domingo, 30 de octubre de 2016

SOBRE LAS BIBLIOTECAS








Una gran parte de mí nació en una biblioteca.

No puedo imaginar otra infancia distinta a la que tuve entre sus libros, largos ratos trasteando de estantería en estantería, casi nunca buscando nada concreto y, desde luego, encontrando siempre algo muy especial. Mi madre medía mi crecimiento con una regla desplegable, muy al uso, de dibujitos Disney que teníamos en casa, yo contaba mis progresos por cada nueva balda de libros que mis recién estrenados centímetros me permitían alcanzar. Aquello era un estímulo constante para mí, una jungla de letras, dibujos, texturas y olores por descubrir.

Recuerdo una portada tan divertida como escatológica cuyo título era igual de ilustrativo: El topo que quería saber quién se había hecho aquello en su cabeza. Me encantaba ese libro y, como hacía con todos los que corrían la misma suerte, lo sacaba una y otra vez para que me lo leyeran. No me llega la memoria para saber cuál fue el primero, pero podría nombrar títulos hasta aburrir, y todos y cada uno de ellos marcaron y moldearon mi pequeña existencia. Entonces no lo sabía, pero era todo lo feliz que se puede ser con cuatro años, el Micho 1 y mi carnet de la biblioteca.

Durante muchos años fue mi lugar de culto, mi segunda casa. Luego, en la facultad, frecuentaba otras mucho más grandes, con enormes salas frías y sin historias, abarrotadas de estudiantes, hormonas y pintadas en los baños. Aquello no tenía nada que ver con mi ideal romántico de siempre. Me imaginaba cómo serían esos lugares de noche, cuando todas las luces se hubieran apagado y todos los libros, con su ciencia y sus tecnicismos, estuvieran de nuevo perfectamente colocados en las estanterías, quizás tersos e impolutos, o tal vez con alguna esquina doblada, varias hojas subrayadas a lápiz y asqueados de un maltrato y manoseo excesivos. No saldrían personajes de sus páginas saltando por las escalerillas de mano, ni movería algún viento fantástico las hojas crujientes de los cuentos más viejos. Necesitaba encontrar la magia de esos sitios, volver sólo para estudiar no era suficiente aliciente. Yo quería volver por lo que siempre he vuelto, porque los libros me llaman.

No pocas incursiones hice sobre el terreno hasta que encontré la sección de "Narrativa", entre calles y calles de ciencia sociales, médicas, veterinarias, matemáticas y humanidades. Mi pequeño rincón a partir de entonces, un estrecho pasillo flanqueado por dos estantes que serían mi mayor estímulo en las largas horas que habría de pasar desollando codos. Nunca sacaba los libros, mi particular ritual era ir a visitarlos, pasar un rato con ellos y desconectar el cable que me ataba al mundo real. Y funcionaba de maravilla. Siempre lo recomendaré.

Ahora que vivo lejos de la biblioteca que me vio nacer intento conocer otras, algunas se dejan más y otras menos. Admiro la belleza de las que sólo se pueden ver pero no tocar, y disfruto las que se pueden palpar e investigar. A veces tengo suerte y me topo con pequeños renacuajos paticortos que emprenden sus primeras aventuras sentados a las mesitas tamaño pinypon que les ponen en un rinconcito, con los ojos bien abiertos, ávidos de un dragón en relieve o un buzón con un sobre dentro que salgan de cualquier página al tirar de una lengüeta, sonrientes, expectantes, divertidos, como esponjas voraces atentos al más mínimo detalle. Y en ese momento siento ternura, nostalgia y sana envidia. De la mejor época de mi vida, donde lo único que importaba era cada nueva historia que me ofrecían los libros.

No se puede ser niño eternamente, pero sí se puede volver cada vez que quieras a esos grandes templos de la felicidad, las bibliotecas.

Feliz día internacional de las bibliotecas (y feliz San Rafael a todos los cordobeses).


R.A.V.



Nota: Mi intención era subir este texto el día 24 de octubre, pero el copia y pega no quiere funcionar por estos sitios. He tenido que volver a teclearlo, y de ahí el retraso (que no suele afectar al mundo real pero sí a uno de mis tantos TOC, de cualquier forma si te has perdido por internet y estás leyendo esto de casualidad espero que te guste).

miércoles, 21 de septiembre de 2016

VIAJE EN EL TIEMPO (microrrelato)




Había telarañas por todas partes. El niño rubio de los ojos castaños odiaba las telarañas y aquella escalera de mano estaba plagada, como toda la habitación. Oscura y con telarañas.

Pero tenía un objetivo. Sin pensar en el polvo, ni en los fantasmas y monstruos del trastero, escaló varios peldaños hasta llegar al altillo. Abrió el armario, buscó entre las sombras, y a tientas encontró el libro. El viejo tacto de sus tapas gastadas ensanchó la sonrisa en su rostro. Lo estrechó contra su pecho e inició el camino de regreso.

Al llegar al suelo volvió a tener veintinueve años.






R.A.V.

jueves, 16 de junio de 2016

Historias de bares


En las botellas de ginebra de la estantería brillaba candente el reflejo de las miradas de los parroquianos. Sedientos y sonrientes, pensando en su próxima elección. Tras la barra sonaban, de viva voz, los grandes éxitos del viejo bartender, aficionado a versionar letras y ritmos. Por la puerta entreabierta empezaba a colarse una agradable brisa nocturna. Era martes, pero el calendario del ánimo marcaba viernes. 

Cuando entró, tan silencioso y cortés como siempre, no esperaba que nadie aguardase su llegada, mucho menos para felicitarle por su cumpleaños. Esa fecha que algunos ansiamos como agua de mayo, e incluso estudiamos el calendario para saber cuándo caerá en sábado, a otros casi se les olvida y le dan la misma importancia que a un veintinueve de febrero. Pero esta vez nos propusimos que fuera distinto. 

Aquel cuaderno envuelto en papel de regalo causó desconcierto al principio. Fue aceptado después con una mezcla de alegría y azoramiento. Abrumado en su timidez sonreía y repartía abrazos por doquier sin saber siquiera de qué se trataba. Lo abrió con tiento y cariño, mientras le seguía danzando en los labios la curva de un momento de felicidad. Nervioso aún volvió a darnos las gracias varias veces más mientras acariciaba el cosido del lomo y las duras tapas de cartón. 

¿Cuánto tiempo habría pasado desde la última vez que alguien lo había sorprendido con un regalo por su cumpleaños? O simplemente con un detalle sin más. Pensé en los demonios de la soledad y se me encogió alguna fibra por dentro. Me enterneció la mirada humilde y limpia, su emoción era sincera. 

La velada fue tan agradable como de costumbre cuando la compañía es inmejorable y las copas aderezan el ambiente con su esencia bohemia. Quizás esa noche mi gintonic llevaba un toque de serotonina, quién sabe. Al calor del bar se estaba bien. Se estaba genial.



R.A.V.

viernes, 29 de enero de 2016

THE PYOMETRA


Cada vez que hago una entrevista de trabajo y me preguntan qué tal me manejo con los gatos se me viene a la mente una escena de tragicomedia muda en blanco y negro con la musiquita al uso de fondo, me muerdo la lengua y me aguanto la risa. Entonces suelto algo así como que me declaro muy fan de los felinos y leo en la cara de mi interlocutor esa interrogante maravillosa que puede traducirse como “¿Pero qué me estás contando?”, ahí afino diciendo que no les tengo miedo si es esa su preocupación, y  más o menos salgo airosa del trance sin que se note que a mí, en consulta, se me endemonia un dulce gatito y me sale el Kung Fu Panda que llevo dentro pero para encaramarme de un salto al techo, haya lámpara o no.

Está muy feo mentir en el currículum, estoy de acuerdo. Más feo queda contarle a tu posible jefe potencial que en cierta ocasión te acojonó una pobre minina rellena de piometra, que para más inri tenía un nombre tan tierno como el algodón de azúcar. Nube, la llamaban Nube (perdón por el lapsus friki, pero esta frase hay que leerla con la voz de Gimli cuando entra con la comunidad del anillo en las minas de Moria). Puede que fuera adoptada y los pobres dueños no alcanzasen a intuir que su anterior y verdadero nombre era Chuki, averigua tú. Sea como fuere ese animal procedía claramente del averno (no hay que fiarse del encanto gatuno, adorables formas para jodernos puede adoptar el inframundo).

Todo transcurría con normalidad aquel día en la clínica, nada hacía sospechar la aventura que nos deparaba la tarde. Sólo sabíamos que había una cirugía relativamente rutinaria, y no por ello menos delicada, para la cual se hacía indispensable nuestra colaboración más entregada. Por lo visto los clientes habían llamado para avisar que estaban teniendo problemas para meter a la gata en el trasportín, de ahí que se estuvieran retrasando. Nos fue encomendada la misión de acercarnos a su casa y poner en práctica nuestras habilidades y sobrada experiencia en manejo de fauna salvaje con el objeto de conseguir trasladar a la enferma al quirófano. Tarea sencilla, pensé yo, un animal con un saco enorme de bacterias devorándole el útero sólo podía estar pidiendo a gritos que se lo arrancaran a golpe de harakiri si hacía falta, debilitado y sumiso no opondría resistencia alguna, sería pan comido. ¿Qué podía salir mal?

Todo.

Tres jóvenes veterinarias con el ánimo firme y el espíritu de amazona nos presentamos en el lugar con tres poderosas armas: un cazamariposas gigante, un guante de cetrería y una jeringa cargada de rico sedante. El escenario, aparentemente en calma, lo conformaban un pequeño salón recargado de muebles a su vez recargados de objetos (apetitosos para cualquier gato normal, imaginaos para uno satánico –“y de Carabanchel”-), una imponente y no menos frágil tele de plasma, sofás y algún sillón (eso cuenta como muebles ¿no?). Rincones y alturas varias, en resumen, adonde escabullirse a la velocidad de las cagaleras en caso de necesidad. También había un ventanal central, cerrado por supuesto, y dos puertas, una que daba al resto de habitaciones y tras la cual se escondía la familia (salvo el padre, supuestamente el único humano ante el que la gata doblegaba su indómito ser) y otra, precedida por el pasillo de entrada, por la que accedimos las tres valientes (este adjetivo en mi caso estaría por verse, pero no adelantemos acontecimientos). El trasportín estaba en el suelo a medio armar; la pequeña gran Nube, con su piometra rebosante danzándole por dentro, perfectamente posicionada en una esquina, mirándonos desafiante mientras planeaba su siguiente movimiento; el dueño con semblante tranquilo, esperando nuestras indicaciones; la mujer y las hijas expectantes tras los cristales de la puerta, asegurándose inteligentemente la salud. El tiempo corría en nuestra contra. Debíamos elaborar una estrategia y actuar con precisión, porque lo que estaba claro es que… la gata tenía un plan.

Al principio hasta me pareció divertido. Los primeros intentos de acercamiento pacífico fueron un absoluto fracaso, Lucifer sabía que habíamos ido a expulsarlo de aquel cuerpo angelical y achuchable, y no estaba dispuesto a ceder el fuerte tan fácilmente. Saltaba de una punta a otra de la habitación como si no llevara tres kilos de pus en las entrañas, con la agilidad de un elfo de los bosques y dejando pequeños charquitos infectos y malolientes allí por donde pasaba. Aquello debía dolerle horrores, empezó a darme pena…de mí misma, claro, se estaba poniendo fea la cosa y yo sin seguro de vida ni de accidentes. Lo del Álamo comparado con esto se iba a quedar en nada, no iba a sobrevivir ni el tato. Entre bufidos y vocalizaciones se le estaban acabando los sitios a los que escapar y hasta Frank de la jungla habría empezado ya a sudar azufre. Varias veces le echamos la red encima, pero con una fuerza titánica volvía a liberarse y a burlar nuestras ofensivas. Incluso tuvimos que volver a por munición porque en un confiado movimiento creímos haberle inyectado la dosis y no fue más que una cruel ilusión. Más que Nube era Tormenta, pero la de los X-Men. Echaba chispas por los ojos y rayos por el culo. Cual viejo soldado de los Tercios de Flandes, estaba dispuesta a morir matando.

Empezaba a agotar sus posibilidades aéreas y yo la veía ya por encima de mi cabeza, en el último vértice de la última balda de la última estantería. Calculé cuántos milisegundos podría tardar en abalanzarse sobre mi cabeza y engancharse a mi cara como un Kraken enfurecido (como es el Kraken normalmente, vaya), y temí por mi integridad física. Era demasiado joven para morir, todavía tenía que viajar a mil sitios, leer mil libros y ver la última temporada de Sherlock, ni siquiera me había dado tiempo de sacarme el B1 de inglés, y me quedaban tantas cervezas por probar… ¡Cerveza! Casi había asumido mi fatal destino cuando ese recuerdo dorado me espoleó el instinto de supervivencia y pensé en salir de allí a como diese lugar. Sólo si huía de Rohan podría luchar en Gondor (a quién quiero engañar, me habría vuelto a La Comarca a por unas ricas pintas).

La cuestión es que lo vi claro. Yo sí, pero mi cerebro no. En una de las fintas demoníacas que nos brindaba el animal, precedida por nuestro avance y seguida del complejo retroceso-bufido-avance-zarpazo y vuelta a empezar, decidí que era en ese momento o nunca. Sutilmente, aunque sin ningún esfuerzo por ocultar mi trayectoria, dirigí mis pasos hacia la puerta y una vez allí, pensando en salir flechada sin darle una nueva vía de escape a la gata, tiré suavemente pero con firmeza del pomo. Una vez. Y otra… ¡¡Y otra, y otra, y otra!! El ansia se apoderó de mi persona. ¡¡Quiero salir!! ¡¡Quiero salir!! ¡¡Quiero salir!! Creía que lo estaba pensando pero no, lo estaba diciendo en voz alta como Timón en la famosa escena del Rey León. Mis pobres compañeras sintieron vergüenza ajena. Para pobre yo, que no tenía claro que pudiese salir de allí con vida. Sólo diré una cosa más, antes de soltar las risas enlatadas: la puerta era corrediza.

Aplausos, por favor.

Podría seguir describiendo en un vórtice de hipérboles con alusiones frikis el resto de matices de la empresa. Baste decir que, contra todo pronóstico, finalmente lo conseguimos. En un movimiento coordinado con táctica militar caímos sobre ella con la red del cazamariposas y toda la fuerza física que pudimos reunir, pisando los bordes y el mango en un intento de fundirlos con el suelo, y  mientras una controlaba con los pies la otra lo hacía con el guante de béisbol y una tercera clavaba la inyección como un dardo de cricket en el bíceps femoral.

No iba a terminar ahí la cosa. Nada hay que azuce más el espíritu como el instinto de supervivencia, y esta gata a lo que pudimos comprobar necesitaba una dosis para caballo. Incluso después de haberle pinchado el sedante y de mantenerla en calma y silencio reduciendo al mínimo los posibles estímulos durante un largo rato, boicoteó hasta cuatro intentos de meterla en el trasportín. ¡¡Menuda fiera!! Y menos mal que le hacía caso al dueño…que si lo llega a querer mal le hace un cuadro de Picasso con el salón.

Con el trasportín inestablemente cerrado y el séquito familiar cubriendo la retaguardia salimos a calle, y a los Dioses gracias que la clínica estaba cerca, porque la caja de Pandora no tenía pinta de aguantar mucho. Se movía más que un garbanzo en la boca de un viejo, y no quiero ni pensar qué podría haber pasado de habérsenos escapado Sauron en la vía pública y con el mondongo saliéndose por momentos de su cuerpo. ¡Qué locura!

La operación se llevó a cabo y tuvo final feliz. Pero eso ya que os lo cuenten mis compañeras, que yo después de entregar el paquete me fui de cervezas.

¡Salud!



R.A.V.