martes, 9 de febrero de 2021

La vida, el universo y todo lo demás

 

 


“Dijo que una noche apareció una nave en el cielo de un planeta por el que nunca se había visto ninguna. El planeta se llamaba Dalforsas; la nave era en la que estaban. Surgió como una estrella nueva y brillante que se movía silenciosa por el firmamento.

Tribus primitivas que se sentaban acurrucadas en las Laderas del Frío levantaron la vista de sus humeantes copas nocturnas y señalaron con los dedos temblorosos, jurando que habían visto una señal, un signo de sus dioses que les indicaba que debían levantarse al fin y matar a la maligna Princesa de las Llanuras.

En las altas torres de sus palacios, la Princesa de las Llanuras alzó la vista y vio la estrella brillante, que sin lugar a dudas interpretó como una señal de los dioses para atacar a las malditas tribus de las Laderas del Frío.

Y entre ambos, los Habitantes del Bosque miraron al cielo y vieron la señal de la nueva estrella; sintieron miedo y recelo, pues aunque nunca habían visto nada parecido, sabían exactamente lo que presagiaba, e inclinaron la cabeza con desesperación.

Sabían que cuando llegaran las lluvias, habría una señal.

Cuando las lluvias terminaran, habría una señal.

Cuando el viento se levantara, habría una señal.

Cuando el viento cesara, habría una señal.

Cuando en aquella tierra naciera una cabra con tres cabezas a media noche de un día de luna llena, habría una señal.

Cuando a alguna hora de la tarde naciera en aquella tierra un gato o un cerdo enteramente normales sin ninguna complicación en el parto, o incluso un niño con la nariz respingona, eso también se tomaría a menudo como una señal.

De modo que no cabía duda alguna de que una estrella nueva en el cielo era una señal de un tipo particularmente espectacular.

Y cada nueva señal significaba lo mismo: que la Princesa de las Llanuras y las Tribus de las Laderas del Frío estaban a punto de armar otro alboroto.

Eso no sería tan malo si la Princesa de las Llanuras y las Tribus de las Laderas del Frío no decidieran siempre armar jaleo en el Bosque, y si en los enfrentamientos no llevaran siempre la peor parte los Habitantes del Bosque, aunque por lo que les concernía nunca habían tenido nada que ver en ello.

Y a veces, después de algunos de los peores atropellos, los Habitantes del Bosque enviaban un mensajero al jefe de la Princesa de las Llanuras o al de las Tribus de las Laderas del Frío exigiendo saber la razón de aquella conducta intolerable.

Y el jefe, cualquiera que fuese, llevaba al mensajero aparte y le explicaba la razón despacio, cuidadosamente, prestando gran atención a los detalles.

Y lo terrible residía en que era una razón muy buena. Muy clara, muy sensata y firme. El mensajero bajaba la cabeza sintiéndose triste y estúpido por no haber comprendido la complejidad y dureza del mundo real y las dificultades y paradojas que había que aceptar si se vivía en él.

¿Comprendes ahora? decía el jefe.

El mensajero asentía en silencio.

¿Y entiendes que estas batallas debían librarse?

Otra seña muda.

¿Y por qué debían llevarse a cabo en el Bosque, y por qué son en beneficio de todos, incluso de los Habitantes del Bosque?

Pues…

A la larga.

Pues sí.

El mensajero comprendía la razón y volvía al Bosque con su gente. Pero al acercarse a ellos, al caminar por el Bosque, entre los árboles, descubría que lo único que recordaba de la razón era lo tremendamente clara que le había parecido la argumentación. No recordaba en absoluto de qué trataba.

Lo que, por supuesto, constituía un gran alivio cuando las Tribus y la Princesa entraban en el Bosque a sangre y fuego, matando a todos los Habitantes del Bosque que se presentaban a su paso.”


Éste es un delicioso fragmento de la obra de Douglas Adams, "La vida, el universo y todo lo demás", tercer libro de una saga genial sobre hilarante ciencia ficción en absoluto exenta de surrealismo y finísima crítica social. Una verdadera maravilla.


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