lunes, 5 de octubre de 2020

Sonidos de fase para inviernos de interior

 


De todos los sonidos de fase que conozco, el de secador de pelo es mi segundo favorito. El primero es el ruido que hace el calefactor, al menos el que tengo yo ahora mismo bajo la mesa, calentándome los pies. Me acuna y me arrulla como a un bebé, podría quedarme dormida encima del teclado y no me daría cuenta, es acogedor como el abrazo de mama osa debe serlo para los oseznos. Esta cosa tan tonta es un símbolo para mí, una señal a todas luces que marca un regreso, una vuelta, un reinicio a esa época del año, a ese momento del espacio y del tiempo. Llega el otoño y, –entreverado de aires, lluvias, constipados y humedad en las paredes– casi indistinguible y del todo inseparable, pronto también el invierno. Y eso me encanta.

Aquí ando pues, al suave y mantenido ronronear de la máquina, entornando ciertamente los ojos por el efecto sedante que me produce, y porque así enfoco mejor los recuerdos y anhelos que su cálido susurro me evoca. Una chimenea, dentro de una habitación llena de libros con un sofá o un sillón enorme y mullidito, y con un gato –no  puede faltar un gato– o varios, quizás en una ventana, vigilando la calle, o en un cojín, muy digno y enroscado, en una de sus dieciocho horas de sueño reparador. No importa si es de día o de noche, pero hay estanterías, y árboles en las inmediaciones, árboles con gorriones y petirrojos, y un escritorio de madera desordenado con los cajones llenos de cartas, y una mesita, una vieja mesita con un tapete de ganchillo y una bandeja para el té. Y el té –por  supuesto y siempre el té– negro con aroma a canela y a naranja, y con un toque de avellana tostada. También podría ser un chocolate –no  hay porqué ser tan exquisita– humeante en su tazón sin asa de color amarillo, con un par de galletas de jengibre por si acaso. Sin música, ni siquiera un jazz oportuno ni la banda sonora de El señor de los anillos, sin música, porque para leer sólo necesito un buen libro.

Éstas son las escenas que dibuja mi mente al crujir del último equinoccio del año, pero también me acuerdo de las tardes de noviembre –por  mencionar un mes ocre y anaranjado por el calendario–, sentada al brasero con mi madre, haciendo punto del derecho, o manualidades, o mirando revistas de punto de cruz, o repasando fotos antiguas guardadas en latas de carne de membrillo de una Virgen de Puente Genil. O algún domingo de diciembre, jugando al parchís con mi hermana, las tres preguntándole a mi padre que si quiere jugar, y él diciendo que no pero controlando la partida desde su esquina del sofá haciendo el comentario oportuno cuando ya no te puedes comer esa ficha porque ha pasado tu turno y escogiste sacar una nueva de casa en lugar de contarte cinco con la otra. Ahora pondríamos el aire calentito y cerraríamos la puerta del comedor, pero en aquellos tiempos –para nada lejanos– nos habríamos peleado por el mejor hueco bajo las enagüillas de aterciopelado verde del bombo (una mesa camilla que lo llaman), eso sí, siempre pendientes de no pisar a mi Sodoma que, como tonta no es, estaría la primera sentadita en la tarima, chamuscándose los pelillos del plumero que tiene por cola. Un nesquik templadito, algún café con leche y unas tortas de Inés Rosales cerrarían el bodegón.

El otoño es miel –me  encanta la miel, y más si lleva almendras ahora que lo pienso–. Cuanta fantasía, en fin. Y todo esto por un calefactor.


RAV

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