jueves, 22 de mayo de 2014

SOBRE EL INCIDENTE DE LA AVUTARDA





Siempre he creído más en la casualidad que en el destino, pero hay días en que los azares del cosmos se me antojan tan poco caprichosos que consiguen confundirme. Y éste era uno de ellos.

Allá que iba yo, tan ricamente acompañada, por una de las calles del madrileño barrio de Salamanca, cuando advertí un movimiento sospechoso por el rabillo del ojo. Un individuo estaba trasteando en una bolsa de basura que había a los pies de un árbol, y justo cuando dirigí mi mirada hacia él dejó lo que estuviera haciendo y se fue. Por inercia bajé los ojos a la maceta del árbol y descubrí a lo que me pareció un pollo de avestruz saliendo de la bolsa por un agujero de su mismo tamaño. Cuellilargo, patilargo y con los ojos abiertos como platos.

Con este cuadro tan bucólico ya os podéis imaginar que se me cayeron todos los palos del sombrajo. Los primeros segundos fueron de perplejidad ante el hallazgo, tenía dos cosas claras: una, estaba vivo, y dos, no había crecido allí como un tomate salvaje. No sé si el hombre que estaba momentos antes en el lugar había sido el autor del abandono o el que había abierto el boquete para que el pobre animal pudiera salir y respirar, pero lo de las indagaciones lo dejé para el CSI. Después de flipar un poco mirando a los ojillos al aturdido avestruzoide, como dos cabezas piensan más que una, empezamos a cavilar opciones (la de cogerlo cual gorrión huerfanito y llevármelo a casa para darle migajón y agua y calor de bombilla como hubiera hecho a los cinco años no la sopesamos, pero la intención hubiera sido igual de buena).

¡Ya me diréis a dónde llamas cuando pasan estas cosas! ¿A Pollos sin Fronteras? ¿A Gallináceas Anónimas? ¿O a la Embajada de Forasteros Plumíferos? Hay un número que siempre lleva a alguna parte, pero no teníamos claro si la situación revestía tal gravedad como para utilizarlo. En ocasiones como ésta la actitud de la gente es providencial para ayudarte a tomar decisiones rápidas y certeras. En otras palabras, los viandantes pasaban, se sorprendían al grito de “anda, mira, un pato”, se acercaban a cotillear, echaban su fotito con el móvil y se iban tan campantes, dejando al animal más estresado y desorientado de lo que ya estaba. Así que el 112 nos iba a hacer las veces de ONG aviar o íbamos a tener serios problemas con el público visitante.

No nos debieron tomar muy en serio, porque tardaron unos tres cuartos de hora en mandarnos refuerzos. Durante ese tiempo, que se nos hizo interminable, sólo una persona se detuvo al ver el panorama. Un personaje muy pintoresco (dejaré lo de su acento argentino para otra ocasión, chicas), pero el único que parecía tener sentido común y estar concienciado. Lo pusimos al tanto de lo que nos habían dicho por teléfono y, puesto que se unió a nuestro pequeño grupo improvisado de protección silvestre, montamos como pudimos un dispositivo de “señora por favor no se acerque que puede ser peligroso” y “haga usted el favor de controlar a su perro, gracias”.

Las reacciones de los transeúntes eran para escribir un libro aparte. El que menos pasaba ralentizando el paso, ponía cara de póker y seguía su camino. Los que más se paraban, se acercaban, hacían preguntas y cábalas sobre la especie -desde paloma hasta pavo, pasando casi todos por nuestro querido amigo el pato- sacaban también su instantánea e incluso alguno emitía sonidos de reclamo (huelga decir lo versados que se hallaban en materia de reclamos) para llamar su atención. Recuerdo a un señor que después de interrogarnos y mostrar el descubrimiento a sus adorables nietecitos nos dijo, muy guasón él: “Pues…pájaro que no vuela, a la cazuela” (le pensé algunas cosas a la cara). Pero la señora que realmente se ganó nuestro respeto y admiración más profundos fue una que se mostró muy interesada e inquisitiva, haciendo amplios ademanes de querer ofrecernos toda su colaboración en la identificación del animal. La buena mujer, después de sacar el móvil para inmortalizar la estampa y enviársela a su marido (que entendía mucho del tema), empezó a divagar en voz alta para que todos fuésemos partícipes de su sapiencia y capacidad deductiva, sobre todo de esto último, y nos iluminó con una frase que quedó grabada a fuego en mi memoria: “A ver… Un búho no puede ser, porque tiene pico”.

Después de esta exhibición tan gratuita de materia gris, a la que no sé cómo sobrevivimos sin hacer comentarios, aún tuvimos que mantener un buen rato el perímetro imaginario que habíamos creado para que el personal no pusiera todavía más en peligro a nuestro pollo.  El pobre hizo algún que otro amago de levantarse y ahuecar el ala (literalmente), no sabemos si por lo desconcertante que le resultaría estar totalmente fuera de su hábitat o por estar un poco hasta los orificios nasales de que lo tomasen por un pato. Aunque, debido a su aturdimiento, pasó la mayor parte del rato cual gallina empollando sus huevos, cada vez que se movía un milímetro nos tensábamos más que un cura en el bautizo de un gremlin. A cuento de esto se le ocurrió a nuestro tercero al mando ir a algún comercio a preguntar si nos podían dar una caja de cartón, sólo por si las moscas (o por si las plumas), para echársela gentilmente por encima si intentaba escapar a un lugar más seguro como la rueda de un coche o la rueda de otro.

Caja en ristre, músculos engarrotados, visión panorámica, periférica y retrodirigida activadas, allí seguíamos los tres paladines de la seguridad aviar viendo arrastrarse los segundos y desesperándonos un poco más. Tic tac…tic tac…tic tac. Nuestro amigo argentiguayo (no llegamos a saber si era argentino o uruguayo) se vio obligado a abandonar el barco, no sin antes dedicarme unas bellas palabras “che…yo creo que el animal debe saber que vos y yo lo quisimos ayudar” (en serio, chicas, en otro post). Y justo cinco minutos después llegaron nuestros hombres medioambientales con su coche oficial súper molón. Les hicimos señas, se bajaron y vinieron muy tranquilamente hacia nosotros (¡No hay prisa, señor agente!¡Sólo llevamos aquí 45 minutos protegiendo un perímetro de seguridad imaginario!) y, como dije antes, creo que pensaron que éramos unos frikis que habíamos encontrado una paloma mutante o un pato mareado, porque su reacción fue “¡¡Hostias tú!! ¡¡Pero si es una avutarda!!”.

Bueno, al fin nos quedó claro por qué no era un búho…¡Porque era una avutarda! ¡Qué cosas, eh! Nos dieron las gracias encarecidamente, con apretón de mano incluido (a mí no, pero eso forma parte del machismo social pasivo intrínseco del que ya hablaremos otro día, creo), metieron a nuestro pollito avutardero en la caja que teníamos preparada y se fueron muy contentos, no sin antes volver a darnos las gracias.

Final feliz. Menos mal. En cuanto se fueron pensé algunas cosas, como que me hubiera gustado dejarles mis datos para que me informaran del destino y estado del animal (no os riáis, que mi madre salvó a un mochuelo y luego le escribieron del CREA de Córdoba para contarle como estaba, y es muy reconfortante). También me dio un poco de pena por el argentiguayo, que se fue cinco minutos antes sin poder cerciorarse de que venían a por el pollo. Pero bueno, cabos sueltos en los que no caemos en el momento. Yo me quedo con lo importante.

Algún mentecato puso a un animal silvestre, que además está en peligro de extinción, en una acera en mitad de la gran urbe (no, no me olvido de lo de la bolsa de basura), y de todas las calles por las que podía haber pasado ese día fui a pasar precisamente por aquella. Como le dijo Gandalf a Frodo en las Minas de Moria: Es un pensamiento alentador ¿no?



Raquel Alcaide