Te gusta ir de chica dura. Muñequeras de cuero, tachuelas y vaqueros rotos, una camiseta de Punisher, una bala hueca colgando del cuello. Te maquillas para parecer más guapa, te disfrazas para parecer más fuerte.
Al final eres sólo una mujer, sin más. Sin armas, sin escudos, sin superpoderes. Eres vulnerable, eres débil, eres carne de cañón. Eres un blanco perfecto, eres cobarde y tienes miedo, de lo oscuro, de la calle, de la vida. Eres impotencia y rabia contenida. Eres una huida hacia delante, una carrera sin salida, tu propio talón de Aquiles, tu cruz y tu mentira. Eres la que siempre está en el punto de mira.
Sábado por la mañana, temprano, de camino al trabajo, en un autobús con cuatro gatos. Enhorabuena, te ha tocado, es tu día. Un desgraciado se te sienta al lado, un yonqui de mierda –aunque la profesión te importa bastante poco–, y te empieza a increpar, a invadir tu espacio vital, a preguntarte que tú dónde te bajas, guapa, y todo eso. Que si te da con la pierna, que si te da con el brazo, que si te toca los cojones alto y claro y le va a importar a cualquiera de los que están cerca una mierda tan gorda como la que te sientes tú en ese momento.
Te pones borde, te pones seca, te pones seria. Pero que no se note que estás temblando, porque la situación te violenta. Intentas calcular tus opciones, las posibles reacciones, las consecuencias. Pero… que no se note que estás temblando. Al final te escabulles, consigues cambiarte de sitio, poner distancia, mirar desde fuera, como el resto –si es que alguien ha mirado–. Tú sigues tensa, tú sigues alerta, tú sigues pensando y tú sigues temblando.
Si lo estás escribiendo ahora, a fin de cuentas, no habrá sido para tanto. Ni te han robado, ni te han sacado un pincho, ni te han forzado. Una anécdota más en la vida de una mujer sin más, sin armas, sin escudos y sin superpoderes.
RAV