Arsacio
y Flora vivían en el campo, allí en el valle, casi al fondo del todo, entre dos
laderas plagadas de pitas y olivos. En una casita baja y ancha con un par de
puertas, tres ventanas y tejado y medio, se recogían del sol y de la lluvia
cuando encartaba, amanecían y anochecían con su rutina de lechugas, cabras y
pan duro, y con los tres hijos que les habían tocado en suerte. Tenían unas
cuantas gallinas también, y un granado y un ciruelo, y alguna higuera. No era
una gran hacienda —ni siquiera se
distinguía dónde terminaba la casa y dónde empezaban las zahúrdas y el corral—,
pero les daba para sobrevivir, y después de una guerra no se hacían preguntas;
se daban las gracias sin hablar y seguían adelante.
Muy
lejos de la romántica idea que de la naturaleza tenemos en los tiempos
modernos, la vida extramuros despierta todos los días antes que los propios
gallos y se acuesta mucho después de que encandile la luna. Así se encallecían,
también entonces, las manos y se curvaban poco a poco la cerviz de los padres y
el lomo de los hijos. Desde temprana edad se aplicaban estos en las faenas del hogar,
luego —si querían Dios y la vaca negra—
aprendían a leer, a escribir y las cuatro reglas, y con siete u ocho años estaban
ya listos para recoger aceitunas, cortar ajos, limpiar cuadras o lo que falta
hiciera para arrimar el hombro y ganarse el sustento diario.
La
hermana mayor y el desgarbado zagal de en medio conocían de sobra sus deberes
y, con más o menos entusiasmo, asumían su parte de carga; pero Adela, la
pequeña, iba todavía a la escuela y andaba justo en esa edad en que pronto se
decidiría para ella el mismo destino que para sus hermanos. ‹‹Mucho trabajo,
señor maestro, no están los tiempos para soñar. La esperanza y el futuro son
cosa de los intelectuales…››, le decía el bueno de Arsacio a don Martín varias
tardes a la semana y cierto domingo esporádico, cuando el viejo profesor se
dejaba caer por la casilla para intentar conducir al hortelano por el camino de
la razón. Que no gastaba mollera dura Arsacio, y de noble como era no le había
levantado la voz ni soltado un alpargatazo
a ninguno de sus vástagos en sus cortas vidas, pero no estaba la cosa para
pagar estudios y encima dejar en barbecho unos brazos frescos y lozanos que
siempre venían bien para mantener a flote la economía.
El
maestro, por su parte, no perdía la fe, los estribos ni la paciencia. De todo
eso tenía bastante y, con su boina calada y su chivata de avellano, se acercaba
a darle la charla cada vez que veía ocasión. Gran empeño y dialéctica ponía en
convencer al padre de familia para que diera la oportunidad a su benjamina de
medrar en los estudios, y agotados ya todos sus argumentos los repetía sin
desanimarse, confiando para sus adentros en aquello de que no liga el burro por guapo sino por insistente.
Una
tarde de primeros de junio, con la excusa de catar las primeras brevas de la
temporada, se pasó don Martín por la huerta de Arsacio, y allí que lo encontró
sembrando unos calabacines y rumiando cosas que él sabría entre dientes.
Mientras preparaba éste la romana para pesar la fruta, aprovechó el maestro
como quien no quiere la cosa y volvió sobre el tema:
—¿Y
no se ha pensado usted lo que le dije el otro día, Arsacio?
—Si
es que no hay nada que pensar, don Martín. Yo se lo agradezco de veras, pero
son muchas bocas que alimentar.
—Mire
que se le dan bien las matemáticas a la niña, y es aplicada y despierta —seguía
relatando el maestro con calma.
—Eso
está bien. Así no me la engañarán con la paga a final de mes, que ya está
crecidita y ha empezado a servir por las tardes en una buena casa.
—Vaya
por Dios. Así que ya la han puesto a trabajar… Pero la dejarán volver al
colegio el curso que viene ¿verdad?
—¿Le
pongo algo más aparte del kilo de brevas? —Arsacio no quería ser descortés, pero
había que ir abreviando con el palique, que se deshilachaba el día.
El
maestro siguió a lo suyo y pareció iluminársele de pronto la frente. Con una
media sonrisa se jugó una pequeña carta.
—Bueno,
y digo yo… ¿Qué le parecería que Adelita viniese a limpiar mi casa? Mi señora
no da abasto entre tanto quehacer y cuidar de su madre, que está ahora
pachucha. Así podría ganarse unas perrillas y yo le seguiría dando clases con
su permiso.
Arsacio
suspiró tan profundamente que un gato que le andaba alrededor puso el rabo
gordo y se alejó receloso.
Unas
semanas más tarde acabó dando su brazo a torcer y dejó a la cría seguir
recibiendo instrucción básica de don Martín. Le tenía aprecio al hombre y, si
tanto interés había mostrado éste en la niña, quizás merecía la pena darle una
oportunidad. Si la cosa salía mal, trabajo no le iba a faltar; la metería en
otra casa de gente pudiente o la mandaría por las mañanas a subir al pueblo a
vender leche y huevos.
Estaba
bien tenerlo todo pensado, por si acaso, pero con los años acabó descubriendo
que aquellas alternativas nunca le harían falta. Adela se aplicaba con energía
y tesón a sus libros, y pronto hubo de despedirse de don Martín para seguir
recibiendo formación de otros profesores. Gracias a las recomendaciones de éste
y a las buenas notas que se esforzaba en sacar, consiguió varias becas que le
permitieron mudarse a la ciudad para continuar con sus estudios.
El
bueno de don Martín vivió para ver cómo su pupila se convertía en médico. El
primer médico que tuvo aquel valle, por un kilo de brevas.
#MiMejorMaestro
RAV
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