viernes, 29 de enero de 2016

THE PYOMETRA


Cada vez que hago una entrevista de trabajo y me preguntan qué tal me manejo con los gatos se me viene a la mente una escena de tragicomedia muda en blanco y negro con la musiquita al uso de fondo, me muerdo la lengua y me aguanto la risa. Entonces suelto algo así como que me declaro muy fan de los felinos y leo en la cara de mi interlocutor esa interrogante maravillosa que puede traducirse como “¿Pero qué me estás contando?”, ahí afino diciendo que no les tengo miedo si es esa su preocupación, y  más o menos salgo airosa del trance sin que se note que a mí, en consulta, se me endemonia un dulce gatito y me sale el Kung Fu Panda que llevo dentro pero para encaramarme de un salto al techo, haya lámpara o no.

Está muy feo mentir en el currículum, estoy de acuerdo. Más feo queda contarle a tu posible jefe potencial que en cierta ocasión te acojonó una pobre minina rellena de piometra, que para más inri tenía un nombre tan tierno como el algodón de azúcar. Nube, la llamaban Nube (perdón por el lapsus friki, pero esta frase hay que leerla con la voz de Gimli cuando entra con la comunidad del anillo en las minas de Moria). Puede que fuera adoptada y los pobres dueños no alcanzasen a intuir que su anterior y verdadero nombre era Chuki, averigua tú. Sea como fuere ese animal procedía claramente del averno (no hay que fiarse del encanto gatuno, adorables formas para jodernos puede adoptar el inframundo).

Todo transcurría con normalidad aquel día en la clínica, nada hacía sospechar la aventura que nos deparaba la tarde. Sólo sabíamos que había una cirugía relativamente rutinaria, y no por ello menos delicada, para la cual se hacía indispensable nuestra colaboración más entregada. Por lo visto los clientes habían llamado para avisar que estaban teniendo problemas para meter a la gata en el trasportín, de ahí que se estuvieran retrasando. Nos fue encomendada la misión de acercarnos a su casa y poner en práctica nuestras habilidades y sobrada experiencia en manejo de fauna salvaje con el objeto de conseguir trasladar a la enferma al quirófano. Tarea sencilla, pensé yo, un animal con un saco enorme de bacterias devorándole el útero sólo podía estar pidiendo a gritos que se lo arrancaran a golpe de harakiri si hacía falta, debilitado y sumiso no opondría resistencia alguna, sería pan comido. ¿Qué podía salir mal?

Todo.

Tres jóvenes veterinarias con el ánimo firme y el espíritu de amazona nos presentamos en el lugar con tres poderosas armas: un cazamariposas gigante, un guante de cetrería y una jeringa cargada de rico sedante. El escenario, aparentemente en calma, lo conformaban un pequeño salón recargado de muebles a su vez recargados de objetos (apetitosos para cualquier gato normal, imaginaos para uno satánico –“y de Carabanchel”-), una imponente y no menos frágil tele de plasma, sofás y algún sillón (eso cuenta como muebles ¿no?). Rincones y alturas varias, en resumen, adonde escabullirse a la velocidad de las cagaleras en caso de necesidad. También había un ventanal central, cerrado por supuesto, y dos puertas, una que daba al resto de habitaciones y tras la cual se escondía la familia (salvo el padre, supuestamente el único humano ante el que la gata doblegaba su indómito ser) y otra, precedida por el pasillo de entrada, por la que accedimos las tres valientes (este adjetivo en mi caso estaría por verse, pero no adelantemos acontecimientos). El trasportín estaba en el suelo a medio armar; la pequeña gran Nube, con su piometra rebosante danzándole por dentro, perfectamente posicionada en una esquina, mirándonos desafiante mientras planeaba su siguiente movimiento; el dueño con semblante tranquilo, esperando nuestras indicaciones; la mujer y las hijas expectantes tras los cristales de la puerta, asegurándose inteligentemente la salud. El tiempo corría en nuestra contra. Debíamos elaborar una estrategia y actuar con precisión, porque lo que estaba claro es que… la gata tenía un plan.

Al principio hasta me pareció divertido. Los primeros intentos de acercamiento pacífico fueron un absoluto fracaso, Lucifer sabía que habíamos ido a expulsarlo de aquel cuerpo angelical y achuchable, y no estaba dispuesto a ceder el fuerte tan fácilmente. Saltaba de una punta a otra de la habitación como si no llevara tres kilos de pus en las entrañas, con la agilidad de un elfo de los bosques y dejando pequeños charquitos infectos y malolientes allí por donde pasaba. Aquello debía dolerle horrores, empezó a darme pena…de mí misma, claro, se estaba poniendo fea la cosa y yo sin seguro de vida ni de accidentes. Lo del Álamo comparado con esto se iba a quedar en nada, no iba a sobrevivir ni el tato. Entre bufidos y vocalizaciones se le estaban acabando los sitios a los que escapar y hasta Frank de la jungla habría empezado ya a sudar azufre. Varias veces le echamos la red encima, pero con una fuerza titánica volvía a liberarse y a burlar nuestras ofensivas. Incluso tuvimos que volver a por munición porque en un confiado movimiento creímos haberle inyectado la dosis y no fue más que una cruel ilusión. Más que Nube era Tormenta, pero la de los X-Men. Echaba chispas por los ojos y rayos por el culo. Cual viejo soldado de los Tercios de Flandes, estaba dispuesta a morir matando.

Empezaba a agotar sus posibilidades aéreas y yo la veía ya por encima de mi cabeza, en el último vértice de la última balda de la última estantería. Calculé cuántos milisegundos podría tardar en abalanzarse sobre mi cabeza y engancharse a mi cara como un Kraken enfurecido (como es el Kraken normalmente, vaya), y temí por mi integridad física. Era demasiado joven para morir, todavía tenía que viajar a mil sitios, leer mil libros y ver la última temporada de Sherlock, ni siquiera me había dado tiempo de sacarme el B1 de inglés, y me quedaban tantas cervezas por probar… ¡Cerveza! Casi había asumido mi fatal destino cuando ese recuerdo dorado me espoleó el instinto de supervivencia y pensé en salir de allí a como diese lugar. Sólo si huía de Rohan podría luchar en Gondor (a quién quiero engañar, me habría vuelto a La Comarca a por unas ricas pintas).

La cuestión es que lo vi claro. Yo sí, pero mi cerebro no. En una de las fintas demoníacas que nos brindaba el animal, precedida por nuestro avance y seguida del complejo retroceso-bufido-avance-zarpazo y vuelta a empezar, decidí que era en ese momento o nunca. Sutilmente, aunque sin ningún esfuerzo por ocultar mi trayectoria, dirigí mis pasos hacia la puerta y una vez allí, pensando en salir flechada sin darle una nueva vía de escape a la gata, tiré suavemente pero con firmeza del pomo. Una vez. Y otra… ¡¡Y otra, y otra, y otra!! El ansia se apoderó de mi persona. ¡¡Quiero salir!! ¡¡Quiero salir!! ¡¡Quiero salir!! Creía que lo estaba pensando pero no, lo estaba diciendo en voz alta como Timón en la famosa escena del Rey León. Mis pobres compañeras sintieron vergüenza ajena. Para pobre yo, que no tenía claro que pudiese salir de allí con vida. Sólo diré una cosa más, antes de soltar las risas enlatadas: la puerta era corrediza.

Aplausos, por favor.

Podría seguir describiendo en un vórtice de hipérboles con alusiones frikis el resto de matices de la empresa. Baste decir que, contra todo pronóstico, finalmente lo conseguimos. En un movimiento coordinado con táctica militar caímos sobre ella con la red del cazamariposas y toda la fuerza física que pudimos reunir, pisando los bordes y el mango en un intento de fundirlos con el suelo, y  mientras una controlaba con los pies la otra lo hacía con el guante de béisbol y una tercera clavaba la inyección como un dardo de cricket en el bíceps femoral.

No iba a terminar ahí la cosa. Nada hay que azuce más el espíritu como el instinto de supervivencia, y esta gata a lo que pudimos comprobar necesitaba una dosis para caballo. Incluso después de haberle pinchado el sedante y de mantenerla en calma y silencio reduciendo al mínimo los posibles estímulos durante un largo rato, boicoteó hasta cuatro intentos de meterla en el trasportín. ¡¡Menuda fiera!! Y menos mal que le hacía caso al dueño…que si lo llega a querer mal le hace un cuadro de Picasso con el salón.

Con el trasportín inestablemente cerrado y el séquito familiar cubriendo la retaguardia salimos a calle, y a los Dioses gracias que la clínica estaba cerca, porque la caja de Pandora no tenía pinta de aguantar mucho. Se movía más que un garbanzo en la boca de un viejo, y no quiero ni pensar qué podría haber pasado de habérsenos escapado Sauron en la vía pública y con el mondongo saliéndose por momentos de su cuerpo. ¡Qué locura!

La operación se llevó a cabo y tuvo final feliz. Pero eso ya que os lo cuenten mis compañeras, que yo después de entregar el paquete me fui de cervezas.

¡Salud!



R.A.V.

No hay comentarios:

Publicar un comentario