martes, 14 de octubre de 2014

Dentro del Laberinto



¿Nunca os ha mirado un libro? A mí sí. Aquellas tapas desgastadas de color azul añil intentaban comunicarse conmigo, hasta me pareció que el conejito grabado en oro de la portada salía de su fondo de cartón y me guiñaba un ojo: “¡Mírame! ¡Mírame! ¡Estoy aquí!”.

Fue exactamente ese tipo de momento en el que se para el tiempo, el corazón te da un vuelco, y te descubres de repente transportándote, por alguna suerte de delorean, a esa parte de tu vida tan a menudo olvidada. Ese pequeño rinconcito de paz, ancestral zona de confort, ese abrazo tierno que es la infancia. Como en esas cajitas de juguete en las que miras por un agujerito y van pasando fotogramas de una película, mi mente eclipsada atravesó los años y apartó los recuerdos, ensartando voraz con una lanza el que estaba inevitablemente ligado a ese libro. Los Cuentos Completos  de Beatrix Potter.

Tenía cuatro años cuando, de la mano de mi madre, conocí el lugar más maravilloso del mundo. Una biblioteca. Y digo una porque desde entonces cualquier biblioteca de cualquier lugar del planeta se convirtió para mí en un templo sagrado. Imposible olvidar aquel imponente lomo que destacaba en una de las estanterías metálicas por encima del resto de libros, como atraída por un imán me acerqué y lo señalé, supongo que debí pensar “cuanto más grande mejor” y me lo llevé a casa, sin darme cuenta  de que era él quien me había elegido a mí.

Al principio me lo leía mi madre, por la noche, antes de dormir. Con el tiempo, cuando crecí algo más y superé el Micho 2, esa costumbre pasó a ser mía, y cada día devoraba feliz uno de aquellos cuentos. En algún momento hicieron una serie de dibujos animados, lo que para mi tierna edad supuso el culmen de aquel vórtice de magia inagotable. El conejo Perico y su pequeño congénere Benjamín, el sapo Jeremías, la gatita Milagros, Samuel Bigotes… Creo que batí el récord sacando aquel libro de la biblioteca municipal, aún recuerdo las viejas fichas amarillas en las que repetía una y otra vez mi nombre y apellidos, un garabato, y mi número de socia,  el 1.069.

Y veinte años después ahí estaba, abrumada por un trombo de recuerdos y emociones que parecía a punto de estallarme dentro del pecho. Mirando la tapa sin sobrecubierta que asomaba entre montones de libros de segunda mano, reencontrándome con la felicidad en un afortunado giro del destino. Allí, en una librería anticuaria, como no podía ser de otra forma. Donde todo encaja, cada vieja página, cada lomo gastado, cada libro olvidado, donado o rescatado, donde te envuelve la estela de otro siglo y otros mundos, allí donde el inconfundible olor de las hojas repasadas por mil generaciones te llena los pulmones. Donde todo encuentra su lugar, allí, dentro del Laberinto.

El señor respetable de pelo cano que atendía aquella mañana metió un marcapáginas dentro de mi colección de cuentos y me la devolvió con una afable sonrisa.

-       Te llevas un libro muy bonito.
-       Lo sé - contesté-. Me enamoré de él cuando tenía cuatro o cinco años y volverlo a ver ha sido como un flechazo.
-       Entonces debes llevártelo, sin duda – dijo, mientras seguía sonriendo y parecía entender, sin necesidad de cruzar una sola palabra, todo el cúmulo de sensaciones que me brillaba en los ojos y me ensanchaba el alma.

Me quedé unos segundos así, acariciando el grabado de la portada desnuda, preguntándome cuántas vidas habría conocido y llenado antes que la mía. Y me fui, llevándome un poquito de esa magia debajo del brazo, con el absoluto convencimiento de que había vuelto a pasar. De entre todas las personas, me había vuelto a elegir a mí.



Raquel Alcaide

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