De todos los sonidos de fase que
conozco, el de secador de pelo es mi segundo favorito. El primero es el ruido
que hace el calefactor, al menos el que tengo yo ahora mismo bajo la mesa,
calentándome los pies. Me acuna y me arrulla como a un bebé, podría quedarme
dormida encima del teclado y no me daría cuenta, es acogedor como el abrazo de
mama osa debe serlo para los oseznos. Esta cosa tan tonta es un símbolo para mí,
una señal a todas luces que marca un regreso, una vuelta, un reinicio a esa
época del año, a ese momento del espacio y del tiempo. Llega el otoño y,
–entreverado de aires, lluvias, constipados y humedad en las paredes– casi
indistinguible y del todo inseparable, pronto también el invierno. Y eso me
encanta.
Aquí ando pues, al suave y mantenido
ronronear de la máquina, entornando ciertamente los ojos por el efecto sedante
que me produce, y porque así enfoco mejor los recuerdos y anhelos que su cálido
susurro me evoca. Una chimenea, dentro de una habitación llena de libros con un
sofá o un sillón enorme y mullidito, y con un gato –no puede faltar un gato– o varios, quizás en una
ventana, vigilando la calle, o en un cojín, muy digno y enroscado, en una de
sus dieciocho horas de sueño reparador. No importa si es de día o de noche,
pero hay estanterías, y árboles en las inmediaciones, árboles con gorriones y
petirrojos, y un escritorio de madera desordenado con los cajones llenos de
cartas, y una mesita, una vieja mesita con un tapete de ganchillo y una bandeja
para el té. Y el té –por supuesto y
siempre el té– negro con aroma a canela y a naranja, y con un toque de avellana
tostada. También podría ser un chocolate –no
hay porqué ser tan exquisita– humeante en su tazón sin asa de color
amarillo, con un par de galletas de jengibre por si acaso. Sin música, ni
siquiera un jazz oportuno ni la banda sonora de El señor de los anillos, sin
música, porque para leer sólo necesito un buen libro.
Éstas son las escenas que dibuja mi
mente al crujir del último equinoccio del año, pero también me acuerdo de las
tardes de noviembre –por mencionar un
mes ocre y anaranjado por el calendario–, sentada al brasero con mi madre,
haciendo punto del derecho, o manualidades, o mirando revistas de punto de
cruz, o repasando fotos antiguas guardadas en latas de carne de membrillo de
una Virgen de Puente Genil. O algún domingo de diciembre, jugando al parchís
con mi hermana, las tres preguntándole a mi padre que si quiere jugar, y él
diciendo que no pero controlando la partida desde su esquina del sofá haciendo
el comentario oportuno cuando ya no te puedes comer esa ficha porque ha pasado
tu turno y escogiste sacar una nueva de casa en lugar de contarte cinco con la
otra. Ahora pondríamos el aire calentito y cerraríamos la puerta del comedor,
pero en aquellos tiempos –para nada lejanos– nos habríamos peleado por el mejor
hueco bajo las enagüillas de aterciopelado verde del bombo (una mesa camilla
que lo llaman), eso sí, siempre pendientes de no pisar a mi Sodoma que, como
tonta no es, estaría la primera sentadita en la tarima, chamuscándose los
pelillos del plumero que tiene por cola. Un nesquik templadito, algún café con
leche y unas tortas de Inés Rosales cerrarían el bodegón.
El otoño es miel –me encanta la miel, y más si lleva almendras
ahora que lo pienso–. Cuanta fantasía, en fin. Y todo esto por un calefactor.
RAV

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