En
estos tiempos oscuros me acecha con frecuencia la melancolía, y una especie de
vejez prematura se apodera de mis sentidos, dejándome absorta en aquellos maravillosos años, que quizás
no lo fueron tanto. Aun así, volver la vista atrás me sirve para capear el
temporal, porque en el pasado encuentro los pilares que sostienen toda mi
existencia. Los motivos, las raíces, los comienzos duros y hasta los finales
tristes.
De
lo malo siempre he intentado quedarme con la lección, y de lo bueno, con lo
mejor, con esas pequeñas luces que han guiado mi camino desde casi antes de
empezar a andar, los marcapáginas de mi historia: los maestros, mis queridos maestros. Y no me refiero a
esos que dan clase, sino a los que te enseñan, a los que te tocan los cimientos
y marcan una parte de tu vida. A ellos vuelvo, en busca de consejo y consuelo,
cuando me pierdo, cuando el futuro es incierto y el presente se tambalea bajo
mis pies. Cuando necesito recordar quién soy, recuerdo quiénes eran. Y,
todavía, son.
Todo
empezó en el parvulario, en esa época en la que somos auténticas e inocentes
esponjas. Doña Amparo era un nuevo descubrimiento para mí, con kilos de
paciencia y cariño se dedicaba en cuerpo y alma a aguantarnos y educarnos,
ejercía tal atracción sobre nosotros que a veces no la dejábamos tranquila ni
durante el recreo. No era de extrañar que todas las madres estuvieran
encantadas con ella, niño contento, mami contenta, todos felices. Maestra de
maestras. Estoy segura de que aquellos de mis compañeros que acabaron estudiando
magisterio la tienen como referente, y la tuvieron como señal inequívoca del
destino y la vocación en nuestros tempranos años. Más de veinte han pasado ya y,
cuando alguna vez nos hemos cruzado por la calle, aún se acuerda de mí. La
sonrisa que me ensancha la cara en ese momento no se puede describir.
También
mi “seño” doña Josefina me recuerda, y me lo demuestra afectuosamente siempre
que nos encontramos. Tuve la suerte de caer en su grupo de clase cuando tenía
ocho años, y tener que abandonarla con diez fue uno de los trances más duros de
mi niñez. Rápidamente nos acostumbramos a lo bueno, a la dedicación, a la
comprensión, al cariño incondicional y, una vez más, a la paciencia y tesón
infinitos. Aprendí mucho de ella, no sólo de Lengua y Matemáticas. No solemos
darnos cuenta de estas cosas, no las llevamos apuntadas en una lista, pero los
maestros de verdad te dejan su marca impresa. Y su amor es tan sincero que
cuando empiezas a volar en solitario no puedes evitar sentirte de algún modo
huérfano, sin ellos.
La
ternura y condescendencia del colegio terminarían pronto, a la vuelta de la esquina
nos esperaba la vorágine desconocida del instituto (y no sé por qué pluralizo,
quizás la única que sentía pavor por esa nueva valla en la carrera de
obstáculos era yo). Otros profesores, otros horarios, otros compañeros, otro
nivel, demasiados cambios en tan poco tiempo. El primer día de clase nos
llamaron a filas en el patio y nos asignaron grupo, aula y tutor. El mío se
llamaba Emilio, era un tipo menudo y tranquilo, con barba y pelo rubio oscuro al que, por algún motivo, todos conocían como "Prosinecki".
Durante dos años seguidos nos enseñó Ciencias Sociales y guardo un grato
recuerdo de él, quizás también porque fue la primera persona que se atrevió a
traspasar esa barrera profesor-alumno para preguntarme si me pasaba algo, al
ver cómo mis notas en su asignatura bajaban en picado de un curso a otro.
No
volvería jamás a mi adolescencia, pero si algo la hizo menos dura fue sin duda
toparme con buenos “senseis” por el camino. Como el susodicho, o como Paco
Luque, el de Sociales de tercero, o Diana, la de Ética de cuarto, o Raimundo,
el de Matemáticas de primero de bachillerato. Grandes personas y personajes
que, al menos a mí, me calaron profundamente. Me arrepiento de no haber
participado más en sus clases, cuando intentaban interaccionar con nosotros y
acercarnos a la realidad y al mundo que había fuera de nuestra burbuja de
cristal. Fueron un verdadero estímulo para mi mente y, aunque nunca lo sabrán,
tienen mucho que ver en el carácter y la forma de ver la vida que tengo hoy
día.
Les
debo mucho. Como poco un abrazo sincero y un par de cañas. Y más que un deber
es un deseo, del que no se escapan “Juan-Ri” ni Salvador, mis profes de
Historia y Matemáticas de segundo de bachillerato. Honorables señores de ideas
claras y profundos valores. Y no lo sé porque hablara con ellos sobre el tema,
lo sé porque lo transmitían, porque enseñaban mucho más que una asignatura,
enseñaban a hacerse preguntas, a pensar libremente, a tener actitud y
personalidad, a ser mejor, a no conformarse. Enseñaban a vivir, si es que eso
se puede enseñar. Me siento increíblemente afortunada por haber coincidido con
ellos. Ahora que me voy acercando a los treinta me aprieta la nostalgia, y me
apena ser consciente de que seguir adelante significa dejar etapas y personas
atrás. Probablemente no vuelva a cruzarme con ninguno, pero sueño con esa
cervecita con ellos, y con esa charla de joven Padawan a maestro Jedi.
Tampoco
olvido a otros maestros que no son tales y que me han marcado como si lo
fueran. Hay personas que nacen con el noble arte de saber enseñar y no saben que lo
tienen, que son mejores que un libro abierto, que utilizan las palabras adecuadas,
que transmiten sin proponérselo. César es una de ellas. Creo que habría
terminado antes la carrera y habría entendido infinitas cosas más si me hubiese
dado clase. Cuando te apasiona lo que haces consigues motivar y encandilar a
los demás, y eso no te lo da ningún título. Quizás debería decírselo antes de
que la vida y el tiempo impongan su distancia habitual y se olvide de mí, como
todo maestro de sus tantísimos alumnos.
No
es lo mejor que he escrito, ni remotamente. Pero tenía unas irresistibles ganas
de dedicar unas letras a esas personas que me han dejado una huella imborrable
en el corazón, elevando el significado de la enseñanza a su máxima expresión.
Porque creo que se lo merecen, porque deben saberlo. Porque les admiro y porque
les quiero.
Gracias,
Maestros.
Raquel Alcaide
