lunes, 14 de diciembre de 2020

Opinión sobre el Anteproyecto de Ley de Bienestar Animal, al hilo de la consulta pública.

Esta parrafada de dimensiones ciertamente gruesas es la opinión que he querido remitir al correo electrónico que ha facilitado el gobierno a los ciudadanos para la consulta pública de la Ley de Bienestar Animal. Son unos doce minutos de lectura, así que imagino que no mucha gente va a pararse a meterse en estas lides, pero por si acaso a alguien le interesa por aquí dejo mi perorata. Pido perdón de antemano por si, a pesar de haberlo repasado mil veces, se hubiera colado alguna errata o el copia y pega desde el formato de origen hubiera hecho algún destrozo similar. 

"Mi nombre es Raquel Alcaide y mi DNI XXXXXXXXX. Soy veterinaria clínica de pequeños animales y, aunque laboralmente me desarrolle en ese campo, estoy desde siempre en amplio contacto con el mundo rural, tanto a nivel de producción animal como de explotación agrícola, ya que me he criado en un pueblo pequeño, lo que con frecuencia trae aparejado un estrecho vínculo con la naturaleza y con las muchas formas de interaccionar con ésta que existen. Añado todos estos datos –aparentemente superfluos–, a modo de introducción y con objeto de crear un contexto en el que se pueda entender correctamente mi más sincera opinión respecto al anteproyecto de ley en cuestión (en este caso, con carácter previo a su elaboración).

Pensar en la posibilidad de una Ley de Bienestar Animal me genera inevitablemente una sensación de triunfo, por la clara necesidad de ella que tenemos desde hace años, y a la vez un tremendo pavor ante lo titánico de su envergadura y lo denso de su magnitud. Hay tantos aspectos a tener en cuenta, tanto sobre lo que trabajar, que el riesgo de fracasar –aunque sea con la mejor intención del mundo– si se hacen las cosas demasiado rápido o a la ligera es altísimo.  Con esto quiero pedir que, ante todo, esta futura ley se enfoque desde el sentido común, la lógica y un profundo conocimiento del medio y de todas las especies que lo habitamos. Y para ello me parece absolutamente necesario que en la valoración de opciones y toma de decisiones importantes en todas las áreas que pueden integrar una ley de este calibre siempre forme parte del equipo alguna persona –un porcentaje representativo, aunque sea pequeño– que tenga experiencia en el campo concreto, un agricultor, un ganadero, un veterinario, un ingeniero de montes, o tantos otros ejemplos como se me ocurren. Que no juguemos con los elementos desde la frialdad de un despacho prefabricado guiados sólo por intereses concretos o por románticas teorías desviadas de la realidad, que trabajemos codo con codo con la gente que sostiene las bases de la vida y de nuestra sociedad para poder seguir manteniendo el equilibrio de la manera más justa y sostenible.

Dicho esto, reitero que estoy totalmente de acuerdo con la necesidad de crear en este país una serie de normas que regulen en la mayor medida posible la consecución y la conservación de un bienestar animal que abarque animales de compañía, animales de abasto y animales silvestres. Todos los puntos mencionados como objetivos en el documento de consulta pública me parecen muy correctos, y en cada uno de ellos caben un sinfín de matices a desarrollar. Quizás la primera parada en esta ruta, desde mi punto de vista, sea forzosamente la educación. Hay una flagrante carencia de educación ambiental en nuestra sociedad actual y en nuestro país en concreto. Necesitamos inculcar en los niños, desde su más temprana edad, esos valores y conceptos que queremos ver reflejados en el futuro de todos: amor por los animales y su entorno, respeto a toda forma de vida, empatía, humanidad…Y debemos hacer todo esto sin perder el norte, sin rayar en lo absurdo, sin desnaturalizar nuestra propia existencia en pro de un idílico mundo paralelo en el que todos los seres vivos somos iguales y convivimos en paz y armonía multiplicándonos exponencialmente hasta el fin de nuestros días.

Intentaré matizar bien esto, a fin de que no se lleve uno las manos a la cabeza y deje de leerme negándose sin más la posibilidad de entender mis razonamientos. Respetar la vida es indispensable, y la propia muerte forma parte de la vida, con lo que asumir este revés es tan importante como la premisa de la que partimos. Convivimos en este planeta con el resto de especies, ocupamos un espacio y tenemos unas necesidades; esto implica que para mantener esa supervivencia tenemos que encontrar el equilibrio con el resto de seres vivos, sean animales o vegetales. Pondré un ejemplo sencillo: yo vivo en una casa; mi casa está forzosamente ocupando un terreno; al estar mi casa ocupando ese terreno le está quitando espacio a un árbol o a varios que podrían ocupar su lugar, quizás con huecos estos en los que podría anidar un herrerillo común o similar; es decir, mi existencia en este punto implica la no existencia de otras especies en dicho lugar. Esto es la naturaleza misma con las reglas y mecanismos que los seres que la habitamos y compartimos precisamos para sobrevivir en ella.

Sí, estoy describiendo algo bastante básico y lógico, y el motivo no es otro que la preocupación sincera que siento por la deriva que en los últimos tiempos está tomando una parte de la sociedad hacia la fantasía y lo irreal. Podemos y debemos querer, cuidar y proteger a los animales, pero no en detrimento del ser humano, sino en favor siempre de un cuerdo equilibrio. Y equilibrio no significa igualdad. Estamos cayendo en el craso error de antropomorfizar a los animales. Puedo hablar aquí desde el corazón y desde la propia experiencia con la cantidad de casos que veo a diario en la clínica, donde perros y gatos son tratados a todos los niveles como personas, resultando muchísimas veces en problemas de conducta e incluso en el desarrollo de enfermedades físicas para los propios animales. Exactamente lo mismo pasa con vacas, cabras o cerdos, por seguir poniendo ejemplos. Por supuesto que hay que respetarlos, por supuesto que sienten y padecen, no son cosas, son seres vivos, pero no son seres humanos, no podemos perder el oremus. Yo me alimento de otros seres vivos para seguir viviendo, al igual que hacen otras especies con otras que la naturaleza ha puesto en el camino de su supervivencia. Y la muerte de esa vaca o de ese cerdo para que yo me alimente es el ciclo natural de la vida, no es una falta de respeto a su existencia –muy  al contrario–, igual que no lo es para la hierba que esa vaca se la haya comido antes.

Insisto, este romanticismo que se está generalizando en los últimos tiempos, este despegar los pies de la realidad, quizás parezca irrisorio, pero a mí me resulta más que preocupante, pues si este tipo de corrientes llegan a influenciar sobremanera algo tan serio, pionero y decisivo como podría ser esta futura Ley de Bienestar Animal, estaríamos sembrando la semilla del error en nuestros brotes verdes, inculcando en generaciones venideras conceptos “sobreromantizados” que tendrían nefastas consecuencias ambientales a no muy largo plazo en las que, por supuesto, nos veríamos implicados y salpicados de mala manera. Si educamos al niño, no tendremos que castigar al hombre. Pero eduquémoslo bien. Ardua tarea, y por eso justamente debemos esforzarnos más que nunca en llevarla a cabo de la mejor forma.

Siguiendo con este hilo de pensamiento, a modo de propuesta algo más concreta, creo que debería construirse poco a poco una asignatura (o varias) que empiece a asentar las bases de esa educación ambiental, y que lo haga a nivel nacional, con orden y concierto, y con mucho sentido común. Hay que enseñar en los colegios, desde los primeros cursos, valores tan básicos como la empatía, como por qué no se debe maltratar a otro ser vivo (podría mencionar infinitos ejemplos de barbaridades que por desgracia he visto a lo largo de mi vida en mi pueblo y de otras tantas que he vivido también en la gran ciudad), o como por qué no se debe abandonar. Pero también hay que enseñar a esos niños a convivir con la realidad, a crear sus propias opiniones teniendo como base la propia contradicción que es el concepto de la vida y la muerte, alejándolos de la insensatez de los extremos y totalitarismos con la razón y con sus propias experiencias con el medio.

Vuelvo a mi propio ejemplo para seguir ilustrando. Yo me he criado en el campo, conviviendo de cerca con matanzas de cerdo por San Martín, y nunca las he soportado. Recuerdo taparme los oídos cuando era pequeña y salía a la calle en aquellas fechas, porque en cierta zona de valle la acústica era desgarradora y el sonido de los últimos chillidos del animal me ponía los vellos de punta, era ensordecedor. Solía preguntar en mi casa si no había otra manera de matar al animal, pero cuando llegaba el chorizo a la cocina y mi padre lo churruscaba con alcohol y un mechero y lo metía entre dos trozos de pan, me faltaba tiempo para pedir mi parte del pastel. No estoy diciendo que haya que meter a un niño en este tipo de lides para enfrentarlo a la realidad –yo misma no lo haría nunca–, pero me parece más correcto y más útil para su desarrollo personal enseñarle a entender y respetar la realidad del medio en el que vive que intentar inculcarle una visión endulzada y distorsionada del mundo sencillamente porque esto nos parece más bonito, más tierno o más idílico.

Sin ir más lejos, he leído recientemente una noticia que no hace sino confirmar y agravar la preocupación de la que vengo hablando. Versa ésta sobre un libro de texto de Primaria, de la asignatura de Lengua Castellana, en el que se plantea a los alumnos el típico ejercicio de completar con sinónimos, en este caso partiendo de la frase “el lobo no come terneros”. En las imágenes que se adjuntan –y que pueden encontrarse en varios medios digitales a poco que se introduzca esa oración en cualquier buscador de Internet– pueden apreciarse también, al final de la página, unos breves párrafos que hablan del lobo a modo descriptivo refiriéndose a él en los siguientes términos: Este lobo bueno no consume carne de aves o terneros. Se me ocurren millones de ejemplos que podría usar en un libro de texto de Lengua para enseñar a los niños a leer, a escribir o a utilizar los sinónimos, antes que éste. Hay una clara intencionalidad detrás de este contenido, y me parece un problema realmente serio, no sólo por la falsedad manifiesta que se está imponiendo en la mente de esos niños sobre la alimentación del lobo, sino porque se les está enseñando que ese lobo es bueno porque no consume carne, es decir que si el lobo come carne es malo. El lobo no come carne porque sea malo, el lobo come carne porque es lobo. Los animales no son buenos ni son malos, son animales, y muchas especies –entre ellas la nuestra– se alimentan de otras, porque ésta es su naturaleza. No se les puede demonizar por esto, es un absurdo desproporcionado. Ésa, en todo caso, es la enseñanza que debería recibir el niño, en la asignatura correspondiente, en el momento adecuado, y en el contexto correcto.

Siento verdadero miedo cuando pienso en la educación a la que van a tener que enfrentarse mis hijos cuando pueda tenerlos. Noticias como ésta me aterran, porque poquito a poco el sinsentido va enraizando y haciéndose fuerte, y vamos abandonando la cordura y el sentido común, sin darnos cuenta de que nos alejamos cada vez más de aquello que tanto necesitamos y que nos mantiene con todos nuestros caprichos y trivialidades primermundistas en la comodidad de nuestras casas y nuestros móviles de última generación: el campo, su explotación sostenible y su riqueza sobria y siempre maltratada. Es complicado mantener los pies en el suelo, pero si va a haber una ley con unas expectativas tan altas como el bienestar animal, lo mínimo que le pido a los que vayan a trabajar en ella es eso. Los pies en el suelo, por favor.

Hay muchísimas cosas de las que me gustaría hablar, redactar una opinión para aportar a un anteproyecto de ley como ésta es una tarea infinitamente densa, se ramifica y se abre en montones de vertientes y apuntes, pero cuanto más me extienda probablemente más se disperse la atención del lector que espero al menos tengan estos párrafos, por lo que voy a intentar condensar en breves puntos los diversos temas que creo que sería importante tratar a la hora de elaborar un proyecto así:

-          Creo sinceramente que no todas las personas deberían poder tener animales, maltratar a un perro no es sólo pegarle una paliza, también lo es negarle tratamientos médicos o hacerle arrastrar un tumor de medio kilo hasta que se muera por la ulceración y la infección. O tener quince perros en un piso de treinta metros cuadrados sin poderles dar una buena alimentación ni la cobertura veterinaria adecuada, eso también es maltrato. Hay que implementar medidas para seguir persiguiendo esto, recrudecer las penas, facilitar herramientas de denuncia anónima de estos casos y seguir educando, por supuesto, educar, informar, fomentar las esterilizaciones y las adopciones.

 

-          No creemos una Ley de Bienestar Animal basada en las prohibiciones y el prefijo anti- desde la ceguera de un sol de fantasía. La gestión del medio a través de la caza es necesaria. Esto no se puede resumir en tres líneas ni en tres folios, pero es importante que no se tome por cuestión baladí, el medio tenemos que gestionarlo nosotros que vivimos en él, y no al revés. Y si hay voluntarios, que den un paso al frente los que prefieran dejar su sitio a otro individuo de cualquier especie. A mí, personalmente, me gusta seguir viva y seguir viviendo aquí. Hace apenas unos días que se ha prohibido cazar en los Parques Nacionales, pero no se explica de ninguna forma cómo se va a proceder para gestionar la sobrepoblación de las especies silvestres, por no entrar en otras áreas de dilema como la despoblación de las zonas rurales por la pérdida de trabajo o las enfermedades que empezarán a aparecer con el sobrecrecimiento animal y el más que posible riesgo para la salud pública derivado de éstas. Lo hemos visto durante el confinamiento, no hace tanto, accidentes de tráfico provocados por jabalíes. ¿Es ésa la idea de bienestar, de protección animal que creemos correcta? Hay mucho que trabajar y muy duro. Hay que regular más, hay que perseguir a los que lo hacen mal, que hacerlo mal salga mucho más caro. Salvajes, por desgracia, hay en todos los gremios, incluido el mío, pero eso no es óbice para no intentar hacer las cosas bien. Vuelvo a insistir, esto da para una extensión amplísima, pero creo necesario dejar por lo menos un párrafo a modo de pincelada, puesto que con total seguridad esta cuestión va a constituir un punto caliente en el desarrollo de este anteproyecto.

 

-          En referencia a los animales de producción, existen guías de buenas prácticas de higiene, de manejo y de bienestar animal en los distintos tipos de explotaciones, y existen expertos en este campo. Creo que, aunque sea a pasitos pequeños y lentos, estamos avanzando en ese aspecto, pero aún queda muchísimo trabajo por hacer. Me parece más oportuno que nunca, si se va a gestar una ley como ésta, sacar a relucir y hacer hincapié en la necesidad de crear más puestos de trabajo que regulen y constaten el cumplimiento de estas directrices. Establecer normas y velar por su cumplimiento. Si no queremos, por ejemplo, que se utilice el arreador eléctrico (también conocido como “pila” o “empujador eléctrico”) para introducir a las reses en la manga en las diferentes labores –normalmente de saneamiento– en las que puede esto ser preciso, no sólo tenemos que proporcionar al ganadero o a sus operarios las herramientas alternativas oportunas, sino que tenemos que controlar con firmeza y con la suficiente frecuencia que se está produciendo la aplicación de estas últimas. Si no, no sirve de nada, no se consigue concienciar de la necesidad de ese cambio a nivel de manejo. Hay que inspeccionar y controlar, estar encima y regular, y enseñar a obrar correctamente, para beneficio de todos, del animal y nuestro. Por norma general, el sentimiento más común entre la población omnívora en los últimos tiempos, viene siendo el de conseguir una alimentación más sana basada sobre todo en la salud y el cuidado de esos animales cuyos productos vamos a consumir: queremos huevos de gallinas criadas en amplios espacios y en el suelo; queremos productos ecológicos o con la menor influencia posible de químicos en su cultivo y crecimiento; queremos carne de animales que se críen en extensivo, sin sufrir hacinamiento ni otros factores estresantes. Hay un cambio de mentalidad gestándose en el consumidor que parece que va llegando a la gente del campo, a esos ganaderos y productores que, poco a poco, se van concienciando también. Y esto, en calidad de bienestar animal, es muy positivo, pero es un camino muy largo que apenas estamos empezando a recorrer. Hay que conocer los problemas a los que se enfrentan estos hombres y mujeres; adaptarse al cambio, mejorar las condiciones de estos animales, tanto a nivel de manejo como a nivel de infraestructuras, no es sólo una cuestión de que los dueños y trabajadores de estas explotaciones abran la mente, también necesitan empuje y ayuda, y ayudas, por supuesto, en lugar de trabas, como ocurre a menudo. Y, exactamente igual que en el anterior párrafo, reitero la importancia de perseguir la corrupción y las falsedades, de castigar al que lo hace mal y no poner la zancadilla al que lo hace bien.

 

-          El bienestar proporcionado a los animales a la hora de transportarlos hasta el matadero y en todo el manejo que se precisa una vez están en el mismo, también me parece un punto importante a tratar. Importantísimo. En este caso quisiera, directamente, recomendar la lectura de un artículo reciente con el que estoy bastante de acuerdo y cuyo titular reza “La mayor amenaza para el bienestar animal en los mataderos son las condiciones de trabajo”. Adjunto el enlace correspondiente: https://www.diarioveterinario.com/t/2192807/

 

-          La tauromaquia, el eterno dilema. Como amante de los animales que me considero, más allá de mi profesión, tengo que decir que me desagrada enormemente la práctica del toreo. Estoy firmemente en desacuerdo, creo que el animal sufre, creo que es una tortura, y creo que es a todas luces innecesaria. De la misma forma, pienso que esta tradición está abocada a su extinción, que irá desapareciendo con los años por lo rancio de su idiosincrasia misma y porque las generaciones futuras probablemente no encontrarán interés alguno en ella. Ahora bien, hay que sopesar concienzudamente las consecuencias de prohibirla, pues si es verdad que resulta tentador al pensar en el bienestar del animal, no es menos cierto que habría que dar una salida no sólo a esos animales individualmente, sino a todo un negocio, a esas ganaderías, a sus propietarios, etc. ¿Qué hacemos con esos toros? ¿Un santuario en un Parque Nacional? ¿Los soltamos en el campo a su libre albedrío? Una vez más estamos ante un tema bastante serio en el que no podemos dejarnos llevar sólo por los buenos sentimientos hacia los animales. Hay muchos factores a tener en cuenta. Quizás haya alternativas, quizás podría reconducirse el final del animal, que no fuera tan innecesariamente dramático, o simplemente dejar de financiarla, pues a fin de cuentas no reviste una mayor utilidad para la población general. Es una piedra muy afilada del camino, saberla sortear con mano izquierda puede ser todo un reto. Y no es que esto valga para todo ni valga siempre, pero la virtud del término medio no es virtud por nada.

 

-          Tenemos actualmente un problema serio con el lobo en el noroeste de España, y hay que hablar del tema, y hay que encontrar soluciones desde el conocimiento y la sensatez. Es un trabajo de campo –literalmente–, no de oficina; pero obviamente, ya que se dirige y se gestiona a fin de cuentas a través de un despacho, desde éste se debe tener claro que para la toma de decisiones hace falta ponerse el mono, las botas y meterse en el fango. No se trata, ni muchísimo menos, de erradicar una especie, sino de encontrar un equilibrio, de posibilitar una correcta convivencia entre el lobo y las explotaciones ganaderas. No existe la misma población de este animal en todas las zonas, hay que juzgar cada caso según sus propias circunstancias. Hacer oídos sordos a esta problemática propicia, entre otras cosas, que algunos se tomen la justicia por su mano cometiendo actos aberrantes que ellos creen correctos, con las nefastas consecuencias posteriores y con su correspondiente eco en los medios (medios que con frecuencia olvidan estudiar y dar voz a la otra parte del verdadero conflicto, porque Disney sigue siendo más fácil de asimilar que la cruda realidad), cuyo último coletazo y final suele ser que acaban pagando justos por pecadores. El lobo tiene que sobrevivir, pero las vacas, las ovejas o los caballos que sostienen nuestra alimentación y nuestra economía, también. Si en pleno siglo XXI no somos capaces de solventar esto con inteligencia, habrá que plantearse si estamos verdaderamente capacitados para acometer ciertas empresas.

 

-          Otro punto que no puedo dejar de mencionar es el de la gestión de las especies invasoras. ¿Qué va a pasar finalmente con las cotorras argentinas (Myiopsitta monachus)? Digo finalmente puesto que, por lo que tengo entendido, es un tema que lleva dando vueltas un tiempo sin que se haya llegado a ninguna conclusión. Entiendo que, con una pandemia de por medio, éste como muchos otros asuntos haya quedado forzosamente relegado a un segundo plano, pero en caso de ponerse en marcha la ley de la que estamos hablando habría que tomárselo muy en serio. El impacto sobre el ecosistema que provoca su descontrolado número es muy grande: contaminación acústica, destrucción de árboles por las enormes y pesadas nidificaciones que construyen en ellos, desplazamiento de especies autóctonas por la voracidad con la que ingieren y compiten por el alimento…Es evidente que  no es culpa de estos animales el estar invadiendo y sobrepoblando nuestros parques, esto abre dos vertientes a este problema, a las que habrá que dar sendas soluciones. Por un lado, hay que tomar decisiones claras para reducir estas poblaciones, o bien se sacrifican todas, o bien se sacrifica un elevado porcentaje y el resto se controla en cautividad, de otra manera creo que volveríamos a tener el mismo problema en cuestión de meses. Sinceramente, no creo que atraparlas, esterilizarlas y volver a soltarlas o alternativas similares que he estado leyendo en distintos artículos sean viables ni prácticas. La otra parte del problema es, evidentemente, el ser humano. Hay que dar más visibilidad a esto para intentar concienciar a la población, y por supuesto incrementar, endurecer las penas aplicables a la tenencia de este tipo de especies, regular, controlar más y más fehacientemente, perseguir el contrabando de animales exóticos…Otra dura batalla en la que podremos contar con la mejor baza si nos empleamos a fondo –aparte de con normas y leyes– con la educación.

Me quedan muchísimas cosas en el tintero, muchísimos temas, detalles, matices, ideas, propuestas que plantear, pero en algún momento hay que poner el punto y el límite. Así que, para cerrar estos párrafos interminables, si hay que centrar la atención solamente en una cosa, quisiera recordar que ésta es la educación. Creo sinceramente que es la base infalible para todo. Centrémonos en eso y hagamos algo que no se ha hecho hasta ahora. Hagámoslo bien."



RAV