‘Tengo
los pies fríos desde que pasamos León. El paisaje ha cambiado por completo y no
se ve nada que no sea montañas y verde a borbotones, y bancos de niebla
derramándose hasta mojar el reflejo de mis gafas en la ventanilla del tren.
Había olvidado estas estampas (no sé cómo) y es curiosa la manera en que, con
sólo cuatro gotas de lluvia y las primeras elevaciones del terreno, esos parajes
con los que me maravillé por primera vez hace cinco años han vuelto a mi cabeza
con toda la nitidez de ese momento. Acabamos de parar en Oviedo, llevo a Bowie
en los cascos y a Don Pelayo en el e-book. ¡Ya no queda nada, amigo Gijón!’
Así empieza el cuaderno de
viaje de nuestra última escapada. Hace unos días que volvimos de tierras
astures y aún ando flotando en esa suerte de melancolía que te deja en los
párpados la caricia del norte. ¡Aviso! Esta crónica podría convertirse en un
empacho de bosque, nostalgia y sidra; intentaré no aburrir demasiado con lo que
–según mis intenciones– debería ser la narración amena de otra bonita
experiencia.
Tuve la suerte de conocer
Gijón hace unos cuantos años (un regalo de aniversario difícil de olvidar) y,
por aquello de la sorpresa y la inmediatez, aunque lo disfruté igualmente no me
dio tiempo de organizar el viaje como corresponde a mi TOC sheldoniano y
ancestral. Esta vez tenía claro que ese aspecto iba a ser distinto y, ya de
vuelta y haciendo memoria de todo lo visto y vivido, creo que puedo decir que
lo hemos conseguido. No penséis que lo planeo y calculo todo escrupulosamente
–la esencia de estas cosas es también desconectar y dejarse llevar– pero me
gusta controlar algunos detalles antes de salir, lo básico, estudiar un poco la
zona, mirar mapas, revisar recomendaciones, apuntar ideas, lugares, opciones,
etc. Y no se me da mal, eh. Manejo tan bien estos preparativos que hasta clavé
exactamente la fecha en la que me iba a venir la regla. Sí, correcto, los
mismos cuatro días que duraba el viaje. Como dicen en Asturias: ¡Ye lo qu’hai!
Ironías aparte, lo hemos
pasado tan estupendamente que la pena de volver ha sido grande y gorda. Si
habéis estado por allí sabéis de lo que hablo. Cierto es que para gustos los colores, y habrá opiniones de todo tipo. Quizás otros
pensarán que no es para tanto, pero tengo que decir que, entre otras cosas, yo
soy una motivada de la vida, y antes de cada aventura en mi cabeza ya es la
repanocha. Cuando vas con esa predisposición natural a que todo te flipe es
complicado que no sea así, y a mí el norte de España me flipa. Eso también
facilita que los pequeños baches que puedan presentarse en el transcurso de los
días no te fastidien más de lo imprescindible; en otras palabras: ‘cuerpo de
vacaciones, mente de vacaciones’. Tranquilidad, brisa marina, sidras y, en mi
caso y por eventualidades, ibuprofeno de 600 mg.
El caso es que llegamos una
tarde nubosa, con chubascos esporádicos y viento bendito, que nos supo a
gloria, soltamos las maletas en el hotel y nos fuimos a dar el paseíto de rigor
por San Lorenzo. Bajar a la playa a esas horas era ya imposible, estaba la
marea bien arriba y llegaba el agua hasta casi derramarse sobre el muro del
paseo –imagen que es siempre un espectáculo sensacional para mis ojos de
secano–; había tres veteranos autóctonos, flotando distendidos junto a una de
las escaleras de bajada, que me dieron mucha envidia. Después de un ratito
respirando ese aire tan salubre decidimos seguir disfrutando de las vistas pero
con una copa en la mano y tras los ventanales del Varsovia. ¡Qué calma más
abrumadora! Qué felicidad.
La única visita guiada que
concertamos fue la de la Universidad Laboral, un conjunto arquitectónico
verdaderamente impresionante emplazado a unos 3 km del centro de la ciudad, por
la zona de Cabueñes (el autobús L1 te deja en la misma puerta, una maravilla si
vas por la vida tirando de piececitos). Por lo que nos contaron se empezó a
construir a finales de los años cuarenta con idea de ser orfanato y centro de
aprendizaje para los hijos de los mineros fallecidos, pero luego fue pasando
por varias manos y etapas hasta que el Principado de Asturias comenzó las
tareas de rehabilitación y recuperación en 2001. La historia es bastante más
larga e interesante, y tiene datos tan jugosos como los 130 metros de altura de
la torre (a la que, por supuesto, subimos, 17 pisos, ¡ojo con el vértigo!), la
cúpula elíptica de la iglesia, que es la más grande de Europa, o la extensión
del edificio que, con sus 270.000 m2 es el más grande de España. Si os pica la
curiosidad hay alguna que otra página, además de Wikipedia, que ilustra bastante
bien el tema. En resumen: una delicia para la vista. A mí me recordaba,
salvando las distancias, al entorno de El Club de los Poetas Muertos, incluso
al castillo de Hogwarts (sí, ya os dije que me flipo mucho, pero es que es para
verlo, impresiona tela marinera). Me hinché de hacer fotos, huelga decirlo.
Donde verdaderamente fundí
la batería y casi la memoria del teléfono fue en el Jardín Botánico Atlántico
–abro inciso aquí para decir que compramos la entrada conjunta a la universidad
y al botánico, que esta última puede realizarse a lo largo de un año y que el
precio es insultantemente barato–, que está justo enfrente, cruzando la
carretera. Nos dieron un mapa, una previsión de dos horas de recorrido y una
sonrisa. ¡Y a la aventura! Me cuesta mucho hilar frases llegados a este punto
–ya sabéis, trombo de verde–, sería más fácil ilustraros directamente con
fotos, pero esto intenta ser una crónica, no un catálogo de plantas (aunque ya
os digo yo que con todas las que hice tengo para confeccionar mi propio
herbario).
Creo que lo más acertado que
puedo decir es: fantasía pura. Había una parte de huerto con árboles frutales y
otros arbustos de menor talla, estanques, riachuelos, pasarelas de madera y
carteles identificativos en todos los rincones, lagartijas, caracoles,
pececillos, insectos varios y aves del norte. En algún momento, sin saber cómo,
nos dimos cuenta de que nos había tragado el bosque cantábrico. Las copas de
los árboles tejían su propio techo sobre nuestras cabezas; una lucecilla tenue
y neblinosa se colaba de vez en cuando entre las hojas de hayas y carbayos
recordándonos que, aunque lo pareciera, no era de noche; ignorábamos las flechas
del camino porque las xanas nos tentaban con sus juegos misteriosos para
perdernos por rincones poblados de viejos troncos y enormes raíces; flotaba
magia en la atmósfera y nenúfares bajo el puente. Era como perderte en un
cuento, un cuento de los bonitos. De verdad. Y cuando llevas mundos paralelos
en la azotea y en la mochila, como yo, no te hace falta nada más.
Lo pasamos genial. Disfruté
como una enana y casi tienen que sacarme a rastras de la tiendecita de
recuerdos, donde todos los souvenirs tenían que ver con la flora y fauna
autóctonas (¡qué raro!) y hacían que decidirse fuera una auténtica odisea. Pero
ya empezaba a haber hambre y no había discusión posible. ¡Qué comida la de
aquel día! Me estoy acordando ahora. Fuimos a un sitio que se llama La Bolera y todavía me relamo al pensar
en el platazo de bacalao con pisto que me metí entre pecho y espalda. Y en el
arroz con leche, y en los frixuelos rellenos de arroz con leche también. Sí,
esa comida fue de las mejores (si es que hubo alguna mala). Y sí, hubo cachopo
y sidra –la duda ofende–, todo tuvo su momento. El pulpo, el pastel de
cabracho, el bonito, los cachopines, el cabrales, un tataki de atún rojo con
garantía de origen y código QR de trazabilidad (no me digáis que esto último no
es para fliparlo con fundamento)… Y lo de las sidras lo he dicho ya ¿no? ¡Ay,
las sidras! Qué bien entran a cualquier hora del día. Tienes que tener un
cuidado… ¡Sobre todo si vas conmigo!
¡Si es que no hay recuerdo
malo (quitando los estertores ováricos que combatía a fuerza de voluntad y antiinflamatorios)!.
Fuimos otro día al Acuario de Gijón –una chulada en la que también hubo
reportaje fotográfico y donde nos divertimos bastante huyendo de las familias
con niños e intentando buscar una explicación científica al reventón espontáneo
que pegó el cristal de la esfera de mi reloj cuando teníamos la cara pegada al
cristal de las mantarrayas–; y otro al Museo del Pueblo Asturiano –varias plantas
con exposiciones, antiguos hórreos en los que se detenía el tiempo al entrar y
una charca perfecta con su bioma y sus adorables patos (me vuelvo loca con los
patos, ya lo sabéis).
No nos dejamos atrás la
subida al Cerro de Santa Catalina con su Elogio del Horizonte –al que muchos
llaman, muy juiciosamente, el váter de King Kong– y sus imponentes vistas.
Gustosa me habría quedado tumbada en la hierba hasta que un rayito perdido de
sol me hubiera frito a las tres de la tarde. ¡Qué paz se respira en las alturas!.
Es tan distinto de toda mi vida que me llena los pulmones hasta quemarlos de
serotonina y sal. ¡Claro que se me va con las metáforas! Como para no. ¡Ay,
Asturias! ¡Ay, Gijón!
Iba yo penando por las
calles de Cimavilla a escasas horas de la irremediable vuelta al epicentro
ibérico, cuando nos topamos con una calle corta pero amplia que sin saberlo
contendría una triada maravillosa que pondría la guinda a cuatro días
increíbles: una papelería creativa, una librería antigua y una acogedora
tiendecita de té. Por el rabillo del ojo intuí una gota de sudor frío resbalar
por la frente de mi contrario a la vez que miraba
disimuladamente el reloj, buen sabedor de lo que se avecinaba. Yo, por mi
parte, parecía que me había tragado una percha, feliz como una perdiz, dichosa
y frenética como un niño con sobredosis de azúcar, nerviosa y todo como la
buena enferma de los libros y los papeles –y desde hace un tiempo también las
yerbas y las teteras– que soy. ¡Qué ilusión más grande! Bueno, ahorro detalles,
si subís por la zona ya os daré direcciones y más datos. Pero permitidme al
menos que diga que me fui de allí con un canuto de papeles para encuadernar, una
caja metálica de postales vintage, un saquito de té irish breakfast, un libro
sobre Don Pelayo y otro de Eduardo Galeano. Y casi perdemos el tren, claro.
Pero a mí que me quiten lo bailao (y
lo comprao).
Al teclear estos párrafos
rememoro cada momento hasta casi poder tocarlo de nuevo. Es una sensación tan
intensa como fugaz y me encanta saborearla sólo con evocarla en un pensamiento.
Ahora tengo la tentación urgente de dejarme llevar por nostalgias, olores y
calles estrechas con fachadas azules sobre las que se escribe la historia de un
pueblo. Me pasó exactamente lo mismo cuando, sentada en el vagón de turno, me
negaba a asumir que ya se había acabado todo, y supe que era el instante
preciso para terminar con una sonrisa de resignación mi cuaderno de viaje.
‘Nos
vamos ya, Señora de los Verdes. Atrás quedan tus frondosos valles, tus casitas
de colores salpicadas por la montaña, enclavadas en la tierra como flores
norteñas nacidas de tu vientre fértil de raíz y mineral, tus muros de piedra
gris peinando la yerba que aplasta las vías del tren, tus playas de arena
rubia, tu sidra, tus carbayedos, el latir verde de tu sonrisa, tu brisa con
melodía atlántica. De los borreguitos de tu Cantábrico aún tengo salitre en los
labios. Qué pronto te acabas, Asturias. ¡Ye lo qu’hai!’.
Volveremos siempre.
RAV



No hay comentarios:
Publicar un comentario