Tocar cualquier tema se ha
convertido en los últimos tiempos en meterte en un jardín. Hables de lo que
hables, escribas sobre lo que escribas, la ira y la ofensa campan por doquier,
brotan y crecen en todas direcciones, contaminándolo todo a su paso, sin freno,
sin filtro, sin más cortafuegos que volverte, voluntariamente, sordo y ciego.
Estoy un poco cansada de tanta tontería, así que aquí va mi ración de locura y
de insensatez. Me cojo los aperos de labranza y me tiro al monte, mantened la
distancia de seguridad por si acaso se me escapa algún escardillazo. El que
avisa no es traidor.
¡Qué de vídeos se están
moviendo estos días por las redes! Osos por la carretera, lobos en las calles,
marranos hozando en la puerta de casa… El ser humano se ha visto obligado a
quitarse de en medio y los animales inundan las aceras aprovechando su
ausencia. Parafraseando al Dr. Ian Malcolm: la vida se abre camino. Es una
realidad, un escenario previsible en la situación actual, no hay más. Que esto
nos lleve a ciertas reflexiones está bien, es inevitable, se deja fluir y ya
está, y se sigue viviendo y sobreviviendo. Pero no, no es tan fácil, no podemos
parar ahí, tenemos que fliparlo y pintarlo todo de color Disney, porque somos
así, nos puede el romanticismo, el siglo XXI, el enfermizo primermundismo que
llevamos mamando desde que nacimos y el musical de El Rey León. “Este virus le
está haciendo un favor a la naturaleza, deberíamos extinguirnos como especie”;
oye, mira, pues extínguete tú si quieres, majo (o maja, cuidao), los voluntarios para el suicidio colectivo que levanten la
mano, y luego que se tiren todos por donde les parezca, pero a mí que me dejen
tranquilita, que yo ya he nacido, y yo me quedo aquí hasta que me piquen billete en el tren de la bruja.
El conejo excava sus
madrigueras en terraplenes y cunetas, el oso se procura buen cobijo dentro una
cueva, el guarro retoza y hoza y bien que soba por el monte, y nosotros tenemos
nuestras casas desde que sabemos construirlas. Respeto máximo a la naturaleza,
pero naturaleza somos todos. Si nos olvidamos de ese pequeño detalle nos
olvidamos de lo esencial. Quedan muchas cosas por cambiar, mucho camino que
recorrer, vaya eso por delante; no hay conciencia medioambiental, estamos
llenos de recursos y vacíos de intención, y vamos tarde, muy tarde, pero eso es
una cosa y otra muy distinta es que nos condenemos a la estupidez eterna como
especie.
El telón de fondo de este
brutal problema que tenemos como sociedad es la carencia más absoluta de una
sólida educación ambiental desde los cimientos, desde la raíz del sistema
educativo. Que yo también me he criado con el puñetero trauma de la muerte de
la madre de Bambi (¡cabrones!), pero por si acaso no te empiezas a coscar tú
solito de las cosas al crecer, qué menos que tener una asignatura en el colegio
que te vaya orientando en ciertas cosas, que te enseñe a respetar el campo y los
animales desde la comprensión de sus mecanismos, desde una visión de conjunto,
que no somos unos asesinos ni unos invasores, que hay una cadena alimentaria,
que todos tenemos nuestro papel, nuestro sitio y nuestra función. Y una vez que
tengas los conocimientos elige tu propio camino, eres libre, faltaría más, pero
ya tendrás una base para juzgar mucho más estable y realista que una fiesta de
osos amorosos que comen gominolas y cagan purpurina.
No nos ha faltado nada
nunca, nos hemos criado entre algodones, somos esa generación, y eso, como
todo, tiene su lado bueno y su lado no tan bueno. Y uno de los reversos oscuros
es éste, el daño que hacemos con nuestra ignorancia, con nuestra soberbia, con
el exacerbado despotismo con el que afirmamos y condenamos cualquier cosa. Creo
que nunca es tarde para abrir la mente, sólo hace falta un pequeño esfuerzo y
la compensación es grande. Todo este jardín es mucho más denso de lo que yo he
expuesto aquí, se ramifica hasta el infinito, podría añadir datos, anécdotas
propias y ajenas, bibliografía, historias varias, pero las tesis ya las
escriben otros, yo sólo doy mi humilde opinión cuando me entran los picores,
los que me conocéis ya lo sabéis. Y ya llevaba tiempo deseando rascarme. Quizás
es que me he criado en el pueblo, quizás es que soy de genética rústica, pero
el daño a la tierra me duele y hay muchos frentes abiertos, algunos de ellos
por la inconsciencia de los que más sabios y nobles con el medio se creen.
Igual otro día estoy más
inspirada. Ahí lo dejo por hoy.
RAV
