¿Nunca os ha mirado un libro? A mí sí. Aquellas tapas desgastadas
de color azul añil intentaban comunicarse conmigo, hasta me pareció que el
conejito grabado en oro de la portada salía de su fondo de cartón y me guiñaba
un ojo: “¡Mírame! ¡Mírame! ¡Estoy aquí!”.
Fue exactamente ese tipo de momento en el que se para el tiempo,
el corazón te da un vuelco, y te descubres de repente transportándote, por
alguna suerte de delorean, a esa parte de tu vida tan a menudo olvidada. Ese
pequeño rinconcito de paz, ancestral zona de confort, ese abrazo tierno que es
la infancia. Como en esas cajitas de juguete en las que miras por un agujerito
y van pasando fotogramas de una película, mi mente eclipsada atravesó los años
y apartó los recuerdos, ensartando voraz con una lanza el que estaba
inevitablemente ligado a ese libro. Los Cuentos
Completos de Beatrix Potter.
Tenía cuatro años cuando, de la mano de mi madre, conocí el lugar más
maravilloso del mundo. Una biblioteca. Y digo una porque desde entonces
cualquier biblioteca de cualquier lugar del planeta se convirtió para mí en un
templo sagrado. Imposible olvidar aquel imponente lomo que destacaba en una de
las estanterías metálicas por encima del resto de libros, como atraída por un
imán me acerqué y lo señalé, supongo que debí pensar “cuanto más grande mejor”
y me lo llevé a casa, sin darme cuenta
de que era él quien me había elegido a mí.
Al principio me lo leía mi madre, por la noche, antes de dormir.
Con el tiempo, cuando crecí algo más y superé el Micho 2, esa costumbre pasó a ser mía, y cada día devoraba feliz
uno de aquellos cuentos. En algún momento hicieron una serie de dibujos
animados, lo que para mi tierna edad supuso el culmen de aquel vórtice de magia
inagotable. El conejo Perico y su pequeño congénere Benjamín, el sapo Jeremías,
la gatita Milagros, Samuel Bigotes… Creo que batí el récord sacando aquel libro
de la biblioteca municipal, aún recuerdo las viejas fichas amarillas en las que
repetía una y otra vez mi nombre y apellidos, un garabato, y mi número de socia,
el 1.069.
Y veinte años después ahí
estaba, abrumada por un trombo de recuerdos y emociones que parecía a punto de
estallarme dentro del pecho. Mirando la tapa sin sobrecubierta que asomaba
entre montones de libros de segunda mano, reencontrándome con la felicidad en
un afortunado giro del destino. Allí, en una librería anticuaria, como no podía
ser de otra forma. Donde todo encaja, cada vieja página, cada lomo gastado,
cada libro olvidado, donado o rescatado, donde te envuelve la estela de otro siglo
y otros mundos, allí donde el inconfundible olor de las hojas repasadas por mil
generaciones te llena los pulmones. Donde todo encuentra su lugar, allí, dentro
del Laberinto.
El señor respetable de pelo cano que atendía aquella mañana metió
un marcapáginas dentro de mi colección de cuentos y me la devolvió con una
afable sonrisa.
- Te llevas un libro muy bonito.
- Lo sé - contesté-. Me enamoré de él
cuando tenía cuatro o cinco años y volverlo a ver ha sido como un flechazo.
- Entonces debes llevártelo, sin duda
– dijo, mientras seguía sonriendo y parecía entender, sin necesidad de cruzar
una sola palabra, todo el cúmulo de sensaciones que me brillaba en los ojos y
me ensanchaba el alma.
Me quedé unos segundos así, acariciando el grabado de la portada
desnuda, preguntándome cuántas vidas habría conocido y llenado antes que la
mía. Y me fui, llevándome un poquito de esa magia debajo del brazo, con el
absoluto convencimiento de que había vuelto a pasar. De entre todas las
personas, me había vuelto a elegir a mí.
Raquel Alcaide
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