jueves, 29 de marzo de 2012

De autobuses urbanos y otras movidas


No sé quién inventó la sauna pero, desde luego, el autobús urbano es la forma más moderna y menos elegante que conozco de perder tres kilos en medio minuto. Pura deshidratación corporal y, por qué no decirlo, social. Porque entre tanta masa humana y sudor obligado no sólo se respira lo que queda de oxígeno, sino también lo que sobra de estupidez. Que podría llamarlo ignorancia y quedar tan bien, pero sería una falta de honestidad por mi parte y, las cosas claras y el chocolate espeso, esa chica era estúpida.

De tantos comentarios, cuanto menos curiosos, de personajes anónimos y en situaciones cotidianas que puedo escuchar a lo largo del día hay algunos que, inevitablemente, me hacen sonreír. Otros, fruncir el entrecejo o torcer el gesto. Los mejores me sacan una mirada furtiva y cómplice incluso, y los peores casi me indignan, cuando no lo consiguen por completo. Éste que voy a referir fue, hablando coloquialmente, un auténtico puntazo (nótese la ironía).

En la lata de sardinas en que se había convertido el autobús había un grupo de chicas que, por lo que pude deducir, estudiaban Historia (me aventuro a pensar que no tendrían más de dieciocho años, porque de otra forma la cosa me hubiera parecido bastante más grave). Charlaban sobre los trabajos que tenían que hacer en Semana Santa y los exámenes que les esperaban a la vuelta misma (indignadas cual estudiante de veterinaria de septiembre a septiembre, me vais a permitir la patadita). Y entonces escuché el chiste más bueno de la historia, valgan todas las redundancias que se os puedan ocurrir, cuando una de ellas dijo “Pues yo estoy apañá, a ver cómo lo hago, que me han mandado un trabajo de espías, no lo entiendo”. A lo que, comprensible y campechanamente, con férreo autoconvencimiento, respondió su compañera “Ya ves tú, ¿qué tendrán que ver los espías con la Historia?”. Que cada cual saque sus propias conclusiones. A mí, personalmente, se me cayeron todos los palos del sombrajo.

Pero las anécdotas humorísticas (entiéndase del reír por no llorar) no iban a quedar ahí. Aunque la pintoresca situación que vino después me tocó bastante más la moral, por no decir que me despertó los más nobles y primitivos instintos del “como me líe a palos me quedo solo”, y ya lo he dicho.

Al bajar humeante de la incubadora de pollos tuve que sortear por la acera a un grupito de felices adolescentes franceses que caminaban zigzagueantes con coronas de cartón del Burguer King en la cabeza y el pavo habitual de la edad. Ya en ese momento algún resorte en mi cabeza  hizo “clic” pero, optimista de mí, no quise darle mayor importancia hasta que, cómo no, sentí el retumbar de su eco cuando al ponerme en la cola para comprar el ticket escuché la avalancha de guiris que se cernía sobre mí. Lo suyo hubiera sido detrás de mí, pero no, nada de detrás. Sobre, encima y tal que así. Veinte niñatos de pies grandes y ese acento que parece que te van a escupir de un momento a otro me flanqueaban y empujaban sin vergüenza ni decoro. Y ahí sí que empecé a resoplar y a taladrar con la mirada, creyendo yo en mi inocencia que ciertas cosas son universales y que a buen entendedor pocas palabras bastan. Craso error el mío.

Aguantando tropezones con mi maleta y atropellos a mi mochila hurgaba yo en la memoria buscando algún improperio en francés, y en esas estaba cuando conseguí llegar a la taquilla y comprar mi billete. Lo bueno venía ahora. Si no eran veinte, eran diecinueve, pero de ser ser, eran. Y unos cuantos, además. Eché mano para coger la vuelta y el papelito y, como si les fuera la vida en ello, de repente los tenía encima, literalmente. Dos a la derecha, tres a la izquierda, y el resto apiñados detrás. Que de haberlo visto yo desde fuera hubiera pensado que un crispado “Mon Dieu!” venía al pelo pero, muy lejos de aquello, la ira negra corría por mis palpitantes venas españolas y lo único que podía pensar era que la del 2 de Mayo iba a ser aguardiente dulce al lado de la que iba a liar yo allí como me diera por destapar la caja de las galletas.

 ¡Putos gabachos! Y lo digo con el ánimo de ofender justo y necesario, que lo era de seguro. Tuve que abrirme paso a empujones, y con toda la compostura y educación que pude reunir solté un “¡cojones, con el ansia puta!” que se escuchó en media estación. Me habría quedado más a gusto que un rucho si en vez de eso me hubiera cagado en Dios con todos los respetos, pero me temo que habría rebotado exactamente igual en los pabellones auriculares  de los puñeteros enfants de la patrie. No así en los oídos de la gente decente de este país, que me miraba con claro reproche ante mi conducta tan poco ética ni civilizada. Hay que joderse.

Recuerdo yo una vez que pisé el país vecino y me habían repetido tropecientas veces que en Francia eran muy educados y teníamos que comportarnos debidamente y decir “merci” a todo. Y así lo hice y lo hicimos. Aunque el “de nada” también es gratis y yo nunca lo escuché. Ni desde luego un solo “pardonne moi” por los atropellos varios en la cola de los tickets. ¡Tuvo bemoles la cosa! Y más que los había de tener cuando llegó el autobús que se los llevaba a Fernán-Núñez y empezaron a gritar como cosacos y a jalear al conductor. Una excursión de parvularios hubiera pasado desapercibida al lado de aquello. Por supuesto me pasé el viaje a mi pueblo intentando que la música del mp3 sonara más alta que mis propios pensamientos de indignación y agresividad contenidas. Autocontrol, autocontrol. Si ya había pasado lo peor.

Y me entró la risa mientras cavilaba en monólogo interno, al recordar al chaval que acababa de bajarse en Aldea Quintana y venía sentado a mi lado. El pobre tuvo que pensar con qué clase de loca se habría topado al escucharme hablar por teléfono con mi madre relatando la historia y soltando el antes reprimido “me cago en Dios”. Pegó un respingo en el asiento y me miró asustado. Pero todavía mi risa debía verse frustrada por un último toque de pelotillas al llegar a mi destino y, no terminada de desahogar aún, volver a repetir en persona lo que había espurreado por el móvil.

No puedo llamarlo improperio, pues no me parece políticamente correcto, ya que no es un insulto. En todo caso es la máxima expresión del arte de la violencia verbal ibérica, desatada por diversas situaciones estresantes e indignantes a las que nuestra persona se ve sometida de manera relativamente frecuente en el ir y venir diario. O eso humildemente me parece a mí. Sea como sea es una necesidad humana la pura y sana acción del despotrique ante eventos como el que me ocupo en relatar. Y para tales ocasiones se precisan palabras que llenen la boca e insuflen el espíritu. Como siempre ha sido en estas latitudes el castizo y reverencial “me cago en Dios” (y a mi señal ira y fuego, que diría Máximo Décimo Meridio).

El caso es que volví a exclamar, con toda la potencia y saña de mis arterias, las tres benditas palabras de camino a mi casa. Con tal suerte que un vecino oportuno como un embarazo de penalti en una familia gitana se nos fue a cruzar por la calle, y aunque el susodicho estaba entrando a su coche no pudo reprimir el noble impulso de chistar como le chistaría a su hijo de tres años por decir mierda en lugar de caca. Cosa que, como es comprensible, me terminó de bloquear las sinapsis, me rompió los pocos chacras que me quedaban, y me cabreó sobremanera. Le quedó gracioso, o eso pensaría él mientras mi señora y cortés madre le sonreía y decía “niiiiiña…”, pero yo volví a activar las miradas taladradoras y en la vena de mi frente se leía claramente: esto es lo que me quedaba por ver hoy ¡cipote!.

Algo me ha quedado claro y meridiano entre tanta tontería, y es que está muy  mal visto en esta España nuestra que una mujer suelte palabras que de toda la vida los hombres vocean en el bar y en su casa. Que si no es por el fútbol es por las fanegas de tierra y si no, por un vino aguado o un ajuste de cuentas. Pero aquí hay cosas que son de los hombres, y no me las toque usted. Una señorita, dónde se ha visto eso. Modales e hipocresía. Pero de eso, creo, ya hablaré otro día. 


Raquel Alcaide

No hay comentarios:

Publicar un comentario