jueves, 22 de octubre de 2020

La del abuelo Torito y el cabrero beato

 






Esta anécdota se la contaba Cachito a mi madre cada vez que encartaba, porque siempre andaba el hombre alegre y achispado como si todos los días fueran Viernes Santo, y cuando te cogía por banda te repetía sus batallitas como buen veterano de los fermentados que era. Vivía enfrente de la Ularia, en la calle de San Antonio, y solía ayudar a Don Francisco, el cura, en las cosas que hacen los curas, supongo. Debía de andarle cerca a menudo porque fue el recadero que envió éste a meterle prisa a mi madre el día que se casaba –que una se puede hacer de rogar por protocolo pero con un límite, y a lo mejor la criatura tenía un bautizo o un entierro luego y tenía bulla, a saber–, pero ése no es el asunto, que me voy por los cerros. Niña, una vez tu abuelo fue a comprar unas cabras y cucha lo que le pasó… –así empezaba siempre la historia.


El abuelo Torito nació cien años antes que yo, allá por 1887. Se llamaba Antonio, Antonio Toro, y su apellido daba y sigue dando hasta nuestros días enseña y reseña a una familia entera: la rama de los Toritos. Hombre de su época, para lo bueno y para lo malo, empinaba el codo que daba gusto –cualidad ésta de intenso carácter hereditario sin distinción de género– y, cuenta la leyenda, que este rasgo definitorio le hacía llevarse bien con todo el mundo, con rojos y con azules, que a principios del siglo pasado no era cuestión baladí. Dotado así de tan altas aptitudes sociales, no era de extrañar que le pasaran cosas como las que le pasaban. Dicen que arregló con un montarbeño la compra o la venta de un burro –no sé cuál de los dos era el dueño original del rucho–, y cuando se juntaban en el bar para cerrar la transacción se ponían tan hasta arriba de medios de vino que se les iba el santo al cielo y se despedían sin haberse pagado el animal (mientras se fuera cada uno para su casa contento, ni tan mal). También dicen que gustaba mucho de piropear a las mozuelas, menos una vez que –por lo que sea– se le antojó decirle a una ¡Fea!, a lo que la chavala respondió no sin cierto criterio ¡Borracho!, y el desempate lo cerró el primero sentenciando con un ¡Sí, pero lo mío mañana se me ha pasao!


El caso es que, aparte de llevar para adelante una carnicería, mi bisabuelo era tratante de ganado, y en una ocasión se encontraba en no sé dónde, intentando comprarle a no sé quién unas cabras (los datos concretos están sobrevalorados). En este tipo de negocios, como en casi todos, el regateo era todo un justo y necesario arte que podía llevar un determinado tiempo, y hay que decir aquí que el abuelo Torito, además de buen beber, también tenía vivo genio, poca paciencia y presto blasfemar. En ese tira y afloja de perrillas gordas y chicas andaban pues –y  llevaban ya un buen rato– cuando Torito, viendo que no se llegaba a ningún acuerdo, empezó a resoplar y bramó un sonoro ¡Me cago en Dios! que tuvo que resonar en la cabeza del cabrero como el badajo de una campana. A lo que parece este buen hombre, de fervientes creencias cristianas, católicas y apostólicas, santiguose y todo del respingo que dio al escuchar tamaña falta al altísimo, y le dijo al otro, con toda su firme convicción: Torito, ya me puedes ofrecer todo el oro del mundo que no te llevas ni una cabra.


Y ¿qué iba a hacer? Pues sin cabras se quedó el hombre, muy a gusto, pero sin cabras. O eso era lo que contaba Cachito.

 


Notas varias:


  • Se dice que una cosa encarta cuando se da la circunstancia o el momento oportuno. Ya iré a verte cuando encarte   
  • El Viernes Santo es tradicionalmente un día muy espirituoso (que no tanto espiritual, aunque también) en mi pueblo, y se bebe más que se mea, literalmente, de ahí la alegría y  el achispamiento a los que hago alusión.
  •  Coger por banda creo que no precisa aclaración pero, por si acaso, expresa la acción de pillar, enganchar o parar a alguien para hablarle, reñirle o contarle cualquier cosa que normalmente entretiene más de la cuenta.
  •  Ularia es la deformación cómoda y ancestral de Eulalia.
  • Cucha es el acortamiento de “escucha”. Si bien hay que decir que en andaluz genérico y en frecuente cordobés cuando se dice cucha de escucha se te insta a que mires, a que atiendas con los ojos, mientras que cuando se dice mira, normalmente se te pide que abras bien las orejas. Cucha ése, qué pintas lleva. Mira, una cosa te voy a decir.
  • Montarbeño es montalbeño en cordobés de la campiña. Espalda/esparda; golpe/gorpe; y así con casi todas las que se te ocurran. Montalbeño es el gentilicio de Montalbán de Córdoba.
  • Rucho es una de las muchas maneras de llamar a un asno.
  • Las perras gordas y las perras chicas eran las monedas de 10 y de 5 céntimos de peseta que circularon en España de 1870 a 1953.

 

 

 RAV

No hay comentarios:

Publicar un comentario