Cuando tenía
tres o cuatro años encontré un pajarito muerto, tipo gorrionita o jilgueroide.
Me dio tanta pena que cuando me fui a echar la siesta lo metí entre las
sábanas, conmigo, a ver si con el calorcito humano resucitaba.
Es uno de los
primeros recuerdos, ligados a mi pasión por los animales, que guardo. Entre ese
momento y el resto de mi vida no sé cuándo se produjo el acontecimiento del
rayito (aparentemente iluminador) que atravesó mi mollera para quedarse por los
siglos de los siglos. Efectivamente, me refiero al rollo ese de “yo de mayor
quiero ser veterinaria”. Y no es cuestión baladí lo de rollo, que lo es. Tanto
como bonito pueda ser el sentimiento y la motivación de querer proteger, curar
y salvar vidas. Así que, sí, toda la vida queriendo ser veterinaria, deseándolo
con todas mis fuerzas, mi sueño. ¡Pues ojito! Ojito con lo que se quiere, desea y sueña. Que a veces
se cumple. Y cuando te quieres dar cuenta…”¡Malagueñas las algarrobas!”.
De buenas a
primeras te ves ahí, con tu título debajo del brazo. Una bata y un pijama con
el Hominibus Vitalia Perfecit, Facultas
Veterinaria Cordubensis bien bordadito en el pecho, un maravilloso Littmann
colgado del cuello, un termómetro digital en el bolsillo, y un bloc de notas de
Royal Canin en la mano. Bolígrafo de Hill’s en ristre estás dispuesta a comerte
el mundo. ¡Dejad que los perros se acerquen a mí! De repente un toquecito en el
hombro. Alguna suerte de Pepito Grillo o antiguo compañero de clase, ahora
viejo chamán del desempleo, te susurra gentilmente al oído: Tranquila, amiga,
mejor tómatelo con calma.
¡Ya está el
amargado de turno!, piensas. Y decides tomártelo con filosofía. Emoción jipilonga
y positiva donde las haya, que viene a durarte tanto como el brote eufórico por
haber aprobado el último examen (esto puede variar desde dos días, si has
terminado con Gestión, a dos semanas o dos meses, si te coronaste con Higiene o
Enfermedades Infecciosas). Cual Bob Esponja en su happy-rutina mañanera tú
“estás lista, estás lista, estás lista” (acojonada pero lista). Absolutamente
convencida de que con tu sonrisa, tu arte y tu salero, y tus insaciables ganas
de aprender y superarte cada día vas a encontrar pronto tu oportunidad en el
gremio. Bueno, con eso y con tu humilde currículum, que en algún momento te
pondrás a elaborar. Y mientras tanto ¡cursos, cursos, cursos!, al menos hasta
que el bolsillo lo permita.
¡Qué alegría!
¡Qué alboroto! Otro recién licenciado con los huevos rotos. Sí, me vais a
perdonar la ordinariez. Pero un lunes te levantas y te das cuenta de que llevas
diez meses en el paro, 300 días desde aquel fantástico momento de tu vida en el
que creías que lo habías conseguido. Y vaya que si has conseguido. ¡Un montón
de cosas! Si el que no se consuela es porque no quiere ¿no? He conseguido encontrar
el sentido de la vida (no, el de los Monty Python no, con ése al menos me
habría reído), que en este caso viene a ser:
desilusionarme/deprimirme/desmotivarme más a cada paso que doy.
Primero te
apuntas al paro, a la orientadora y a todos los inventos de juventud, becas,
ayudas e historias para la contratación de recién licenciados e inserción
laboral de novatillos que hay disponibles. Todo con mucho espíritu y ganas. No
te llaman ni para limpiar el polvo, la orientadora, en cuanto cubres tus dos horitas
de rigor para el IPI, automáticamente se olvida de ti, y cuando cumples todos
los requisitos para alguna beca hacen bomba de humo con tu solicitud o aparece
algún enchufado oportuno que siempre es mejor opción que tú.
Por tu lado
decides buscarte la vida de una forma más directa. Se te ocurre fotocopiar tu currículum
en cantidades ingentes y personarte en toda clínica que aparezca en Google Maps
y tenga la puerta abierta, por aquella leyenda urbana de que así causas mejor
impresión y demuestras un claro interés que suele ser valorado positivamente.
No deja de resultarme curioso que de los más de 100 currículum que he entregado
en mano tan sólo dos de ellos han sido abiertos, leídos y comentados en mi
presencia y por el veterinario responsable. ¿Cuánto supone eso? ¿El 2%? El
resto os lo podéis imaginar. Recogidos por auxiliares o administrativos con
cara de pocos amigos o, más decepcionante aún, por veterinarios hostiles que no
se preocupan ni de guardar las formas. Puedo contar los “gracias”, “lo tendremos
en cuenta” y “buenos días” con los dedos de una mano.
Por supuesto
estás al loro de todas las ciberofertas. Forma parte de tu ejercicio matinal diario.
Te levantas, desayunas y te pegas al portátil como un poseso buscando cualquier
indicio de nueva oferta, ojo con esto, que puedas echar. Porque con el
fantabuloso “3 años mínimo de experiencia demostrable” y el estupentástico
“abstenerse de llamar si no cumplís con los requisitos”, como dice una amiga
mía, te da el sol en toda la cara. Que te puedes quedar sentado esperando. Y
hacer encaje de bolillo, que lo mismo con eso te sacas unas perrillas mientras
tu moral se termina de secar. Total, las pocas a las que puedes escribir tampoco
te contestan. Para qué ¿verdad? Eso de contestar está desfasado ya. Ni aunque
tengas un súper hospital que ofrezca un súper internado no remunerado (pero que
te sirve, importante, para coger mucha experiencia demostrable, amasarla y
masticarla como un chicle con el que luego poder hacer pompas y escupírselas a
la cara del que te quiera contratar gratis otra vez) para solicitar el cual
pidas que te manden hasta una muestra de sangre y otra de orina y un montón de
cartas de recomendación, motivación y acreditativas. Para qué te vas a molestar
en contestar a esa horda de infelices chavales que se han molestado (ellos sí,
pero que se molesten y se jodan, que es lo que les toca) en recopilar todos
esos papelajos con los que tú con tu súper hospital te vas a limpiar tu,
seguramente, súper culo. ¿Para qué? ¿Por cortesía? ¿Por educación? ¡Tonterías!
No hay tiempo para eso. Para hacer las cosas bien.
Que bien mirado
no sé qué es peor, si que te ignoren con ausencia total de respuesta o que te
contesten con un cutre-mail sin forma ni estructura (la sangría debe ser un
zumito y el tabulado un cóctel de alta graduación), con más faltas que un
España-Corea del Sur, y que parece que va a autodestruirse en 5 segundos y
después del último stop. Nada de mayúsculas al empezar una frase, ni puntos ni
comas, ni saludos cordiales (ni normales), ni buenos días, ni gracias por su
interés, ni falos en vinagre. Un panorama de lo más alentador.
A mí me alienta
a pegarme un tiro en la boca para comer
algo caliente dentro de poco. Sarcasmo profundo aparte, cada día veo más lejana
la supuesta luz al final del túnel. Es desesperante haber luchado tanto durante
tantos años para ahora ver todas tus aspiraciones de futuro truncadas y
frustradas de una manera tan vil. Si intentas trabajar de lo tuyo no te
contratan en ningún sitio porque no tienes experiencia suficiente, pero para
cualquier otro trabajo estás sobrecualificada y te quedas a dos velas
igualmente. Si solicitas becas para las cuales cumples todos los requisitos ni
siquiera te avisan cuando se resuelven, por lo que asumes que no te han cogido,
y lo sigues intentando hasta que cumples 30 años y entonces olvídate, porque a
partir de los 30 entras en un limbo laboral en el que automáticamente dejas de
existir para este país. Si solicitas alguna oferta de empleo por correo no te
contestan, si te plantas en la clínica (o cualquier otra empresa) aunque tengas
la suerte de que te presten atención y hablen contigo, tampoco luego obtienes
respuesta. Y para hacerte autónomo primero tienes que plantearte en cuánto
podrían tasar tus riñones en el mercado negro.
Y así entras en
un bucle de desmotivación y desidia, y todos los días se convierten en el de la
marmota.
De vez en
cuando me acuerdo de aquel pajarito que quise devolver a la vida, y de toda la
tristeza acumulada finjo una media sonrisa y me resucito yo también un poco. Y
aprovecho lo que me dura.
Raquel Alcaide