viernes, 10 de abril de 2015

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Ayer,
a estas horas,
aún me quemaba la piel
cada roce de tu boca.
Sin querer mirarte a los ojos
porque no me abrieras el alma,
me aferraba a tu cuerpo
como a la última esperanza.

Atravesado a quemarropa
llevaba un nudo en la garganta,
que infeliz quise disimular
con una sonrisa falsa.

Qué difícil soltarme de tu mano,
dejarte atrás y seguir caminando.
Triste batalla librándose en el pecho
donde siempre lucha un sólo bando.

Resoplan enfrente los trenes
y murmulla el gentío.
Yo arrastro mi maleta
con tu recuerdo en las sienes
y mi corazón en el bolsillo.

Con billete y sin destino,
y una última mirada,
con la marca de tus labios
a fuego en los míos grabada.

Otra vez me voy.
Otra vez  te dejo y me parto en dos,
y me golpea el vacío sin compasión.
Otra vez
cuatrocientos cuarenta y siete kilómetros
entre tú y yo.



RAV

viernes, 20 de marzo de 2015

Destierro


Desempolvando el baúl de los versos apócrifos he encontrado algunas cositas como ésta. De esas que escribía quién sabe cuándo ni por qué. Sin fecha de ida, pero adonde siempre puedo retornar.


"Dentro de la carne
volverás a sentir
el vacío inhabitable
y los sudores de la sangre
palpitando por salir.
Los sueños enquistados,
que se cansaron de huir.
Y en un rincón, aletargado,
eximido de vivir,
el aliento perdido
de un corazón exiliado.
De agonías impedido,
de traiciones agrietado,
mortecino su latir.

Miedos de medianoche
en la sarcástica oscuridad, 
dos sombras sin nombre
dibujando la soledad.
Una el amor frustrado,
otra la libertad".


RAV

sábado, 14 de marzo de 2015

PROSIGUE EL MISMO ESTADO DE SUS AFECTOS


Un soneto de Don Francisco, que me apetece hoy.


"Amor me ocupa el seso y los sentidos:
absorto estoy en éxtasi amoroso,
no me concede tregua ni reposo
esta guerra civil de los nacidos.


Explayóse el raudal de mis gemidos
por el grande distrito y doloroso
del corazón, en su penar dichoso,
y mis memorias anegó en olvidos.


Todo soy ruinas, todo soy destrozos,
escándalo funesto a los amantes,
que fabrican de lástima sus gozos.


Los que han de ser y los que fueron antes
estudien su salud en mis sollozos
y envidien mi dolor, si son constantes".

domingo, 1 de marzo de 2015

LA DIALÉCTICA DEL JOVEN PADAWAN






Nunca me han llamado la atención los niños, no se me dan muy bien que digamos, me nace más instinto maternal con una camada de hurones hambrientos que con un bebé recién nacido. Las cosas de la vida.


Pero esta mañana, dando un paseo por el campo con la familia, me he entretenido charlando con Juanito, uno de mis primos pequeños, de ocho añitos, y me ha dejado pensando. Quizás no esté todo perdido, a lo mejor queda alguna esperanza para este mundo. ”¡Esos locos bajitos!”.


Es un renacuajo con carilla de duende travieso, de semblante tranquilo pero avispado y sagaz. Pregunta algunas cosas, y sabe muchas más, eso sí, nunca revela sus fuentes el muy truhán. Te gana por su sinceridad y sus ganas de aprender cosas. Durante el camino le he explicado lo que era “pegarse un topetazo” y “coger una liebre”, y hemos identificado a un ratonero bodeguero andaluz, un bretón español, un asno andaluz y uno zamorano-leonés (aprovechando que íbamos por el campo he barrido para mi terreno, por si algún día le llama la vocación, que nunca se sabe). Él no se sorprende por nada de lo que le dices, pero absorbe con todo detalle la información que le das. Es una esponja increíble.


La que no ha parado de sorprenderse he sido yo. Normalmente se me caen todos los palos del sombrajo cuando lo escucho hablar (se expresa de una manera muy correcta e impropia de los niños de su edad, con una pronunciación y unas palabras que dejan anonadado a cualquier adulto, y todo ello con una seguridad pasmosa), pero hoy, además, he alucinado con el tema de la conversación: la guerra de las galaxias.


Cuando piensas en el salto generacional de veinte años que hay de por medio te das cuenta de que la cosa tiene su miga. Y más o menos fue ésta:

-  ¿Pero cómo vas a conocer tú “La guerra de las galaxias”, Juan?. Si eso es más viejo que yo. -   La guerra de las galaxias, también conocida como Star wars- dice  sin inmutarse. 
-   Eh…sí, claro- intento que no se note que estoy alucinando en colores. 
-   Sale uno que es muy malo y dice “yo…soy…tu padre”- y para resultar más veraz pone voz de señor oscuro.
-   Ese es Darth Vader.
-   Sí, eso, Darth Vader. Y su hijo es Luke. Y también hay uno que es el que más sabe de todos y es de color verde, Yoda. 
-  Ajam…-yo sigo alucinando-. ¿Y sabes cómo se llama el “cuartel general” de Darth Vader? 
-  La estrella de la muerte- me dice, y se queda tan pancho.
- ¿Y si no has visto las películas, cómo sabes todas esas cosas, Juanito? 
-  Porque he visto la película de Lego.


¡Así que era eso! Como diría el gran detective Ford Farlaine: “te cagas, Moragas” (qué capacidad para absorber y retener información). Todavía seguimos un buen rato más hablando y debatiendo sobre el tema, y hasta tuvimos, a petición del joven padawan, una simulación de pelea con espadas láser imaginarias, que disfruté y perdí con toda la elegancia que pude. Me hizo tanta ilusión que le prometí que le regalaría las películas para que se terminara de documentar y hablara con más propiedad todavía, si es que eso es posible.


A la disertación friki siguieron otras conversaciones no menos interesantes, hablamos de animales, de música clásica, de lo cotidiano y del bien y el mal (el hilo de Darth Vader da para mucho). A ratos parecía murmurar cosas para sí mismo y moverse al son de una melodía que sólo él podía escuchar, así que no pude reprimir mi curiosidad y le pregunté qué cantaba o bailaba. Me respondió que cosas que él tiene en su cabeza. De repente , a mí que a friki no me gana nadie, se me ocurrió algo y le dije:

-   ¿Tú sabes quién es Sherlock Holmes?-   Claro, un detective.
-   No sé de qué me sorprendo. ¿Y cómo lo conoces?
-   He visto capítulos sueltos.
-  ¿De película o de dibujos animados?
-   De dibujos…
-   Ah…vale. Pues ¿sabes que Sherlock Holmes hace mucho esas cosas que haces tú de hablar contigo mismo? Lo llama su “palacio mental”, y allí se va a pensar en sus cosas y analizarlo todo.
-  Ajam- dice como distraído-. Pues en mi cabeza hay muchas cosas. Yo a veces pienso…y pienso cosas. Aquí – y se toca la cabeza con un dedo-, aquí dentro hay muchas cosas.




¡Vaya si hay cosas! ¡Ya lo creo que sí! Y espero que reciban los estímulos suficientes y adecuados para poder desarrollarse en algo maravilloso muy pronto. Después de la entretenida mañana divagando con el pequeño saltamontes, me quedé yo también en mi propio palacio mental. Qué buen rato y qué charlas más interesantes. Deberíamos dedicar más tiempo a disfrutar de estos imberbes insaciables que no se cansan de jugar ni de absorber conocimientos, ahora que son diamantes en bruto y que en su inocencia pueden ver el mundo con los mejores ojos, y con un poco de suerte,  dejarnos contagiar por esa alegría y por la sencillez de las pequeñas cosas,  que son las que dan la felicidad y las que en nuestras adultas vidas acostumbramos a olvidar.


Es más, deberían recetarlo los médicos: “una charla y media o cuarto y mitad de interacción filosófica con un niño tres veces en semana”. Tratamiento de por vida para enriquecimiento mutuo. Éxito garantizado. Alarga la vida. Testado emocional e intelectualmente.





Raquel Alcaide

lunes, 9 de febrero de 2015

De pasiones y letras



Tirante,
melancólica y jodida.
Hoy busco canciones
para arrancarme una espina.
Asideros
a los que encaramar el alma.
Llevarla hasta lo más alto
y, desde arriba, desplomarla.

Escribo a deshora
con tinta lasciva,
y lo hago sin motivo ni herida,
o quizás con demasiados.
Ni uno verdadero,
algunos suficientes,
bastantes olvidados.

Triste devenir
para un corazón cansado
y una mano valiente,
para el espíritu cobarde
que no se halla si no siente,
si no late desbocado
de los tobillos a la frente.
Que no cesa en su locura
y se enamora a diario,
iluso y ufano,
de las incertidumbres y miserias
del ser humano.

En las sienes mil batallas
que nunca terminan de librarse,
en los párpados, sueños y morralla,
discordia interminable,
te quieros y rencores,
abrazos amargos y seductores,
desidia
de última hora de la tarde.

De pasiones y letras
se me llenan los dedos.
Quién sabe cuándo escampará,
ni cuándo explotarán las minas.
Yo mientras tanto 
me contamino y  me bebo.




Raquel Alcaide

martes, 16 de diciembre de 2014

DE SANGRE, OVEJAS Y SUEÑOS EROTICOFESTIVOS




Comienzo a aficionarme a relatar mis historias empezando con una pregunta (ahora entiendo a los  monologuistas) y no sé si será bueno o malo, pero ésta es de necesidad, y si no ya me lo diréis. ¿Habéis ido alguna vez a donar sangre? Si sois buenos samaritanos imagino que sí ¿no? Y si habéis pasado la dura prueba del pinchazo en el dedo, no tenéis tatuajes ni más agujeros que los que vienen de fábrica, ni enfermedades infectocontagiosas como la gripe aviar o la estupidez suprema, y vuestras fornicaciones son siempre seguras, estables y dentro de la legalidad vigente, imagino también que os habrán leído otra lista interminable de cosas que no debéis hacer después de dejar que os chupen medio litro de sangre ¿cierto? ¿Las visualizáis? ¿Recordáis algunas de ellas?-esto de las preguntas se me está yendo de las manos-. Pues ya os digo yo que hay una que se les ha olvidado poner: Durante las 24 horas siguientes a la extracción es totalmente desaconsejable irse a una granja a inseminar ovejas.



Y es que, claro, si no se especifican las cosas la gente se vuelve loca y hace tonterías. Con lo contenta que estaba yo ese día, quién me iba a decir a mí el show que me esperaba. Por la mañana convencí a un amigo para que se animara a donar conmigo y, como era su primera vez, aproveché para cachondearme un poco y darle consejos de veterana (maldito karma). Luego me fui tranquilamente a casa, volví a comer y beber, me aseguré una siesta reparadora y me puse de nuevo en marcha hacia la facultad, donde tenía unas prácticas que hacer con unas ovejas y unos tampones que simulaban estar rellenos de hormonas.



Hasta ahí todo bien. Nada parecía augurar sucesos oscuros ni desgracia alguna. Mas, cuando empecé a subir con varios de mis compañeros la empinada cuesta que separa Mordor University de la granja experimental, noté cómo un súbito estertor intestinal me sacudía las profundidades así, sin venir a cuento, porque sí. Porque le vino bien, porque debió pensar que era un buen momento, porque el campo es de todos y qué mejor lugar para plantar un pino o para reventar como un ciquitraque en caso necesario, porque no había tenido tiempo en todo el día, porque se le había antojado manifestarse a las siete de la tarde, y sobre todo porque debió pensar que, como todo el mundo sabe, donar sangre te da ganas de cagar.



No os voy a deleitar con detalles escatológicos, aunque los que me conocen saben que me gusta y se me da bien (es la sociedad la que tiene un problema, no yo), sólo diré, para que os ambientéis, que terminando el último repecho del camino el sudor frío formaba parte de mi atuendo y que el pseudominibañocuadra de la granja no tenía luz ni papel ni pestillo, y no, no había dehesa ni bosque mediterráneo a cuyo follaje virginal acudir en busca de consuelo. Aguanté pues como una jabata los envites del temporal y me mantuve tan firme como pude.



Agradecí a los dioses que pasados unos interminables diez minutos la fuerza del lado oscuro dejara de presionarme y me permitiera centrarme en mi tarea reproductiva con las ovejas. Realmente no íbamos a inseminarlas, sólo a ponerles esponjas vaginales con hormonas para simular cómo sería una salida a celo programada, pero eso quedaba demasiado largo y el caso es que os hicierais una idea del asunto. Así que oveja para arriba y oveja para abajo, ahora me agacho, ahora me levanto, sujeto a la oveja y le doy media vuelta y si hace falta le hago un placaje, corre, salta, brinca, mete tampón, si la oveja aprieta tú empuja y si la oveja empuja tú aprieta, y saca tampón, y sécate el sudor (todo esto con la musiquita de Benny Hill).



Tras la entretenida parte práctica nos esperaba un pequeño receso teórico en una parte contigua de la nave, y allá que nos fuimos a escuchar pacientemente la lección. Llegados a este punto, y para que podáis entender, valga la redundancia, todos los puntos y comas de la anécdota, debo aclarar varias cosas. Primero, que mi cuerpo, con las reservas de hemoglobina seriamente afectadas, se había visto recientemente sometido a un esfuerzo titánico de represión esfinteriana para no liarla parda y, poco después, se había puesto a revolear ovejas como si fueran peso pluma. Y segundo, y no menos importante, que mis sistemas nervioso y hormonal andaban bastante revolucionados por la presencia de un profe de prácticas cuanto menos encantador al que yo tenía en mi pedestal particular.



Dicho esto y volviendo al meollo, allí estaba yo, de pie entre mis compañeros, firme y solemne, intentando bajarme de la nube y prestar atención a las palabras que salían de la boca de ese hombre tan adorable, con esos ojos azules y esa sonrisa arrebatadora, que hasta el mono y las botas le sentaban bien. Y venga a mentar hormonas, y procesos fisiológicos y reproductivos, y venga a mentar fármacos inyectables y tamponiles, y venga a... En cuestión de un milisegundo sentí un escalofrío y un sudor más frío todavía que me bajaba por el cogote, me quedé mirando fijamente al adonis veterinario que en ese momento sostenía un botecito sobre el que nos estaba hablando, se me nubló la vista hasta el negro oscuro y me fui hacia adelante como si hubiera cogido un ciego de caballo en plena feria de mayo (en un intercambio de opiniones posterior me enteré de que había parecido un zombie de los del Thriller de Michael Jackson). Recuerdo vagamente que el buen hombre, al ver que me tiraba literalmente encima de él (juro por los dioses que, aunque agradable, no fue intencionado, en todo caso la fuerza del destino) dijo algo así como “vaya, pues si que tiene interés esta chica en el botecito”. Después me terminé de desmayar de alguna manera y me tendieron en el suelo repleto de cagarrutas de oveja (sí, muy romántico).



Aunque para romántico mi despertar. Tras unos segundos en los que perdí el conocimiento, una amiga que reaccionó rápido me puso los pies en alto y la sangre me volvió a la cabeza como una feliz bofetada. Parpadeé apenas y me encontré al príncipe de Beckelar mirándome con ojillos tiernos y sonriéndome, con la mano apoyada en mi frente: “¿Estás bien?”. Responder a eso con la verdad habría sido delito seguro. Desde luego no era la idea que había alimentado en mis sueños erótico-festivos, pero a falta de pan…Me sentí abrumada y avergonzada, además de hipovolémica. Todo el grupo me miraba expectante, otra de mis amigas me había abierto el mono de trabajo hasta la cintura pensando que me asfixiaba (menos mal que tenía ropa debajo), el profe adorable no me dejaba levantarme, y lo peor de todo es que mi primer pensamiento post-pájara había sido “por favor, por todos los orcos de Mordor, que no se me haya ido el esfínter”.



¡¡Qué vergüenza!! ¡¡Tenía ganas de gritar eso de “Si me queréis, irse”!! Afortunadamente no me había ido de varetas, pero la situación era digna de un sketch de La Hora Chanante: yo despatarrada y despechugada en el suelo, “el Arrebola” (mi príncipe Encantador) frivolizando con frases tan acertadas como “Ey, pues ahora que estás así podíamos aprovechar y ponerte a ti las esponjas…”, una de mis amigas floja de la risa, la otra atacada de los nervios, y a mí lo único que se me ocurrió para salir del paso fue dirigirme a mi amigo el primodonante para decirle “Y el hijoputa éste, que está más chupao que la pipa de un indio, dona por primera vez y no le pasa na’, y a mí que estoy bien criá va y me da un chungo, hay que joderse”.



Menuda estampa para un cuadro. Un rato después, cuando me volvió el color a la cara, me ayudaron a levantarme y me trajeron una silla. El resto de la clase teórica la pasé mirando a un punto fijo que quedaba a la altura de mis ojos, no diré qué era para no escandalizaros, pero pensad mal. El apuesto rubiales dio prácticamente lo que quedaba de clase mirándome con especial interés y preocupación paternal, yo por mi parte intenté concentrarme en no derramar demasiadas babas. Y al término de la misma se acercó, servicial y correcto, a preguntarme si tenía coche para volver a casa. Llamadme loca, pero yo en ese momento me moría por contestarle “No, y si lo tuviera le rajaba ahora mismo una rueda. Móntame en tu caballo, príncipe de Beckelar”, de hecho, se lo pensé a la cara. Lamentablemente sí que tenía coche (gracias José Antonio, eres un buen amigo), mi gozo en un pozo, pero me quedé con aquella sonrisa de recuerdo y con unas estúpidas ganas de suspender la asignatura para tener que repetir las prácticas con mi caballero andante.



Así que, ya sabéis, si vais a donar sangre tened cuidado, que por menos de nada acabáis, sin saber cómo, con las patas para arriba y de mierda hasta las trancas. 




Raquel Alcaide