Da igual si el día ha sido corto o largo, intenso, pasajero o rutinario, si al final puedo caer en la cama como un ladrillo, a todo lo largo, y abrir un libro, y leer un rato. Ése será mi premio, y será mi bálsamo.
Hace
dos noches empecé un título nuevo, de tapa blanda y edición casi de bolsillo
—no importa, no soy prejuiciosa ni talibana, puedo quererlo igual—; sin
pensarlo en modo alguno, de manera totalmente automática, hice lo que hago
siempre: saludé, presenté mis respetos y mis nobles intenciones, y, sin pedir
permiso, hundí mi nariz chata entre sus páginas. Inspiré, aspiré y respiré
varias veces, y me dejé llevar un rato. Era mi premio y era mi bálsamo. No
había ninguna prisa.
Esto
no es nuevo para mí —soy vieja (y pelleja) oledora de libros—, y aun así me
pilló ciertamente a desmano, a contrapelo y desenfocada, la imprevista tromba
de nostalgias comprimidas que mi bulbo olfatorio descargó impunemente sobre una
parte de mi cerebro cuyas insondables conexiones desconozco pero que es,
claramente, la hacedora de magia.
¿Cómo
se explica si no? ¿Cómo puede ser que un papel tan nuevo, tan recién sacado del
horno, tan tibio, tan sin tocar, pueda oler así?
Olía
al Carabás 1 y al Micho 2, a la editorial Anaya y a Vacaciones Santillana.
Olía
a la mesita de noche de mi cuarto de cuando tenía doce años, al altillo del
armario empotrado, al rincón donde mi madre escondía las revistas del Círculo
de Lectores.
Olía
al polvillo de las estanterías metálicas de la biblioteca del pueblo y a todos
los libros que Ana Cabello dejaba que me llevara a casa, sabiendo de sobra que
se me pasaría la fecha del préstamo antes de que pudiera leérmelos todos.
Olía
a Alfaguara, a las ediciones con el lomo de color mostaza y al Pequeño Vampiro.
Olía
a las aventuras de la Celia de Elena Fortún que mi madre nos leía por las
noches.
Olía
a norte y a sur y a los mapas físicos y políticos del libro de Sociales de
primero de la ESO.
Olía
a diarios con candado, a collares de macarrones y a cajas con gusanos de seda.
Al verano del 92.
Olía
a Nesquik con galletas, a guerras de globos de agua, a medias noches con
nocilla y polos Flash de la marca Kelia. A cumpleaños de tres días.
Olía
a paseos por el campo, con perros gigantes que parecían molinos y molinos
enormes que se convertían en castillos.
Olía
a la historia del melonero que nos contaba mi padre; a mi abuela chillándole a
mi abuelo porque le daba el pan con la boca a los pichones; a mi perro
D’Artacán, al que todos se empeñaban en llamar Sandokán.
Olía
a macetas en las puertas, a alfombras de juncia y a peroles de arroz el domingo
de las cruces de mayo en la Sendilla.
Olía
a cuentos que no recuerdo que escribí, a doña Amparo y a la señorita Josefina.
Olía a teatro y a piscina.
Olía
a nervios de la Selectividad.
Olía
a jazmín y a naranjas, al bullir de los gorriones y verderones por la mañana
temprano en el corral.
Olía
a toda la vida leyendo y viviendo.
Olía
a calma y a libertad.
Y
todo eso en un segundo. Como para no marearse con tanto olor ¿verdad? ¡Maldita
celulosa y sus intríngulis químicos con aroma a viajes en el tiempo!

