lunes, 25 de enero de 2021

Por un kilo de brevas

 

Arsacio y Flora vivían en el campo, allí en el valle, casi al fondo del todo, entre dos laderas plagadas de pitas y olivos. En una casita baja y ancha con un par de puertas, tres ventanas y tejado y medio, se recogían del sol y de la lluvia cuando encartaba, amanecían y anochecían con su rutina de lechugas, cabras y pan duro, y con los tres hijos que les habían tocado en suerte. Tenían unas cuantas gallinas también, y un granado y un ciruelo, y alguna higuera. No era una gran hacienda —ni  siquiera se distinguía dónde terminaba la casa y dónde empezaban las zahúrdas y el corral—, pero les daba para sobrevivir, y después de una guerra no se hacían preguntas; se daban las gracias sin hablar y seguían adelante.

Muy lejos de la romántica idea que de la naturaleza tenemos en los tiempos modernos, la vida extramuros despierta todos los días antes que los propios gallos y se acuesta mucho después de que encandile la luna. Así se encallecían, también entonces, las manos y se curvaban poco a poco la cerviz de los padres y el lomo de los hijos. Desde temprana edad se aplicaban estos en las faenas del hogar, luego —si querían Dios y la vaca negra— aprendían a leer, a escribir y las cuatro reglas, y con siete u ocho años estaban ya listos para recoger aceitunas, cortar ajos, limpiar cuadras o lo que falta hiciera para arrimar el hombro y ganarse el sustento diario.

La hermana mayor y el desgarbado zagal de en medio conocían de sobra sus deberes y, con más o menos entusiasmo, asumían su parte de carga; pero Adela, la pequeña, iba todavía a la escuela y andaba justo en esa edad en que pronto se decidiría para ella el mismo destino que para sus hermanos. ‹‹Mucho trabajo, señor maestro, no están los tiempos para soñar. La esperanza y el futuro son cosa de los intelectuales…››, le decía el bueno de Arsacio a don Martín varias tardes a la semana y cierto domingo esporádico, cuando el viejo profesor se dejaba caer por la casilla para intentar conducir al hortelano por el camino de la razón. Que no gastaba mollera dura Arsacio, y de noble como era no le había levantado la voz ni soltado un alpargatazo a ninguno de sus vástagos en sus cortas vidas, pero no estaba la cosa para pagar estudios y encima dejar en barbecho unos brazos frescos y lozanos que siempre venían bien para mantener a flote la economía.

El maestro, por su parte, no perdía la fe, los estribos ni la paciencia. De todo eso tenía bastante y, con su boina calada y su chivata de avellano, se acercaba a darle la charla cada vez que veía ocasión. Gran empeño y dialéctica ponía en convencer al padre de familia para que diera la oportunidad a su benjamina de medrar en los estudios, y agotados ya todos sus argumentos los repetía sin desanimarse, confiando para sus adentros en aquello de que no liga el burro por guapo sino por insistente.

Una tarde de primeros de junio, con la excusa de catar las primeras brevas de la temporada, se pasó don Martín por la huerta de Arsacio, y allí que lo encontró sembrando unos calabacines y rumiando cosas que él sabría entre dientes. Mientras preparaba éste la romana para pesar la fruta, aprovechó el maestro como quien no quiere la cosa y volvió sobre el tema:

—¿Y no se ha pensado usted lo que le dije el otro día, Arsacio?

—Si es que no hay nada que pensar, don Martín. Yo se lo agradezco de veras, pero son   muchas bocas que alimentar.

—Mire que se le dan bien las matemáticas a la niña, y es aplicada y despierta —seguía relatando el maestro con calma.

—Eso está bien. Así no me la engañarán con la paga a final de mes, que ya está crecidita y ha empezado a servir por las tardes en una buena casa.

—Vaya por Dios. Así que ya la han puesto a trabajar… Pero la dejarán volver al colegio el curso que viene ¿verdad?

—¿Le pongo algo más aparte del kilo de brevas? —Arsacio no quería ser descortés, pero había que ir abreviando con el palique, que se deshilachaba el día.

El maestro siguió a lo suyo y pareció iluminársele de pronto la frente. Con una media sonrisa se jugó una pequeña carta.

—Bueno, y digo yo… ¿Qué le parecería que Adelita viniese a limpiar mi casa? Mi señora no da abasto entre tanto quehacer y cuidar de su madre, que está ahora pachucha. Así podría ganarse unas perrillas y yo le seguiría dando clases con su permiso.

Arsacio suspiró tan profundamente que un gato que le andaba alrededor puso el rabo gordo y se alejó receloso.

Unas semanas más tarde acabó dando su brazo a torcer y dejó a la cría seguir recibiendo instrucción básica de don Martín. Le tenía aprecio al hombre y, si tanto interés había mostrado éste en la niña, quizás merecía la pena darle una oportunidad. Si la cosa salía mal, trabajo no le iba a faltar; la metería en otra casa de gente pudiente o la mandaría por las mañanas a subir al pueblo a vender leche y huevos.

Estaba bien tenerlo todo pensado, por si acaso, pero con los años acabó descubriendo que aquellas alternativas nunca le harían falta. Adela se aplicaba con energía y tesón a sus libros, y pronto hubo de despedirse de don Martín para seguir recibiendo formación de otros profesores. Gracias a las recomendaciones de éste y a las buenas notas que se esforzaba en sacar, consiguió varias becas que le permitieron mudarse a la ciudad para continuar con sus estudios.

El bueno de don Martín vivió para ver cómo su pupila se convertía en médico. El primer médico que tuvo aquel valle, por un kilo de brevas.


#MiMejorMaestro


RAV


viernes, 1 de enero de 2021

"Cayeron torres, pero Spiderman no pudo estar..."

 

Hace unos doce meses trabajaba en la portada de mi agenda, en el mes de enero, intentando copiar dignamente la cabeza de un león aristoso, afilado y desafiante, que había encontrado en internet. Me pareció buena idea, pues las circunstancias del momento me habían llevado a ese camino brumoso que une la casita campestre y feliz con el castillo del ser oscuro, y la niebla no me dejaba ver en qué dirección se movían mis pies, así que lo único que se me ocurrió hacer fue lo que hago siempre, presentar batalla y que salga el sol por Antequera. La frase que reza nada más abrir el cuaderno podía haber sido ésa –ahora  que lo pienso, pero quedaba más romántica aquella letra de Héroes: La derrota no es una opción, y no hay excusa. Está claro que de haber tenido poderes predictivos habría seguido cantando parasiempre me parece mucho tiempo…

Estaba dudando si meter esa última oración entre paréntesis, pero se me han jodido las teclas de la segunda fila del portátil. Tendrá que quedar así, espero que pueda soportar los embates de la crítica moderna del lector riguroso. La cuestión es que, sin darme cuenta, ése ha sido mi mantra desde entonces. Si puedo elegir, elijo no rendirme. Y me voy a poner ese pin, porque me apetece, la verdad. No es que me haya levantado hoy con el discurso pensado, ni con mariposas en el estómago o subidones hormonales de purpurina con fresa, muy al contrario, tengo contracturas hasta en las cejas y he dormido como si hubiera estado descargando sacos de harina toda la noche, arreando a mi contrario para que dejara de roncar y dando más vueltas que un manco remando, pero me ha entrado el calambrazo de hacer inventario y aquí estoy, poniéndome mi pin. Ea.

¿Quedará muy Mermelada Coelho si hago repaso y ensalzamiento de cosas buenas? No sé muy bien por dónde meterle mano a esto, mi reputación de Grinch podría verse gravemente afectada, aunque, por otra parte, mi calendario de Adviento y las galletas de canela y jengibre con sabor a Navidad –y a canela y jengibre me salen cada vez mejor, y eso es muy contradictorio, claramente. En cualquier caso, lo que es impepinable es que he llegado hasta aquí, y eso mola bastante. Porque, a ver, cuando una empieza temporada nueva con trabajo nuevo, lo último que piensa es que va a llegar hasta el final y a sobrevivir para contarlo, pero mira, lo que yo decía, un pin pa’ mí.

Todo comenzó con la forja de los Grandes Anillos…Perdón, mi vida no es tan épica, pero yo sí, qué le vamos a hacer. Pues eso, que los nuevos capítulos empezaron con curro a destajo en la otra punta del reino. Conocí a gente muy caramelo y a gente muy última loncha de choped de táper de una semana; también a criaturas insidiosas y corrosivas, con veneno en la sangre, surgidas de algún abismo negro y antiguo como el mundo y como el cagar. De todo tiene que haber en la viña del Señor. Aprendí muchas cosas –algunas  incluso de mi profesión y aguanté como una jabata hasta final de trayecto, o de contrato en este caso. Y estoy orgullosa. Y cagada de miedo, que también lo estuve, y lo estoy, y lo estaré, pero oye, ahí lo llevamos, el miedo y yo, la mierda y yo, el cable de la cabeza y el culo, ya sabéis, la vida, los autobuses enlatados, equilibrismo en el metro, vapores de alcohol como densas nubes a nuestro alrededor, como si fueras a ser Rocío Jurado, esa noche, en Lluvia de estrellas. ¡Ahora sí que estoy resumiendo! Joder, ya era hora.

Entre toda esa aventura perdí sin querer un puñado de kilos, algún teléfono y una buena amiga. Cosas que pasan. En los tres casos la lucha continúa. En abril me acordé de que la respuesta a la vida, el universo y todo lo demás es 42, así que me tatué el Don’t panic! en el cerebro y mi costumbre se encargó de recordármelo cada vez que volvía del baño con cara de chino con diarrea –ser friki ayuda mucho a motivarse, tener un compañero de viaje que sabe cuándo hay que soltar un par de hostias figuradas, también–. Mayo fue asqueroso, en junio me imaginé que cada día era un capítulo de Doctor Who, de julio no me acuerdo, pero en agosto vi a mi familia cuatro días y a la bella Galicia otros tantos, y en A Costa da Morte no eché de menos la tardis. Luego aproveché el paro para pasarme la ITV, y volví a pasar miedo, y luego alivio, y luego miedo otra vez, y luego suspiré, y resoplé, y al final cagué duro. Una montaña rusa de emociones y texturas. Y aquí estoy, al final de tantas cosas, enrollándome como siempre, descontenta con la estructura y la forma de estos párrafos, descubriendo una vez más por qué no suelo hacer esta clase de remember flipado de anuario. Tan flipado que empecé escribiéndolo ayer y lo estoy acabando hoy. Pausa para rellenarme el té –rojo con chocolate, algarroba y arroz inflado, y una cucharadita de miel de espliego, deberíais probarlo, templa el espíritu y amodorra las tensiones sociales–.

El caso es que, a pesar de haber tenido que renunciar como todo el mundo a tantas cosas, no me parece justo menospreciar otros tantos méritos conseguidos, cosas bonitas y hasta útiles que he encontrado por el camino, y metas nuevas que en otro momento nunca se me habría ocurrido siquiera proponerme. Adaptarse no significa someterse, significa rediseñar el método de lucha para seguir sobreviviendo, y eso es todo lo que estoy –y lo que estamos– haciendo. Empieza a sonar de fondo esa maravillosa canción de Bowie, ¿la oís? Ch ch ch ch changes…

Por cierto, aproveché que se me escacharró el móvil y tuve que cambiarlo para salirme de unos cuantos grupos. Me da una pereza tremenda arrastrar esos lastres inútiles, si alguien se quiere ofender le recomendaría un vasito de agua, pero para no ser tan borde matizaré simplemente que detestar los grupos de WhatsApp no implica necesariamente una falta de aprecio por las personas que los componen. También aprovecho este párrafo de miscelánea que me estoy sacando de la manga para recordar a aquellos pobres de espíritu que si no me van a decir “qué guapa estás, se te ha quedado un cuerpo de escándalo”, que mantengan el boquino en mute, pues mi visible, aunque no prevista ni buscada, pero a su vez de sobra salubre delgadez se va a quedar conmigo bastante tiempo, y los rancios comentarios acompañados de hiperbólicas muecas de sobreenfatizada preocupación empiezan a cansarme. Me está quedando bien este popurrí prácticamente inconexo de cosas. Espero que no se me vaya de las manos.

Es posible que lo mejor, para evitar esto último, sea ir encajando ya la puerta. ¡Última ronda! ¡No saquéis las copas a la calle! Como se suele decir, os voy a dejar que sigáis con vuestra faena, que os cunda y todo eso. Yo, por mi parte, tengo montañas de papeles y proyectos que organizar, trabajo decentemente remunerado que buscar, y posturas nuevas de yoga que intentar, que no es poco. 

Tengo unas amigas geniales, una amorosa familia de otra época y corte moral, y un hombre que mata dragones por mí. Si desear sirve de algo, os deseo algo tan bueno como lo que yo tengo, y que se extienda en vuestra línea de vida desde hoy mismo hasta el infinito. Salud, rock and roll y buenos caldos. ¡Feliz 2021!


¡JUMANJI!


R.A.V.