En las botellas de ginebra de la estantería brillaba candente el reflejo de las miradas de los parroquianos. Sedientos y sonrientes, pensando en su próxima elección. Tras la barra sonaban, de viva voz, los grandes éxitos del viejo bartender, aficionado a versionar letras y ritmos. Por la puerta entreabierta empezaba a colarse una agradable brisa nocturna. Era martes, pero el calendario del ánimo marcaba viernes.
Cuando entró, tan silencioso y cortés como siempre, no esperaba que nadie aguardase su llegada, mucho menos para felicitarle por su cumpleaños. Esa fecha que algunos ansiamos como agua de mayo, e incluso estudiamos el calendario para saber cuándo caerá en sábado, a otros casi se les olvida y le dan la misma importancia que a un veintinueve de febrero. Pero esta vez nos propusimos que fuera distinto.
Aquel cuaderno envuelto en papel de regalo causó desconcierto al principio. Fue aceptado después con una mezcla de alegría y azoramiento. Abrumado en su timidez sonreía y repartía abrazos por doquier sin saber siquiera de qué se trataba. Lo abrió con tiento y cariño, mientras le seguía danzando en los labios la curva de un momento de felicidad. Nervioso aún volvió a darnos las gracias varias veces más mientras acariciaba el cosido del lomo y las duras tapas de cartón.
¿Cuánto tiempo habría pasado desde la última vez que alguien lo había sorprendido con un regalo por su cumpleaños? O simplemente con un detalle sin más. Pensé en los demonios de la soledad y se me encogió alguna fibra por dentro. Me enterneció la mirada humilde y limpia, su emoción era sincera.
La velada fue tan agradable como de costumbre cuando la compañía es inmejorable y las copas aderezan el ambiente con su esencia bohemia. Quizás esa noche mi gintonic llevaba un toque de serotonina, quién sabe. Al calor del bar se estaba bien. Se estaba genial.
R.A.V.