Siempre he creído más en la casualidad
que en el destino, pero hay días en que los azares del cosmos se me antojan tan
poco caprichosos que consiguen confundirme. Y éste era uno de ellos.
Allá que iba yo, tan ricamente
acompañada, por una de las calles del madrileño barrio de Salamanca, cuando
advertí un movimiento sospechoso por el rabillo del ojo. Un individuo estaba
trasteando en una bolsa de basura que había a los pies de un árbol, y justo
cuando dirigí mi mirada hacia él dejó lo que estuviera haciendo y se fue. Por
inercia bajé los ojos a la maceta del árbol y descubrí a lo que me pareció un
pollo de avestruz saliendo de la bolsa por un agujero de su mismo tamaño.
Cuellilargo, patilargo y con los ojos abiertos como platos.
Con este cuadro tan bucólico ya os podéis
imaginar que se me cayeron todos los palos del sombrajo. Los primeros segundos
fueron de perplejidad ante el hallazgo, tenía dos cosas claras: una, estaba
vivo, y dos, no había crecido allí como un tomate salvaje. No sé si el hombre
que estaba momentos antes en el lugar había sido el autor del abandono o el que
había abierto el boquete para que el pobre animal pudiera salir y respirar,
pero lo de las indagaciones lo dejé para el CSI. Después de flipar un poco
mirando a los ojillos al aturdido avestruzoide, como dos cabezas piensan más
que una, empezamos a cavilar opciones (la de cogerlo cual gorrión huerfanito y
llevármelo a casa para darle migajón y agua y calor de bombilla como hubiera
hecho a los cinco años no la sopesamos, pero la intención hubiera sido igual de
buena).
¡Ya me diréis a dónde llamas cuando pasan
estas cosas! ¿A Pollos sin Fronteras? ¿A Gallináceas Anónimas? ¿O a la Embajada
de Forasteros Plumíferos? Hay un número que siempre lleva a alguna parte, pero
no teníamos claro si la situación revestía tal gravedad como para utilizarlo.
En ocasiones como ésta la actitud de la gente es providencial para ayudarte a
tomar decisiones rápidas y certeras. En otras palabras, los viandantes pasaban,
se sorprendían al grito de “anda, mira, un pato”, se acercaban a cotillear,
echaban su fotito con el móvil y se iban tan campantes, dejando al animal más
estresado y desorientado de lo que ya estaba. Así que el 112 nos iba a hacer
las veces de ONG aviar o íbamos a tener serios problemas con el público
visitante.
No nos debieron tomar muy en serio,
porque tardaron unos tres cuartos de hora en mandarnos refuerzos. Durante ese
tiempo, que se nos hizo interminable, sólo una persona se detuvo al ver el panorama.
Un personaje muy pintoresco (dejaré lo de su acento argentino para otra ocasión,
chicas), pero el único que parecía tener sentido común y estar concienciado. Lo
pusimos al tanto de lo que nos habían dicho por teléfono y, puesto que se unió
a nuestro pequeño grupo improvisado de protección silvestre, montamos como
pudimos un dispositivo de “señora por favor no se acerque que puede ser
peligroso” y “haga usted el favor de controlar a su perro, gracias”.
Las reacciones de los transeúntes eran
para escribir un libro aparte. El que menos pasaba ralentizando el paso, ponía
cara de póker y seguía su camino. Los que más se paraban, se acercaban, hacían
preguntas y cábalas sobre la especie -desde paloma hasta pavo, pasando casi
todos por nuestro querido amigo el pato- sacaban también su instantánea e
incluso alguno emitía sonidos de reclamo (huelga decir lo versados que se
hallaban en materia de reclamos) para llamar su atención. Recuerdo a un señor
que después de interrogarnos y mostrar el descubrimiento a sus adorables nietecitos
nos dijo, muy guasón él: “Pues…pájaro que no vuela, a la cazuela” (le pensé
algunas cosas a la cara). Pero la señora que realmente se ganó nuestro respeto
y admiración más profundos fue una que se mostró muy interesada e inquisitiva,
haciendo amplios ademanes de querer ofrecernos toda su colaboración en la
identificación del animal. La buena mujer, después de sacar el móvil para
inmortalizar la estampa y enviársela a su marido (que entendía mucho del tema),
empezó a divagar en voz alta para que todos fuésemos partícipes de su sapiencia
y capacidad deductiva, sobre todo de esto último, y nos iluminó con una frase
que quedó grabada a fuego en mi memoria: “A ver… Un búho no puede ser, porque
tiene pico”.
Después de esta exhibición tan gratuita
de materia gris, a la que no sé cómo sobrevivimos sin hacer comentarios, aún
tuvimos que mantener un buen rato el perímetro imaginario que habíamos creado
para que el personal no pusiera todavía más en peligro a nuestro pollo. El pobre hizo algún que otro amago de
levantarse y ahuecar el ala (literalmente), no sabemos si por lo desconcertante
que le resultaría estar totalmente fuera de su hábitat o por estar un poco
hasta los orificios nasales de que lo tomasen por un pato. Aunque, debido a su
aturdimiento, pasó la mayor parte del rato cual gallina empollando sus huevos,
cada vez que se movía un milímetro nos tensábamos más que un cura en el bautizo
de un gremlin. A cuento de esto se le ocurrió a nuestro tercero al mando ir a
algún comercio a preguntar si nos podían dar una caja de cartón, sólo por si
las moscas (o por si las plumas), para echársela gentilmente por encima si
intentaba escapar a un lugar más seguro como la rueda de un coche o la rueda de
otro.
Caja en ristre, músculos engarrotados,
visión panorámica, periférica y retrodirigida activadas, allí seguíamos los
tres paladines de la seguridad aviar viendo arrastrarse los segundos y
desesperándonos un poco más. Tic tac…tic tac…tic tac. Nuestro amigo
argentiguayo (no llegamos a saber si era argentino o uruguayo) se vio obligado
a abandonar el barco, no sin antes dedicarme unas bellas palabras “che…yo creo
que el animal debe saber que vos y yo lo quisimos ayudar” (en serio, chicas, en
otro post). Y justo cinco minutos después llegaron nuestros hombres medioambientales
con su coche oficial súper molón. Les hicimos señas, se bajaron y vinieron muy
tranquilamente hacia nosotros (¡No hay prisa, señor agente!¡Sólo llevamos aquí
45 minutos protegiendo un perímetro de seguridad imaginario!) y, como dije
antes, creo que pensaron que éramos unos frikis que habíamos encontrado una
paloma mutante o un pato mareado, porque su reacción fue “¡¡Hostias tú!! ¡¡Pero
si es una avutarda!!”.
Bueno, al fin nos quedó claro por qué no
era un búho…¡Porque era una avutarda! ¡Qué cosas, eh! Nos dieron las gracias
encarecidamente, con apretón de mano incluido (a mí no, pero eso forma parte
del machismo social pasivo intrínseco del que ya hablaremos otro día, creo),
metieron a nuestro pollito avutardero en la caja que teníamos preparada y se
fueron muy contentos, no sin antes volver a darnos las gracias.
Final feliz. Menos mal. En cuanto se
fueron pensé algunas cosas, como que me hubiera gustado dejarles mis datos para
que me informaran del destino y estado del animal (no os riáis, que mi madre
salvó a un mochuelo y luego le escribieron del CREA de Córdoba para contarle
como estaba, y es muy reconfortante). También me dio un poco de pena por el
argentiguayo, que se fue cinco minutos antes sin poder cerciorarse de que
venían a por el pollo. Pero bueno, cabos sueltos en los que no caemos en el
momento. Yo me quedo con lo importante.
Algún mentecato puso a un animal
silvestre, que además está en peligro de extinción, en una acera en mitad de la
gran urbe (no, no me olvido de lo de la bolsa de basura), y de todas las calles
por las que podía haber pasado ese día fui a pasar precisamente por aquella.
Como le dijo Gandalf a Frodo en las Minas de Moria: Es un pensamiento alentador ¿no?
Raquel Alcaide