martes, 27 de agosto de 2019

Crónicas de viaje: "Asturies, ye lo qu'hai".







‘Tengo los pies fríos desde que pasamos León. El paisaje ha cambiado por completo y no se ve nada que no sea montañas y verde a borbotones, y bancos de niebla derramándose hasta mojar el reflejo de mis gafas en la ventanilla del tren. Había olvidado estas estampas (no sé cómo) y es curiosa la manera en que, con sólo cuatro gotas de lluvia y las primeras elevaciones del terreno, esos parajes con los que me maravillé por primera vez hace cinco años han vuelto a mi cabeza con toda la nitidez de ese momento. Acabamos de parar en Oviedo, llevo a Bowie en los cascos y a Don Pelayo en el e-book. ¡Ya no queda nada, amigo Gijón!’

Así empieza el cuaderno de viaje de nuestra última escapada. Hace unos días que volvimos de tierras astures y aún ando flotando en esa suerte de melancolía que te deja en los párpados la caricia del norte. ¡Aviso! Esta crónica podría convertirse en un empacho de bosque, nostalgia y sidra; intentaré no aburrir demasiado con lo que –según mis intenciones– debería ser la narración amena de otra bonita experiencia.

Tuve la suerte de conocer Gijón hace unos cuantos años (un regalo de aniversario difícil de olvidar) y, por aquello de la sorpresa y la inmediatez, aunque lo disfruté igualmente no me dio tiempo de organizar el viaje como corresponde a mi TOC sheldoniano y ancestral. Esta vez tenía claro que ese aspecto iba a ser distinto y, ya de vuelta y haciendo memoria de todo lo visto y vivido, creo que puedo decir que lo hemos conseguido. No penséis que lo planeo y calculo todo escrupulosamente –la esencia de estas cosas es también desconectar y dejarse llevar– pero me gusta controlar algunos detalles antes de salir, lo básico, estudiar un poco la zona, mirar mapas, revisar recomendaciones, apuntar ideas, lugares, opciones, etc. Y no se me da mal, eh. Manejo tan bien estos preparativos que hasta clavé exactamente la fecha en la que me iba a venir la regla. Sí, correcto, los mismos cuatro días que duraba el viaje. Como dicen en Asturias: ¡Ye lo qu’hai!

Ironías aparte, lo hemos pasado tan estupendamente que la pena de volver ha sido grande y gorda. Si habéis estado por allí sabéis de lo que hablo. Cierto es que para gustos los colores,  y habrá opiniones de todo tipo. Quizás otros pensarán que no es para tanto, pero tengo que decir que, entre otras cosas, yo soy una motivada de la vida, y antes de cada aventura en mi cabeza ya es la repanocha. Cuando vas con esa predisposición natural a que todo te flipe es complicado que no sea así, y a mí el norte de España me flipa. Eso también facilita que los pequeños baches que puedan presentarse en el transcurso de los días no te fastidien más de lo imprescindible; en otras palabras: ‘cuerpo de vacaciones, mente de vacaciones’. Tranquilidad, brisa marina, sidras y, en mi caso y por eventualidades, ibuprofeno de 600 mg.

El caso es que llegamos una tarde nubosa, con chubascos esporádicos y viento bendito, que nos supo a gloria, soltamos las maletas en el hotel y nos fuimos a dar el paseíto de rigor por San Lorenzo. Bajar a la playa a esas horas era ya imposible, estaba la marea bien arriba y llegaba el agua hasta casi derramarse sobre el muro del paseo –imagen que es siempre un espectáculo sensacional para mis ojos de secano–; había tres veteranos autóctonos, flotando distendidos junto a una de las escaleras de bajada, que me dieron mucha envidia. Después de un ratito respirando ese aire tan salubre decidimos seguir disfrutando de las vistas pero con una copa en la mano y tras los ventanales del Varsovia. ¡Qué calma más abrumadora! Qué felicidad.

La única visita guiada que concertamos fue la de la Universidad Laboral, un conjunto arquitectónico verdaderamente impresionante emplazado a unos 3 km del centro de la ciudad, por la zona de Cabueñes (el autobús L1 te deja en la misma puerta, una maravilla si vas por la vida tirando de piececitos). Por lo que nos contaron se empezó a construir a finales de los años cuarenta con idea de ser orfanato y centro de aprendizaje para los hijos de los mineros fallecidos, pero luego fue pasando por varias manos y etapas hasta que el Principado de Asturias comenzó las tareas de rehabilitación y recuperación en 2001. La historia es bastante más larga e interesante, y tiene datos tan jugosos como los 130 metros de altura de la torre (a la que, por supuesto, subimos, 17 pisos, ¡ojo con el vértigo!), la cúpula elíptica de la iglesia, que es la más grande de Europa, o la extensión del edificio que, con sus 270.000 m2 es el más grande de España. Si os pica la curiosidad hay alguna que otra página, además de Wikipedia, que ilustra bastante bien el tema. En resumen: una delicia para la vista. A mí me recordaba, salvando las distancias, al entorno de El Club de los Poetas Muertos, incluso al castillo de Hogwarts (sí, ya os dije que me flipo mucho, pero es que es para verlo, impresiona tela marinera). Me hinché de hacer fotos, huelga decirlo.



Donde verdaderamente fundí la batería y casi la memoria del teléfono fue en el Jardín Botánico Atlántico –abro inciso aquí para decir que compramos la entrada conjunta a la universidad y al botánico, que esta última puede realizarse a lo largo de un año y que el precio es insultantemente barato–, que está justo enfrente, cruzando la carretera. Nos dieron un mapa, una previsión de dos horas de recorrido y una sonrisa. ¡Y a la aventura! Me cuesta mucho hilar frases llegados a este punto –ya sabéis, trombo de verde–, sería más fácil ilustraros directamente con fotos, pero esto intenta ser una crónica, no un catálogo de plantas (aunque ya os digo yo que con todas las que hice tengo para confeccionar mi propio herbario).

Creo que lo más acertado que puedo decir es: fantasía pura. Había una parte de huerto con árboles frutales y otros arbustos de menor talla, estanques, riachuelos, pasarelas de madera y carteles identificativos en todos los rincones, lagartijas, caracoles, pececillos, insectos varios y aves del norte. En algún momento, sin saber cómo, nos dimos cuenta de que nos había tragado el bosque cantábrico. Las copas de los árboles tejían su propio techo sobre nuestras cabezas; una lucecilla tenue y neblinosa se colaba de vez en cuando entre las hojas de hayas y carbayos recordándonos que, aunque lo pareciera, no era de noche; ignorábamos las flechas del camino porque las xanas nos tentaban con sus juegos misteriosos para perdernos por rincones poblados de viejos troncos y enormes raíces; flotaba magia en la atmósfera y nenúfares bajo el puente. Era como perderte en un cuento, un cuento de los bonitos. De verdad. Y cuando llevas mundos paralelos en la azotea y en la mochila, como yo, no te hace falta nada más.

Lo pasamos genial. Disfruté como una enana y casi tienen que sacarme a rastras de la tiendecita de recuerdos, donde todos los souvenirs tenían que ver con la flora y fauna autóctonas (¡qué raro!) y hacían que decidirse fuera una auténtica odisea. Pero ya empezaba a haber hambre y no había discusión posible. ¡Qué comida la de aquel día! Me estoy acordando ahora. Fuimos a un sitio que se llama La Bolera y todavía me relamo al pensar en el platazo de bacalao con pisto que me metí entre pecho y espalda. Y en el arroz con leche, y en los frixuelos rellenos de arroz con leche también. Sí, esa comida fue de las mejores (si es que hubo alguna mala). Y sí, hubo cachopo y sidra –la duda ofende–, todo tuvo su momento. El pulpo, el pastel de cabracho, el bonito, los cachopines, el cabrales, un tataki de atún rojo con garantía de origen y código QR de trazabilidad (no me digáis que esto último no es para fliparlo con fundamento)… Y lo de las sidras lo he dicho ya ¿no? ¡Ay, las sidras! Qué bien entran a cualquier hora del día. Tienes que tener un cuidado… ¡Sobre todo si vas conmigo!

¡Si es que no hay recuerdo malo (quitando los estertores ováricos que combatía a fuerza de voluntad y antiinflamatorios)!. Fuimos otro día al Acuario de Gijón –una chulada en la que también hubo reportaje fotográfico y donde nos divertimos bastante huyendo de las familias con niños e intentando buscar una explicación científica al reventón espontáneo que pegó el cristal de la esfera de mi reloj cuando teníamos la cara pegada al cristal de las mantarrayas–; y otro al Museo del Pueblo Asturiano –varias plantas con exposiciones, antiguos hórreos en los que se detenía el tiempo al entrar y una charca perfecta con su bioma y sus adorables patos (me vuelvo loca con los patos, ya lo sabéis).

No nos dejamos atrás la subida al Cerro de Santa Catalina con su Elogio del Horizonte –al que muchos llaman, muy juiciosamente, el váter de King Kong– y sus imponentes vistas. Gustosa me habría quedado tumbada en la hierba hasta que un rayito perdido de sol me hubiera frito a las tres de la tarde. ¡Qué paz se respira en las alturas!. Es tan distinto de toda mi vida que me llena los pulmones hasta quemarlos de serotonina y sal. ¡Claro que se me va con las metáforas! Como para no. ¡Ay, Asturias! ¡Ay, Gijón!

Iba yo penando por las calles de Cimavilla a escasas horas de la irremediable vuelta al epicentro ibérico, cuando nos topamos con una calle corta pero amplia que sin saberlo contendría una triada maravillosa que pondría la guinda a cuatro días increíbles: una papelería creativa, una librería antigua y una acogedora tiendecita de té. Por el rabillo del ojo intuí una gota de sudor frío resbalar por la frente de mi contrario a la vez que miraba disimuladamente el reloj, buen sabedor de lo que se avecinaba. Yo, por mi parte, parecía que me había tragado una percha, feliz como una perdiz, dichosa y frenética como un niño con sobredosis de azúcar, nerviosa y todo como la buena enferma de los libros y los papeles –y desde hace un tiempo también las yerbas y las teteras– que soy. ¡Qué ilusión más grande! Bueno, ahorro detalles, si subís por la zona ya os daré direcciones y más datos. Pero permitidme al menos que diga que me fui de allí con un canuto de papeles para encuadernar, una caja metálica de postales vintage, un saquito de té irish breakfast, un libro sobre Don Pelayo y otro de Eduardo Galeano. Y casi perdemos el tren, claro. Pero a mí que me quiten lo bailao (y lo comprao).

Al teclear estos párrafos rememoro cada momento hasta casi poder tocarlo de nuevo. Es una sensación tan intensa como fugaz y me encanta saborearla sólo con evocarla en un pensamiento. Ahora tengo la tentación urgente de dejarme llevar por nostalgias, olores y calles estrechas con fachadas azules sobre las que se escribe la historia de un pueblo. Me pasó exactamente lo mismo cuando, sentada en el vagón de turno, me negaba a asumir que ya se había acabado todo, y supe que era el instante preciso para terminar con una sonrisa de resignación mi cuaderno de viaje.

‘Nos vamos ya, Señora de los Verdes. Atrás quedan tus frondosos valles, tus casitas de colores salpicadas por la montaña, enclavadas en la tierra como flores norteñas nacidas de tu vientre fértil de raíz y mineral, tus muros de piedra gris peinando la yerba que aplasta las vías del tren, tus playas de arena rubia, tu sidra, tus carbayedos, el latir verde de tu sonrisa, tu brisa con melodía atlántica. De los borreguitos de tu Cantábrico aún tengo salitre en los labios. Qué pronto te acabas, Asturias. ¡Ye lo qu’hai!’.



Volveremos siempre.




RAV

jueves, 1 de agosto de 2019

¡Mu-se, madre, Mu-se! (Crónica mínima de un concierto máximo).




Hay algunas cosas que prefiero hacer en caliente, como comer lasaña, darme un baño con sales o escribir. Calculo que debo sentir las cosas más o menos a unos treinta y ocho grados y medio –temperatura  normal para un perro, pero fiebre para un humano, sea invierno o verano, o verano largo, y con esos niveles de estrés térmico (que lo llaman ahora) si no las saco afuera puedo estallar en mil pedazos de adrenalina y confeti. No soy crítica ni entendida de nada de lo que voy a hablar, pero voy a hacerlo porque soy de la parte que siente y respira sin estar versada en ninguna materia –ni siquiera en esas últimas dos–, así que sintiéndolo mucho no me queda otra que escribirlo (permitidme este maravilloso juego de palabras).

Fue una noche memorable la de ayer, la de anoche. El cielo de Madrid quiso liberar nuestras gargantas, por un día, de la asfixiante soga de fuego interminable que veníamos arrastrando más de una semana atrás. Oleadas de agradecida brisa despeinaban a la reina de las banderas rojiblancas haciendo las delicias de miles de aficionados –al fútbol, a las banderas, o a los conciertos, que yo también eché mi foto de rigor, por supuesto que se arremolinaban en las inmediaciones del Wanda Metropolitano, impacientes y motivados, entre trozos de sombra y un último golpe de sol, todos con las cuatro letras obligadas en el pecho, la barriga o la espalda: MUSE. Le dije a mi madre, cuando me preguntó, que íbamos a ver a ‘mu-se’ porque al mentarle a ‘mius’, entre su inglés y mi acento, parecía una onomatopeya ininteligible de alguna nueva especie. Un grupo muy bueno, madre –resumí–, un grupo muy muy bueno. Eso pensaba yo, que sólo había escuchado sus canciones en mi cacharro moderno con auriculares y en youtube. La verdad es que, después de vivirlos en directo, ahora cualquier triste disco se me queda corto.

No recuerdo quiénes eran los teloneros, pero tocaban de puta madre, al menos las dos o tres últimas canciones, que fue lo que nos dio tiempo a escuchar cuando llegamos. ¡Menudo templo tienen allí montado! Al principio reconozco que no me pareció un estadio tan grande, pero 68.000 personas no son pocas y resulta que es una cuestión de perspectiva, desde más allá de nuestra media grada se ampliaban espacio y sensaciones. Sí que era grande, sí. Por esa suerte de tragaluz central que tiene se empezaron a colar las estrellas antes de que nos quisiéramos dar cuenta y, aunque con su retraso protocolario, el show no se hizo esperar demasiado. ‘¿Ves esos dos puntos brillantes rosas que se mueven por el escenario? Pues ese es Matt Bellamy’ –me gritó al oído mi contrario, en adelante también conocido como Ojo de Halcón, para guiarme por los tortuosos caminos de los miopes con las lentillas secas. Ahí estábamos, después de nueve meses con las entradas perdidas en un correo electrónico. ¡Viendo por fin a los jodidos Muse!

Las inmensas pantallas que cerraban el escenario nos servían de guía estelar para poder disfrutar del espectáculo desde cualquier punto del graderío. Luces hipnóticas, efectos alienígenas y colores imposibles se derramaban por doquier al ritmo del más puro y poseído rock interplanetario. Con los vellos de punta y sobredosis de adrenalina asistíamos insaciables al movimiento sísmico que los tres elementos sagrados provocaban en derredor, cuerda, tecla y percusión ardían en directo electrificando nuestras válvulas cardiacas. El puto Matt tocando rodilla, flipándose mientras le metía caña a la guitarra de mil maneras distintas; el batería dándolo todo con la camiseta del Atleti; trajes espaciales, ritmos robóticos, improvisaciones, magia y trinitrotolueno. Era imposible no alucinar ante tal despliegue de dinamita y pasión. Me sabía Simulation Theory de punta a cabo, pero siempre te esperas y se agradece que toquen algunas míticas. Casi me caigo saltando como si tuviera azogue cuando escuché los primeros acordes de Psycho, con Supermassive Black Hole me transporté a otra dimensión, y con mi ansiada Starlight me volví a enamorar. No podía dejar de moverme, el cuerpo se iba solo, hechizado, embriagado, extasiado. Un breve impás, Dig Down, miles de linternas de miles de personas entregadas meciéndose en marea digital, dando calor y voz a una letra sembrada de lucha y resistencia, de esperanza y desobediencia, de fe, de valor, de valores. Luego fuego otra vez, alto voltaje, tormenta, revolución, más Muse. Y de repente Knights of Cydonia –apoteósica y demoledora–, y de repente... el final.

No me explico cómo llegó, ¿alguien lo vio venir? Dos horas oí decir por ahí que había durado el concierto. Lo cierto es que mi reloj se paró, metafórica y literalmente, el de la muñeca no quiso seguir andando y el otro dijo que no podía ser, que no habían pasado 120 minutos ni de coña. Aquello no podía terminar, pero terminó. Como un día libre, como la mejor fiesta, como esa tarde de cervezas que no quieres que acabe, como un polvo insuperable. Terminó y salimos con la muchedumbre, pero yo me permití el lujo de seguir en mi nube, en la misma anfetamínica atmósfera en la que me había sumido el brutal directo.

No han pasado ni 24 horas y estoy escribiendo esto con nostálgica resaca. Y sí, estáis esperando que lo diga y lo voy a decir, la acústica del Wanda es claramente mejorable, pero eso no nos impidió lo más mínimo disfrutar como nunca de la experiencia extrasensorial que supone un concierto de Muse. Uno que, para mí y sinceramente, espero que sea el primero de muchos. Volvería a pagar gustosa cada céntimo que gasté en estas entradas. ¡Y lo volveré a hacer! La música en vivo es heroína en vena.

Larga vida y mucho Muse.       


                                       

Nota: Estos párrafos fueron escritos un día después del glorioso 26 de julio de 2019, pero los repasos y edición hacen que lo estéis leyendo ahora.


Nota 2: En serio, id a un concierto de Muse. Aunque sea una vez en la vida. Todavía tengo agujetas de aplaudir.




RAV