lunes, 14 de diciembre de 2020

Opinión sobre el Anteproyecto de Ley de Bienestar Animal, al hilo de la consulta pública.

Esta parrafada de dimensiones ciertamente gruesas es la opinión que he querido remitir al correo electrónico que ha facilitado el gobierno a los ciudadanos para la consulta pública de la Ley de Bienestar Animal. Son unos doce minutos de lectura, así que imagino que no mucha gente va a pararse a meterse en estas lides, pero por si acaso a alguien le interesa por aquí dejo mi perorata. Pido perdón de antemano por si, a pesar de haberlo repasado mil veces, se hubiera colado alguna errata o el copia y pega desde el formato de origen hubiera hecho algún destrozo similar. 

"Mi nombre es Raquel Alcaide y mi DNI XXXXXXXXX. Soy veterinaria clínica de pequeños animales y, aunque laboralmente me desarrolle en ese campo, estoy desde siempre en amplio contacto con el mundo rural, tanto a nivel de producción animal como de explotación agrícola, ya que me he criado en un pueblo pequeño, lo que con frecuencia trae aparejado un estrecho vínculo con la naturaleza y con las muchas formas de interaccionar con ésta que existen. Añado todos estos datos –aparentemente superfluos–, a modo de introducción y con objeto de crear un contexto en el que se pueda entender correctamente mi más sincera opinión respecto al anteproyecto de ley en cuestión (en este caso, con carácter previo a su elaboración).

Pensar en la posibilidad de una Ley de Bienestar Animal me genera inevitablemente una sensación de triunfo, por la clara necesidad de ella que tenemos desde hace años, y a la vez un tremendo pavor ante lo titánico de su envergadura y lo denso de su magnitud. Hay tantos aspectos a tener en cuenta, tanto sobre lo que trabajar, que el riesgo de fracasar –aunque sea con la mejor intención del mundo– si se hacen las cosas demasiado rápido o a la ligera es altísimo.  Con esto quiero pedir que, ante todo, esta futura ley se enfoque desde el sentido común, la lógica y un profundo conocimiento del medio y de todas las especies que lo habitamos. Y para ello me parece absolutamente necesario que en la valoración de opciones y toma de decisiones importantes en todas las áreas que pueden integrar una ley de este calibre siempre forme parte del equipo alguna persona –un porcentaje representativo, aunque sea pequeño– que tenga experiencia en el campo concreto, un agricultor, un ganadero, un veterinario, un ingeniero de montes, o tantos otros ejemplos como se me ocurren. Que no juguemos con los elementos desde la frialdad de un despacho prefabricado guiados sólo por intereses concretos o por románticas teorías desviadas de la realidad, que trabajemos codo con codo con la gente que sostiene las bases de la vida y de nuestra sociedad para poder seguir manteniendo el equilibrio de la manera más justa y sostenible.

Dicho esto, reitero que estoy totalmente de acuerdo con la necesidad de crear en este país una serie de normas que regulen en la mayor medida posible la consecución y la conservación de un bienestar animal que abarque animales de compañía, animales de abasto y animales silvestres. Todos los puntos mencionados como objetivos en el documento de consulta pública me parecen muy correctos, y en cada uno de ellos caben un sinfín de matices a desarrollar. Quizás la primera parada en esta ruta, desde mi punto de vista, sea forzosamente la educación. Hay una flagrante carencia de educación ambiental en nuestra sociedad actual y en nuestro país en concreto. Necesitamos inculcar en los niños, desde su más temprana edad, esos valores y conceptos que queremos ver reflejados en el futuro de todos: amor por los animales y su entorno, respeto a toda forma de vida, empatía, humanidad…Y debemos hacer todo esto sin perder el norte, sin rayar en lo absurdo, sin desnaturalizar nuestra propia existencia en pro de un idílico mundo paralelo en el que todos los seres vivos somos iguales y convivimos en paz y armonía multiplicándonos exponencialmente hasta el fin de nuestros días.

Intentaré matizar bien esto, a fin de que no se lleve uno las manos a la cabeza y deje de leerme negándose sin más la posibilidad de entender mis razonamientos. Respetar la vida es indispensable, y la propia muerte forma parte de la vida, con lo que asumir este revés es tan importante como la premisa de la que partimos. Convivimos en este planeta con el resto de especies, ocupamos un espacio y tenemos unas necesidades; esto implica que para mantener esa supervivencia tenemos que encontrar el equilibrio con el resto de seres vivos, sean animales o vegetales. Pondré un ejemplo sencillo: yo vivo en una casa; mi casa está forzosamente ocupando un terreno; al estar mi casa ocupando ese terreno le está quitando espacio a un árbol o a varios que podrían ocupar su lugar, quizás con huecos estos en los que podría anidar un herrerillo común o similar; es decir, mi existencia en este punto implica la no existencia de otras especies en dicho lugar. Esto es la naturaleza misma con las reglas y mecanismos que los seres que la habitamos y compartimos precisamos para sobrevivir en ella.

Sí, estoy describiendo algo bastante básico y lógico, y el motivo no es otro que la preocupación sincera que siento por la deriva que en los últimos tiempos está tomando una parte de la sociedad hacia la fantasía y lo irreal. Podemos y debemos querer, cuidar y proteger a los animales, pero no en detrimento del ser humano, sino en favor siempre de un cuerdo equilibrio. Y equilibrio no significa igualdad. Estamos cayendo en el craso error de antropomorfizar a los animales. Puedo hablar aquí desde el corazón y desde la propia experiencia con la cantidad de casos que veo a diario en la clínica, donde perros y gatos son tratados a todos los niveles como personas, resultando muchísimas veces en problemas de conducta e incluso en el desarrollo de enfermedades físicas para los propios animales. Exactamente lo mismo pasa con vacas, cabras o cerdos, por seguir poniendo ejemplos. Por supuesto que hay que respetarlos, por supuesto que sienten y padecen, no son cosas, son seres vivos, pero no son seres humanos, no podemos perder el oremus. Yo me alimento de otros seres vivos para seguir viviendo, al igual que hacen otras especies con otras que la naturaleza ha puesto en el camino de su supervivencia. Y la muerte de esa vaca o de ese cerdo para que yo me alimente es el ciclo natural de la vida, no es una falta de respeto a su existencia –muy  al contrario–, igual que no lo es para la hierba que esa vaca se la haya comido antes.

Insisto, este romanticismo que se está generalizando en los últimos tiempos, este despegar los pies de la realidad, quizás parezca irrisorio, pero a mí me resulta más que preocupante, pues si este tipo de corrientes llegan a influenciar sobremanera algo tan serio, pionero y decisivo como podría ser esta futura Ley de Bienestar Animal, estaríamos sembrando la semilla del error en nuestros brotes verdes, inculcando en generaciones venideras conceptos “sobreromantizados” que tendrían nefastas consecuencias ambientales a no muy largo plazo en las que, por supuesto, nos veríamos implicados y salpicados de mala manera. Si educamos al niño, no tendremos que castigar al hombre. Pero eduquémoslo bien. Ardua tarea, y por eso justamente debemos esforzarnos más que nunca en llevarla a cabo de la mejor forma.

Siguiendo con este hilo de pensamiento, a modo de propuesta algo más concreta, creo que debería construirse poco a poco una asignatura (o varias) que empiece a asentar las bases de esa educación ambiental, y que lo haga a nivel nacional, con orden y concierto, y con mucho sentido común. Hay que enseñar en los colegios, desde los primeros cursos, valores tan básicos como la empatía, como por qué no se debe maltratar a otro ser vivo (podría mencionar infinitos ejemplos de barbaridades que por desgracia he visto a lo largo de mi vida en mi pueblo y de otras tantas que he vivido también en la gran ciudad), o como por qué no se debe abandonar. Pero también hay que enseñar a esos niños a convivir con la realidad, a crear sus propias opiniones teniendo como base la propia contradicción que es el concepto de la vida y la muerte, alejándolos de la insensatez de los extremos y totalitarismos con la razón y con sus propias experiencias con el medio.

Vuelvo a mi propio ejemplo para seguir ilustrando. Yo me he criado en el campo, conviviendo de cerca con matanzas de cerdo por San Martín, y nunca las he soportado. Recuerdo taparme los oídos cuando era pequeña y salía a la calle en aquellas fechas, porque en cierta zona de valle la acústica era desgarradora y el sonido de los últimos chillidos del animal me ponía los vellos de punta, era ensordecedor. Solía preguntar en mi casa si no había otra manera de matar al animal, pero cuando llegaba el chorizo a la cocina y mi padre lo churruscaba con alcohol y un mechero y lo metía entre dos trozos de pan, me faltaba tiempo para pedir mi parte del pastel. No estoy diciendo que haya que meter a un niño en este tipo de lides para enfrentarlo a la realidad –yo misma no lo haría nunca–, pero me parece más correcto y más útil para su desarrollo personal enseñarle a entender y respetar la realidad del medio en el que vive que intentar inculcarle una visión endulzada y distorsionada del mundo sencillamente porque esto nos parece más bonito, más tierno o más idílico.

Sin ir más lejos, he leído recientemente una noticia que no hace sino confirmar y agravar la preocupación de la que vengo hablando. Versa ésta sobre un libro de texto de Primaria, de la asignatura de Lengua Castellana, en el que se plantea a los alumnos el típico ejercicio de completar con sinónimos, en este caso partiendo de la frase “el lobo no come terneros”. En las imágenes que se adjuntan –y que pueden encontrarse en varios medios digitales a poco que se introduzca esa oración en cualquier buscador de Internet– pueden apreciarse también, al final de la página, unos breves párrafos que hablan del lobo a modo descriptivo refiriéndose a él en los siguientes términos: Este lobo bueno no consume carne de aves o terneros. Se me ocurren millones de ejemplos que podría usar en un libro de texto de Lengua para enseñar a los niños a leer, a escribir o a utilizar los sinónimos, antes que éste. Hay una clara intencionalidad detrás de este contenido, y me parece un problema realmente serio, no sólo por la falsedad manifiesta que se está imponiendo en la mente de esos niños sobre la alimentación del lobo, sino porque se les está enseñando que ese lobo es bueno porque no consume carne, es decir que si el lobo come carne es malo. El lobo no come carne porque sea malo, el lobo come carne porque es lobo. Los animales no son buenos ni son malos, son animales, y muchas especies –entre ellas la nuestra– se alimentan de otras, porque ésta es su naturaleza. No se les puede demonizar por esto, es un absurdo desproporcionado. Ésa, en todo caso, es la enseñanza que debería recibir el niño, en la asignatura correspondiente, en el momento adecuado, y en el contexto correcto.

Siento verdadero miedo cuando pienso en la educación a la que van a tener que enfrentarse mis hijos cuando pueda tenerlos. Noticias como ésta me aterran, porque poquito a poco el sinsentido va enraizando y haciéndose fuerte, y vamos abandonando la cordura y el sentido común, sin darnos cuenta de que nos alejamos cada vez más de aquello que tanto necesitamos y que nos mantiene con todos nuestros caprichos y trivialidades primermundistas en la comodidad de nuestras casas y nuestros móviles de última generación: el campo, su explotación sostenible y su riqueza sobria y siempre maltratada. Es complicado mantener los pies en el suelo, pero si va a haber una ley con unas expectativas tan altas como el bienestar animal, lo mínimo que le pido a los que vayan a trabajar en ella es eso. Los pies en el suelo, por favor.

Hay muchísimas cosas de las que me gustaría hablar, redactar una opinión para aportar a un anteproyecto de ley como ésta es una tarea infinitamente densa, se ramifica y se abre en montones de vertientes y apuntes, pero cuanto más me extienda probablemente más se disperse la atención del lector que espero al menos tengan estos párrafos, por lo que voy a intentar condensar en breves puntos los diversos temas que creo que sería importante tratar a la hora de elaborar un proyecto así:

-          Creo sinceramente que no todas las personas deberían poder tener animales, maltratar a un perro no es sólo pegarle una paliza, también lo es negarle tratamientos médicos o hacerle arrastrar un tumor de medio kilo hasta que se muera por la ulceración y la infección. O tener quince perros en un piso de treinta metros cuadrados sin poderles dar una buena alimentación ni la cobertura veterinaria adecuada, eso también es maltrato. Hay que implementar medidas para seguir persiguiendo esto, recrudecer las penas, facilitar herramientas de denuncia anónima de estos casos y seguir educando, por supuesto, educar, informar, fomentar las esterilizaciones y las adopciones.

 

-          No creemos una Ley de Bienestar Animal basada en las prohibiciones y el prefijo anti- desde la ceguera de un sol de fantasía. La gestión del medio a través de la caza es necesaria. Esto no se puede resumir en tres líneas ni en tres folios, pero es importante que no se tome por cuestión baladí, el medio tenemos que gestionarlo nosotros que vivimos en él, y no al revés. Y si hay voluntarios, que den un paso al frente los que prefieran dejar su sitio a otro individuo de cualquier especie. A mí, personalmente, me gusta seguir viva y seguir viviendo aquí. Hace apenas unos días que se ha prohibido cazar en los Parques Nacionales, pero no se explica de ninguna forma cómo se va a proceder para gestionar la sobrepoblación de las especies silvestres, por no entrar en otras áreas de dilema como la despoblación de las zonas rurales por la pérdida de trabajo o las enfermedades que empezarán a aparecer con el sobrecrecimiento animal y el más que posible riesgo para la salud pública derivado de éstas. Lo hemos visto durante el confinamiento, no hace tanto, accidentes de tráfico provocados por jabalíes. ¿Es ésa la idea de bienestar, de protección animal que creemos correcta? Hay mucho que trabajar y muy duro. Hay que regular más, hay que perseguir a los que lo hacen mal, que hacerlo mal salga mucho más caro. Salvajes, por desgracia, hay en todos los gremios, incluido el mío, pero eso no es óbice para no intentar hacer las cosas bien. Vuelvo a insistir, esto da para una extensión amplísima, pero creo necesario dejar por lo menos un párrafo a modo de pincelada, puesto que con total seguridad esta cuestión va a constituir un punto caliente en el desarrollo de este anteproyecto.

 

-          En referencia a los animales de producción, existen guías de buenas prácticas de higiene, de manejo y de bienestar animal en los distintos tipos de explotaciones, y existen expertos en este campo. Creo que, aunque sea a pasitos pequeños y lentos, estamos avanzando en ese aspecto, pero aún queda muchísimo trabajo por hacer. Me parece más oportuno que nunca, si se va a gestar una ley como ésta, sacar a relucir y hacer hincapié en la necesidad de crear más puestos de trabajo que regulen y constaten el cumplimiento de estas directrices. Establecer normas y velar por su cumplimiento. Si no queremos, por ejemplo, que se utilice el arreador eléctrico (también conocido como “pila” o “empujador eléctrico”) para introducir a las reses en la manga en las diferentes labores –normalmente de saneamiento– en las que puede esto ser preciso, no sólo tenemos que proporcionar al ganadero o a sus operarios las herramientas alternativas oportunas, sino que tenemos que controlar con firmeza y con la suficiente frecuencia que se está produciendo la aplicación de estas últimas. Si no, no sirve de nada, no se consigue concienciar de la necesidad de ese cambio a nivel de manejo. Hay que inspeccionar y controlar, estar encima y regular, y enseñar a obrar correctamente, para beneficio de todos, del animal y nuestro. Por norma general, el sentimiento más común entre la población omnívora en los últimos tiempos, viene siendo el de conseguir una alimentación más sana basada sobre todo en la salud y el cuidado de esos animales cuyos productos vamos a consumir: queremos huevos de gallinas criadas en amplios espacios y en el suelo; queremos productos ecológicos o con la menor influencia posible de químicos en su cultivo y crecimiento; queremos carne de animales que se críen en extensivo, sin sufrir hacinamiento ni otros factores estresantes. Hay un cambio de mentalidad gestándose en el consumidor que parece que va llegando a la gente del campo, a esos ganaderos y productores que, poco a poco, se van concienciando también. Y esto, en calidad de bienestar animal, es muy positivo, pero es un camino muy largo que apenas estamos empezando a recorrer. Hay que conocer los problemas a los que se enfrentan estos hombres y mujeres; adaptarse al cambio, mejorar las condiciones de estos animales, tanto a nivel de manejo como a nivel de infraestructuras, no es sólo una cuestión de que los dueños y trabajadores de estas explotaciones abran la mente, también necesitan empuje y ayuda, y ayudas, por supuesto, en lugar de trabas, como ocurre a menudo. Y, exactamente igual que en el anterior párrafo, reitero la importancia de perseguir la corrupción y las falsedades, de castigar al que lo hace mal y no poner la zancadilla al que lo hace bien.

 

-          El bienestar proporcionado a los animales a la hora de transportarlos hasta el matadero y en todo el manejo que se precisa una vez están en el mismo, también me parece un punto importante a tratar. Importantísimo. En este caso quisiera, directamente, recomendar la lectura de un artículo reciente con el que estoy bastante de acuerdo y cuyo titular reza “La mayor amenaza para el bienestar animal en los mataderos son las condiciones de trabajo”. Adjunto el enlace correspondiente: https://www.diarioveterinario.com/t/2192807/

 

-          La tauromaquia, el eterno dilema. Como amante de los animales que me considero, más allá de mi profesión, tengo que decir que me desagrada enormemente la práctica del toreo. Estoy firmemente en desacuerdo, creo que el animal sufre, creo que es una tortura, y creo que es a todas luces innecesaria. De la misma forma, pienso que esta tradición está abocada a su extinción, que irá desapareciendo con los años por lo rancio de su idiosincrasia misma y porque las generaciones futuras probablemente no encontrarán interés alguno en ella. Ahora bien, hay que sopesar concienzudamente las consecuencias de prohibirla, pues si es verdad que resulta tentador al pensar en el bienestar del animal, no es menos cierto que habría que dar una salida no sólo a esos animales individualmente, sino a todo un negocio, a esas ganaderías, a sus propietarios, etc. ¿Qué hacemos con esos toros? ¿Un santuario en un Parque Nacional? ¿Los soltamos en el campo a su libre albedrío? Una vez más estamos ante un tema bastante serio en el que no podemos dejarnos llevar sólo por los buenos sentimientos hacia los animales. Hay muchos factores a tener en cuenta. Quizás haya alternativas, quizás podría reconducirse el final del animal, que no fuera tan innecesariamente dramático, o simplemente dejar de financiarla, pues a fin de cuentas no reviste una mayor utilidad para la población general. Es una piedra muy afilada del camino, saberla sortear con mano izquierda puede ser todo un reto. Y no es que esto valga para todo ni valga siempre, pero la virtud del término medio no es virtud por nada.

 

-          Tenemos actualmente un problema serio con el lobo en el noroeste de España, y hay que hablar del tema, y hay que encontrar soluciones desde el conocimiento y la sensatez. Es un trabajo de campo –literalmente–, no de oficina; pero obviamente, ya que se dirige y se gestiona a fin de cuentas a través de un despacho, desde éste se debe tener claro que para la toma de decisiones hace falta ponerse el mono, las botas y meterse en el fango. No se trata, ni muchísimo menos, de erradicar una especie, sino de encontrar un equilibrio, de posibilitar una correcta convivencia entre el lobo y las explotaciones ganaderas. No existe la misma población de este animal en todas las zonas, hay que juzgar cada caso según sus propias circunstancias. Hacer oídos sordos a esta problemática propicia, entre otras cosas, que algunos se tomen la justicia por su mano cometiendo actos aberrantes que ellos creen correctos, con las nefastas consecuencias posteriores y con su correspondiente eco en los medios (medios que con frecuencia olvidan estudiar y dar voz a la otra parte del verdadero conflicto, porque Disney sigue siendo más fácil de asimilar que la cruda realidad), cuyo último coletazo y final suele ser que acaban pagando justos por pecadores. El lobo tiene que sobrevivir, pero las vacas, las ovejas o los caballos que sostienen nuestra alimentación y nuestra economía, también. Si en pleno siglo XXI no somos capaces de solventar esto con inteligencia, habrá que plantearse si estamos verdaderamente capacitados para acometer ciertas empresas.

 

-          Otro punto que no puedo dejar de mencionar es el de la gestión de las especies invasoras. ¿Qué va a pasar finalmente con las cotorras argentinas (Myiopsitta monachus)? Digo finalmente puesto que, por lo que tengo entendido, es un tema que lleva dando vueltas un tiempo sin que se haya llegado a ninguna conclusión. Entiendo que, con una pandemia de por medio, éste como muchos otros asuntos haya quedado forzosamente relegado a un segundo plano, pero en caso de ponerse en marcha la ley de la que estamos hablando habría que tomárselo muy en serio. El impacto sobre el ecosistema que provoca su descontrolado número es muy grande: contaminación acústica, destrucción de árboles por las enormes y pesadas nidificaciones que construyen en ellos, desplazamiento de especies autóctonas por la voracidad con la que ingieren y compiten por el alimento…Es evidente que  no es culpa de estos animales el estar invadiendo y sobrepoblando nuestros parques, esto abre dos vertientes a este problema, a las que habrá que dar sendas soluciones. Por un lado, hay que tomar decisiones claras para reducir estas poblaciones, o bien se sacrifican todas, o bien se sacrifica un elevado porcentaje y el resto se controla en cautividad, de otra manera creo que volveríamos a tener el mismo problema en cuestión de meses. Sinceramente, no creo que atraparlas, esterilizarlas y volver a soltarlas o alternativas similares que he estado leyendo en distintos artículos sean viables ni prácticas. La otra parte del problema es, evidentemente, el ser humano. Hay que dar más visibilidad a esto para intentar concienciar a la población, y por supuesto incrementar, endurecer las penas aplicables a la tenencia de este tipo de especies, regular, controlar más y más fehacientemente, perseguir el contrabando de animales exóticos…Otra dura batalla en la que podremos contar con la mejor baza si nos empleamos a fondo –aparte de con normas y leyes– con la educación.

Me quedan muchísimas cosas en el tintero, muchísimos temas, detalles, matices, ideas, propuestas que plantear, pero en algún momento hay que poner el punto y el límite. Así que, para cerrar estos párrafos interminables, si hay que centrar la atención solamente en una cosa, quisiera recordar que ésta es la educación. Creo sinceramente que es la base infalible para todo. Centrémonos en eso y hagamos algo que no se ha hecho hasta ahora. Hagámoslo bien."



RAV

jueves, 22 de octubre de 2020

La del abuelo Torito y el cabrero beato

 






Esta anécdota se la contaba Cachito a mi madre cada vez que encartaba, porque siempre andaba el hombre alegre y achispado como si todos los días fueran Viernes Santo, y cuando te cogía por banda te repetía sus batallitas como buen veterano de los fermentados que era. Vivía enfrente de la Ularia, en la calle de San Antonio, y solía ayudar a Don Francisco, el cura, en las cosas que hacen los curas, supongo. Debía de andarle cerca a menudo porque fue el recadero que envió éste a meterle prisa a mi madre el día que se casaba –que una se puede hacer de rogar por protocolo pero con un límite, y a lo mejor la criatura tenía un bautizo o un entierro luego y tenía bulla, a saber–, pero ése no es el asunto, que me voy por los cerros. Niña, una vez tu abuelo fue a comprar unas cabras y cucha lo que le pasó… –así empezaba siempre la historia.


El abuelo Torito nació cien años antes que yo, allá por 1887. Se llamaba Antonio, Antonio Toro, y su apellido daba y sigue dando hasta nuestros días enseña y reseña a una familia entera: la rama de los Toritos. Hombre de su época, para lo bueno y para lo malo, empinaba el codo que daba gusto –cualidad ésta de intenso carácter hereditario sin distinción de género– y, cuenta la leyenda, que este rasgo definitorio le hacía llevarse bien con todo el mundo, con rojos y con azules, que a principios del siglo pasado no era cuestión baladí. Dotado así de tan altas aptitudes sociales, no era de extrañar que le pasaran cosas como las que le pasaban. Dicen que arregló con un montarbeño la compra o la venta de un burro –no sé cuál de los dos era el dueño original del rucho–, y cuando se juntaban en el bar para cerrar la transacción se ponían tan hasta arriba de medios de vino que se les iba el santo al cielo y se despedían sin haberse pagado el animal (mientras se fuera cada uno para su casa contento, ni tan mal). También dicen que gustaba mucho de piropear a las mozuelas, menos una vez que –por lo que sea– se le antojó decirle a una ¡Fea!, a lo que la chavala respondió no sin cierto criterio ¡Borracho!, y el desempate lo cerró el primero sentenciando con un ¡Sí, pero lo mío mañana se me ha pasao!


El caso es que, aparte de llevar para adelante una carnicería, mi bisabuelo era tratante de ganado, y en una ocasión se encontraba en no sé dónde, intentando comprarle a no sé quién unas cabras (los datos concretos están sobrevalorados). En este tipo de negocios, como en casi todos, el regateo era todo un justo y necesario arte que podía llevar un determinado tiempo, y hay que decir aquí que el abuelo Torito, además de buen beber, también tenía vivo genio, poca paciencia y presto blasfemar. En ese tira y afloja de perrillas gordas y chicas andaban pues –y  llevaban ya un buen rato– cuando Torito, viendo que no se llegaba a ningún acuerdo, empezó a resoplar y bramó un sonoro ¡Me cago en Dios! que tuvo que resonar en la cabeza del cabrero como el badajo de una campana. A lo que parece este buen hombre, de fervientes creencias cristianas, católicas y apostólicas, santiguose y todo del respingo que dio al escuchar tamaña falta al altísimo, y le dijo al otro, con toda su firme convicción: Torito, ya me puedes ofrecer todo el oro del mundo que no te llevas ni una cabra.


Y ¿qué iba a hacer? Pues sin cabras se quedó el hombre, muy a gusto, pero sin cabras. O eso era lo que contaba Cachito.

 


Notas varias:


  • Se dice que una cosa encarta cuando se da la circunstancia o el momento oportuno. Ya iré a verte cuando encarte   
  • El Viernes Santo es tradicionalmente un día muy espirituoso (que no tanto espiritual, aunque también) en mi pueblo, y se bebe más que se mea, literalmente, de ahí la alegría y  el achispamiento a los que hago alusión.
  •  Coger por banda creo que no precisa aclaración pero, por si acaso, expresa la acción de pillar, enganchar o parar a alguien para hablarle, reñirle o contarle cualquier cosa que normalmente entretiene más de la cuenta.
  •  Ularia es la deformación cómoda y ancestral de Eulalia.
  • Cucha es el acortamiento de “escucha”. Si bien hay que decir que en andaluz genérico y en frecuente cordobés cuando se dice cucha de escucha se te insta a que mires, a que atiendas con los ojos, mientras que cuando se dice mira, normalmente se te pide que abras bien las orejas. Cucha ése, qué pintas lleva. Mira, una cosa te voy a decir.
  • Montarbeño es montalbeño en cordobés de la campiña. Espalda/esparda; golpe/gorpe; y así con casi todas las que se te ocurran. Montalbeño es el gentilicio de Montalbán de Córdoba.
  • Rucho es una de las muchas maneras de llamar a un asno.
  • Las perras gordas y las perras chicas eran las monedas de 10 y de 5 céntimos de peseta que circularon en España de 1870 a 1953.

 

 

 RAV

lunes, 12 de octubre de 2020

Historias del pueblo (II)


Por la calle de Manuel López Ruiz se llega a la calle del Rosal, y allí, un poquito más adelante, justo antes de que ésta se abra a la Ronda de Andalucía, estuvo la casa de “Charrasca”. Se llamaba Juan Aniceto Álvarez y yo no le conocí familia, pero estos son datos modernos que recién descubro ahora gracias a la magia de la tecnología. La época de la que rescato su memoria es apenas un girón de nube a contraviento que se mueve impreciso en el recuerdo de una mente infantil.

Dicen que adquirimos cierta consciencia a partir de los tres años, así que supongo que no tendría más de cuatro cuando fui la primera vez con mi madre a arreglar unos zapatos ancá Charrasca. La casa era bajita y estrecha, y estaba tan llena de cosas que parecía un agujero grande en la pared, un armario empotrado toda ella, porque era casa y era taller, y no había ninguna línea que separara la una del otro. Desde la calle sólo veías una ventanita con barrotes de hierro y una puerta que se abría a un pequeño zaguán. Mi madre –supongo que como todo el mundo– tocaba con los nudillos a la vez que pegaba una voz llamando a Juan, porque ésta solía estar abierta o encajada, y al poco asomaba por allí el bueno de Charrasca. Un señor mayor con el pelo ralo y blanquiznao y la nariz y las orejas grandes y redondas como las de un duende del bosque. Lo recuerdo de poca estatura, con una chepa curiosa y manos de dedos callosos y recortados. Siempre con su mandil azul lleno de polvo, su cara bonachona y su vieja sonrisa cansada.

Dentro olía a tabaco, a cuero y a pegamento, a casa de hombre solo. Nada más entrar, a mano derecha, estaba la habitación donde se obraba la magia, llena hasta los topes de trastos, herramientas, zapatos, restos de muchas cosas, una máquina de coser antigua como el mundo, otra para afilar, ceniceros, suelas, tapas, cajones sueltos, cordones, una mesa ataquiná de pies derechos sin pareja de todas las tallas y, en un rincón, sobre un bombo chiquitillo y una caja llena de hilos, un porrón de barro blanco ennegrecido por los años y por los elementos.

Arreglaba zapatos –ése era su oficio, su función en la vida– y trabajaba al contado –lo ponía en un cartel de cartón que colgaba de una alcayata en la pared–. Tardábamos poco en hacerle un encargo, mi madre le llevaba el material defectuoso y Juan nos decía cuándo más o menos podíamos pasar a recoger el arreglo. En el bolsillo del pantalón tenía caramelos Pictolín y algunos de esos sin marca que te daban en el banco, solía darme dos o tres cada vez que nos pasábamos por allí. Cuando echábamos más rato de la cuenta era en el viaje de vuelta, al ir a recoger los zapatos, porque nunca sabía dónde los había dejado. Por ahí tienen que estar, busca por ahí –le  decía a mi madre mientras se rascaba la oreja con la que sujetaba un lápiz con dos puntas, y nos poníamos a trastear por la mesa un buen rato hasta que, con suerte, encontrábamos uno o los dos zapatos. A mí me parecía divertido.

Un día me dio por pedirle agua, viendo el botijo que tenía por allí. A mi pobre madre casi le da un tabardillo cuando vio la mugre que tenía el vaso de cristal en el que me iba a dar el agua. Ya no recuerdo si bebí al final o no, pero con el poco filtro de la infancia nos aseguré a todos un rato más tenso que una alúa en una costilla. Todos con fatiga y yo con el berrinche porque quería mi vasito de agua. Por eso y porque no me salía un truco que hacía él con los dedos. Juntaba los pulgares de las dos manos y giraba muy rápido los índices, y luego los pulgares, y luego uno de una mano y otro de la otra, pero en direcciones opuestas. ¿A que no eres capaz de hacer esto? –me decía, y yo lo intentaba una y otra vez, y todavía no sé cómo lo hacía, como tampoco sé por qué lo llamaban así ni muchas otras cosas.

Me sigo acordando cuando paso por la calle del Rosal, aunque para mí siempre será la “calleja de Charrasca”.


RAV

 

Notas varias:

-          Ancá es la manera abreviada y deformada que tenemos en muchos pueblos de Andalucía de decir “en casa de” (voy un momento ancá la abuela).

-          La expresión “pegar una voz” quiere decir llamar a alguien a voces (pegar un telefonazo es lo mismo, pero llamando por teléfono, no hay que descalabrar a nadie).

-          Ataquiná, de ataquinada/o, se refiere a algo que está lleno hasta arriba de cosas o personas, un armario, una habitación, una casa. Al menos en mi pueblo.

-          Un bombo, en mi pueblo, es una mesa camilla redonda.

-          Blanquiznao hace referencia al pelo cano.

-          Tabardillo: Un apechusque, un chungo, un jamacuco, un algo.

-          Para entender la expresión “más pillao que una alúa en una costilla” (yo me he permitido la variante “más tenso”) hay que saber que una alúa es una hormiga con alas –una aluda–, y que una costilla, además de lo evidente, es una especie de cepo rudimentario para atrapar pequeños animales que, al menos en mis tiempos, se usaba de manera frecuente en las zonas rurales para librarse de ratas y ratones. También se utilizaba para cazar pajarillos, y en estos casos el cebo solía ser una alúa, de ahí la expresión.


jueves, 8 de octubre de 2020

Historias del pueblo (I)

 

La llamaban Malasangre, y ya no queda nadie vivo que pueda contarnos por qué. Vivía en la acera de enfrente, tres casas más arriba de la nuestra, y su historia es triste y oscura como la España de la posguerra.

Tenía una hija, y esta hija tenía un novio, y este novio tenía otra novia (y quién sabe si alguna más), y a las dos chavalas dejó preñadas. En otras culturas, o en otra familia, o en otra época, quizás habría caído cercenado algún miembro en nombre del honor y el decoro. En esta ocasión, a la pobre Malasangre no se le ocurrió otra cosa que planear su propia muerte para inspirar la lástima del buen mozo por su inocente hija al quedar ésta huérfana.

El final de la historia lo desconozco, pero mi abuela contaba que, antes de suicidarse, la Malasangre le dijo a su hermano Manuel: Me voy a ahorcar para que mi hija pueda casarse, y tú serás el que me venga a descolgar. Mi chacho Manuel tampoco vive ya para contarnos si la tuvo que bajar él o no, pero esa casa estuvo abandonada y maldita durante años.

Recuerdo la puerta oscura y el ventanuco del piso de arriba, tenía un pequeño balcón por donde se colaban los balones que embarcábamos de niños y que nadie se atrevía a subir a buscar, y un trozo de cortina raída que se movía con el viento por las noches y daba escalofríos mirar. En algún momento las ruinas se convirtieron en solar, y el solar en un cocherón. Nadie ha vuelto a habitar ese lugar.

 

Nota: “Embarcar” es un término que, al menos en mi pueblo, se utilizaba cuando éramos pequeños para referirnos a esa pelota que lanzábamos y se nos colaba por alguna ventana alta o balcón difícilmente accesible. ¡Ea! ¡Ya has embarcao la pelota!

 

RAV


lunes, 5 de octubre de 2020

Sonidos de fase para inviernos de interior

 


De todos los sonidos de fase que conozco, el de secador de pelo es mi segundo favorito. El primero es el ruido que hace el calefactor, al menos el que tengo yo ahora mismo bajo la mesa, calentándome los pies. Me acuna y me arrulla como a un bebé, podría quedarme dormida encima del teclado y no me daría cuenta, es acogedor como el abrazo de mama osa debe serlo para los oseznos. Esta cosa tan tonta es un símbolo para mí, una señal a todas luces que marca un regreso, una vuelta, un reinicio a esa época del año, a ese momento del espacio y del tiempo. Llega el otoño y, –entreverado de aires, lluvias, constipados y humedad en las paredes– casi indistinguible y del todo inseparable, pronto también el invierno. Y eso me encanta.

Aquí ando pues, al suave y mantenido ronronear de la máquina, entornando ciertamente los ojos por el efecto sedante que me produce, y porque así enfoco mejor los recuerdos y anhelos que su cálido susurro me evoca. Una chimenea, dentro de una habitación llena de libros con un sofá o un sillón enorme y mullidito, y con un gato –no  puede faltar un gato– o varios, quizás en una ventana, vigilando la calle, o en un cojín, muy digno y enroscado, en una de sus dieciocho horas de sueño reparador. No importa si es de día o de noche, pero hay estanterías, y árboles en las inmediaciones, árboles con gorriones y petirrojos, y un escritorio de madera desordenado con los cajones llenos de cartas, y una mesita, una vieja mesita con un tapete de ganchillo y una bandeja para el té. Y el té –por  supuesto y siempre el té– negro con aroma a canela y a naranja, y con un toque de avellana tostada. También podría ser un chocolate –no  hay porqué ser tan exquisita– humeante en su tazón sin asa de color amarillo, con un par de galletas de jengibre por si acaso. Sin música, ni siquiera un jazz oportuno ni la banda sonora de El señor de los anillos, sin música, porque para leer sólo necesito un buen libro.

Éstas son las escenas que dibuja mi mente al crujir del último equinoccio del año, pero también me acuerdo de las tardes de noviembre –por  mencionar un mes ocre y anaranjado por el calendario–, sentada al brasero con mi madre, haciendo punto del derecho, o manualidades, o mirando revistas de punto de cruz, o repasando fotos antiguas guardadas en latas de carne de membrillo de una Virgen de Puente Genil. O algún domingo de diciembre, jugando al parchís con mi hermana, las tres preguntándole a mi padre que si quiere jugar, y él diciendo que no pero controlando la partida desde su esquina del sofá haciendo el comentario oportuno cuando ya no te puedes comer esa ficha porque ha pasado tu turno y escogiste sacar una nueva de casa en lugar de contarte cinco con la otra. Ahora pondríamos el aire calentito y cerraríamos la puerta del comedor, pero en aquellos tiempos –para nada lejanos– nos habríamos peleado por el mejor hueco bajo las enagüillas de aterciopelado verde del bombo (una mesa camilla que lo llaman), eso sí, siempre pendientes de no pisar a mi Sodoma que, como tonta no es, estaría la primera sentadita en la tarima, chamuscándose los pelillos del plumero que tiene por cola. Un nesquik templadito, algún café con leche y unas tortas de Inés Rosales cerrarían el bodegón.

El otoño es miel –me  encanta la miel, y más si lleva almendras ahora que lo pienso–. Cuanta fantasía, en fin. Y todo esto por un calefactor.


RAV

sábado, 23 de mayo de 2020

David, mira que la luna se va, acuéstate ya...





Tocar cualquier tema se ha convertido en los últimos tiempos en meterte en un jardín. Hables de lo que hables, escribas sobre lo que escribas, la ira y la ofensa campan por doquier, brotan y crecen en todas direcciones, contaminándolo todo a su paso, sin freno, sin filtro, sin más cortafuegos que volverte, voluntariamente, sordo y ciego. Estoy un poco cansada de tanta tontería, así que aquí va mi ración de locura y de insensatez. Me cojo los aperos de labranza y me tiro al monte, mantened la distancia de seguridad por si acaso se me escapa algún escardillazo. El que avisa no es traidor.

¡Qué de vídeos se están moviendo estos días por las redes! Osos por la carretera, lobos en las calles, marranos hozando en la puerta de casa… El ser humano se ha visto obligado a quitarse de en medio y los animales inundan las aceras aprovechando su ausencia. Parafraseando al Dr. Ian Malcolm: la vida se abre camino. Es una realidad, un escenario previsible en la situación actual, no hay más. Que esto nos lleve a ciertas reflexiones está bien, es inevitable, se deja fluir y ya está, y se sigue viviendo y sobreviviendo. Pero no, no es tan fácil, no podemos parar ahí, tenemos que fliparlo y pintarlo todo de color Disney, porque somos así, nos puede el romanticismo, el siglo XXI, el enfermizo primermundismo que llevamos mamando desde que nacimos y el musical de El Rey León. “Este virus le está haciendo un favor a la naturaleza, deberíamos extinguirnos como especie”; oye, mira, pues extínguete tú si quieres, majo (o maja, cuidao), los voluntarios para el suicidio colectivo que levanten la mano, y luego que se tiren todos por donde les parezca, pero a mí que me dejen tranquilita, que yo ya he nacido, y yo me quedo aquí hasta que me piquen billete en el tren de la bruja.

El conejo excava sus madrigueras en terraplenes y cunetas, el oso se procura buen cobijo dentro una cueva, el guarro retoza y hoza y bien que soba por el monte, y nosotros tenemos nuestras casas desde que sabemos construirlas. Respeto máximo a la naturaleza, pero naturaleza somos todos. Si nos olvidamos de ese pequeño detalle nos olvidamos de lo esencial. Quedan muchas cosas por cambiar, mucho camino que recorrer, vaya eso por delante; no hay conciencia medioambiental, estamos llenos de recursos y vacíos de intención, y vamos tarde, muy tarde, pero eso es una cosa y otra muy distinta es que nos condenemos a la estupidez eterna como especie.

El telón de fondo de este brutal problema que tenemos como sociedad es la carencia más absoluta de una sólida educación ambiental desde los cimientos, desde la raíz del sistema educativo. Que yo también me he criado con el puñetero trauma de la muerte de la madre de Bambi (¡cabrones!), pero por si acaso no te empiezas a coscar tú solito de las cosas al crecer, qué menos que tener una asignatura en el colegio que te vaya orientando en ciertas cosas, que te enseñe a respetar el campo y los animales desde la comprensión de sus mecanismos, desde una visión de conjunto, que no somos unos asesinos ni unos invasores, que hay una cadena alimentaria, que todos tenemos nuestro papel, nuestro sitio y nuestra función. Y una vez que tengas los conocimientos elige tu propio camino, eres libre, faltaría más, pero ya tendrás una base para juzgar mucho más estable y realista que una fiesta de osos amorosos que comen gominolas y cagan purpurina.

No nos ha faltado nada nunca, nos hemos criado entre algodones, somos esa generación, y eso, como todo, tiene su lado bueno y su lado no tan bueno. Y uno de los reversos oscuros es éste, el daño que hacemos con nuestra ignorancia, con nuestra soberbia, con el exacerbado despotismo con el que afirmamos y condenamos cualquier cosa. Creo que nunca es tarde para abrir la mente, sólo hace falta un pequeño esfuerzo y la compensación es grande. Todo este jardín es mucho más denso de lo que yo he expuesto aquí, se ramifica hasta el infinito, podría añadir datos, anécdotas propias y ajenas, bibliografía, historias varias, pero las tesis ya las escriben otros, yo sólo doy mi humilde opinión cuando me entran los picores, los que me conocéis ya lo sabéis. Y ya llevaba tiempo deseando rascarme. Quizás es que me he criado en el pueblo, quizás es que soy de genética rústica, pero el daño a la tierra me duele y hay muchos frentes abiertos, algunos de ellos por la inconsciencia de los que más sabios y nobles con el medio se creen.

Igual otro día estoy más inspirada. Ahí lo dejo por hoy.



RAV

jueves, 23 de abril de 2020

23 LIBROS PARA EL 23 DE ABRIL




1.    El primer libro que recuerdo: El topo que quería saber quién se había hecho aquello en su cabeza, de Werner Holzwarth. Uno de mis favoritos de la biblioteca, templo en el que me inició mi madre.

2.    El último libro que he leído: Memorias de África, de Isak Dinesen. Tengo curiosidad por ver la película.

3.    Aquel libro que me regalaron que fue todo un acierto: El pintor de batallas, de Pérez-Reverte. Digamos que fue un accidente, querían regalarme otro título pero al final fue éste, y tengo verdadera devoción por sus páginas.

4.    Un libro que me leí por cabezonería: La carretera, de Cormac McCarthy. Me lo regaló mi madre porque en la portada salía Viggo Mortensen… ¡Otra infumable historia post-apocalíptica!

5.    Un libro que dejé a medias: Rayuela, de Julio Cortázar. Volveré a intentarlo, ya por el romanticismo, pero es más trabajoso de lo que yo esperaba.

6.    Un libro que no podría volver a leer: Los pilares de la Tierra, de Ken Follet. No por el espesor, que a mí los retos me motivan, pero demasiadas maldades muy bien descritas, acabé un poco hasta el flequillo.

7.    Un libro que leería mil veces: Los tres mosqueteros, de Alejandro Dumas. Me transporta la épica de la época, la espada y el honor, la lealtad, la amistad…Me flipa.

8.    Un libro que aún no he leído y que estoy deseando: La Historiadora, de Elizabeth Kostova. Uno de mi larga lista de pendientes. Mmmm, vampiros.

9.    Un libro que parecía que no y al final me encantó: Don Pelayo, de José Luis Olaizola. Me dio un viaje en tren maravilloso hasta Gijón.

10. Un libro que parecía que sí y al final fue un chasco: Tokio Blues, de Haruki Murakami. Este hombre escribe estupendamente, pero no es mi rollo, no va conmigo, me hace polvo la cabeza, igual es que yo no estoy a la altura, pero este título no me gustó nada.

11. Un libro de mi escritor/a favorito: El club Dumas, de Pérez-Reverte. Y aquí no tengo más remedio que repetirme, aunque tengo más escritores favoritos eh, pero este libro es una absoluta pasada. Me cagaba de miedo cuando me lo leía por las noches.

12. Un libro que me transporte a mi infancia: Elmer, de David McKee. Me reblandezco como galletas María en una leche con nesquik.

13. Un libro que encontré en el trastero o en el altillo: El techo de lona, de Mariano Tudela. Tapa blanda, edición de bolsillo, viejas páginas de color amarillo rancio, olor a polvo, creo que era una de las novelas que leía mi abuelo. Una historia de gente de circo, lo recuerdo con mucho cariño.

14. Un libro que me recomendaron y aún no he leído: El conde de Montecristo, de Alejandro Dumas. Y el motivo es porque como dijo Porthos en su momento “pesa demasiado”…Hago bíceps con ese tochezno en la cama, tendré que encontrar la manera.

15. Un libro que me leí en otro idioma: Ésta no la voy a poder responder…de momento. Aún no se ha dado el caso, pero imagino que algún día será en italiano o en inglés.

16. Un libro que marcó alguna etapa de mi vida: El Señor de los Anillos, de J.R.R. Tolkien. Mi biblia desde “los albores de la tempestad”. En mi casa es religión.

17. Un libro que presté y nunca volvió: Esto ha estado a punto de pasarme varias veces, pero soy una perseguidora incansable, no lo consiento, remuevo Roma con Santiago, me granjeo enemigos y salgo en los  periódicos, pero si cometo el error de prestar un libro, siempre vuelve a casa, es una cuestión de principios.

18. Un libro que me hizo soltar alguna lagrimita: Un pingüino en el desierto, de Carlos Puerto. Era de la colección “Barco de Vapor”, de esos con el fondo naranja, algo pasaba al final de la historia que me dio mucha mucha pena (con animalitos de por medio es muy fácil).

19. Un libro con el que me reí a carcajadas: California 83 y Chorromoco 91, de Pepe Colubi. Pepe Colubi es Dios. Amo profundamente a ese hombre.

20. Un libro que siempre recomiendo: El camino, de Miguel Delibes. Me parece un básico necesario en cualquier estantería. Es una experiencia deliciosa leerlo.

21. Un libro que devoré en menos de una semana: El código Da Vinci, de Dan Brown. He ido a lo fácil, pero es que lo recuerdo con nitidez. Me lo recomendó mi profe de matemáticas de primero de bachillerato, le llamábamos “tito Rai”, nos caía genial.

22. Un libro que me leí cuando ya tenía empezado otro: Buenos presagios, de Terry Pratchett y Neil Gaiman. Aunque reconozco que he puesto los cuernos en este sentido muchas veces… ¡El ansia viva!

23. Un libro que guarda en su interior una dedicatoria especial: Veinticuatro horas en la vida de una mujer, de Stefan Zweig. Me lo regaló un amigo por el que siempre he tenido verdadera pasión y del que ahora hace demasiado tiempo que no sé nada. Cosas de la vida.

¡         ¡FELIZ DÍA DEL LIBRO!

viernes, 10 de abril de 2020

La ensaladilla de mi madre




Con quince años eres una volátil. Con treinta y pico ya te vas dando cuenta de que hay gama de grises, luces y sombras, y contradicciones con patas. Hoy es Viernes Santo y echo de menos mi casa. Siempre he dicho que la Semana Santa de mi pueblo no es nada especial, pero desde luego que distinta sí, poco protocolaria diría yo; si nunca te has dejado caer por allí te puedo asegurar que no la ves venir. Y eso ni es bueno, ni es malo, simplemente es. Lo puedes criticar o lo puedes disfrutar, o ambas cosas, como una servidora.

A cuatrocientos cuarenta y cinco kilómetros no me llega el olor de las torrijas de mi madre, así que anoche estuve preparando la ensaladilla de rigor para el día de hoy en honor a las costumbres de mi familia y a la densa morriña que me acompaña. La líe bastante porque en el último momento me di cuenta de que no tenía mayonesa. Busqué recetas en internet, miré tutoriales en youtube, llamé a mi madre por teléfono –que se había acostado ya, la buena mujer, porque eran horas intempestivas– (“pero qué chocho más gordo tienes”, dime algo que no sepa, mama) e inasequible al desaliento intenté la faena con aceite de oliva virgen extra de una cooperativa de Montalbán de Córdoba (a ver qué le hago yo si sólo tengo en la cocina material de calidad). Un fracaso total y absoluto, el mundo se desmoronaba bajo mis pies ¡Qué deshonra para mi casta! En fin, dramas primermundistas. Esta mañana he comprado aceite de girasol en la panadería y asunto arreglado. Otro recuerdo pintoresco más para asociar a esta época en años venideros.

El caso es que para darle salida al picorcito de la melancolía tengo que remontarme a mis diarios de pre-adolescente. Yo qué sé, pongamos que hablo del 97 o del 98, por ejemplo. Por aquel entonces, ensaladillas aparte, tengo en la memoria que estuve escribiendo mi estrategia para aquel año: mi estrategia para sobrevivir a la Semana Santa ¡Ojo! Que no, que no había ningún campo de minas, que no era un videojuego de nazarenos zombies que mataban a la gente ni alrevés, que no soltaban al demogorgon en la Salida de Jesús. Si es que para el grueso de la gente no era ni es para tanto; pero aquí una, que es delicadita de oído de toda la vida de Dios, incomprendida por sistema, y de tímpano sensible, por desgracia. Mi gran problema con este evento ha venido siempre por la intensa afición a la pirotecnia que gastan mis convecinos desde tiempos inmemoriales. Cohetes, petardos, tracas, zambombazos a diestro y siniestro, sin tregua, ríete tú de la mascletá valenciana. Y ya, si mencionamos que mi barrio está en todo el meollo del asunto, igual así es más fácil de entender que cuando era la pequeña Sheldon Cooper elaborara estrategias personales para aislarme de esa maravillosa sensación del corazón en la boca y la cabeza explotando en miles de trocitos con cada inesperado traquido en las inmediaciones. Porque no se solucionaban las cosas quedándote en casa, como ahora. Yo necesitaba un puñetero búnker. ¡Eso sí que habría estado bien!

Y aun así, ese pequeño –grande para mí– detalle no puede echar por tierra otras muchas cosas. Si pudiese quitar toda esa pólvora de enmedio, no me perdería la Semana Santa de mi pueblo ni un año. Porque me gusta, desde siempre, todo lo que conlleva, todo lo que representa, al margen de creencias y de religiones, todo lo que es. No puedo ser tan simplista, ya no, será que me hago vieja y me la traen al pairo las etiquetas y los manuales, y lo que piensen los demás. Para mí el Viernes Santo, desde que tengo recuerdos, ha sido un día de alegría, de risas, de cachondeo, de reencontrarse con amigos y con primos. También de cansancio, porque al vivir en El Perchel o te vas de vacaciones o te quedas al pie del cañón sabiendo que vas a ser anfitrión de mucha gente durante toda una densa y larga jornada, pero es un día al año. Un día que se espera con ganas por muchos. Un día que deja regustillo en los labios a bacalao fresco, a cervecita rica, a picadillo de naranja o a la ensaladilla de mi casa, a magdalenas y torrijas, a los bocatas de atún y tomate de los grupos, a un Montilla-Moriles decantado directamente en el gañote desde el porrón del nazareno más cercano que te lo pasa sin preguntarte siquiera. Hazme el favor de sujetarme un momento el palo; ¡Cucha, que te dejo aquí el capirote, vigílamelo una chispa!; ¡Mama, las primas de La Montiela, asómate! ¡Coño, que entren! ¡No quedarse ahí!; Niña, alavé al patio y saca la garrafa de vino; ¿Sin alcohol? Sin alcohol me parece que no tengo… ¡Madreeeee! ¿Tenemos cerveza sin alcohol?; ¡Espérate un momento, que van a tocar el San Juan, San Juan! ¡Ara vengo!  Y te vas, y sales a pegar botes y a cantar el “San Juan, San Juan”. Vayas de paisano o de hermano, al final te unes a los lagartos en su danza ancestral y el ritmo embriagador de su canto te atrapa vengas de donde vengas. Unos se emborrachan más, otros menos; unos desfasan y se pasan tres pueblos, otros controlan y se divierten sin volverse majaretas; unos reniegan y otros resoplan; mi padre se sale a fumar, socializa un rato, luego se mete pa’ dentro y se pone a ver Quo Vadis y que no hable ni Dios, que se quiere enterar; mi madre, mi hermana y yo nos vamos a ver encerrar a Jesús Nazareno, o no, depende, que me he puesto púa de ensaladilla y boquerones en vinagre, pero yo creo que otra torrija de postre no me sentará mal.

Qué párrafo más intenso, eh. Todo eso ahí, apelotonado en el lóbulo temporal de mi cerebro. No es ni más ni menos que echar de menos tu casa, tus raíces, tus buenas o malas costumbres, tu memoria, tus recuerdos, tu gente. Tus cosas.

Siempre quise vestirme de San Juan, alguna vez. De momento me conformo con seguir haciendo la ensaladilla de mi madre cada Viernes Santo, esté o no esté en el punto de partida, mi tierra bonita y chica. Voy a meterle mano, que ya va siendo hora. Sólo espero que no esté sosa.

¡Feliz día desde el exilio!


RAV

Madrid, 10 de abril de 2020. Viernes Santo.