Madrid, 28 de febrero de 2019
Querida
madre:
Amanece un nuevo día y no estás a mi
lado. Fui yo quien decidió macharse, y eso no hace que te extrañe menos. Tu
alegría; tus vientos mañaneros y tus cambios de humor; tu pan con aceite para
el desayuno, las magdalenas de la panadería de abajo y las tortas de Inés Rosales; tu olor a campo, a azahar
y a romero, a ajos y a quema de rastrojos, según la temporada; tu leal sonrisa
al final de cada jornada. Pasan los meses y no te veo, aquí encerrada entre
asfalto y prisas, y paisajes de hormigón. Que no estamos tan lejos, dice la
gente, y tampoco les falta razón. En apenas dos horas ya puedo abrazarte y, por
unos días –cortos como nuestro invierno–, disfrutar de tu refrescante y sana
compañía. ¡Que no daría por poder visitarte más a menudo!
Pero
bueno, cuéntame. ¿Tú cómo estás? ¿Qué tal va todo por allí abajo? Las últimas
noticias que me llegan son un poco desalentadoras; parece que otra vez vamos
para atrás, como los cangrejos ¿no? Quizás tendríamos que hablar hoy sobre
política y esas cosas, autonomía e historia. No sé yo qué decirte, madre, no
tengo la pluma muy inspirada últimamente. Aunque no negaré que me produce
tristeza, desazón y pesadumbre (y todos los sinónimos que se te ocurran), este
andar desorientado de la multitud, esta huida hacia delante por conocidas
escombreras, esta desmemoria general. Con tanto como se ha luchado por vivir
dignamente. Me dan pena y rabia muchas cosas, también algo de miedo –para qué
mentir–,
pero no quiero llenar esta carta de quejas y frustración. Ya voy bien servida
de eso con mi trabajo, y bien sabes que tengo que dar gracias por tenerlo (aquí
también se lucha, pero en mi gremio todo va más despacio).
Yo
no tengo grandes novedades que contarte. Aquí sigo con mi batalla diaria. Por amor
me vine y por amor me quedé, y aunque alimenta bastante no llega para pagar las
facturas a final de mes. Voy de trabajo en trabajo, intentando no pasar mucho
por el aro, aguantando lo razonable y manteniendo el equilibrio. Hay días más
jodidos y otros más llevaderos, no todo es malo, aunque si respirara tu aire
seguro que los berrinches me durarían menos. Me he adaptado bien, no te
preocupes por eso, aprendo cosas nuevas a cada rato sin perder tus palabras,
tus expresiones ni tu acento. Por estos lares hay de todo, gente que enseguida
me mira raro y pone cara de oler estiércol cuando seseo; gente normalita que no
siente la necesidad de redundar en la evidencia de mi origen; y gente que se
divierte o se maravilla o me cuenta su vida sólo por ser andaluza. “A ver, a
ver, di seis, di seis” –esto los fartuscos
de turno. Luego están los que juegan a ver si adivinan de qué parte soy, entre
Granada y Murcia queda la cosa casi siempre. Y los nostálgicos, los que me
cuentan que su padre era malagueño, o su madre cordobesa, o su perrito adoptado
de una protectora en Dos Hermanas. Una señora mayor, de Cádiz, que vino a
consulta me tuvo una vez una hora de
reloj charlando (más ella que yo) de lo divino y de lo humano, de su vida allí
y su vida en Madrid, de sus perros, de su marido, de sus casas, de sus hijas y
de una amiga suya que le hacía pasar vergüenza porque cuando se juntaban para
tomar café en una terracita hablaba a voces y entre “coños, cojones y chochos”
todo el que pasaba se giraba a mirarlas. Entrañable la mujer, me dio dos besos
y todo antes de irse. Yo, como siempre he estado bastante esmadrá, me emociono y me alegro cuando me encuentro a un paisano,
ya sea en la capital de España o en la Conchinchina.
En
fin, va tocando ya despedirse, pues poco más te puedo decir que no sea
repetirme. Ríete tú, pero es que es la verdad, madre no hay más que una y hoy,
en especial, te echo de menos un poquito más. Tú que me has parido y me has
criado. Tú que recogerás, más tarde o
más temprano, mi cuerpo entero para descansar. Madre chiquita y preciosa,
tierra sultana y generosa, aquí me ves, escribiendo para recordarte, cantándote
desde la sombra espesa de esta boina que me dio cobijo, bronquitis y un hueco
en su corazón. Reparte abrazos y joyos
con aceite y azúcar para mis hermanos. Y no te olvides nunca de tus hijos, de
tus tierras, ni de tus aceituneros
altivos.
Siempre
tuya,

