La llamaban Malasangre, y ya no queda nadie vivo que pueda contarnos por qué.
Vivía en la acera de enfrente, tres casas más arriba de la nuestra, y su
historia es triste y oscura como la España de la posguerra.
Tenía una hija, y esta hija tenía
un novio, y este novio tenía otra novia (y quién sabe si alguna más), y a las
dos chavalas dejó preñadas. En otras culturas, o en otra familia, o en otra
época, quizás habría caído cercenado algún miembro en nombre del honor y el
decoro. En esta ocasión, a la pobre Malasangre
no se le ocurrió otra cosa que planear su propia muerte para inspirar la
lástima del buen mozo por su inocente hija al quedar ésta huérfana.
El final de la historia lo
desconozco, pero mi abuela contaba que, antes de suicidarse, la Malasangre le dijo a su hermano Manuel:
Me voy a ahorcar para que mi hija pueda casarse, y tú serás el que me venga a
descolgar. Mi chacho Manuel tampoco vive ya para contarnos si la tuvo que
bajar él o no, pero esa casa estuvo abandonada y maldita durante años.
Recuerdo la puerta oscura y el
ventanuco del piso de arriba, tenía un pequeño balcón por donde se colaban los
balones que embarcábamos de niños y que nadie se atrevía a subir a buscar, y un
trozo de cortina raída que se movía con el viento por las noches y daba
escalofríos mirar. En algún momento las ruinas se convirtieron en solar, y el
solar en un cocherón. Nadie ha vuelto a habitar ese lugar.
Nota: “Embarcar” es un término
que, al menos en mi pueblo, se utilizaba cuando éramos pequeños para referirnos
a esa pelota que lanzábamos y se nos colaba por alguna ventana alta o balcón
difícilmente accesible. ¡Ea! ¡Ya has
embarcao la pelota!
RAV
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