martes, 17 de abril de 2018

Libros que me gustan


"Me detuve, alzando una pata para echar una última meada: mi marca, por si no volvía. Negro estuvo aquí. Y mientras lo hacía, por un momento pensé en todos los que ladraban. En aquellos compañeros de infortunio sentenciados a un final infame: perros que, como había dicho el dogo, tal vez algún día fueron cachorrillos mimados, felices, arrancados de su sueño confortable por la estupidez y la crueldad humanas, y que ahora, en aquellas sucias jaulas, esperaban su destino como sparrings o como luchadores. Como carne fácil de coso y arena; o, en el mejor de los casos, abocados a un destino de decadencia, miseria, enfermedad y locura. Perros sin dueño, abandonados, robados, secuestrados, perdidos en un mundo sin piedad. Y mientras recorría el breve trecho entre la jaula y la furgoneta, oyéndolos ladrar su desesperación y su tragedia, recordé una de las historias a las que solía referirse Agilulfo cuando Teo y yo dábamos lengüetazos al agua anisada del Abrevadero: algo sobre un tal Espartaco, un gladiador romano; un luchador que se había rebelado contra sus amos y echado al monte con sus camaradas. Un esclavo que había sabido ser libre antes de morir vendiendo cara su piel y de acabar crucificado, o algo parecido.

Entonces me hicieron entrar en la furgoneta y puse rumbo a mi destino".

(Los perros duros no bailan. Arturo Pérez-Reverte)

viernes, 6 de abril de 2018

Sobre cuadernos y procesos



Empezar algo siempre da un poco de vértigo. Terminarlo puede generar alivio, o también miedo. Y a veces es el avance intermedio la parte que más acongoja del proceso. Puede que me esté liando, me pasa siempre cuando se me acumula en la cabeza lo que quiero expresar y se me solapan las palabras con las que intento hacerlo. Una de esas dos cosas va necesariamente más rápido que la otra, y ahí empieza el caos.

Para ser más gráfica y desahogarme de una vez diré que tengo sobre la mesa las tapas de un futuro cuaderno listas para coser (no pensaba que fuera a rimar, pero ahí lo dejo). Va a ser una encuadernación secreta belga, y le guardo tanto amor como respeto y pánico. Forrar las tapas y el lomo siempre me inquieta. Quiero que la cola empape todo, que seque bien, que no haya arrugas, burbujas, ni algún borde manchado y brillante, que no se combe el cartón, que quede impecable, pero, una vez sudada la gota gorda para cortar recto y parejo todas las partes con el cúter, el proceso de forrar es fácil y asumible después de todo. Coloco peso encima y respiro por unas horas, hasta que la gravedad haga su magia y termine de pulir mi trabajo.

Si puedo me pongo con otro proyecto para no saturarme mucho con la misma cosa. Y si no, me dedico a cavilar y esbozar mentalmente cómo van a ser los siguientes pasos que voy a dar. Ahora toca hacer una plantilla, coger el punzón y marcar los agujeros, pero antes de eso tengo una decoración pendiente. Esta vez me han pedido que un logo particular sea el protagonista de la portada, me he permitido además la licencia de añadir un pequeño detalle a juego en la contraportada (por más carta blanca que te den para que imagines y crees, siempre atenaza el riesgo de meter la pata hasta el corvejón). Y nada de esto ha sido liviano, muy al contrario. Ha sido un peso con el que he cargado varios días mientras me dedicaba a hacer pruebas con papeles, pegamentos y barnices. Un poco de intoxicación pulmonar (cada uno se droga con lo que quiere o con lo que puede) y a probar resistencia de materiales y calidad de productos. Parece que esto funciona, vale, genial, lo haré. Lo hago. Un pellizquito en el estómago hasta que ves que no has reventado todo lo que tenías hecho hasta ahora. ¡Seguimos!

Agujeros marcados. Sin darme cuenta aguanto la respiración mientras sujeto la plantilla sobre las tapas, no es cuestión de acabar con un síncope, pero cada mínimo elemento que forma parte del conjunto me tiene in albis hasta que veo que ya está y que está bien. Cualquiera diría, con lo que sufro, que me gusta lo que hago. Pues, aunque parezca mentira, así es. Ya casi acabo.

Tengo las tapas y el lomo sobre la base de corte, las hojas interiores preparadas y agujereadas, y la aguja curva lista y enhebrada. Todo a punto para coser y rematar la faena.  Pero aquí estoy, sin atacar. Observo ese panorama desde la esquinita en la que me evado, escribiendo estas líneas sobre mis agobios, haciendo tiempo para acometer la última tarea, imaginando que un duendecillo invisible y nocturno me hace el trabajo sucio y me deja un cosido perfecto y reluciente evitándome el miedo y la tensión de tener que hacerlo yo sabiendo que en el último escalón todo puede resbalar y precipitarse al vacío. Sí, ¿por qué no?. El melodrama se me puede dar tan bien o mejor que la encuadernación belga.

Creo que ya es hora de soltar la tecla y de intentarlo. ¡Deseadme suerte!

Nota: Sobre el proyecto que tengo ahora entre manos no puedo subir fotos, así que os enseño este otro que hice hace algún tiempo y que, por los papeles de las tapas, es uno de mis favoritos.




RAV