sabe tu vida en verso, y tus amigas, ese grupo que cada vez que
es más pequeño, al menos si cuentas las solteras o libres de “cargas
familiares”. Si pasas de los treinta y estás asintiendo mientras lees esto
probablemente estás harta de vivir situaciones de ese tipo, aburrida de que tus
amigas sólo sepan hablar de pañales y del estrés de la maternidad, y cansada de
que a pesar de eso te intenten convencer para que sigas su mismo camino y
pronto, que ya tenemos una edad. A lo mejor quieres viajar y conocer mundo, o
no te apetece sacrificar tu cuerpo de reina ni estar nueve meses sin poder
beberte un gin tonic, o a lo mejor, simplemente, no te gustan los niños. No
quieres y punto. Es tu decisión, y es tan respetable como cualquier otra. O
debería serlo. Eso, como siempre, será evaluado, juzgado y llevado al patíbulo
para escarnio público por esta maravillosa sociedad.
También he leído otras tantas
páginas sobre las mujeres que han elegido ser madres. Cuentan su experiencia y
cómo la han disfrutado y lo siguen haciendo a medida que sus retoños van
creciendo. Sus vivencias, sus sentimientos, la lactancia, el contacto, esos
lazos irrompibles que se han forjado para no romperse jamás. Un instinto y una
necesidad mutuos que han llegado a sus vidas para complementarse y para
quedarse. No por eso dejan de hablarte de las noches sin dormir y del terremoto
de 6.9 en la escala Richter que supone esta nueva aventura, pero lo hacen desde
la pasión por el momento que viven, asumiendo con naturalidad y resignación el
pago de esa cuota los primeros meses y de las que vendrán en los siguientes
años. Opción igual de respetable aunque, a veces, leyendo ambos tipos de
artículos, diera la sensación de una absurda guerra abierta entre las dos
“facciones” del mismo sexo. Luego estoy yo, que tengo treintaiún años y no voy
a hablar de las unas ni de las otras, sino de mí, y de las muchas como una
servidora que imagino habrá por el mundo.
Todavía no he leído una sola
parrafada -igual es que no leo tanto como parece, puede ser- que hable sobre
las mujeres que queremos ser madres y no nos dejan. Estamos ahí. Existimos. No
hay problema físico ni enfermedad alguna que no los impida, incluso tenemos
pareja estable y unos bonitos sueños de futuro; precisamente digo sueños en
lugar de planes por eso, porque no nos dejan, ni tener hijos, ni tener planes.
Esto va a ser triste, aviso. Intentaré no caer en lo cursi, pero también de eso
hay, a qué negarlo.
La primera vez que vi sus ojos
supe que mis hijos tendrían esas pestañas. Tenía que ser así. En aquel momento
no lo sabía, pero ya había tomado una decisión. Luego vinieron más pensamientos
al hilo de ese viejo instinto que, por genética o azar, también me había tocado
la frente con su varita. Recuerdos de la infancia para compartir con ellos; libros,
cuadernos y juegos que enseñarles; las historias de la familia y las croquetas
de mi madre; el amor por la naturaleza y los animales; películas y viajes por
hacer; rincones por descubrir y aventuras por vivir. Pues eso que dije antes.
Sueños. ¿Por qué no soñar? Durante muchos años renegué de todo. He ido de
rapera, de gótica y de chándal. De rebelde, de vegetariana y de anti. Los niños
son el demonio - ¡Ponedles bozal y microchip antes de sacarlos a la calle, por
Dios! - , no me gustan, no sé de qué hablarles, son raros, hacen ruido y cuando
se cagan encima huele a estiércol de poni. ¡Y virus! Tienen porquerías a
montones, con capacidad destructiva de bomba nuclear, contra la que tu triste
sistema inmune de persona adulta no tiene una mierda que hacer más que huir y
esconderse cruzando los linfocitos tras la espalda deseando que sea una muerte
rápida e indolora. ¡Putos niños! ¡Quiero uno! En realidad quiero varios. No por
las ayudas esas que había antes para las familias numerosas (desconozco si
siguen existiendo, y las ayudas también), ni por crear un ejército de
superhéroes súper bien educados que combatan con sus modales, ideas y respetos
la nueva era de podredumbre que se nos viene encima. Tampoco es por sus
abuelos, ni por deseo expreso de nadie que no sea una misma y su amante esposo.
Es mi deseo, mi preferencia, mi elección. Es una decisión - egoísta por
supuesto, no puede ser de otra manera, pues nadie pide nacer -, y es mía. Nadie
me lo pide, ni me lo impone. En todo caso, y esto me parece importante, me lo
impiden.
Mi historia no tiene nada de
especial, es tan común como la tos. Media vida estudiando, la otra media
buscando trabajo. Formo parte de esa generación que lo ha tenido prácticamente
todo gracias al esfuerzo de unos padres que no tenían mucho pero querían darte
un futuro mejor del que tuvieron ellos, con oportunidades, con posibles y
posibilidades. Recuerdo cuando mi hermana y yo solicitábamos becas y ayudas
para el colegio o el instituto, y en la casilla de profesión del padre y de la madre marcábamos otros y escribíamos trabajadores
del campo. La otra opción era marcar agricultores,
¡qué más quisiéramos nosotros que tener tierras! Anda que si a mi padre le
llegan a decir lo que me iba a dar de comer la veterinaria… Cuánto dinero,
tiempo, sudor y lágrimas invertidos (lágrimas menos, la verdad, yo he sido
siempre más de ira y fuego). Y como
yo, tantos. Soñando con una vida tranquila, con un trabajo estable, sin lujos,
algo humilde pero digno. La realidad es bien distinta a todo lo que hubiera
podido imaginar.
Tres años en paro de
preliminares, luego vino el sexo duro. Seis o siete trabajos distintos llevo ya
en la capital del reino, todos temporales o en condiciones muy criticables, y
con frecuencia ambas cosas. Alquileres desorbitados en pisos zulo, semisótanos
o interiores con vistas a ninguna parte. Eso si tienes suerte y te conceden el
honor, primero tienes que pasar más de un casting y superar una yincana a la
que se le queda corta Humor Amarillo. Y si consigues llegar sano y salvo a la Copa
de los Tres Magos, como no lleves la sangre de una virgen, un pelo de
unicornio, el Santo Grial y la misma Excálibur para respaldar tu aval, te puedes
ir por donde has venido con el rabo entre las piernas (importante que sea tuyo
y no de tu perro, porque animales ni
mijita, oye, a ver si te vas a creer que esto es un puto zoológico). Paga
luz, paga gas y agua, la comunidad, la cuota del Colegio -que si no no puedes
ejercer- , la factura del móvil, o del fijo, o de internet, o las tres cosas, y
el IVA trimestral - si tienes la desgracia de ser autónomo-, paga trampas, tapa
agujeros, repara el calentador y compra el pan. Y si no ahí te quedas, con tus
padres o con tus suegros. Ya os digo yo que ninguna de las dos alternativas es
buena.
Si llegado a este punto has
conseguido una estabilidad sentimental te puedes dar con un canto en los
dientes. Yo tengo esa suerte pero, por triste que sea la verdad, vida personal
y trabajo bien remunerado - o mínimamente bien pagado como para poder vivir sin
estar con la soga al cuello - son altamente incompatibles, inversamente
proporcionales o como lo queráis llamar. Tengo amigas y amigos que están
triunfando dentro de su profesión, y otros que están casados y o tienen hijos.
Puedo contar con los dedos de una mano los que se encuentran en ambos grupos.
De hecho miento, no puedo. Y tener que elegir, cosa que antes o después acabas
haciendo sin darte cuenta, es todo menos fácil. Ahí es cuando te das cuenta de
lo ambiciosa y egoísta que eres, lo quieres todo para ti: un pisito, un marido,
unos hijos y un trabajo. Y todo estable. ¡Claro que sí! ¡A seguir soñando,
guapa!
Ciertamente yo ya he escogido mi
camino, el de pagar facturas y guardar los bordes del pan de molde para hacer
migas a final de mes. Pero sigo alimentando, como a ese gatito que rescatas de
la calle y escondes en tu cuarto para que tu madre no lo encuentre, la pequeña
esperanza de poder tener mi propia familia antes de que mis ovarios y la
maquinaria imperfecta de mis entrañas se cansen de esperar. No pocas veces me
ha dicho mi madre eso de “lo de los niños no es cuestión de pensarlo, si lo
piensas no los tienes nunca”, y mi suegra - otra que no tiene ganas de nietos, no ni ná- aquello otro de “tú no tienes
de qué preocuparte, que a tus hijos no les va a faltar de nada”. Amables
palabras, sinceras por supuesto, pero egoístas también, de otra época y corte
moral - como dice la canción -, incapaces de apreciar la realidad. Antes tener
prole se hacía por inercia, ya ni siquiera por presión social, es que ni se lo
planteaban, era lo que tocaba y punto. Vivían en la misma casa abuelos, padres
y nietos, y algún bisabuelo que quedara por allí. Y no lo critico, eran otros tiempos.
Los míos son estos, y si pienso en la mierda de mundo que tenemos y alimentamos
se me quitan las ganas de traer más criaturas a que sufran en él, pero tampoco
me parece mala idea procrear para dejarle a éste mejores personas (que a todas
luces hace falta como agua de mayo). Y si no puedo asegurarles un techo y unos
cuidados básicos… ¿Para qué? ¿Tener hijos para apretujarnos en veinte metros
cuadrados? ¿Para que los mantengan mis padres o mis suegros? ¿Con un
sueldo, mileurista raspado con suerte, temporal y tan inestable como la
dinamita? ¡No pasa nada! “Ahora se pare más tarde, fulanita hasta los treinta y
siete no se quedó embarazada, y menganita a los treinta y nueve tuvo el último
y ni tan mal”. No puedo esperar a los cuarenta (cuarenta y cinco de mi novio,
ojo) para arriesgar mi vida y la del que venga, o para tropezar con algún
cáncer a los sesenta y pocos y dejar a los churumbeles a medio cocer. No
funciona así, al menos en mi cabeza. En mi cabeza ya voy tarde, no por la
sociedad (la sociedad me la trae bastante al pairo), sino por lo que yo quiero.
Y sin embargo no soy yo, es ella la que decide.
Y este pensamiento me atiza y me
atenaza. La mente es maravillosa y deja huecos y hace su propia magia para
ocuparte los sentidos en otras mil cosas, pero hay días en que quema como este
jodido sol de invierno y dejo que me consuma como se consumen esas velas
aromáticas que venden en los chinos, que huelen de puta madre pero que no
sirven para nada, cuando se derriten se apagan y se acabó la historia. No hay
moraleja, ni resumen ni conclusión, ni sentencia final para cerrar
decorosamente estos párrafos. Es una jodienda, como tantas otras, pero es lo
que hay. El tiempo siempre corre en nuestra contra. Habrá qué decidir qué
cojones hacemos mientras, sin desestimar qué nos dejan hacer.
RAV