miércoles, 27 de febrero de 2019

Carta a mi madre


Madrid, 28 de febrero de 2019


Querida madre:


      Amanece un nuevo día y no estás a mi lado. Fui yo quien decidió macharse, y eso no hace que te extrañe menos. Tu alegría; tus vientos mañaneros y tus cambios de humor; tu pan con aceite para el desayuno, las magdalenas de la panadería de abajo y las tortas de Inés Rosales; tu olor a campo, a azahar y a romero, a ajos y a quema de rastrojos, según la temporada; tu leal sonrisa al final de cada jornada. Pasan los meses y no te veo, aquí encerrada entre asfalto y prisas, y paisajes de hormigón. Que no estamos tan lejos, dice la gente, y tampoco les falta razón. En apenas dos horas ya puedo abrazarte y, por unos días –cortos como nuestro invierno, disfrutar de tu refrescante y sana compañía. ¡Que no daría por poder visitarte más a menudo!


Pero bueno, cuéntame. ¿Tú cómo estás? ¿Qué tal va todo por allí abajo? Las últimas noticias que me llegan son un poco desalentadoras; parece que otra vez vamos para atrás, como los cangrejos ¿no? Quizás tendríamos que hablar hoy sobre política y esas cosas, autonomía e historia. No sé yo qué decirte, madre, no tengo la pluma muy inspirada últimamente. Aunque no negaré que me produce tristeza, desazón y pesadumbre (y todos los sinónimos que se te ocurran), este andar desorientado de la multitud, esta huida hacia delante por conocidas escombreras, esta desmemoria general. Con tanto como se ha luchado por vivir dignamente. Me dan pena y rabia muchas cosas, también algo de miedo –para qué mentir, pero no quiero llenar esta carta de quejas y frustración. Ya voy bien servida de eso con mi trabajo, y bien sabes que tengo que dar gracias por tenerlo (aquí también se lucha, pero en mi gremio todo va más despacio).


Yo no tengo grandes novedades que contarte. Aquí sigo con mi batalla diaria. Por amor me vine y por amor me quedé, y aunque alimenta bastante no llega para pagar las facturas a final de mes. Voy de trabajo en trabajo, intentando no pasar mucho por el aro, aguantando lo razonable y manteniendo el equilibrio. Hay días más jodidos y otros más llevaderos, no todo es malo, aunque si respirara tu aire seguro que los berrinches me durarían menos. Me he adaptado bien, no te preocupes por eso, aprendo cosas nuevas a cada rato sin perder tus palabras, tus expresiones ni tu acento. Por estos lares hay de todo, gente que enseguida me mira raro y pone cara de oler estiércol cuando seseo; gente normalita que no siente la necesidad de redundar en la evidencia de mi origen; y gente que se divierte o se maravilla o me cuenta su vida sólo por ser andaluza. “A ver, a ver, di seis, di seis” –esto los fartuscos de turno. Luego están los que juegan a ver si adivinan de qué parte soy, entre Granada y Murcia queda la cosa casi siempre. Y los nostálgicos, los que me cuentan que su padre era malagueño, o su madre cordobesa, o su perrito adoptado de una protectora en Dos Hermanas. Una señora mayor, de Cádiz, que vino a consulta  me tuvo una vez una hora de reloj charlando (más ella que yo) de lo divino y de lo humano, de su vida allí y su vida en Madrid, de sus perros, de su marido, de sus casas, de sus hijas y de una amiga suya que le hacía pasar vergüenza porque cuando se juntaban para tomar café en una terracita hablaba a voces y entre “coños, cojones y chochos” todo el que pasaba se giraba a mirarlas. Entrañable la mujer, me dio dos besos y todo antes de irse. Yo, como siempre he estado bastante esmadrá, me emociono y me alegro cuando me encuentro a un paisano, ya sea en la capital de España o en la Conchinchina.


En fin, va tocando ya despedirse, pues poco más te puedo decir que no sea repetirme. Ríete tú, pero es que es la verdad, madre no hay más que una y hoy, en especial, te echo de menos un poquito más. Tú que me has parido y me has criado.  Tú que recogerás, más tarde o más temprano, mi cuerpo entero para descansar. Madre chiquita y preciosa, tierra sultana y generosa, aquí me ves, escribiendo para recordarte, cantándote desde la sombra espesa de esta boina que me dio cobijo, bronquitis y un hueco en su corazón. Reparte abrazos y joyos con aceite y azúcar para mis hermanos. Y no te olvides nunca de tus hijos, de tus tierras, ni de tus aceituneros altivos.


Siempre tuya,


Raquel.



jueves, 21 de febrero de 2019

Trombo saudade



Este desierto fue antaño todo bullicio.
Aquí hubo gente que yo conocí.
Ahora campa el silencio a su antojo,
cae la bruma y el invierno,
me arañan vientos que nunca sentí.
Ya no hay nadie a quien acudir.

Un árbol tiembla en medio del oasis.
me aferro a su tronco con ansiedad.
Me acaricia el pelo con sus ramas
-también me recuerda, lo sé-,
me besa la frente con piedad.
Susurra un te quiero al despedirse.
Su voz me taladra,
me confunde su olor.
El tacto de su corteza agrietada,
como una bofetada,
me trae de vuelta a la realidad.

Ya he pasado antes por aquí
y este camino no tiene final.
Sólo recodos verdes
con flores de plástico
y estampas de cristal.
Sombras que se alargan al pasar.
Sirenas atracadas,
entre las brechas del tiempo,
en las arenas de mi soledad.

Huele a romero y melancolía,
estoy enferma de pasado.
Demasiados frentes abiertos,
me dejo llevar,
me suelto de tu mano.
Vuelo rasante.
Asciendo y me caigo.
Caída en barrena.
Me estrello y me desangro.

Han pasado muchos años,
y aunque todo está en su sitio
todo ha cambiado.
No estás tú, ni aquellos, ni los otros.
No hay cuerdas que me salven.
Sólo fantasmas y recuerdos
en bolsillos rotos.

Tengo un trombo en la garganta
y me escuece el corazón.
Me hace feliz volver a verte,
sentir tus calles, tu brisa, tu gente.
No es poca dicha, Córdoba mía,
tenerte.
Allí donde todo nace
y donde tanto, también, murió.
Serás siempre, tierra madre,
mi ensueño y mi perdición.


RAV