Por la calle de Manuel López Ruiz se llega a la calle del Rosal, y allí, un poquito más adelante, justo antes de que ésta se abra a la Ronda de Andalucía, estuvo la casa de “Charrasca”. Se llamaba Juan Aniceto Álvarez y yo no le conocí familia, pero estos son datos modernos que recién descubro ahora gracias a la magia de la tecnología. La época de la que rescato su memoria es apenas un girón de nube a contraviento que se mueve impreciso en el recuerdo de una mente infantil.
Dicen que adquirimos cierta consciencia
a partir de los tres años, así que supongo que no tendría más de cuatro cuando
fui la primera vez con mi madre a arreglar unos zapatos ancá Charrasca. La casa era bajita y estrecha, y estaba tan llena
de cosas que parecía un agujero grande en la pared, un armario empotrado toda
ella, porque era casa y era taller, y no había ninguna línea que separara la
una del otro. Desde la calle sólo veías una ventanita con barrotes de hierro y
una puerta que se abría a un pequeño zaguán. Mi madre –supongo que como todo el
mundo–
tocaba con los nudillos a la vez que pegaba una voz llamando a Juan, porque
ésta solía estar abierta o encajada, y al poco asomaba por allí el bueno de
Charrasca. Un señor mayor con el pelo ralo y blanquiznao y la nariz y las orejas grandes y redondas como las de
un duende del bosque. Lo recuerdo de poca estatura, con una chepa curiosa y
manos de dedos callosos y recortados. Siempre con su mandil azul lleno de
polvo, su cara bonachona y su vieja sonrisa cansada.
Dentro olía a tabaco, a cuero y a
pegamento, a casa de hombre solo. Nada más entrar, a mano derecha, estaba la
habitación donde se obraba la magia, llena hasta los topes de trastos,
herramientas, zapatos, restos de muchas cosas, una máquina de coser antigua
como el mundo, otra para afilar, ceniceros, suelas, tapas, cajones sueltos,
cordones, una mesa ataquiná de pies
derechos sin pareja de todas las tallas y, en un rincón, sobre un bombo
chiquitillo y una caja llena de hilos, un porrón de barro blanco ennegrecido
por los años y por los elementos.
Arreglaba zapatos –ése era su
oficio, su función en la vida– y trabajaba al contado –lo ponía en un
cartel de cartón que colgaba de una alcayata en la pared–. Tardábamos poco en
hacerle un encargo, mi madre le llevaba el material defectuoso y Juan nos decía
cuándo más o menos podíamos pasar a recoger el arreglo. En el bolsillo del
pantalón tenía caramelos Pictolín y algunos de esos sin marca que te daban en
el banco, solía darme dos o tres cada vez que nos pasábamos por allí. Cuando
echábamos más rato de la cuenta era en el viaje de vuelta, al ir a recoger los
zapatos, porque nunca sabía dónde los había dejado. Por ahí tienen que estar, busca por ahí –le decía a mi madre mientras se rascaba la oreja
con la que sujetaba un lápiz con dos puntas, y nos poníamos a trastear por la
mesa un buen rato hasta que, con suerte, encontrábamos uno o los dos zapatos. A
mí me parecía divertido.
Un día me dio por pedirle agua, viendo
el botijo que tenía por allí. A mi pobre madre casi le da un tabardillo cuando
vio la mugre que tenía el vaso de cristal en el que me iba a dar el agua. Ya no
recuerdo si bebí al final o no, pero con el poco filtro de la infancia nos
aseguré a todos un rato más tenso que una alúa
en una costilla. Todos con fatiga y yo con el berrinche porque quería mi vasito
de agua. Por eso y porque no me salía un truco que hacía él con los dedos.
Juntaba los pulgares de las dos manos y giraba muy rápido los índices, y luego
los pulgares, y luego uno de una mano y otro de la otra, pero en direcciones
opuestas. ¿A que no eres capaz de hacer
esto? –me decía, y yo lo intentaba una y otra vez, y todavía no sé cómo lo
hacía, como tampoco sé por qué lo llamaban así ni muchas otras cosas.
Me sigo acordando cuando paso por la
calle del Rosal, aunque para mí siempre será la “calleja de Charrasca”.
RAV
Notas varias:
-
Ancá es la
manera abreviada y deformada que tenemos en muchos pueblos de Andalucía de
decir “en casa de” (voy un momento ancá
la abuela).
-
La expresión “pegar una voz” quiere decir
llamar a alguien a voces (pegar un
telefonazo es lo mismo, pero llamando por teléfono, no hay que descalabrar
a nadie).
-
Ataquiná, de
ataquinada/o, se refiere a algo que está lleno hasta arriba de cosas o
personas, un armario, una habitación, una casa. Al menos en mi pueblo.
-
Un bombo,
en mi pueblo, es una mesa camilla redonda.
-
Blanquiznao hace
referencia al pelo cano.
-
Tabardillo: Un
apechusque, un chungo, un jamacuco, un algo.
-
Para entender la expresión “más pillao que una
alúa en una costilla” (yo me he permitido la variante “más tenso”) hay que
saber que una alúa es una hormiga con
alas –una aluda–, y que una costilla, además de lo evidente, es una especie de
cepo rudimentario para atrapar pequeños animales que, al menos en mis tiempos,
se usaba de manera frecuente en las zonas rurales para librarse de ratas y ratones.
También se utilizaba para cazar pajarillos, y en estos casos el cebo solía ser
una alúa, de ahí la expresión.
No hay comentarios:
Publicar un comentario