miércoles, 29 de octubre de 2014

De Maestros






En estos tiempos oscuros me acecha con frecuencia la melancolía, y una especie de vejez prematura se apodera de mis sentidos, dejándome absorta en aquellos maravillosos años, que quizás no lo fueron tanto. Aun así, volver la vista atrás me sirve para capear el temporal, porque en el pasado encuentro los pilares que sostienen toda mi existencia. Los motivos, las raíces, los comienzos duros y hasta los finales tristes.



De lo malo siempre he intentado quedarme con la lección, y de lo bueno, con lo mejor, con esas pequeñas luces que han guiado mi camino desde casi antes de empezar a andar, los marcapáginas de mi historia: los maestros, mis queridos maestros. Y no me refiero a esos que dan clase, sino a los que te enseñan, a los que te tocan los cimientos y marcan una parte de tu vida. A ellos vuelvo, en busca de consejo y consuelo, cuando me pierdo, cuando el futuro es incierto y el presente se tambalea bajo mis pies. Cuando necesito recordar quién soy, recuerdo quiénes eran. Y, todavía, son.



Todo empezó en el parvulario, en esa época en la que somos auténticas e inocentes esponjas. Doña Amparo era un nuevo descubrimiento para mí, con kilos de paciencia y cariño se dedicaba en cuerpo y alma a aguantarnos y educarnos, ejercía tal atracción sobre nosotros que a veces no la dejábamos tranquila ni durante el recreo. No era de extrañar que todas las madres estuvieran encantadas con ella, niño contento, mami contenta, todos felices. Maestra de maestras. Estoy segura de que aquellos de mis compañeros que acabaron estudiando magisterio la tienen como referente, y la tuvieron como señal inequívoca del destino y la vocación en nuestros tempranos años. Más de veinte han pasado ya y, cuando alguna vez nos hemos cruzado por la calle, aún se acuerda de mí. La sonrisa que me ensancha la cara en ese momento no se puede describir.



También mi “seño” doña Josefina me recuerda, y me lo demuestra afectuosamente siempre que nos encontramos. Tuve la suerte de caer en su grupo de clase cuando tenía ocho años, y tener que abandonarla con diez fue uno de los trances más duros de mi niñez. Rápidamente nos acostumbramos a lo bueno, a la dedicación, a la comprensión, al cariño incondicional y, una vez más, a la paciencia y tesón infinitos. Aprendí mucho de ella, no sólo de Lengua y Matemáticas. No solemos darnos cuenta de estas cosas, no las llevamos apuntadas en una lista, pero los maestros de verdad te dejan su marca impresa. Y su amor es tan sincero que cuando empiezas a volar en solitario no puedes evitar sentirte de algún modo huérfano, sin ellos.



La ternura y condescendencia del colegio terminarían pronto, a la vuelta de la esquina nos esperaba la vorágine desconocida del instituto (y no sé por qué pluralizo, quizás la única que sentía pavor por esa nueva valla en la carrera de obstáculos era yo). Otros profesores, otros horarios, otros compañeros, otro nivel, demasiados cambios en tan poco tiempo. El primer día de clase nos llamaron a filas en el patio y nos asignaron grupo, aula y tutor. El mío se llamaba Emilio, era un tipo menudo y tranquilo, con barba y pelo rubio oscuro al que, por algún motivo, todos conocían como "Prosinecki". Durante dos años seguidos nos enseñó Ciencias Sociales y guardo un grato recuerdo de él, quizás también porque fue la primera persona que se atrevió a traspasar esa barrera profesor-alumno para preguntarme si me pasaba algo, al ver cómo mis notas en su asignatura bajaban en picado de un curso a otro.



No volvería jamás a mi adolescencia, pero si algo la hizo menos dura fue sin duda toparme con buenos “senseis” por el camino. Como el susodicho, o como Paco Luque, el de Sociales de tercero, o Diana, la de Ética de cuarto, o Raimundo, el de Matemáticas de primero de bachillerato. Grandes personas y personajes que, al menos a mí, me calaron profundamente. Me arrepiento de no haber participado más en sus clases, cuando intentaban interaccionar con nosotros y acercarnos a la realidad y al mundo que había fuera de nuestra burbuja de cristal. Fueron un verdadero estímulo para mi mente y, aunque nunca lo sabrán, tienen mucho que ver en el carácter y la forma de ver la vida que tengo hoy día.



Les debo mucho. Como poco un abrazo sincero y un par de cañas. Y más que un deber es un deseo, del que no se escapan “Juan-Ri” ni Salvador, mis profes de Historia y Matemáticas de segundo de bachillerato. Honorables señores de ideas claras y profundos valores. Y no lo sé porque hablara con ellos sobre el tema, lo sé porque lo transmitían, porque enseñaban mucho más que una asignatura, enseñaban a hacerse preguntas, a pensar libremente, a tener actitud y personalidad, a ser mejor, a no conformarse. Enseñaban a vivir, si es que eso se puede enseñar. Me siento increíblemente afortunada por haber coincidido con ellos. Ahora que me voy acercando a los treinta me aprieta la nostalgia, y me apena ser consciente de que seguir adelante significa dejar etapas y personas atrás. Probablemente no vuelva a cruzarme con ninguno, pero sueño con esa cervecita con ellos, y con esa charla de joven Padawan a maestro Jedi.



Tampoco olvido a otros maestros que no son tales y que me han marcado como si lo fueran. Hay personas que nacen con el noble arte de saber enseñar y no saben que lo tienen, que son mejores que un libro abierto, que utilizan las palabras adecuadas, que transmiten sin proponérselo. César es una de ellas. Creo que habría terminado antes la carrera y habría entendido infinitas cosas más si me hubiese dado clase. Cuando te apasiona lo que haces consigues motivar y encandilar a los demás, y eso no te lo da ningún título. Quizás debería decírselo antes de que la vida y el tiempo impongan su distancia habitual y se olvide de mí, como todo maestro de sus tantísimos alumnos.



No es lo mejor que he escrito, ni remotamente. Pero tenía unas irresistibles ganas de dedicar unas letras a esas personas que me han dejado una huella imborrable en el corazón, elevando el significado de la enseñanza a su máxima expresión. Porque creo que se lo merecen, porque deben saberlo. Porque les admiro y porque les quiero.



Gracias, Maestros.





Raquel Alcaide

martes, 14 de octubre de 2014

Dentro del Laberinto



¿Nunca os ha mirado un libro? A mí sí. Aquellas tapas desgastadas de color azul añil intentaban comunicarse conmigo, hasta me pareció que el conejito grabado en oro de la portada salía de su fondo de cartón y me guiñaba un ojo: “¡Mírame! ¡Mírame! ¡Estoy aquí!”.

Fue exactamente ese tipo de momento en el que se para el tiempo, el corazón te da un vuelco, y te descubres de repente transportándote, por alguna suerte de delorean, a esa parte de tu vida tan a menudo olvidada. Ese pequeño rinconcito de paz, ancestral zona de confort, ese abrazo tierno que es la infancia. Como en esas cajitas de juguete en las que miras por un agujerito y van pasando fotogramas de una película, mi mente eclipsada atravesó los años y apartó los recuerdos, ensartando voraz con una lanza el que estaba inevitablemente ligado a ese libro. Los Cuentos Completos  de Beatrix Potter.

Tenía cuatro años cuando, de la mano de mi madre, conocí el lugar más maravilloso del mundo. Una biblioteca. Y digo una porque desde entonces cualquier biblioteca de cualquier lugar del planeta se convirtió para mí en un templo sagrado. Imposible olvidar aquel imponente lomo que destacaba en una de las estanterías metálicas por encima del resto de libros, como atraída por un imán me acerqué y lo señalé, supongo que debí pensar “cuanto más grande mejor” y me lo llevé a casa, sin darme cuenta  de que era él quien me había elegido a mí.

Al principio me lo leía mi madre, por la noche, antes de dormir. Con el tiempo, cuando crecí algo más y superé el Micho 2, esa costumbre pasó a ser mía, y cada día devoraba feliz uno de aquellos cuentos. En algún momento hicieron una serie de dibujos animados, lo que para mi tierna edad supuso el culmen de aquel vórtice de magia inagotable. El conejo Perico y su pequeño congénere Benjamín, el sapo Jeremías, la gatita Milagros, Samuel Bigotes… Creo que batí el récord sacando aquel libro de la biblioteca municipal, aún recuerdo las viejas fichas amarillas en las que repetía una y otra vez mi nombre y apellidos, un garabato, y mi número de socia,  el 1.069.

Y veinte años después ahí estaba, abrumada por un trombo de recuerdos y emociones que parecía a punto de estallarme dentro del pecho. Mirando la tapa sin sobrecubierta que asomaba entre montones de libros de segunda mano, reencontrándome con la felicidad en un afortunado giro del destino. Allí, en una librería anticuaria, como no podía ser de otra forma. Donde todo encaja, cada vieja página, cada lomo gastado, cada libro olvidado, donado o rescatado, donde te envuelve la estela de otro siglo y otros mundos, allí donde el inconfundible olor de las hojas repasadas por mil generaciones te llena los pulmones. Donde todo encuentra su lugar, allí, dentro del Laberinto.

El señor respetable de pelo cano que atendía aquella mañana metió un marcapáginas dentro de mi colección de cuentos y me la devolvió con una afable sonrisa.

-       Te llevas un libro muy bonito.
-       Lo sé - contesté-. Me enamoré de él cuando tenía cuatro o cinco años y volverlo a ver ha sido como un flechazo.
-       Entonces debes llevártelo, sin duda – dijo, mientras seguía sonriendo y parecía entender, sin necesidad de cruzar una sola palabra, todo el cúmulo de sensaciones que me brillaba en los ojos y me ensanchaba el alma.

Me quedé unos segundos así, acariciando el grabado de la portada desnuda, preguntándome cuántas vidas habría conocido y llenado antes que la mía. Y me fui, llevándome un poquito de esa magia debajo del brazo, con el absoluto convencimiento de que había vuelto a pasar. De entre todas las personas, me había vuelto a elegir a mí.



Raquel Alcaide