jueves, 16 de febrero de 2023

Cartas azules 2023

 



Madrid, 15 de febrero de 2023

 

¡Hola, tronk!

 

     Ya sé que «un mago nunca llega tarde, ni pronto, sino exactamente cuando se lo propone», pero esto no es un encuentro feliz en La Comarca por el centésimo decimoprimer cumpleaños de Bilbo Bolsón. Esto soy yo —más bien haciendo del conejo de Alicia en el País de las Maravillas— escribiéndote una carta con mucho retraso, bastante cargo de conciencia y una introducción friki muy socorrida para salvar un poco las formas e intentar que mi despiste pase un poco desapercibido. ¿Lo he conseguido? Espero que sí.

     Cierto es que el primero de febrero me pilló con algunos frentes importantes abiertos (aunque eso no hizo que olvidara el aniversario de tu nacimiento, ni el de mi abuelo materno, que cayó este último por la época del Titanic más bien. ¡Oh, el Titanic! ¿Te acuerdas de aquella exposición a la que fuimos con Luis? Todavía tengo esa foto en blanco y negro que nos hicimos a la entrada del barco. ¡Qué buen rato echamos aquella tarde! También era 1 de febrero, y acabamos con una rica merendola en el Okashi Sanda. Verdaderamente rico ese calpis. ¡Vaya! ¡Perdón por la dispersión! Que empiezo a reactivar recuerdos y me voy por las ramas sin darme cuenta…). Y perdón también por el paréntesis más largo que se haya escrito en una carta. Te decía que el día 1 operaron a Gastón de un tumorcillo infecto en un dedo del pie izquierdo, así que ese día lo tuve un poco crudo para sentarme tranquilamente a escribir, sabía que tendría que posponer un poco estas líneas. Pero, de repente, es 15 ya, estamos en el ecuador del mes y no sé cómo ha pasado ni cómo hemos llegado hasta aquí. El tiempo —igual que la gravedad y como diría nuestro amigo Sheldon Cooper—, es otra ramera despiadada.

     Espero que sepas disculpar mi tardanza así como mis chistes malos. La verdad es que escribirte me sigue poniendo un poco nerviosa, a quién vamos a engañar, y ya sabes que yo soy muy Chandler Bing (mira, lo estoy haciendo otra vez). ¡No tengo remedio!

     Estoy intentando echar la vista atrás para hacer repaso mental de las cosas que han pasado desde la última vez que hablamos (para mí esto es una manera de hablar contigo, sobra decirlo). El mundo sigue girando, quizás un poco más acelerado en su inevitable camino hacia el apocalipsis zombie, coqueteando aquí y allá con nuevas formas de autodestrucción. Bueno, quizás no tan nuevas ahora que lo pienso. Justo hoy he leído un titular en el que decía que un alto porcentaje de la población desconoce por completo la relación entre las enfermedades de los animales y las nuestras. Han pasado ya casi tres años desde lo del corona y la gente sigue sin tener idea ni consciencia de lo que es una zoonosis. Así nos va.

     No recuerdo a qué altura del año pasado saltó por los aires lo de la viruela del mono. Cundió un poco el caos informativo (desinformativo diría yo, como siempre), pero nada que ver con lo de 2020, y nosotros, como buenos españoles, llevándolo todo con sentido del humor, memes y filosofía barata. Esto hubo forzosamente de unirse en el espacio tiempo a las quince mil variantes del bicho —de las cuales la última que se me viene a la cabeza es una tal ómicron, que a su vez me recuerda a Omicron Persei 8, de Futurama—, así que no dejábamos de tener frentes zoonóticos abiertos. La gripe aviar danzando y expandiéndose a su antojo; la viruela humana regresando del averno por la estúpida tendencia antivacunas; susurros desde África donde el ébola nunca termina… y en mitad de nuestra encarnizada lucha por salir a flote, Rusia decide invadir Ucrania porque la interminable pandemia le parece poco entretenimiento.

     Para mear y no echar gota. Guerra, otra vez. Otra más. Es terrible, y cobardemente (y también por salud mental) dejas de encender la tele para mantenerte lo más entero posible, para no terminar de reventar. Qué tenebrosa se está poniendo esta carta, no culpes al mensajero. De hecho te doy pinceladas de noticias porque esa es la verdad, me entero de ciertas cosas por las redes sociales o por la gente, pero la caja tonta hace mil años que no la enciendo y, cuando paso por el salón y la está viendo mi suegra, para lo bueno y para lo malo sólo veo de refilón las estampas de las telenovelas turcas que se han puesto de moda ahora, así que podría contarte cualquier cosa de los últimos libros que me he leído o de los pájaros que veo en el parque y sería incapaz de responder a la más sencilla pregunta de actualidad. Seguro que me entiendes. Me entenderías, seguro.

     ¡Hubo manifestación veterinaria en abril! Y a ésta sí que pude ir, al fin. Me acordé mucho de ti, como tantas otras veces. Fue bonito ver a tantos compañeros unidos por un bien común; y aunque no será suficiente con esto, al menos ya empezamos a pelear un poco (que, conociendo a nuestro gremio, ya es decir mucho). Qué raro me resulta ahora decir «nuestro»… Hace ya más de un año que no piso una clínica y sigo teniendo sentimientos encontrados (¿el veterinario nace o se hace?), y los tendré toda la vida, supongo, pero ese tema te lo intentaré resumir porque si no esta carta va a tener que ir por fascículos.

     Después de mi última aventura y de unos cuantos meses de paro (cien por cien empleados en entregarme por completo a mis manualidades), acabé currando en una tienda de material de papelería y bellas artes. «¡Ese trabajo es para ti!», estarás pensando, con toda la razón del mundo. Sí, amiga, yo también lo pensé, pero no hubo tanta suerte. Era demasiado pedir, una vez más. Muy largo de explicar. Sólo diré que no me terminó de gustar; yo esperaba otra cosa (cuánto misterio) y resultó demasiado estresante para lo que parecía en un primer momento. Me fui bastante jodida de aquel sitio, no te voy a mentir, me dejó un poquito con la moral por los suelos, y eso yo se lo solía perdonar a la veterinaria, pero al resto de gremios no les voy a permitir tener tanto poder sobre mí, ¿no crees? Eso me repito para infundirme valor. Valor. Yo. Venga, te doy permiso para reírte.

     Me he dado cuenta de lo que se parecen mis cartas de un año para otro. Ésta, al igual que la última, ha empezado con una alusión a El Señor de los Anillos; luego vienen las parrafadas de negrura y noticias y anécdotas deprimentes; y, ahora, por supuesto, toca rebuscar por dónde sea la manera de dejar esto en todo lo alto, porque así no lo puedo dejar, ¡qué vergüenza! Prometo que no tengo una plantilla ni sigo ningún plan, es mi cabeza la que se impone el orden cronológico y de mayor a menor intensidad para ir relatando las cosas. ¿Sabes si pagan por ese superpoder en algún puesto de trabajo? ¡Porras! ¡Qué complicado es todo!

     Ando «como geisha por arrozal» (grandísima frase del Barea que nunca olvidaré, ¿¿¿te acuerdas??? Madre mía, que golpe de memoria así de repente, esas clases horribles de bioquímica, qué mal se me daba... ¿Qué habrá sido de aquel hombre?), o como pollo sin cabeza, lo que prefieras. Me gusta todo y a la vez nada; para cualquier cosa necesito más estudios y más dinero; las grandes preguntas de siempre me siguen machacando el cráneo por dentro como si todos estos años no hubieran servido para desvelar ninguna incógnita; y al final sólo quiero un trabajo medio qué, con un sueldo medio qué, que me permita llevar dinero a casa y dormir tranquila por las noches. No parece tan difícil ¿verdad? Voy a intentar enfocarme en el mundillo de las letras, los libros, las editoriales y las bibliotecas. ¡Ya te contaré si consigo algo! ¡Deséame suerte!

     ¡Ahhhh! ¡Me enteré de que Inés trabajó en una película! Qué tía, eh. Le he dicho que me avise cuando se pueda ver, seguro que lo hace genial. ¿Te has dado cuenta de que la mayoría de compañeros de profesión que conocemos tienen un tremendo lado creativo? Hay un chaval que lleva un podcast de veterinaria que también es actor, y en Viana conocí a otro que también era artesano; tú siempre has dibujado como si hubieras estudiado bellas artes, y Jesús hasta toca el piano. A lo mejor no son cosas de las que resulte fácil vivir, pero oye, siempre está bien tener planes B y C a mano, por si la cosa no sale como pensábamos. Espero que Inés pueda meter la cabeza en ese mundillo artístico y recuperar toda la motivación e ilusión que los sitios oscuros en los que no has tocado currar nos quitaron.

     Estoy escuchando pájaros mientras te escribo. No son de verdad (ojalá), están dentro de un vídeo de YouTube de «sonidos de la naturaleza», que es lo que más echo de menos desde que vivo en Madrid. Últimamente —no sabría decirte cuándo empezó— me he aficionado mucho a la ornitología, a buscar, observar y aprender a identificar pajarillos. En mis salidas al parque, o cuando vamos a dar una vuelta por las afueras, me empleo a fondo para distinguirlos y disfrutarlos. Son una absoluta maravilla (me pregunto cómo no me he dado cuenta antes, en qué tonterías estaría pensando, los pájaros son geniales). Y tampoco sé cuándo ocurrió, pero empecé a compartir esta afición —¿naturalista?— con Anne y ahora nos enviamos material de cada una de nuestras humildes excursiones y de todo lo que averiguamos sobre las especies que encontramos. Es muy entretenido, y divertido, y me encanta que sigamos compartiendo estos lazos a pesar de la distancia geográfica entre nosotras y de la que el tiempo y nuestras respectivas circunstancias nos han impuesto con la carrera que juntas estudiamos.

     ¡Acabo de acordarme! ¡Otra vez vi una cigüeña por tu cumpleaños! Bueno, ya sé que «por San Blas, a la cigüeña verás» (algo me dice que ya he repetido este refrán demasiadas veces), pero a mí me sigue haciendo ilusión coincidir con ellas ese día, rompiendo con su envergadura blanquinegra el límpido azul del cielo invernal de febrerillo el loco. Siempre las he asociado a algo feliz, desde que era chica y mi madre me leía los libros de Celia, de Elena Fortún. Las veo y me sonrío sin darme cuenta y, pase lo que pase, ese día ya es genial sólo por eso. Ya ha merecido la pena. Salúdalas de mi parte cuando las veas por allí arriba.

     No quiero terminar esta carta con mermelada, ya me conoces (ya nos conocemos), por eso me he guardado para el final una noticia de mierda para equilibrar, que sé que no te va a gustar, pero que te tengo que contar igual. ¿Te acuerdas de Los Anillos de Poder? La serie aquella de la que te hablé que tanto prometía. Creo que contigo puedo ser concisa y me vas a entender a la perfección: No tienen los derechos de El Silmarillion. Nada más que añadir, señoría. Bueno, sí. Que, como comprenderás, me he negado a verla. Tengo mucho material audiovisual pendiente de consumir, no puedo entretenerme con estas mierdas, que el 1 de marzo vuelve El Mandaloriano y estamos a puntito de terminar (ya, por fin, contra todo pronóstico) la última temporada de Supernatural. ¡Supernatural! Nunca hablamos de los Winchester tú y yo, no me dio tiempo a preguntarte si te gustaban, llegué tarde, como siempre, como esta carta tardona y dispersa… Seguro que te molaba, te pega un montón, serías del equipo Dean, lo tengo claro.

     El caso es que me voy tornando espesa y triste llegando a esta parte, como cuando intuyes que te vas a quedar sin wifi y se te va a caer el Messenger de golpe y porrazo en mitad de la conversación. Qué jodido, amiga. Perdona que no esté muy inspirada, igual debería escribirte más. ¿No digo siempre lo mismo?

     Feliz feliz no cumpleaños, ¿a tú, a yo? Sueña con cosas bonitas. Vuela alto. Te seguiré escribiendo.

 

 

 

Un abrazo, Peliblue.

Hasta siempre, amiga.

                                                                                         

Raquel

 

 

P.D.: Luis me regaló una sudadera en la que ponía «No hugs, no kisses, just beer». Si cambiamos la cerveza por Coca-Cola habría sido ideal para ti también.

P.D.D.: No te preocupes por Gastón, sigue siendo el tronquito peludo marrón que conociste, tan lametones y pesado como siempre. Lo del dedo es benigno y todavía tiene que darnos guerra un tiempo más. Te manda lengüetazos de metro y medio, ponte a cubierto.

No hay comentarios:

Publicar un comentario