“Dijo que una
noche apareció una nave en el cielo de un planeta por el que nunca se había
visto ninguna. El planeta se llamaba Dalforsas; la nave era en la que estaban.
Surgió como una estrella nueva y brillante que se movía silenciosa por el
firmamento.
Tribus primitivas
que se sentaban acurrucadas en las Laderas del Frío levantaron la vista de sus
humeantes copas nocturnas y señalaron con los dedos temblorosos, jurando que
habían visto una señal, un signo de sus dioses que les indicaba que debían
levantarse al fin y matar a la maligna Princesa de las Llanuras.
En las altas
torres de sus palacios, la Princesa de las Llanuras alzó la vista y vio la
estrella brillante, que sin lugar a dudas interpretó como una señal de los
dioses para atacar a las malditas tribus de las Laderas del Frío.
Y entre
ambos, los Habitantes del Bosque miraron al cielo y vieron la señal de la nueva
estrella; sintieron miedo y recelo, pues aunque nunca habían visto nada
parecido, sabían exactamente lo que presagiaba, e inclinaron la cabeza con
desesperación.
Sabían que
cuando llegaran las lluvias, habría una señal.
Cuando las
lluvias terminaran, habría una señal.
Cuando el viento
se levantara, habría una señal.
Cuando el
viento cesara, habría una señal.
Cuando en
aquella tierra naciera una cabra con tres cabezas a media noche de un día de
luna llena, habría una señal.
Cuando a
alguna hora de la tarde naciera en aquella tierra un gato o un cerdo
enteramente normales sin ninguna complicación en el parto, o incluso un niño
con la nariz respingona, eso también se tomaría a menudo como una señal.
De modo que
no cabía duda alguna de que una estrella nueva en el cielo era una señal de un
tipo particularmente espectacular.
Y cada nueva
señal significaba lo mismo: que la Princesa de las Llanuras y las Tribus de las
Laderas del Frío estaban a punto de armar otro alboroto.
Eso no sería
tan malo si la Princesa de las Llanuras y las Tribus de las Laderas del Frío no
decidieran siempre armar jaleo en el Bosque, y si en los enfrentamientos no
llevaran siempre la peor parte los Habitantes del Bosque, aunque por lo que les
concernía nunca habían tenido nada que ver en ello.
Y a veces,
después de algunos de los peores atropellos, los Habitantes del Bosque enviaban
un mensajero al jefe de la Princesa de las Llanuras o al de las Tribus de las
Laderas del Frío exigiendo saber la razón de aquella conducta intolerable.
Y el jefe,
cualquiera que fuese, llevaba al mensajero aparte y le explicaba la razón
despacio, cuidadosamente, prestando gran atención a los detalles.
Y lo terrible
residía en que era una razón muy buena. Muy clara, muy sensata y firme. El
mensajero bajaba la cabeza sintiéndose triste y estúpido por no haber
comprendido la complejidad y dureza del mundo real y las dificultades y
paradojas que había que aceptar si se vivía en él.
—¿Comprendes
ahora? —decía
el jefe.
El mensajero
asentía en silencio.
—¿Y
entiendes que estas batallas debían librarse?
Otra seña
muda.
—¿Y
por qué debían llevarse a cabo en el Bosque, y por qué son en beneficio de
todos, incluso de los Habitantes del Bosque?
—Pues…
—A
la larga.
—Pues
sí.
El mensajero comprendía
la razón y volvía al Bosque con su gente. Pero al acercarse a ellos, al caminar
por el Bosque, entre los árboles, descubría que lo único que recordaba de la razón
era lo tremendamente clara que le había parecido la argumentación. No recordaba
en absoluto de qué trataba.
Lo que, por
supuesto, constituía un gran alivio cuando las Tribus y la Princesa entraban en
el Bosque a sangre y fuego, matando a todos los Habitantes del Bosque que se
presentaban a su paso.”
Éste es un delicioso fragmento de la obra de Douglas Adams, "La vida, el universo y todo lo demás", tercer libro de una saga genial sobre hilarante ciencia ficción en absoluto exenta de surrealismo y finísima crítica social. Una verdadera maravilla.

