jueves, 16 de abril de 2015

Palabras para un amigo



No sé en qué piensas
cuando no dices nada.
Pareces tan entero,
tan seguro y embustero,
apenas desvías la mirada.

Llegas y te viertes,
sonrisa, trabajo y modales.
Eres todo lo que se espera de ti
sin dejar indiferente a nadie.

A veces rompes a reír
como si te fuera la vida en ello,
como si te fueras a partir el pecho.
Otras te quedas ahí,
como tierra en barbecho,
rumiando para tus adentros.

Y me pregunto yo
qué hilos te moverán las manos
y qué engranajes el corazón,
cuando tienes un día de esos
en los que tanto te odio
para quererte luego con más razón.

¿Saber lo que llevas dentro?
Capaz no sería
de tanto atrevimiento.
Con un guiñe cómplice,
con ser tu amiga
me conformaría.

Tantos demonios arrastramos
que nos faltan copas de vino,
y a mí alguna de whisky,
para decirte mientras la miro
que, no sé si lo sabes,
pero puedes contar conmigo.



Raquel Alcaide

lunes, 13 de abril de 2015

Hasta siempre, Galeano


La memoria selectiva nos permite seguir adelante, y también la utopía que diría Galeano. Que sirve para eso, para caminar. Hoy quiero recordarle y homenajearle, aunque para eso tenga que volver atrás en el tiempo, y destapar viejas historias y viejas heridas, y recordar a quien alguna vez y antes de todo me mostró su corazón y con él las venas abiertas de América Latina. Del dolor sólo se puede aprender, y del olvido, sobrevivir. Si algo bueno me quedó de ti fue "El libro de los abrazos". Gracias a ti por él y, por todo lo demás, gracias, Eduardo Galeano, a ti también.


LA PEQUEÑA MUERTE

No nos da risa el amor cuando llega a lo más hondo de su viaje, a lo más alto de su vuelo: en lo más hondo, en lo más alto, nos arranca gemidos y quejidos, voces de dolor, aunque sea jubiloso dolor, lo que pensándolo bien nada tiene de raro, porque nacer es una alegría que duele. Pequeña muerte, llaman en Francia a la culminación del abrazo, que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos nos empieza. Pequeña muerte, la llaman; pero grande, muy grande ha de ser, si matándonos nos nace.

(El libro de los abrazos. Eduardo Galeano)




viernes, 10 de abril de 2015

447




Ayer,
a estas horas,
aún me quemaba la piel
cada roce de tu boca.
Sin querer mirarte a los ojos
porque no me abrieras el alma,
me aferraba a tu cuerpo
como a la última esperanza.

Atravesado a quemarropa
llevaba un nudo en la garganta,
que infeliz quise disimular
con una sonrisa falsa.

Qué difícil soltarme de tu mano,
dejarte atrás y seguir caminando.
Triste batalla librándose en el pecho
donde siempre lucha un sólo bando.

Resoplan enfrente los trenes
y murmulla el gentío.
Yo arrastro mi maleta
con tu recuerdo en las sienes
y mi corazón en el bolsillo.

Con billete y sin destino,
y una última mirada,
con la marca de tus labios
a fuego en los míos grabada.

Otra vez me voy.
Otra vez  te dejo y me parto en dos,
y me golpea el vacío sin compasión.
Otra vez
cuatrocientos cuarenta y siete kilómetros
entre tú y yo.



RAV