Tenerife es una
isla del océano Atlántico perteneciente a la Comunidad Autónoma de Canarias
(España). Junto a La Palma, La Gomera y El Hierro conforma la provincia de
Santa Cruz de Tenerife.
Eso y algunas cosas más dice si le preguntas a la Wikipedia, si me preguntas a
mí te diré que soy una gran ignorante de la vida y que, no obstante, después de
dos días y medio en sus tierras puedo definirla como un paraíso para los
sentidos. Soy bastante mala con la geografía desde siempre –no voy a reconocer
hasta qué punto, pero en mi defensa alegaré que me vuelco en investigaciones
cuando visito ciudades nuevas y también a la vuelta del viaje–, por lo que
mantengo la sana costumbre de pillar un mapa en cuanto aterrizo. Me gusta
marcar los sitios por los que pasamos y tener la consciencia e imagen mental de
dónde estoy ubicada en cada momento sobre el planeta Tierra, y así de paso
relleno esos huecos que hay en mi cabeza, capitales, provincias y demás. Siendo
más sincera todavía tengo que añadir que nunca me había llamado especialmente
la atención esta isla (ninguna, en general, manías tontas de persona poco
viajada), pero de eso también me han curado allí.
¡La
de cosas que he aprendido! Aparte de las fotos, los momentos y todos los
recuerdos que eso conlleva, lo que más me gusta es lo que aprendes en cada
parte del mundo. Para empezar, que la historia cambia por completo si vas de la
mano de guías autóctonos, y si estos son amigos no podrás pedir más ni comer
mejor. Que todo el mundo conoce las papas
arrugás y el mojo, pero yo ahora
puedo decir que el gofio, el almogrote, y el barraquito especial están de vicio también. Y la carne de cabra, y
la mermelada de guayaba, y los juguitos de naranja y papaya. ¡Y los vinos!
Entran que da gusto y no sabes cuándo parar. Huelga decir que el gastroturismo es una parte muy
importante de nuestros viajes. Para hacer frente al bucle interminable de
curvas y revueltas que te llevan al Teide hay que llenar bien el buche y engrasar
la maquinaria. Especial buen recuerdo guardo del restaurante “Aguamansa” –en La
Orotava, ojito con Miguelito y su espirituoso casero de romero que se te mete
en el alma y te tersa la piel, citando sus mismas palabras–, la tasca de
“Tocuyo” –donde las paredes están llenas de frases, versos y chistes varios, y
es costumbre tirar las cáscaras de los cacahuetes al suelo–, y el guachinche “El Paraíso” –en San
Cristóbal de la Laguna, igual que el anterior, donde pudimos degustar no pocos
platos y bebidas típicas que hicieron las delicias de nuestro paladar. Rincones
que ya tengo apuntados en mi agenda para la próxima incursión, además de todos
los que nos quedaron por visitar.
También
he aprendido palabras y expresiones, riqueza cultural que no sé si todo el
mundo valora, pero que a mí me encanta. Los guachinches
son bares o restaurantes donde te sirven comidas y vinos típicos de la zona,
que se originaron en los mercadillos que hacían los ganaderos y agricultores
antaño con sus productos, algunos se hicieron legales y otros…ahí están. A lo
que nosotros llamamos chirimiri o chispear (harineando en mi pueblo), ellos lo conocen como chipi chipi. Luego están los magos, que he visto que tiene varias
acepciones, pero la que a mí me explicaron consistía en gente de pueblo, muy de
campo, tosca y con la cara roja, de trabajar bajo el sol y también de cerrar
algún que otro bar al terminar la jornada. Agüita
es una de mis favoritas, es para mostrar sorpresa ante algo, aunque tiene mucha
versatilidad, por los contextos en los que yo la he escuchado podría ser para
los canarios lo que “no ve” para los malagueños, “sipote” para los cordobeses,
“ahí va la hostia” para los vascos, o “vaya tela” para el resto de la
población. Se me quedan muchas en el tintero, pero como pienso ir más veces ya haré
un glosario en condiciones.
De
los paisajes qué puedo decir. Contraste de temperaturas y accidentes
geográficos en cuestión de pocos kilómetros. Tengo fotos que recuerdan a isla Nublar, otras que te transportan a
algún capítulo de Doctor Who en las
tierras de Marte, y otras en las que puedes revivir más de una escena de Perdidos. Cada imagen acompañando a
silencios y exclamaciones que se suceden y apelotonan en un vórtice constante
con el Síndrome de Stendhal como
protagonista. Es mi manera enrevesada y romántica de decir que lo flipé bastante,
que me encantó, que allí se puede respirar y desconectar. ¡Que volveremos! Con
menos lluvia, espero, para poder subir en condiciones al padre Teide, y con más
tiempo, para todo lo que se nos ha quedado a medias. Desde luego, dos días y
medio en Teneriffa, como dicen los
guiris, es como dejarte con la miel en los labios.
Tenía
la intención de escribir unos párrafos en orden cronólogico, con listas de
lugares visitados y restaurantes que valorar en tripadvisor, pero luego me he dado cuenta de que esto no es un blog
de viajes ni yo soy una trotamundos profesional, así que me quedo tan a gusto
con mi reseña tinerfeña a modo de diario personal. Justo ahora, releyendo desde
el principio, me percato también de que no he contado la aventura con el coche
para llegar a la T4, que casi nos hace perder el vuelo a la ida, y luego la
hora de retraso por el cambio de avión que nos hicieron, ya que el nuestro
había dado no sé qué problema en la revisión de seguridad. Gajes de los viajes
y de los vuelos, aventurillas éstas rematadas por otra hora de espera en
Tenerife Norte al llegar, por no sé qué cambio de la ruta en el autobús que
traía a nuestro anfitrión desde Tacoronte para recogernos. Debo decir que las
seis horas largas de ayuno que casi sumen a mi estómago y mi espíritu en
depresión profunda, se vieron gratamente compensadas por el “faro especial” que
nos metimos entre pecho y espalda con un juguito de naranja y papaya en cuanto
estuvimos en manos del guía local (godo
de nacimiento, guanche en funciones).
Todo
eso puede dar para otro post, otro día quizás. Hoy lo dejo aquí. Me llevo
momentos, lugares, risas, fotos, vino con
vino, leche y leche, postales y souvenirs,
recuerdos geniales y la firme promesa de volver pronto para no dejar nada sin
ver y sin hacer.
RAV

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