martes, 16 de diciembre de 2014

DE SANGRE, OVEJAS Y SUEÑOS EROTICOFESTIVOS




Comienzo a aficionarme a relatar mis historias empezando con una pregunta (ahora entiendo a los  monologuistas) y no sé si será bueno o malo, pero ésta es de necesidad, y si no ya me lo diréis. ¿Habéis ido alguna vez a donar sangre? Si sois buenos samaritanos imagino que sí ¿no? Y si habéis pasado la dura prueba del pinchazo en el dedo, no tenéis tatuajes ni más agujeros que los que vienen de fábrica, ni enfermedades infectocontagiosas como la gripe aviar o la estupidez suprema, y vuestras fornicaciones son siempre seguras, estables y dentro de la legalidad vigente, imagino también que os habrán leído otra lista interminable de cosas que no debéis hacer después de dejar que os chupen medio litro de sangre ¿cierto? ¿Las visualizáis? ¿Recordáis algunas de ellas?-esto de las preguntas se me está yendo de las manos-. Pues ya os digo yo que hay una que se les ha olvidado poner: Durante las 24 horas siguientes a la extracción es totalmente desaconsejable irse a una granja a inseminar ovejas.



Y es que, claro, si no se especifican las cosas la gente se vuelve loca y hace tonterías. Con lo contenta que estaba yo ese día, quién me iba a decir a mí el show que me esperaba. Por la mañana convencí a un amigo para que se animara a donar conmigo y, como era su primera vez, aproveché para cachondearme un poco y darle consejos de veterana (maldito karma). Luego me fui tranquilamente a casa, volví a comer y beber, me aseguré una siesta reparadora y me puse de nuevo en marcha hacia la facultad, donde tenía unas prácticas que hacer con unas ovejas y unos tampones que simulaban estar rellenos de hormonas.



Hasta ahí todo bien. Nada parecía augurar sucesos oscuros ni desgracia alguna. Mas, cuando empecé a subir con varios de mis compañeros la empinada cuesta que separa Mordor University de la granja experimental, noté cómo un súbito estertor intestinal me sacudía las profundidades así, sin venir a cuento, porque sí. Porque le vino bien, porque debió pensar que era un buen momento, porque el campo es de todos y qué mejor lugar para plantar un pino o para reventar como un ciquitraque en caso necesario, porque no había tenido tiempo en todo el día, porque se le había antojado manifestarse a las siete de la tarde, y sobre todo porque debió pensar que, como todo el mundo sabe, donar sangre te da ganas de cagar.



No os voy a deleitar con detalles escatológicos, aunque los que me conocen saben que me gusta y se me da bien (es la sociedad la que tiene un problema, no yo), sólo diré, para que os ambientéis, que terminando el último repecho del camino el sudor frío formaba parte de mi atuendo y que el pseudominibañocuadra de la granja no tenía luz ni papel ni pestillo, y no, no había dehesa ni bosque mediterráneo a cuyo follaje virginal acudir en busca de consuelo. Aguanté pues como una jabata los envites del temporal y me mantuve tan firme como pude.



Agradecí a los dioses que pasados unos interminables diez minutos la fuerza del lado oscuro dejara de presionarme y me permitiera centrarme en mi tarea reproductiva con las ovejas. Realmente no íbamos a inseminarlas, sólo a ponerles esponjas vaginales con hormonas para simular cómo sería una salida a celo programada, pero eso quedaba demasiado largo y el caso es que os hicierais una idea del asunto. Así que oveja para arriba y oveja para abajo, ahora me agacho, ahora me levanto, sujeto a la oveja y le doy media vuelta y si hace falta le hago un placaje, corre, salta, brinca, mete tampón, si la oveja aprieta tú empuja y si la oveja empuja tú aprieta, y saca tampón, y sécate el sudor (todo esto con la musiquita de Benny Hill).



Tras la entretenida parte práctica nos esperaba un pequeño receso teórico en una parte contigua de la nave, y allá que nos fuimos a escuchar pacientemente la lección. Llegados a este punto, y para que podáis entender, valga la redundancia, todos los puntos y comas de la anécdota, debo aclarar varias cosas. Primero, que mi cuerpo, con las reservas de hemoglobina seriamente afectadas, se había visto recientemente sometido a un esfuerzo titánico de represión esfinteriana para no liarla parda y, poco después, se había puesto a revolear ovejas como si fueran peso pluma. Y segundo, y no menos importante, que mis sistemas nervioso y hormonal andaban bastante revolucionados por la presencia de un profe de prácticas cuanto menos encantador al que yo tenía en mi pedestal particular.



Dicho esto y volviendo al meollo, allí estaba yo, de pie entre mis compañeros, firme y solemne, intentando bajarme de la nube y prestar atención a las palabras que salían de la boca de ese hombre tan adorable, con esos ojos azules y esa sonrisa arrebatadora, que hasta el mono y las botas le sentaban bien. Y venga a mentar hormonas, y procesos fisiológicos y reproductivos, y venga a mentar fármacos inyectables y tamponiles, y venga a... En cuestión de un milisegundo sentí un escalofrío y un sudor más frío todavía que me bajaba por el cogote, me quedé mirando fijamente al adonis veterinario que en ese momento sostenía un botecito sobre el que nos estaba hablando, se me nubló la vista hasta el negro oscuro y me fui hacia adelante como si hubiera cogido un ciego de caballo en plena feria de mayo (en un intercambio de opiniones posterior me enteré de que había parecido un zombie de los del Thriller de Michael Jackson). Recuerdo vagamente que el buen hombre, al ver que me tiraba literalmente encima de él (juro por los dioses que, aunque agradable, no fue intencionado, en todo caso la fuerza del destino) dijo algo así como “vaya, pues si que tiene interés esta chica en el botecito”. Después me terminé de desmayar de alguna manera y me tendieron en el suelo repleto de cagarrutas de oveja (sí, muy romántico).



Aunque para romántico mi despertar. Tras unos segundos en los que perdí el conocimiento, una amiga que reaccionó rápido me puso los pies en alto y la sangre me volvió a la cabeza como una feliz bofetada. Parpadeé apenas y me encontré al príncipe de Beckelar mirándome con ojillos tiernos y sonriéndome, con la mano apoyada en mi frente: “¿Estás bien?”. Responder a eso con la verdad habría sido delito seguro. Desde luego no era la idea que había alimentado en mis sueños erótico-festivos, pero a falta de pan…Me sentí abrumada y avergonzada, además de hipovolémica. Todo el grupo me miraba expectante, otra de mis amigas me había abierto el mono de trabajo hasta la cintura pensando que me asfixiaba (menos mal que tenía ropa debajo), el profe adorable no me dejaba levantarme, y lo peor de todo es que mi primer pensamiento post-pájara había sido “por favor, por todos los orcos de Mordor, que no se me haya ido el esfínter”.



¡¡Qué vergüenza!! ¡¡Tenía ganas de gritar eso de “Si me queréis, irse”!! Afortunadamente no me había ido de varetas, pero la situación era digna de un sketch de La Hora Chanante: yo despatarrada y despechugada en el suelo, “el Arrebola” (mi príncipe Encantador) frivolizando con frases tan acertadas como “Ey, pues ahora que estás así podíamos aprovechar y ponerte a ti las esponjas…”, una de mis amigas floja de la risa, la otra atacada de los nervios, y a mí lo único que se me ocurrió para salir del paso fue dirigirme a mi amigo el primodonante para decirle “Y el hijoputa éste, que está más chupao que la pipa de un indio, dona por primera vez y no le pasa na’, y a mí que estoy bien criá va y me da un chungo, hay que joderse”.



Menuda estampa para un cuadro. Un rato después, cuando me volvió el color a la cara, me ayudaron a levantarme y me trajeron una silla. El resto de la clase teórica la pasé mirando a un punto fijo que quedaba a la altura de mis ojos, no diré qué era para no escandalizaros, pero pensad mal. El apuesto rubiales dio prácticamente lo que quedaba de clase mirándome con especial interés y preocupación paternal, yo por mi parte intenté concentrarme en no derramar demasiadas babas. Y al término de la misma se acercó, servicial y correcto, a preguntarme si tenía coche para volver a casa. Llamadme loca, pero yo en ese momento me moría por contestarle “No, y si lo tuviera le rajaba ahora mismo una rueda. Móntame en tu caballo, príncipe de Beckelar”, de hecho, se lo pensé a la cara. Lamentablemente sí que tenía coche (gracias José Antonio, eres un buen amigo), mi gozo en un pozo, pero me quedé con aquella sonrisa de recuerdo y con unas estúpidas ganas de suspender la asignatura para tener que repetir las prácticas con mi caballero andante.



Así que, ya sabéis, si vais a donar sangre tened cuidado, que por menos de nada acabáis, sin saber cómo, con las patas para arriba y de mierda hasta las trancas. 




Raquel Alcaide