viernes, 1 de enero de 2021

"Cayeron torres, pero Spiderman no pudo estar..."

 

Hace unos doce meses trabajaba en la portada de mi agenda, en el mes de enero, intentando copiar dignamente la cabeza de un león aristoso, afilado y desafiante, que había encontrado en internet. Me pareció buena idea, pues las circunstancias del momento me habían llevado a ese camino brumoso que une la casita campestre y feliz con el castillo del ser oscuro, y la niebla no me dejaba ver en qué dirección se movían mis pies, así que lo único que se me ocurrió hacer fue lo que hago siempre, presentar batalla y que salga el sol por Antequera. La frase que reza nada más abrir el cuaderno podía haber sido ésa –ahora  que lo pienso, pero quedaba más romántica aquella letra de Héroes: La derrota no es una opción, y no hay excusa. Está claro que de haber tenido poderes predictivos habría seguido cantando parasiempre me parece mucho tiempo…

Estaba dudando si meter esa última oración entre paréntesis, pero se me han jodido las teclas de la segunda fila del portátil. Tendrá que quedar así, espero que pueda soportar los embates de la crítica moderna del lector riguroso. La cuestión es que, sin darme cuenta, ése ha sido mi mantra desde entonces. Si puedo elegir, elijo no rendirme. Y me voy a poner ese pin, porque me apetece, la verdad. No es que me haya levantado hoy con el discurso pensado, ni con mariposas en el estómago o subidones hormonales de purpurina con fresa, muy al contrario, tengo contracturas hasta en las cejas y he dormido como si hubiera estado descargando sacos de harina toda la noche, arreando a mi contrario para que dejara de roncar y dando más vueltas que un manco remando, pero me ha entrado el calambrazo de hacer inventario y aquí estoy, poniéndome mi pin. Ea.

¿Quedará muy Mermelada Coelho si hago repaso y ensalzamiento de cosas buenas? No sé muy bien por dónde meterle mano a esto, mi reputación de Grinch podría verse gravemente afectada, aunque, por otra parte, mi calendario de Adviento y las galletas de canela y jengibre con sabor a Navidad –y a canela y jengibre me salen cada vez mejor, y eso es muy contradictorio, claramente. En cualquier caso, lo que es impepinable es que he llegado hasta aquí, y eso mola bastante. Porque, a ver, cuando una empieza temporada nueva con trabajo nuevo, lo último que piensa es que va a llegar hasta el final y a sobrevivir para contarlo, pero mira, lo que yo decía, un pin pa’ mí.

Todo comenzó con la forja de los Grandes Anillos…Perdón, mi vida no es tan épica, pero yo sí, qué le vamos a hacer. Pues eso, que los nuevos capítulos empezaron con curro a destajo en la otra punta del reino. Conocí a gente muy caramelo y a gente muy última loncha de choped de táper de una semana; también a criaturas insidiosas y corrosivas, con veneno en la sangre, surgidas de algún abismo negro y antiguo como el mundo y como el cagar. De todo tiene que haber en la viña del Señor. Aprendí muchas cosas –algunas  incluso de mi profesión y aguanté como una jabata hasta final de trayecto, o de contrato en este caso. Y estoy orgullosa. Y cagada de miedo, que también lo estuve, y lo estoy, y lo estaré, pero oye, ahí lo llevamos, el miedo y yo, la mierda y yo, el cable de la cabeza y el culo, ya sabéis, la vida, los autobuses enlatados, equilibrismo en el metro, vapores de alcohol como densas nubes a nuestro alrededor, como si fueras a ser Rocío Jurado, esa noche, en Lluvia de estrellas. ¡Ahora sí que estoy resumiendo! Joder, ya era hora.

Entre toda esa aventura perdí sin querer un puñado de kilos, algún teléfono y una buena amiga. Cosas que pasan. En los tres casos la lucha continúa. En abril me acordé de que la respuesta a la vida, el universo y todo lo demás es 42, así que me tatué el Don’t panic! en el cerebro y mi costumbre se encargó de recordármelo cada vez que volvía del baño con cara de chino con diarrea –ser friki ayuda mucho a motivarse, tener un compañero de viaje que sabe cuándo hay que soltar un par de hostias figuradas, también–. Mayo fue asqueroso, en junio me imaginé que cada día era un capítulo de Doctor Who, de julio no me acuerdo, pero en agosto vi a mi familia cuatro días y a la bella Galicia otros tantos, y en A Costa da Morte no eché de menos la tardis. Luego aproveché el paro para pasarme la ITV, y volví a pasar miedo, y luego alivio, y luego miedo otra vez, y luego suspiré, y resoplé, y al final cagué duro. Una montaña rusa de emociones y texturas. Y aquí estoy, al final de tantas cosas, enrollándome como siempre, descontenta con la estructura y la forma de estos párrafos, descubriendo una vez más por qué no suelo hacer esta clase de remember flipado de anuario. Tan flipado que empecé escribiéndolo ayer y lo estoy acabando hoy. Pausa para rellenarme el té –rojo con chocolate, algarroba y arroz inflado, y una cucharadita de miel de espliego, deberíais probarlo, templa el espíritu y amodorra las tensiones sociales–.

El caso es que, a pesar de haber tenido que renunciar como todo el mundo a tantas cosas, no me parece justo menospreciar otros tantos méritos conseguidos, cosas bonitas y hasta útiles que he encontrado por el camino, y metas nuevas que en otro momento nunca se me habría ocurrido siquiera proponerme. Adaptarse no significa someterse, significa rediseñar el método de lucha para seguir sobreviviendo, y eso es todo lo que estoy –y lo que estamos– haciendo. Empieza a sonar de fondo esa maravillosa canción de Bowie, ¿la oís? Ch ch ch ch changes…

Por cierto, aproveché que se me escacharró el móvil y tuve que cambiarlo para salirme de unos cuantos grupos. Me da una pereza tremenda arrastrar esos lastres inútiles, si alguien se quiere ofender le recomendaría un vasito de agua, pero para no ser tan borde matizaré simplemente que detestar los grupos de WhatsApp no implica necesariamente una falta de aprecio por las personas que los componen. También aprovecho este párrafo de miscelánea que me estoy sacando de la manga para recordar a aquellos pobres de espíritu que si no me van a decir “qué guapa estás, se te ha quedado un cuerpo de escándalo”, que mantengan el boquino en mute, pues mi visible, aunque no prevista ni buscada, pero a su vez de sobra salubre delgadez se va a quedar conmigo bastante tiempo, y los rancios comentarios acompañados de hiperbólicas muecas de sobreenfatizada preocupación empiezan a cansarme. Me está quedando bien este popurrí prácticamente inconexo de cosas. Espero que no se me vaya de las manos.

Es posible que lo mejor, para evitar esto último, sea ir encajando ya la puerta. ¡Última ronda! ¡No saquéis las copas a la calle! Como se suele decir, os voy a dejar que sigáis con vuestra faena, que os cunda y todo eso. Yo, por mi parte, tengo montañas de papeles y proyectos que organizar, trabajo decentemente remunerado que buscar, y posturas nuevas de yoga que intentar, que no es poco. 

Tengo unas amigas geniales, una amorosa familia de otra época y corte moral, y un hombre que mata dragones por mí. Si desear sirve de algo, os deseo algo tan bueno como lo que yo tengo, y que se extienda en vuestra línea de vida desde hoy mismo hasta el infinito. Salud, rock and roll y buenos caldos. ¡Feliz 2021!


¡JUMANJI!


R.A.V.


No hay comentarios:

Publicar un comentario