Madrid, 15 de
febrero de 2023
¡Hola, tronk!
Ya sé que «un mago nunca llega tarde, ni
pronto, sino exactamente cuando se lo propone», pero esto no es un encuentro
feliz en La Comarca por el centésimo decimoprimer cumpleaños de Bilbo
Bolsón. Esto soy yo —más bien haciendo del conejo de Alicia en el País
de las Maravillas— escribiéndote una carta con mucho retraso, bastante
cargo de conciencia y una introducción friki muy socorrida para salvar un poco
las formas e intentar que mi despiste pase un poco desapercibido. ¿Lo he
conseguido? Espero que sí.
Cierto es que el primero de febrero me
pilló con algunos frentes importantes abiertos (aunque eso no hizo que olvidara
el aniversario de tu nacimiento, ni el de mi abuelo materno, que cayó este
último por la época del Titanic más bien. ¡Oh, el Titanic! ¿Te acuerdas de
aquella exposición a la que fuimos con Luis? Todavía tengo esa foto en blanco y
negro que nos hicimos a la entrada del barco. ¡Qué buen rato echamos aquella
tarde! También era 1 de febrero, y acabamos con una rica merendola en el Okashi
Sanda. Verdaderamente rico ese calpis. ¡Vaya! ¡Perdón por la dispersión! Que
empiezo a reactivar recuerdos y me voy por las ramas sin darme cuenta…). Y
perdón también por el paréntesis más largo que se haya escrito en una carta. Te
decía que el día 1 operaron a Gastón de un tumorcillo infecto en un dedo del
pie izquierdo, así que ese día lo tuve un poco crudo para sentarme
tranquilamente a escribir, sabía que tendría que posponer un poco estas líneas.
Pero, de repente, es 15 ya, estamos en el ecuador del mes y no sé cómo ha pasado
ni cómo hemos llegado hasta aquí. El tiempo —igual que la gravedad y como diría
nuestro amigo Sheldon Cooper—, es otra ramera despiadada.
Espero que sepas disculpar mi tardanza así
como mis chistes malos. La verdad es que escribirte me sigue poniendo un poco
nerviosa, a quién vamos a engañar, y ya sabes que yo soy muy Chandler Bing
(mira, lo estoy haciendo otra vez). ¡No tengo remedio!
Estoy intentando echar la vista atrás para
hacer repaso mental de las cosas que han pasado desde la última vez que
hablamos (para mí esto es una manera de hablar contigo, sobra decirlo). El
mundo sigue girando, quizás un poco más acelerado en su inevitable camino hacia
el apocalipsis zombie, coqueteando aquí y allá con nuevas formas de
autodestrucción. Bueno, quizás no tan nuevas ahora que lo pienso. Justo hoy he
leído un titular en el que decía que un alto porcentaje de la población
desconoce por completo la relación entre las enfermedades de los animales y las
nuestras. Han pasado ya casi tres años desde lo del corona y la gente
sigue sin tener idea ni consciencia de lo que es una zoonosis. Así nos va.
No recuerdo a qué altura del año pasado
saltó por los aires lo de la viruela del mono. Cundió un poco el caos
informativo (desinformativo diría yo, como siempre), pero nada que ver con lo
de 2020, y nosotros, como buenos españoles, llevándolo todo con sentido del
humor, memes y filosofía barata. Esto hubo forzosamente de unirse en el
espacio tiempo a las quince mil variantes del bicho —de las cuales la última
que se me viene a la cabeza es una tal ómicron, que a su vez me recuerda
a Omicron Persei 8, de Futurama—, así que no dejábamos de tener
frentes zoonóticos abiertos. La gripe aviar danzando y expandiéndose a su
antojo; la viruela humana regresando del averno por la estúpida tendencia
antivacunas; susurros desde África donde el ébola nunca termina… y en mitad de
nuestra encarnizada lucha por salir a flote, Rusia decide invadir Ucrania
porque la interminable pandemia le parece poco entretenimiento.
Para mear y no echar gota. Guerra, otra
vez. Otra más. Es terrible, y cobardemente (y también por salud mental) dejas
de encender la tele para mantenerte lo más entero posible, para no terminar de
reventar. Qué tenebrosa se está poniendo esta carta, no culpes al mensajero. De
hecho te doy pinceladas de noticias porque esa es la verdad, me entero de
ciertas cosas por las redes sociales o por la gente, pero la caja tonta hace
mil años que no la enciendo y, cuando paso por el salón y la está viendo mi
suegra, para lo bueno y para lo malo sólo veo de refilón las estampas de las
telenovelas turcas que se han puesto de moda ahora, así que podría contarte
cualquier cosa de los últimos libros que me he leído o de los pájaros que veo
en el parque y sería incapaz de responder a la más sencilla pregunta de
actualidad. Seguro que me entiendes. Me entenderías, seguro.
¡Hubo manifestación veterinaria en abril!
Y a ésta sí que pude ir, al fin. Me acordé mucho de ti, como tantas otras
veces. Fue bonito ver a tantos compañeros unidos por un bien común; y aunque no
será suficiente con esto, al menos ya empezamos a pelear un poco (que,
conociendo a nuestro gremio, ya es decir mucho). Qué raro me resulta ahora
decir «nuestro»… Hace ya más de un año que no piso una clínica y sigo teniendo
sentimientos encontrados (¿el veterinario nace o se hace?), y los tendré toda
la vida, supongo, pero ese tema te lo intentaré resumir porque si no esta carta
va a tener que ir por fascículos.
Después de mi última aventura y de unos
cuantos meses de paro (cien por cien empleados en entregarme por completo a mis
manualidades), acabé currando en una tienda de material de papelería y bellas
artes. «¡Ese trabajo es para ti!», estarás pensando, con toda la razón del
mundo. Sí, amiga, yo también lo pensé, pero no hubo tanta suerte. Era demasiado
pedir, una vez más. Muy largo de explicar. Sólo diré que no me terminó de gustar;
yo esperaba otra cosa (cuánto misterio) y resultó demasiado estresante para lo
que parecía en un primer momento. Me fui bastante jodida de aquel sitio, no te
voy a mentir, me dejó un poquito con la moral por los suelos, y eso yo se lo
solía perdonar a la veterinaria, pero al resto de gremios no les voy a permitir
tener tanto poder sobre mí, ¿no crees? Eso me repito para infundirme valor.
Valor. Yo. Venga, te doy permiso para reírte.
Me he dado cuenta de lo que se parecen mis
cartas de un año para otro. Ésta, al igual que la última, ha empezado con una
alusión a El Señor de los Anillos; luego vienen las parrafadas de negrura
y noticias y anécdotas deprimentes; y, ahora, por supuesto, toca rebuscar por
dónde sea la manera de dejar esto en todo lo alto, porque así no lo puedo dejar, ¡qué vergüenza! Prometo que no tengo una plantilla ni sigo ningún plan,
es mi cabeza la que se impone el orden cronológico y de mayor a menor
intensidad para ir relatando las cosas. ¿Sabes si pagan por ese superpoder en
algún puesto de trabajo? ¡Porras! ¡Qué complicado es todo!
Ando «como geisha por arrozal» (grandísima
frase del Barea que nunca olvidaré, ¿¿¿te acuerdas??? Madre mía, que
golpe de memoria así de repente, esas clases horribles de bioquímica, qué mal
se me daba... ¿Qué habrá sido de aquel hombre?), o como pollo sin cabeza, lo
que prefieras. Me gusta todo y a la vez nada; para cualquier cosa necesito más
estudios y más dinero; las grandes preguntas de siempre me siguen machacando el
cráneo por dentro como si todos estos años no hubieran servido para desvelar ninguna
incógnita; y al final sólo quiero un trabajo medio qué, con un sueldo medio
qué, que me permita llevar dinero a casa y dormir tranquila por las noches. No
parece tan difícil ¿verdad? Voy a intentar enfocarme en el mundillo de las
letras, los libros, las editoriales y las
bibliotecas. ¡Ya te contaré si consigo algo! ¡Deséame suerte!
¡Ahhhh! ¡Me enteré de que Inés trabajó en
una película! Qué tía, eh. Le he dicho que me avise cuando se pueda ver, seguro
que lo hace genial. ¿Te has dado cuenta de que la mayoría de compañeros de
profesión que conocemos tienen un tremendo lado creativo? Hay un chaval que
lleva un podcast de veterinaria que también es actor, y en Viana conocí a otro
que también era artesano; tú siempre has dibujado como si hubieras estudiado
bellas artes, y Jesús hasta toca el piano. A lo mejor no son cosas de las que
resulte fácil vivir, pero oye, siempre está bien tener planes B y C a mano, por
si la cosa no sale como pensábamos. Espero que Inés pueda meter la cabeza en
ese mundillo artístico y recuperar toda la motivación e ilusión que los sitios
oscuros en los que no has tocado currar nos quitaron.
Estoy escuchando pájaros mientras te
escribo. No son de verdad (ojalá), están dentro de un vídeo de YouTube de «sonidos
de la naturaleza», que es lo que más echo de menos desde que vivo en Madrid. Últimamente
—no sabría decirte cuándo empezó— me he aficionado mucho a la ornitología, a buscar,
observar y aprender a identificar pajarillos. En mis salidas al parque, o
cuando vamos a dar una vuelta por las afueras, me empleo a fondo para
distinguirlos y disfrutarlos. Son una absoluta maravilla (me pregunto cómo no
me he dado cuenta antes, en qué tonterías estaría pensando, los pájaros son
geniales). Y tampoco sé cuándo ocurrió, pero empecé a compartir esta afición —¿naturalista?—
con Anne y ahora nos enviamos material de cada una de nuestras humildes excursiones
y de todo lo que averiguamos sobre las especies que encontramos. Es muy
entretenido, y divertido, y me encanta que sigamos compartiendo estos lazos a
pesar de la distancia geográfica entre nosotras y de la que el tiempo y nuestras
respectivas circunstancias nos han impuesto con la carrera que juntas
estudiamos.
¡Acabo de acordarme! ¡Otra vez vi una cigüeña
por tu cumpleaños! Bueno, ya sé que «por San Blas, a la cigüeña verás» (algo me dice que ya he repetido este refrán demasiadas veces), pero a
mí me sigue haciendo ilusión coincidir con ellas ese día, rompiendo con su
envergadura blanquinegra el límpido azul del cielo invernal de febrerillo el
loco. Siempre las he asociado a algo feliz, desde que era chica y mi madre me
leía los libros de Celia, de Elena Fortún. Las veo y me sonrío sin darme
cuenta y, pase lo que pase, ese día ya es genial sólo por eso. Ya ha merecido
la pena. Salúdalas de mi parte cuando las veas por allí arriba.
No quiero terminar esta carta con
mermelada, ya me conoces (ya nos conocemos), por eso me he guardado para el
final una noticia de mierda para equilibrar, que sé que no te va a gustar, pero
que te tengo que contar igual. ¿Te acuerdas de Los Anillos de Poder? La serie aquella
de la que te hablé que tanto prometía. Creo que contigo puedo ser concisa y me
vas a entender a la perfección: No tienen los derechos de El Silmarillion. Nada
más que añadir, señoría. Bueno, sí. Que, como comprenderás, me he negado a
verla. Tengo mucho material audiovisual pendiente de consumir, no puedo
entretenerme con estas mierdas, que el 1 de marzo vuelve El Mandaloriano y estamos
a puntito de terminar (ya, por fin, contra todo pronóstico) la última temporada
de Supernatural. ¡Supernatural! Nunca hablamos de los Winchester tú y yo, no me
dio tiempo a preguntarte si te gustaban, llegué tarde, como siempre, como esta
carta tardona y dispersa… Seguro que te molaba, te pega un montón, serías del
equipo Dean, lo tengo claro.
El caso es que me voy tornando espesa y
triste llegando a esta parte, como cuando intuyes que te vas a quedar sin wifi y
se te va a caer el Messenger de golpe y porrazo en mitad de la conversación.
Qué jodido, amiga. Perdona que no esté muy inspirada, igual debería escribirte
más. ¿No digo siempre lo mismo?
Feliz feliz no cumpleaños, ¿a tú, a yo?
Sueña con cosas bonitas. Vuela alto. Te seguiré escribiendo.
Un abrazo, Peliblue.
Hasta siempre, amiga.
Raquel
P.D.: Luis me regaló
una sudadera en la que ponía «No hugs, no kisses, just beer». Si cambiamos la cerveza
por Coca-Cola habría sido ideal para ti también.
P.D.D.: No te preocupes
por Gastón, sigue siendo el tronquito peludo marrón que conociste, tan
lametones y pesado como siempre. Lo del dedo es benigno y todavía tiene que
darnos guerra un tiempo más. Te manda lengüetazos de metro y medio, ponte a
cubierto.