¿Te has enamorado de verdad al
menos una vez en tu vida? ¿No te pasa que, si te paras a pensarlo, has perdido
la cuenta de tantas veces y que, al echar la vista atrás, a menudo te sonríes
pensando que ésta es la definitiva y verdadera? ¿Y qué eran las otras? ¿No eran
tan sinceras? ¿Eras una persona inmadura y volátil? ¿O quizás más tonta y
confiada? ¿Eran otros tiempos? Quién sabe. Yo me he enamorado miles de veces,
de personas, de cosas, de momentos. A diario. Y es apasionante, embriagador y
adictivo. Al menos mientras dura, ¿no? ¡Carpe
diem! ¡Tempus fugit! Ya sabes…
Ahora mismo estás pensando –y con
razón–
que voy a soltar una parrafada de padre y muy señor mío sobre el amor, las
relaciones de pareja y todo eso. ¡Qué pereza! Algo de poesía me puede salir si
necesito desahogarme, pero no tengo yo el cuerpo hoy para novela rosa. Lo que me
araña las mientes con denuedo es la intensidad. El devorar la tarta de queso
con los ojos antes que con la cuchara –en
unos segundos quizás te arrepientas (o quizás no), pero ¡cómo han
disfrutado todos tus sentidos!–. El arrancar con nervios y premura el
envoltorio de un regalo –qué más da que pueda no gustarte, ¡es un misterio!– o la
ropa a tu contrario, o unos versos a un extraño. El primer trago de la primera
cerveza; el abrazo que das a un amigo borracho –o sobrio, u olvidado, al que
tal vez llevas sin ver años–; el, de puro gusto, morderte los labios. El vivir,
el resbalar, el arriesgarse a respirar. El crudo y desnudo sentir. La pintura
fresca en la pared, los montones de hojas secas, la brisa del bar –sí, ¿por qué
no?– y el acuciante aroma de la libertad.
¿Has sentido eso? Es como una
vibración fugaz. Escribir da un gusto insospechado, leer también. Tuve un
amante alemán (¿alguien sigue usando esa palabra?) que solía decirme que leyera
despacio, que paladeara cada palabra, cada coma y cada verso sin prisa, que así
encontraría incluso un significado distinto al de la primera lectura. Siempre
supe que estaba como un cencerro, pero siguiendo su consejo descubrí una nueva
gama de sensaciones nada desdeñable. Podía notar el chispazo al leer, al
acariciar las letras en mi mente… podía notar la electricidad. Es algo
maravilloso, mágico, y nada fácil de conseguir. Yo no sé si transmito tanto,
pero intentarlo es verdaderamente delicioso. Y llega a convertirse en un
círculo vicioso, una espiral que se retroalimenta constantemente y de la que no
te cansas, porque te mantiene vivo. ¿Estoy hablando sola? ¿Me he ido por los
cerros? Tal vez. Pero esto es lo que te digo. Si lo siento lo escribo, la
intensidad es gloria, y vuelve a ti y a mí y a cada pieza del tablero a través
del oxígeno y de los momentos, y si está en el papel no morirá nunca. Será
imperecedera, imperturbable, inmarcesible. ¿No te parece alucinante? Es como
ese mosquito conservado en ámbar, mirando pasar las nubes y los milenios sin
pestañear. Un pequeño tesoro resguardado del avance inexorable del tiempo, que
ni siente ni padece y que, sin embargo, ahí está.
Por eso escribo cartas. ¡Clic! ¡Clac! A
golpe de tecla las historias se dispersan, la tecnología lo invade todo y un
agujero negro de absurdo caos traga y escupe prosa barata en redes sociales y
pantanosos rincones que nadie visita. Pero hay una manera de sobrevivir al
deshielo y a las plagas, a la caída de la bolsa y a la estupidez humana, hay
una manera de seguir viajando aun cuando tus piernas son ya raíces secas que ni
insuflan vida ni agarran la tierra, hay una manera de vivir cien vidas y contar
cuentos a los niños que nunca conocerás. Escribir una carta. O mejor aún,
muchas. Papel testigo y confidente, que viene y va y vuelve a ti con renglones
de tinta cargados de paisajes, de nostalgias, de llantos y de risas, de intrigas,
de alegrías, de paz y de nervios, de letanías. Cartas de amigos, o de familia,
o de un amor… de un amor. ¿Has recibido alguna vez una de esas? Y aun así eso
no significa que no puedas escribirla tú. Lo sabes, ¿verdad? Por qué negarse
tal dicha. Eso pienso.
¡Ay, la vieja correspondencia escrita
a mano! Qué fantástica me pareció siempre. El suave crujir de las hojas al
desdoblarlas, su tacto de aventura y celulosa, el ufano latir del corazón desde
que encuentras el sobre en el buzón hasta que devoras la última línea. Nadie
debería pasar por la vida sin haber experimentado eso. Yo escribo cartas desde
que tengo uso de bolígrafo, y me fascina tanto enviarlas como recibirlas. En
serio, deberías probarlo, anímate, es algo genial. ¿Qué puede salir mal? ¿Que
no llegue? ¿Que se pierda por el camino? ¡Vaya! Pues, ahora que lo dices, sí. Sólo
se me ocurre un desagradable riesgo y es ése. ¿Te imaginas que después de todo
el tiempo, cariño y esfuerzo empleados, esa misiva nunca llegue a su destino?
Da sensación de abismo ¿verdad? Un poquito de vértigo, puede. La de vueltas que
vengo dando para llegar a esto. Al pecho del volcán. A las historias perdidas.
Hace años mandaba cartas a Argentina.
La primera no llegó jamás –a las manos correspondientes, me refiero, al país imagino
que sí–, ni la segunda, ni la tercera. Empecé a mandarlas certificadas y
urgentes y, aun así, para conseguir que se hiciera la magia tenía que ponerme
en contacto con el destinatario y darle el número de seguimiento para que él
mismo fuera a la oficina más cercana y, con su documentación y ese número,
preguntara por su correspondencia (y a veces ni por esas). Ciertamente
irritante e inexplicable, ¿verdad? En territorio nacional no me había pasado
todavía, hasta que me pasó, claro. Y, ya sabes, sólo tienes que darme una
excusa para…seguir escribiendo.
¿Te has parado a pensar en todo lo que
conlleva? ¿Es una carta que se pierde y ya está? ¿Como papel mojado? Te olvidas
y punto, supongo, si tienes esa facilidad. Pues no me ha tocado a mí esa
suerte. Muy al contrario, me desazona pensar qué habrá pasado, quién la tendrá o
dónde estará, si arrugada y olvidada en un almacén polvoriento o sucia y
pisoteada en un charco en cualquier acera. O rota, o raída, o abierta. O ajada,
leída y revuelta por retinas y manos ajenas. ¡No hay manera de saberlo! Una
incertidumbre malsana me sube por el cardias, me indigno, me da pena y rabia,
de las letras huérfanas, de las anécdotas perdidas, de la parte de ti que has
puesto en ese papel y que vagará para siempre en la nada, como si nunca hubiera
existido…como si nunca se hubiera escrito.
Me pongo intensita, lo sé. De eso
vengo hablando todo este rato, sólo por una carta, por unos cuantos versos, por
todo lo que para mí significa. Ya ves que no es poco lo que hay detrás. Y te
diré que esta última al final apareció –profanada, por supuesto–, y que no hay
dinero que pueda pagar eso ni certificados que valgan. Quizás estaría bien
poner un poco más de cariño y empatía cuando se llevan trozos de vidas en la
mochila –a lo mejor algún día me toca
hacerlo a mí y me echo a los hombros esa bonita responsabilidad–, pero para la
crítica y los sarcasmos me dejo otros párrafos y otro momento, hoy me quedo a
gusto con esta reflexión. Si algún día te aburres, escribe una carta. Si algún
día te enamoras, escribe una carta. Si algún día te echas de menos, escribe una
carta.
Y si se pierde, no dejes de hacerlo
hasta saturar los buzones.
RAV

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