sábado, 1 de febrero de 2025

Cartas azules 2025

 



Madrid, 01 de febrero de 2025

 

¡Hola, tronk!


          Vuelve a salir el sol por tu cumple. Eso sí, hace un frío que pela, pero ¿qué te vas a esperar de febrero en el hemisferio norte? Nos vamos a quedar todos azules, como tu pelo, ése que de vez en cuando aún creo distinguir entre las cabezas de la gente que va por la calle en Madrid y me da un vuelco el corazón, hasta que me doy cuenta de que es un azul distinto, un poco verdoso y mal teñido, y que no tiene nada que ver con el azul molón que llevabas tú, que parecía que habías nacido con él.

          ¡Nos hemos mudado por fin! ¡Tenemos casa de verdad! A la altura de la última carta que te escribí ya llevábamos días metiendo cosas en cajas, y así hasta finales de agosto, cuando se hizo definitivamente el cambio. Imagínate el arsenal de bártulos que llegamos a amontonar. He borrado muchos detalles de mi memoria sobre esos meses de la cantidad de estrés que tuvimos encima, así que ahora lo resumo todo con un «pero bueno, bien», pero qué locura de año, ¡qué locura! Ha merecido la pena, aunque nos haya costado un poco de salud mental (de la poca que nos dejan los años de estudio y otros tantos de trabajos insoportables de cara al público). El suelo parece madera, aunque no lo es, y tenemos una habitación que vamos a dedicar entera a los libros; la llamamos «la biblioteca» (qué ilusión, ¡más quisiéramos!), y estoy segura de que te gustaría. Siempre me acuerdo de ti cuando veo el bestiario de Dentro del laberinto que me regaló Enrique. Está claro que la sección friki va a tener un peso importante en esta parte de la casa.

          Bueno, en realidad ya sabes que me acuerdo de ti muchas veces, con muchas cosas, es inevitable, pero en ocasiones las anécdotas se suceden y entrelazan de formas tan curiosas que uno no sabe muy bien cómo explicar los azares de la vida. Hace ya más de un año que me aficioné a seguir el canal de YouTube de un señor que habla de libros. Es un hombre muy divertido que ofrece un material distinto y original, y que te genera un renovado interés por la lectura de una forma muy cercana y entretenida; yo me río muchísimo con él, y me gusta llamarlo «el señor Acuario» (por el nombre de su canal), aunque también le digo, de vez en cuando, «el Breaking Bad de los libros», porque físicamente se parece un montón a Walter White. Desde luego, es un personaje en toda regla. El caso es que me pasó un día que, a la vez que tenía uno de sus vídeos puesto de fondo, andaba yo rebuscando y ordenando papeles que tenía en un cajón, y de verdad, de verdad, que en el mismo instante en el que me encontraba una felicitación de cumpleaños tuya, justo mencionaba el señor Acuario en su vídeo que había comprado un libro de Fernando Arrabal… ¿Te acuerdas de aquella vez que estabas tú en la biblioteca del Retiro y te encontraste con este hombre que se dirigió a ti porque le habías llamado la atención? Que cuando me lo contaste me decías que era el de «el milenarismo va a llegar» y yo te decía «¿Quién? ¿Quién?». Ay, por favor, qué risa. Eran esas cosas que sólo te pasaban a ti, con tu pelo azul y tus ganas de pasar desapercibida. Pues eso fue lo que pasó, y me hizo ilusión encontrarte pululando por ahí en una conexión súper extraña. Y, por supuesto, sonreí.

          Perdona que no me extienda más, Peliblue. Soy egoísta e intento hacérmelo más fácil a mí también. Pero no dudes que te tengo, y te tenemos, siempre presente. En los bichejos, en los libros, en las pelis, en todo lo friki, en las hamburguesas, en las canciones de Muse, en los parques de Madrid y en el calpis japonés. ¡Feliz, feliz no cumpleaños!


Un abrazo, Peliblue.

Hasta siempre, amiga.

 

 

Raquel


miércoles, 31 de enero de 2024

Cartas Azules 2024

 


                          




Madrid, 01 de febrero de 2024

 

¡Hola, Tronk!

 

         Otra vez es primavera mientras te escribo. Ya sabes lo que dice el refranero: «Febrerillo el loco», pero las temperaturas han sido inusualmente altas en los últimos días de enero también, así que es más una cuestión de cambio climático y todo eso.

         Hay cigüeñas por el cielo, mucho antes de San Blas, y gansos del Nilo y gaviotas otra vez en la charca del parque. Gaviotas, tía. Es muy curioso, porque no hacen demasiado ruido en estos meses del año, pero luego, cuando empieza a apretar el calor, se las escucha desde bien lejos graznando como en un hervidero de actividad marítima. Supongo que si uno se pone muy bohemio puede imaginarse que está cerca de una playa. A mí me ponen de los nervios, más que por el ruido (que también), por saber que es una ilusión y que no tengo ninguna playa al lado de casa. Nunca te pregunté si te gustaban las gaviotas. Seguro que sí, porque tu amor por los animales no entendía de especies.

         Ahora hay más gente en el equipo, en los últimos meses he descubierto zampullines chicos y gallinetas. Te encantarían, son súper majos. Las gallinetas tienen unas patas muy grandes y pintorescas de color amarillo verdoso, y me resultan tremendamente graciosas cuando echan a correr con esos zapatones fuera del agua; emiten un sonido muy agudo, como una especie de pitido, que a mí por lo que sea me da ternura escuchar, porque parece que se están hablando entre ellas (que seguramente sea lo que hagan) para quejarse sobre algo o dar la alarma para salir huyendo. Los zampullines son más pequeñitos, y sólo puedes verlos durante una fracción de segundo, que es lo que tardan en meterse de cabeza en el agua para bucear a gran velocidad y aparecer, de repente, en la otra punta de la charca. Son geniales.

         ¡Bueno! ¡Y la joya de la corona! Casi se me olvida: El maravilloso cormorán. Es más habitual ver uno de estos señores pájaros en Madrid Río o en el Lineal del Manzanares, claro, pero un día en el que iba yo tranquilamente por el parque sucedió el milagro, y quiso el destino dejarme apreciar a un espectacular ejemplar que se paró en una esquina de la charca de los patos a secarse las plumas. Alucinante. Habrías flipado como flipé yo. Además, parecía que estaba posando, me dejó acercarme muchísimo y, por supuesto, le hice el reportaje fotográfico correspondiente.

         Y toda esa fantasía si hablamos sólo del agua. Fuera ves a las lavanderas blancas dando saltitos y pequeñas carreras entre la hierba, gorriones (que aún quedan, por suerte) y algún herrerillo si afinas la vista entre las ramas de los árboles. Una mañana, de no recuerdo cuándo, me senté en una de las piedras del borde de la charca y se me posó un petirrojo regordete y cantarín al lado. No me dio tiempo ni a preguntarle la hora, pero me pasé el resto del día con una sonrisa tonta en la cara. Me sigo alimentando de esos pequeños momentos, porque como no nos agarremos a eso… ¡Menuda turra ornitológica te estoy dando! Intentaré resumirte un poco el resto.

         Recordarás que te hablé del último curro que tuve en aquella tienda de manualidades. Intenté encontrar alguna otra cosa durante los primeros meses del año pasado, pero al final acabé tomando la decisión —varias veces postergada en los tiempos de ir mendigando de clínica en clínica, ya sabes— de ponerme en serio con unas oposiciones. Lo de Correos era demasiado jugoso como para dejarlo pasar, pero tú y yo sabemos que aquello no tenía futuro para nosotras; estuvo bien como experiencia, pero era imposible motivarse con esos apuntes. Así que esta vez me decidí por algo que de verdad me llamara, algo en lo que yo sí me viese trabajando: auxiliar de bibliotecas. Y con ello me puse a conciencia más o menos desde junio, hice una primera intentona en octubre, y ahí sigo, preparándome para la siguiente oportunidad que se me presente. Soy realista, y no quiero hacerme ilusiones, porque éste es un camino tan de resistencia como la carrera que elegimos, pero ¿quién sabe?, a lo mejor el año que viene te escribo esta carta en un rato libre que tenga en mi nuevo trabajo bibliotecario. ¡Ojalá!

         Y eso, a nivel personal, ha sido quizás lo que más peso ha tenido en 2023. La veterinaria siempre estará conmigo, no tengas la menor duda, los animales y la medicina me acompañarán siempre; pero hay que reinventarse para seguir sobreviviendo, y hacerlo entre libros me parece una idea digna de intentar. Por lo demás, de salud no me quejo, para mí ha sido un año bueno —aunque ya nos estrenamos con nuestro amigo el corona, pero cogerlo después de tres años y medio de pandemia creo que es para estar orgullosos, ¡fuimos la resistencia!—; eso sí, en mi casa hemos pasado momentos jodidos porque a mi hermana se le complicó el Crohn y al final hubo que hacer enterectomía. Menos mal que salió todo genial (grandísimos médicos y cirujanos hay en Córdoba) y quedó la cosa en un susto y muchos nervios.

         El bueno de tu amigo Gastón está ya hecho un viejales. Es posible que tenga que pasar una vez más por el mecánico —maldita costumbre perruna de no lavarse los dientes y acumular sarro—, pero sigue teniendo el espíritu de un cachorro y la analítica es compatible con una buena anestesia. Seguro que sale como yo de las colonoscopias: borrachillo pero victorioso. Sigue siendo un lametones insufrible (lo tenemos abonado al collar isabelino, porque se las lía muy pardas cuando se aburre), y ahora, a veces, lleva pañal. Ya sabes, un esperpento muy adorable, da para foto de calendario. Quedaría genial con un compañero gatuno, pero este último ya lo dejamos para nuestros sueños de futuro, que por fin andamos buscando piso y en algún momento caerá (digo yo, tendré que convencer a Enrique) un pequeño tigre en nuestra casa.

         Del mundo mejor no te cuento nada. Está todo demasiado patas arriba, da miedo y pena, mucha pena. Y también rabia, para qué nos vamos a engañar. Ya casi nadie lleva mascarilla, y eso es señal de que podemos permitirnos ese lujo, pero las zoonosis están a la orden del día. Si nos hubieran transmitido en su momento la verdadera importancia de aquellas asignaturas tan hueso, como Infecciosas y Preventivas, yo creo que las habríamos cogido con más ganas y motivación, o al menos yo. Lástima que no se pueda dar al botón de rewind para cambiar eso ni para tantas otras cosas.

         ¡Jesús y Javi se casaron en septiembre! La verdad es que lo pasamos muy bien, fue muy emocionante, se te habría saltado la lagrimilla (yo creo que era su plan secreto desde el principio, tenernos ahí a todos con el moco colgando). ¡Y nos reencontramos también con Anne! Llevábamos muchos años sin vernos, y la tía se puso el mismo vestido que usó en la graduación… ¡Es el Jordi Hurtado de nuestra promoción! No pasan los años por ella. Nos reímos un montón, con Anne ya sabes tú que no te puedes aburrir.

         Y de ahí a final de año sí que pasó el tiempo volando, estoy intentando hacer memoria pero sólo recuerdo resfriados, ansiedad por querer llevar mil cosas para adelante (como siempre, ya me conoces) y dulces, muchos dulces. Me he puesto fina filipina estas navidades, tanto que ya soy yo otra vez y no la sombra de mí que era en 2020, y ése es un pensamiento alentador.

         Bueno, me he saltado noviembre. A finales de ese mes se estrenó la peli en la que sale Inés. ¡Todavía no la he visto! Vergüencita me da. Se me juntó el hambre con las ganas de comer, o más bien los estreses y los virus… Ahora estoy al quite para ver cuando la ponen en alguna de las veinte plataformas a las que estamos suscritos para poder verla. Me hace ilusión poder decir que yo conozco a esa actriz, ¡que estudió con nosotras! Ay, los viejos tiempos de la facultad. Hubo cosas muy buenas y otras todo lo contrario, pero puestos a recordar, yo prefiero quedarme con las primeras.

         Cada año me cuesta más escribir esta carta, no te voy a engañar, menuda jodienda nos hiciste yéndote de erasmus a un sitio sin cobertura ni wifi. ¡Ya te vale! Pero ten por seguro que me acuerdo de ti con cada bichejo que me cruzo por el camino, con cada tienda friki que piso y cada serie de Star Wars que veo («Andor», menuda pasada; y «Ahsoka» te habría flipado), con cada paseo por el campo y con cada hamburguesa (vegana o no) con patatas fritas, que sé que te encantaban.

         Espero que allá donde estés te lleguen, en forma de una suerte de brisa fresca, los pensamientos bonitos de toda la gente que se acuerda de ti. Feliz, feliz no cumpleaños.

 

 

Un abrazo, Peliblue.

Hasta siempre, amiga.

 

 

Raquel

jueves, 16 de febrero de 2023

Cartas azules 2023

 



Madrid, 15 de febrero de 2023

 

¡Hola, tronk!

 

     Ya sé que «un mago nunca llega tarde, ni pronto, sino exactamente cuando se lo propone», pero esto no es un encuentro feliz en La Comarca por el centésimo decimoprimer cumpleaños de Bilbo Bolsón. Esto soy yo —más bien haciendo del conejo de Alicia en el País de las Maravillas— escribiéndote una carta con mucho retraso, bastante cargo de conciencia y una introducción friki muy socorrida para salvar un poco las formas e intentar que mi despiste pase un poco desapercibido. ¿Lo he conseguido? Espero que sí.

     Cierto es que el primero de febrero me pilló con algunos frentes importantes abiertos (aunque eso no hizo que olvidara el aniversario de tu nacimiento, ni el de mi abuelo materno, que cayó este último por la época del Titanic más bien. ¡Oh, el Titanic! ¿Te acuerdas de aquella exposición a la que fuimos con Luis? Todavía tengo esa foto en blanco y negro que nos hicimos a la entrada del barco. ¡Qué buen rato echamos aquella tarde! También era 1 de febrero, y acabamos con una rica merendola en el Okashi Sanda. Verdaderamente rico ese calpis. ¡Vaya! ¡Perdón por la dispersión! Que empiezo a reactivar recuerdos y me voy por las ramas sin darme cuenta…). Y perdón también por el paréntesis más largo que se haya escrito en una carta. Te decía que el día 1 operaron a Gastón de un tumorcillo infecto en un dedo del pie izquierdo, así que ese día lo tuve un poco crudo para sentarme tranquilamente a escribir, sabía que tendría que posponer un poco estas líneas. Pero, de repente, es 15 ya, estamos en el ecuador del mes y no sé cómo ha pasado ni cómo hemos llegado hasta aquí. El tiempo —igual que la gravedad y como diría nuestro amigo Sheldon Cooper—, es otra ramera despiadada.

     Espero que sepas disculpar mi tardanza así como mis chistes malos. La verdad es que escribirte me sigue poniendo un poco nerviosa, a quién vamos a engañar, y ya sabes que yo soy muy Chandler Bing (mira, lo estoy haciendo otra vez). ¡No tengo remedio!

     Estoy intentando echar la vista atrás para hacer repaso mental de las cosas que han pasado desde la última vez que hablamos (para mí esto es una manera de hablar contigo, sobra decirlo). El mundo sigue girando, quizás un poco más acelerado en su inevitable camino hacia el apocalipsis zombie, coqueteando aquí y allá con nuevas formas de autodestrucción. Bueno, quizás no tan nuevas ahora que lo pienso. Justo hoy he leído un titular en el que decía que un alto porcentaje de la población desconoce por completo la relación entre las enfermedades de los animales y las nuestras. Han pasado ya casi tres años desde lo del corona y la gente sigue sin tener idea ni consciencia de lo que es una zoonosis. Así nos va.

     No recuerdo a qué altura del año pasado saltó por los aires lo de la viruela del mono. Cundió un poco el caos informativo (desinformativo diría yo, como siempre), pero nada que ver con lo de 2020, y nosotros, como buenos españoles, llevándolo todo con sentido del humor, memes y filosofía barata. Esto hubo forzosamente de unirse en el espacio tiempo a las quince mil variantes del bicho —de las cuales la última que se me viene a la cabeza es una tal ómicron, que a su vez me recuerda a Omicron Persei 8, de Futurama—, así que no dejábamos de tener frentes zoonóticos abiertos. La gripe aviar danzando y expandiéndose a su antojo; la viruela humana regresando del averno por la estúpida tendencia antivacunas; susurros desde África donde el ébola nunca termina… y en mitad de nuestra encarnizada lucha por salir a flote, Rusia decide invadir Ucrania porque la interminable pandemia le parece poco entretenimiento.

     Para mear y no echar gota. Guerra, otra vez. Otra más. Es terrible, y cobardemente (y también por salud mental) dejas de encender la tele para mantenerte lo más entero posible, para no terminar de reventar. Qué tenebrosa se está poniendo esta carta, no culpes al mensajero. De hecho te doy pinceladas de noticias porque esa es la verdad, me entero de ciertas cosas por las redes sociales o por la gente, pero la caja tonta hace mil años que no la enciendo y, cuando paso por el salón y la está viendo mi suegra, para lo bueno y para lo malo sólo veo de refilón las estampas de las telenovelas turcas que se han puesto de moda ahora, así que podría contarte cualquier cosa de los últimos libros que me he leído o de los pájaros que veo en el parque y sería incapaz de responder a la más sencilla pregunta de actualidad. Seguro que me entiendes. Me entenderías, seguro.

     ¡Hubo manifestación veterinaria en abril! Y a ésta sí que pude ir, al fin. Me acordé mucho de ti, como tantas otras veces. Fue bonito ver a tantos compañeros unidos por un bien común; y aunque no será suficiente con esto, al menos ya empezamos a pelear un poco (que, conociendo a nuestro gremio, ya es decir mucho). Qué raro me resulta ahora decir «nuestro»… Hace ya más de un año que no piso una clínica y sigo teniendo sentimientos encontrados (¿el veterinario nace o se hace?), y los tendré toda la vida, supongo, pero ese tema te lo intentaré resumir porque si no esta carta va a tener que ir por fascículos.

     Después de mi última aventura y de unos cuantos meses de paro (cien por cien empleados en entregarme por completo a mis manualidades), acabé currando en una tienda de material de papelería y bellas artes. «¡Ese trabajo es para ti!», estarás pensando, con toda la razón del mundo. Sí, amiga, yo también lo pensé, pero no hubo tanta suerte. Era demasiado pedir, una vez más. Muy largo de explicar. Sólo diré que no me terminó de gustar; yo esperaba otra cosa (cuánto misterio) y resultó demasiado estresante para lo que parecía en un primer momento. Me fui bastante jodida de aquel sitio, no te voy a mentir, me dejó un poquito con la moral por los suelos, y eso yo se lo solía perdonar a la veterinaria, pero al resto de gremios no les voy a permitir tener tanto poder sobre mí, ¿no crees? Eso me repito para infundirme valor. Valor. Yo. Venga, te doy permiso para reírte.

     Me he dado cuenta de lo que se parecen mis cartas de un año para otro. Ésta, al igual que la última, ha empezado con una alusión a El Señor de los Anillos; luego vienen las parrafadas de negrura y noticias y anécdotas deprimentes; y, ahora, por supuesto, toca rebuscar por dónde sea la manera de dejar esto en todo lo alto, porque así no lo puedo dejar, ¡qué vergüenza! Prometo que no tengo una plantilla ni sigo ningún plan, es mi cabeza la que se impone el orden cronológico y de mayor a menor intensidad para ir relatando las cosas. ¿Sabes si pagan por ese superpoder en algún puesto de trabajo? ¡Porras! ¡Qué complicado es todo!

     Ando «como geisha por arrozal» (grandísima frase del Barea que nunca olvidaré, ¿¿¿te acuerdas??? Madre mía, que golpe de memoria así de repente, esas clases horribles de bioquímica, qué mal se me daba... ¿Qué habrá sido de aquel hombre?), o como pollo sin cabeza, lo que prefieras. Me gusta todo y a la vez nada; para cualquier cosa necesito más estudios y más dinero; las grandes preguntas de siempre me siguen machacando el cráneo por dentro como si todos estos años no hubieran servido para desvelar ninguna incógnita; y al final sólo quiero un trabajo medio qué, con un sueldo medio qué, que me permita llevar dinero a casa y dormir tranquila por las noches. No parece tan difícil ¿verdad? Voy a intentar enfocarme en el mundillo de las letras, los libros, las editoriales y las bibliotecas. ¡Ya te contaré si consigo algo! ¡Deséame suerte!

     ¡Ahhhh! ¡Me enteré de que Inés trabajó en una película! Qué tía, eh. Le he dicho que me avise cuando se pueda ver, seguro que lo hace genial. ¿Te has dado cuenta de que la mayoría de compañeros de profesión que conocemos tienen un tremendo lado creativo? Hay un chaval que lleva un podcast de veterinaria que también es actor, y en Viana conocí a otro que también era artesano; tú siempre has dibujado como si hubieras estudiado bellas artes, y Jesús hasta toca el piano. A lo mejor no son cosas de las que resulte fácil vivir, pero oye, siempre está bien tener planes B y C a mano, por si la cosa no sale como pensábamos. Espero que Inés pueda meter la cabeza en ese mundillo artístico y recuperar toda la motivación e ilusión que los sitios oscuros en los que no has tocado currar nos quitaron.

     Estoy escuchando pájaros mientras te escribo. No son de verdad (ojalá), están dentro de un vídeo de YouTube de «sonidos de la naturaleza», que es lo que más echo de menos desde que vivo en Madrid. Últimamente —no sabría decirte cuándo empezó— me he aficionado mucho a la ornitología, a buscar, observar y aprender a identificar pajarillos. En mis salidas al parque, o cuando vamos a dar una vuelta por las afueras, me empleo a fondo para distinguirlos y disfrutarlos. Son una absoluta maravilla (me pregunto cómo no me he dado cuenta antes, en qué tonterías estaría pensando, los pájaros son geniales). Y tampoco sé cuándo ocurrió, pero empecé a compartir esta afición —¿naturalista?— con Anne y ahora nos enviamos material de cada una de nuestras humildes excursiones y de todo lo que averiguamos sobre las especies que encontramos. Es muy entretenido, y divertido, y me encanta que sigamos compartiendo estos lazos a pesar de la distancia geográfica entre nosotras y de la que el tiempo y nuestras respectivas circunstancias nos han impuesto con la carrera que juntas estudiamos.

     ¡Acabo de acordarme! ¡Otra vez vi una cigüeña por tu cumpleaños! Bueno, ya sé que «por San Blas, a la cigüeña verás» (algo me dice que ya he repetido este refrán demasiadas veces), pero a mí me sigue haciendo ilusión coincidir con ellas ese día, rompiendo con su envergadura blanquinegra el límpido azul del cielo invernal de febrerillo el loco. Siempre las he asociado a algo feliz, desde que era chica y mi madre me leía los libros de Celia, de Elena Fortún. Las veo y me sonrío sin darme cuenta y, pase lo que pase, ese día ya es genial sólo por eso. Ya ha merecido la pena. Salúdalas de mi parte cuando las veas por allí arriba.

     No quiero terminar esta carta con mermelada, ya me conoces (ya nos conocemos), por eso me he guardado para el final una noticia de mierda para equilibrar, que sé que no te va a gustar, pero que te tengo que contar igual. ¿Te acuerdas de Los Anillos de Poder? La serie aquella de la que te hablé que tanto prometía. Creo que contigo puedo ser concisa y me vas a entender a la perfección: No tienen los derechos de El Silmarillion. Nada más que añadir, señoría. Bueno, sí. Que, como comprenderás, me he negado a verla. Tengo mucho material audiovisual pendiente de consumir, no puedo entretenerme con estas mierdas, que el 1 de marzo vuelve El Mandaloriano y estamos a puntito de terminar (ya, por fin, contra todo pronóstico) la última temporada de Supernatural. ¡Supernatural! Nunca hablamos de los Winchester tú y yo, no me dio tiempo a preguntarte si te gustaban, llegué tarde, como siempre, como esta carta tardona y dispersa… Seguro que te molaba, te pega un montón, serías del equipo Dean, lo tengo claro.

     El caso es que me voy tornando espesa y triste llegando a esta parte, como cuando intuyes que te vas a quedar sin wifi y se te va a caer el Messenger de golpe y porrazo en mitad de la conversación. Qué jodido, amiga. Perdona que no esté muy inspirada, igual debería escribirte más. ¿No digo siempre lo mismo?

     Feliz feliz no cumpleaños, ¿a tú, a yo? Sueña con cosas bonitas. Vuela alto. Te seguiré escribiendo.

 

 

 

Un abrazo, Peliblue.

Hasta siempre, amiga.

                                                                                         

Raquel

 

 

P.D.: Luis me regaló una sudadera en la que ponía «No hugs, no kisses, just beer». Si cambiamos la cerveza por Coca-Cola habría sido ideal para ti también.

P.D.D.: No te preocupes por Gastón, sigue siendo el tronquito peludo marrón que conociste, tan lametones y pesado como siempre. Lo del dedo es benigno y todavía tiene que darnos guerra un tiempo más. Te manda lengüetazos de metro y medio, ponte a cubierto.

martes, 26 de abril de 2022

SAVING PEOPLE, HUNTING THINGS O HISTORIA DE UN CUADERNO

Tengo la horrible costumbre de meterme en berenjenales sin pretenderlo y de complicarme la vida diciendo "sí a todo" con la boca, deprisa y corriendo, cuando mi cabeza está gritando "wait a moment, fucking crazy!". Pero yo no escucho, bajo la dura carcasa de fontanelas férreamente selladas tiempo ha sólo hay un mono tocando los platillos. Es un mono muy divertido, la verdad.

Así que cuando el bueno de mi amigo Willy me preguntó si podría hacerle una especie de réplica del cuaderno de John Winchester, de la serie Supernatural, pues le dije que sí. ¿Qué le iba a decir? Hago cuadernos, habría estado feo no intentarlo. ¿Qué podría salir mal? No sé. El mono empezó con su función y estuvo con su musiquita durante bastante más de un año (varias temporadas, en cómputo de serie). Y aquí estamos, después de todo, pegando ese resoplido de satisfacción cuya brisa te levanta el flequillo, con el espinazo recostado en el espaldar de la silla de despacho -brazos cruzados tras la cabeza-, mientras pienso: ¡Misión cumplida!


Igual que en su momento dediqué unos párrafos al Libro de las Sombras de Embrujadas, la envergadura de este proyecto no merece menos que una entrada en este mi humilde blog, por eso voy a describir por aquí los pasos a seguir de esta receta maravillosa que es la locura del friki del handmade.

Todo comenzó con la forja de los grandes anillos... Perdón, ésa es otra película. Doble perdón, creo que esta frase la he utilizado hasta el infinito. El caso es que yo de Supernatural no sabía nada de nada, había escuchado rumores y sabía de qué iba -como también sabía que las probabilidades de que mi extrema aprensión por la temática paranormal me impidiera poder disfrutar de esta serie eran altísimas-, pero mis conocimientos acababan ahí. Me puse el delantal y ¡a cocinar!


Primer paso: 

- Trabajo de campo, investigación. Ponte a ver la puñetera serie. 

Ingrediente principal:

- Échale huevos.

Había que echárselos. La primera temporada casi entera la tuve que ver de día. Sí, sí, por la mañana y con un par de huevos, como decía. Cometí el error de ver el primer capítulo -como hacemos en esta santa casa con todas las series y películas- por la noche, de postre, al acostarnos. Menuda madrugada toledana maravillosa que me dio la niña de la curva. Podéis probarlo cuando queráis, es muy terapéutico (si te va la terapia de choque).

Al final me acabé acostumbrando y pudimos avanzar en el estudio. Tal vez -y sólo tal vez- el hecho de que los protagonistas sean dos hermanos torneados, testosterónicos y ternascos facilitó mucho la rápida adaptación al ambiente sobrenatural y, sobre todo, al argumento... a los argumentos, vaya.

¡Genial! ¡Ya estamos enganchados!


Segundo paso:

- Idea, diseña, organiza, estructura. ¡Listas y croquis de todo!

Ingrediente principal:

- Ten amigos. Amigos que trabajen el cuero, amigos que manejen programas de edición, amigos que tengan papelerías e impresoras a color, amigos que sepan inglés, amigos que te deban algún favor o amigos que sean más buena gente que el copón.

Esta fase fue bastante larga. Por querer ajustarme lo máximo posible al cuaderno utilizado en la serie me volví loca buscando el formato concreto de agenda, de archivador y de páginas interiores que se trabaja sólo en EEUU, y lo que yo creía que sería coser y cantar se alargó más que las obras de El Escorial. 


Pruebas de varios papeles para ver texturas y acabados, pruebas de tintas, bocetos, mediciones e historias varias, etc. Por fin decidí cuáles serían las tripas del cuaderno, y aquí entró en juego la magia de nuestro amigo Montaña, el hacedor del cuero. Mandamos para tierras gallegas el material elegido y sobre esa estructura hizo su arte el chamán de Baleira, creando la maravilla de tapas que podéis ver en las imágenes, con los bolsillos, cosidos y marcas que se pueden apreciar en el original de la serie. Una auténtica pasada. ¡Gracias Don José! A sus enormes pies de gigante pongo mis más sinceras alabanzas. 

Con la tontería pasó casi un año hasta que pude tener mis tapas y mis tripas listas -parece que es tela de tiempo, y en realidad lo es, pero no perdamos de vista que yo en esos meses también compaginaba con trabajo y con otros proyectos que tenía en cola, y no podía dedicarme en cuerpo y alma, qué mas quisiera, al proyecto-, pero contra todo pronóstico llegó ese bendito momento. Ahora sí. ¡Manos a la obra!


Tercer paso:

- Los dibujos, las historias, la mandanga. ¡A la vida del escriba!

Ingrediente principal:

- Tinta y tiempo. Mucho tiempo.

Concretamente la Perle Noire de J. Herbin, otro de los elementos vitales facilitados por nuestro amigo Alvarado -el que tengo aquí colgado-, leal surtidor de impresiones de calidad y materiales de papelería variados que siempre necesito para mis trabajos. ¡Gracias, querido! Ya te invitaré a alguna cerveza cuando me deje caer por Getafe. Un siglo de estos.


Cierto es que el papel de calco (ese que te deja los dedos negros, el papel carbón de toda la vida) me ha servido de base para mantener alto el nivel de fidelidad a gran parte de los dibujos, pero muchos otros están hechos a mano alzada desde la primera línea y tengo que decir que me ha ayudado bastante que los bichos fueran feos de narices, el margen de error se estrecha tela si lo pensáis. 

Largas horas de lápiz, bolígrafo y pluma he pasado bajo el flexo, emborronando, desgastando, definiendo y dando forma a más de cien páginas de oscura fantasía con bordes quemados, enmohecidos, amarillentos, salpicados de café -¿o de sangre?-, ininteligibles quizás en algunas partes, en fin, lo que se puede esperar del diario de un cazador de monstruos, información variada y muchos tiros pegados.

Una parte del cuaderno está basada en la única copia oficial que hay en el mercado, pero el resto (que suma un grueso bastante importante) está hecho a partir de los apuntes de los verdaderos y absolutos fanáticos de la serie, que durante todos estos años (quince temporadas, que se dice pronto) han ido acumulando material y publicándolo en redes precisamente para facilitar la creación de su propio cuaderno de John Winchester a todos aquellos que quisieran intentarlo. ¡Como una servidora! Infinitas gracias desde aquí. 



Por supuesto, yo también cogí mis propios apuntes (si nunca habéis visto una serie o una película modo estudiante, es otro mundo) y tuve la oportunidad de aportar mi propio material. Como si el cuaderno fuese de Balay, puede decirse que tiene "un poquito de mí". Y un poquito de todos los que me han facilitado la aventura y la tarea, como mi buen amigo Luis. Crear las hojas de agenda, de la misma jodida agenda de John Winchester de 1990 -entre otras cosas-, a la medida exacta y con el diseño idéntico no habría sido posible sin él. A mí me sacas del paquete de Office y me explota el cerebro. Grazie mille, Luigi! ¡Más cervezas para ti!

Gracias, también, a mi amiga Helen, que me solucionó varias dudas sobre ortografía y gramática en un idioma que estoy muy lejos de dominar; a mi hermana, que sin saberlo me dio ideas geniales con el podcast de la Biblioteca Nacional de España, y a mi señor marido que también me ayudó con las traducciones y que ha soportado la carga psicológica que conlleva aguantarme las veinticuatro horas del día esté estresada, contenta o comicolérica. 

Parezco un actor famoso dando su discurso mientras recoge el Oscar que le acaban de dar, pero es de bien nacido ser agradecido y detrás de este proyecto no está sólo mi mano ejecutora, ha habido mucho apoyo externo y os debo birras a pares, chavales. 

Lo he disfrutado como una enana, también lo he sufrido como la estresable ansiosa que soy, pero lo he trabajado con cariño, esfuerzo y pura ilusión, y a punto estuve de hacerme un Frodo y, en el último momento, decir aquello de "el cuaderno es mío, el vino a mí, yo lo encontré" y... ¡Hasta luego, Mari Carmen! Pero me porté bien al final, no creáis, mi trabajo me costó. ¡Gracias, Willy, a ti también! Por meterme en esta historia y engancharme a una droga más.

Inclínome en graciosa reverencia y sombrero en mano me despido. Tened por si acaso mechero y sal -y un poquito de agua bendita- siempre a mano. Larga vida a Dean Winchester y mucho Bobby Singer. ¡Ha sido un placer!






RAV





martes, 1 de febrero de 2022

Cartas azules 2022

 




Madrid, 1 de febrero de 2022


¡Hola, tronk!


         Está saliendo el sol mientras te escribo y, aunque no es la primera vez en la última semana -llevamos ya unos días luminosos después de otra rachita de feos nublados-, siempre me hace ilusión ver cómo se mantienen las nubes a raya el día de tu cumpleaños. Supongo que algún año lloverá pero, parafraseando a nuestro buen Aragorn, hoy no es ese día.

         Sé que prometí escribirte más, pero no te creas que es fácil. ¿Te llegan mis pensamientos? No molan tanto como una carta, lo sé, pero es mucho más fácil pensar en ti que sentarse a poner en palabras la puñetera realidad. Tú me entiendes mejor que muchos, la mermelada nunca fue con nosotras aunque por dentro estemos hechas de gominola con purpurina (¿a quién vamos a engañar, Princesa Croqueta?), pero hay que hacer un pequeño esfuerzo y seguir con la performance para que no decaiga mucho la moral. Qué jodido es esto de no poderte preguntar cómo estás.

         ¿Qué te cuento, amiga? ¿Cómo te resumo el último año? Da para mucho o para poco, según la perspectiva. Seguimos inmersos en la estupidez y la locura, el bicho ayuda mucho a eso, pero la gente ayuda más. Yo creo que las siete plagas de Egipto se han quedado como aguardiente dulce a la vera de las quince olas del corona (perdona mi falta de concreción, es que he perdido la cuenta ya). Al menos tenemos vacunas, ¡vacunas! Tú, como yo, llevarías ya tres dosis por ser sanitaria, y serías Súper-Jenny, tendrías anticuerpos para disparar en bláster a caño y pasearías por la calle mirando con ascopena a los cromañones terraplanistas, antivacunas y grupis de Miguel Bosé (que por lo visto ahora nos quieren controlar con microchips que nos inyectan con las vacunas, flipa, ¿no te has enterado? Yo creo que con las tres que llevo ya, si me concentro un poco pillo wifi gratis en mitad del monte).

         La imaginación de la gente sigue siendo poderosa, pero no te preocupes, no llega al nivelazo del tirón de series que seguimos teniendo para consolar un poco el espíritu. Me he negado a ver El juego del calamar, porque tenía muchos frentes abiertos y he visto tantos memes spoileantes que ya me aburre; no sé si a ti te habría gustado, pero desde luego te habrías reído con la muñeca pepona gigante que dispara a traición como una Dora la exploradora creepy y encocada tamaño atracción dantesca de feria. Ahora estamos viendo El libro de Bobba Fett y ésta sí que te molaría. ¡Cómo se lo curran los de Disney+! ¿Te acuerdas de cuando queríamos ser paleoveterinarias? Pues dale una pensada a lo de veterinarias galácticas (seguro que a ti se te ocurre un nombre mejor), que todavía no he visto a ningún profesional haciéndose cargo del mantenimiento de los banthas ni de los rancors... ¡Qué falta de previsión!

         Bueno, del tema del apotema es que no te puedo contar nada que no supieras ya... Un año no ha hecho ninguna diferencia en mi futuro ni en mis arcas. Sigo esperando que me toque la lotería, aunque la realidad es que sólo tiento a la suerte el 22 de diciembre (debería estirarme más ¿no?). Encontré un curro cerca de casa a media jornada pocos meses después de escribirte, y allí estuve varada hasta final del año pasado; al principio con la esperanza de encontrar un pequeño rincón donde quedarme y hacerme fuerte para conseguir esa estabilidad tan anhelada, poco después -como siempre, como se veía venir, como no podía ser de otra forma- por mantener un mínimo y mísero ingreso pero deseando escapar de esa cueva infecta de maltrato psicológico y horas extras jamás remuneradas. Otro fiasco del que por supuesto me fui sin paro. El paro es para la gente que sabe hacer las cosas bien, no como yo.

         Para fiasco bueno el del curso de redacción digital que te conté, ¿te acuerdas? Casi tres mil euros que costaba el curso online de tres meses en el que supuestamente te preparaban para desempeñar esta profesión. Tres mil pavacos a tocateja sin un título oficial ni prácticas ni nada, sólo una flipada vendiéndote por un vídeo de YouTube las ventajas de trabajar escribiendo por cifras desorbitadas para empresas megapijas desde tu casa de Las Bahamas que habrías conseguido, por supuesto, con tus súper ingresos derivados de esta oportunidad única que te brindaba con su súper curso. Igual me he liado con los "súper" y los "mega", pero es que era todo súper-mega-chachiquetecagas-¿vale?

      Perdona por contarte cosas tan deprimentes, aunque tú y yo somos del equipo de reírnos oscuramente de todo, así que mantengamos el reír por no llorar por bandera y pensemos en gatos. Método infalible para cualquier situación en la vida. ¿Estás triste? Piensa en gatos. ¿Estás feliz? Piensa en gatos. Los gatos son la solución a todo, no sé por qué al mundo le cuesta tanto llegar a esa conclusión. En esto también te he fallado, tía. Todavía no he adoptado un gato. Aunque Vero dice que un gato sólo necesita cajas para ser feliz, y razón no le falta (será que no tengo yo cajas, toda mi vida son cajas llenas de trastos), pero pobre gato, necesito sitio para poner sus cajas de gato y mis cajas de trastos... De momento me tengo que conformar con La Gatoteca, que volvió a abrir hace unos meses. ¡No todo son malas noticias! ¿Ves?

         ¡Ah! ¡Y se nos casa Potter! Qué vídeo más bonito de pedida nos enseñó, una performance que montó para declararse a Javi... desde luego se lo curró tela, como para decirle que no. ¡Y Anne se mudó a Dinamarca! Me dio mucha pena no poder despedirme de ella, al final con la pandemia y lo que ya llevábamos acumulado contamos años sin vernos, pero me consuela pensar que nos seguiremos escribiendo y que para la boda vendrá a España. Fui en septiembre a una exposición chulísima de van Gogh y me acordé mucho de vosotras, habría sigo genial poder cumplir ese plan que unos meses antes del apocalipsis propuso Anne para las tres. ¡Y me llegó un crisma precioso de Inés! Qué mano tiene con el dibujo, si no me dice que es hecho a mano me creo que el muñeco de nieve venía ya pintado. En las próximas fiestas tengo que sacar hueco para currarme más las postales navideñas, que este año pasado no me ha dado tiempo de nada.

         Me hizo mucha ilusión encontrarme con tus crismas y me dio una pena tremenda, y otra vez ilusión, y pena, así todo el rato. Un bucle chungo de esos que tú sabes. Pero recordarte, aunque duela, también es bonito, así que al final siempre sonrío. Me gusta pensar que te has ido de viaje y que algún día, no sé cuándo, volverás. No te voy a hacer promesas para el año que viene, porque ya ves que soy un desastre, pero siempre que pueda habrá una carta azul en tu buzón un día como éste. Feliz, feliz no cumpleaños, ¿a tú, a yo?


Un abrazo, Peliblue.

Hasta siempre, amiga.


Raquel



P.D.: Si ves por ahí arriba a mi Sodoma dale un buen abrazo de mi parte. No la cojas en brazos, que se siente rara, porque ella siempre ha sido mucho de ir a ras del suelo, pero ráscale un poquito las orejas, que le gusta mucho que la soben.


P.D.D.: El 2 de septiembre se estrena la serie que estaba haciendo Amazon sobre El señor de los anillos. Ya te contaré, pero si nos ves por un agujerito no te la pierdas. A ver qué han hecho con esa obra sagrada... ¡Cruzaremos los dedos!


viernes, 23 de abril de 2021

Apuntes por el Día del Libro

Da igual si el día ha sido corto o largo, intenso, pasajero o rutinario, si al final puedo caer en la cama como un ladrillo, a todo lo largo, y abrir un libro, y leer un rato. Ése será mi premio, y será mi bálsamo.

Hace dos noches empecé un título nuevo, de tapa blanda y edición casi de bolsillo —no importa, no soy prejuiciosa ni talibana, puedo quererlo igual—; sin pensarlo en modo alguno, de manera totalmente automática, hice lo que hago siempre: saludé, presenté mis respetos y mis nobles intenciones, y, sin pedir permiso, hundí mi nariz chata entre sus páginas. Inspiré, aspiré y respiré varias veces, y me dejé llevar un rato. Era mi premio y era mi bálsamo. No había ninguna prisa.

Esto no es nuevo para mí —soy vieja (y pelleja) oledora de libros—, y aun así me pilló ciertamente a desmano, a contrapelo y desenfocada, la imprevista tromba de nostalgias comprimidas que mi bulbo olfatorio descargó impunemente sobre una parte de mi cerebro cuyas insondables conexiones desconozco pero que es, claramente, la hacedora de magia.

¿Cómo se explica si no? ¿Cómo puede ser que un papel tan nuevo, tan recién sacado del horno, tan tibio, tan sin tocar, pueda oler así?

Olía al Carabás 1 y al Micho 2, a la editorial Anaya y a Vacaciones Santillana.

Olía a la mesita de noche de mi cuarto de cuando tenía doce años, al altillo del armario empotrado, al rincón donde mi madre escondía las revistas del Círculo de Lectores.

Olía al polvillo de las estanterías metálicas de la biblioteca del pueblo y a todos los libros que Ana Cabello dejaba que me llevara a casa, sabiendo de sobra que se me pasaría la fecha del préstamo antes de que pudiera leérmelos todos.

Olía a Alfaguara, a las ediciones con el lomo de color mostaza y al Pequeño Vampiro.

Olía a las aventuras de la Celia de Elena Fortún que mi madre nos leía por las noches.


Olía a estaciones enteras en la campiña.

Olía a norte y a sur y a los mapas físicos y políticos del libro de Sociales de primero de la ESO.

Olía a diarios con candado, a collares de macarrones y a cajas con gusanos de seda. Al verano del 92.

Olía a Nesquik con galletas, a guerras de globos de agua, a medias noches con nocilla y polos Flash de la marca Kelia. A cumpleaños de tres días.

Olía a paseos por el campo, con perros gigantes que parecían molinos y molinos enormes que se convertían en castillos.

Olía a la historia del melonero que nos contaba mi padre; a mi abuela chillándole a mi abuelo porque le daba el pan con la boca a los pichones; a mi perro D’Artacán, al que todos se empeñaban en llamar Sandokán.

Olía a macetas en las puertas, a alfombras de juncia y a peroles de arroz el domingo de las cruces de mayo en la Sendilla.

Olía a cuentos que no recuerdo que escribí, a doña Amparo y a la señorita Josefina.


Olía a teatro y a piscina.

Olía a nervios de la Selectividad.

Olía a jazmín y a naranjas, al bullir de los gorriones y verderones por la mañana temprano en el corral.

Olía a toda la vida leyendo y viviendo.

Olía a calma y a libertad.

Y todo eso en un segundo. Como para no marearse con tanto olor ¿verdad? ¡Maldita celulosa y sus intríngulis químicos con aroma a viajes en el tiempo!

Por supuesto, después de todo esto, me puse, por fin, a leer.



¡Feliz Día del Libro!


RAV
23/04/2021

martes, 9 de febrero de 2021

La vida, el universo y todo lo demás

 

 


“Dijo que una noche apareció una nave en el cielo de un planeta por el que nunca se había visto ninguna. El planeta se llamaba Dalforsas; la nave era en la que estaban. Surgió como una estrella nueva y brillante que se movía silenciosa por el firmamento.

Tribus primitivas que se sentaban acurrucadas en las Laderas del Frío levantaron la vista de sus humeantes copas nocturnas y señalaron con los dedos temblorosos, jurando que habían visto una señal, un signo de sus dioses que les indicaba que debían levantarse al fin y matar a la maligna Princesa de las Llanuras.

En las altas torres de sus palacios, la Princesa de las Llanuras alzó la vista y vio la estrella brillante, que sin lugar a dudas interpretó como una señal de los dioses para atacar a las malditas tribus de las Laderas del Frío.

Y entre ambos, los Habitantes del Bosque miraron al cielo y vieron la señal de la nueva estrella; sintieron miedo y recelo, pues aunque nunca habían visto nada parecido, sabían exactamente lo que presagiaba, e inclinaron la cabeza con desesperación.

Sabían que cuando llegaran las lluvias, habría una señal.

Cuando las lluvias terminaran, habría una señal.

Cuando el viento se levantara, habría una señal.

Cuando el viento cesara, habría una señal.

Cuando en aquella tierra naciera una cabra con tres cabezas a media noche de un día de luna llena, habría una señal.

Cuando a alguna hora de la tarde naciera en aquella tierra un gato o un cerdo enteramente normales sin ninguna complicación en el parto, o incluso un niño con la nariz respingona, eso también se tomaría a menudo como una señal.

De modo que no cabía duda alguna de que una estrella nueva en el cielo era una señal de un tipo particularmente espectacular.

Y cada nueva señal significaba lo mismo: que la Princesa de las Llanuras y las Tribus de las Laderas del Frío estaban a punto de armar otro alboroto.

Eso no sería tan malo si la Princesa de las Llanuras y las Tribus de las Laderas del Frío no decidieran siempre armar jaleo en el Bosque, y si en los enfrentamientos no llevaran siempre la peor parte los Habitantes del Bosque, aunque por lo que les concernía nunca habían tenido nada que ver en ello.

Y a veces, después de algunos de los peores atropellos, los Habitantes del Bosque enviaban un mensajero al jefe de la Princesa de las Llanuras o al de las Tribus de las Laderas del Frío exigiendo saber la razón de aquella conducta intolerable.

Y el jefe, cualquiera que fuese, llevaba al mensajero aparte y le explicaba la razón despacio, cuidadosamente, prestando gran atención a los detalles.

Y lo terrible residía en que era una razón muy buena. Muy clara, muy sensata y firme. El mensajero bajaba la cabeza sintiéndose triste y estúpido por no haber comprendido la complejidad y dureza del mundo real y las dificultades y paradojas que había que aceptar si se vivía en él.

¿Comprendes ahora? decía el jefe.

El mensajero asentía en silencio.

¿Y entiendes que estas batallas debían librarse?

Otra seña muda.

¿Y por qué debían llevarse a cabo en el Bosque, y por qué son en beneficio de todos, incluso de los Habitantes del Bosque?

Pues…

A la larga.

Pues sí.

El mensajero comprendía la razón y volvía al Bosque con su gente. Pero al acercarse a ellos, al caminar por el Bosque, entre los árboles, descubría que lo único que recordaba de la razón era lo tremendamente clara que le había parecido la argumentación. No recordaba en absoluto de qué trataba.

Lo que, por supuesto, constituía un gran alivio cuando las Tribus y la Princesa entraban en el Bosque a sangre y fuego, matando a todos los Habitantes del Bosque que se presentaban a su paso.”


Éste es un delicioso fragmento de la obra de Douglas Adams, "La vida, el universo y todo lo demás", tercer libro de una saga genial sobre hilarante ciencia ficción en absoluto exenta de surrealismo y finísima crítica social. Una verdadera maravilla.