martes, 14 de octubre de 2014

Dentro del Laberinto



¿Nunca os ha mirado un libro? A mí sí. Aquellas tapas desgastadas de color azul añil intentaban comunicarse conmigo, hasta me pareció que el conejito grabado en oro de la portada salía de su fondo de cartón y me guiñaba un ojo: “¡Mírame! ¡Mírame! ¡Estoy aquí!”.

Fue exactamente ese tipo de momento en el que se para el tiempo, el corazón te da un vuelco, y te descubres de repente transportándote, por alguna suerte de delorean, a esa parte de tu vida tan a menudo olvidada. Ese pequeño rinconcito de paz, ancestral zona de confort, ese abrazo tierno que es la infancia. Como en esas cajitas de juguete en las que miras por un agujerito y van pasando fotogramas de una película, mi mente eclipsada atravesó los años y apartó los recuerdos, ensartando voraz con una lanza el que estaba inevitablemente ligado a ese libro. Los Cuentos Completos  de Beatrix Potter.

Tenía cuatro años cuando, de la mano de mi madre, conocí el lugar más maravilloso del mundo. Una biblioteca. Y digo una porque desde entonces cualquier biblioteca de cualquier lugar del planeta se convirtió para mí en un templo sagrado. Imposible olvidar aquel imponente lomo que destacaba en una de las estanterías metálicas por encima del resto de libros, como atraída por un imán me acerqué y lo señalé, supongo que debí pensar “cuanto más grande mejor” y me lo llevé a casa, sin darme cuenta  de que era él quien me había elegido a mí.

Al principio me lo leía mi madre, por la noche, antes de dormir. Con el tiempo, cuando crecí algo más y superé el Micho 2, esa costumbre pasó a ser mía, y cada día devoraba feliz uno de aquellos cuentos. En algún momento hicieron una serie de dibujos animados, lo que para mi tierna edad supuso el culmen de aquel vórtice de magia inagotable. El conejo Perico y su pequeño congénere Benjamín, el sapo Jeremías, la gatita Milagros, Samuel Bigotes… Creo que batí el récord sacando aquel libro de la biblioteca municipal, aún recuerdo las viejas fichas amarillas en las que repetía una y otra vez mi nombre y apellidos, un garabato, y mi número de socia,  el 1.069.

Y veinte años después ahí estaba, abrumada por un trombo de recuerdos y emociones que parecía a punto de estallarme dentro del pecho. Mirando la tapa sin sobrecubierta que asomaba entre montones de libros de segunda mano, reencontrándome con la felicidad en un afortunado giro del destino. Allí, en una librería anticuaria, como no podía ser de otra forma. Donde todo encaja, cada vieja página, cada lomo gastado, cada libro olvidado, donado o rescatado, donde te envuelve la estela de otro siglo y otros mundos, allí donde el inconfundible olor de las hojas repasadas por mil generaciones te llena los pulmones. Donde todo encuentra su lugar, allí, dentro del Laberinto.

El señor respetable de pelo cano que atendía aquella mañana metió un marcapáginas dentro de mi colección de cuentos y me la devolvió con una afable sonrisa.

-       Te llevas un libro muy bonito.
-       Lo sé - contesté-. Me enamoré de él cuando tenía cuatro o cinco años y volverlo a ver ha sido como un flechazo.
-       Entonces debes llevártelo, sin duda – dijo, mientras seguía sonriendo y parecía entender, sin necesidad de cruzar una sola palabra, todo el cúmulo de sensaciones que me brillaba en los ojos y me ensanchaba el alma.

Me quedé unos segundos así, acariciando el grabado de la portada desnuda, preguntándome cuántas vidas habría conocido y llenado antes que la mía. Y me fui, llevándome un poquito de esa magia debajo del brazo, con el absoluto convencimiento de que había vuelto a pasar. De entre todas las personas, me había vuelto a elegir a mí.



Raquel Alcaide

sábado, 26 de julio de 2014

YO DE MAYOR QUIERO SER VETERINARIA



Cuando tenía tres o cuatro años encontré un pajarito muerto, tipo gorrionita o jilgueroide. Me dio tanta pena que cuando me fui a echar la siesta lo metí entre las sábanas, conmigo, a ver si con el calorcito humano resucitaba.



Es uno de los primeros recuerdos, ligados a mi pasión por los animales, que guardo. Entre ese momento y el resto de mi vida no sé cuándo se produjo el acontecimiento del rayito (aparentemente iluminador) que atravesó mi mollera para quedarse por los siglos de los siglos. Efectivamente, me refiero al rollo ese de “yo de mayor quiero ser veterinaria”. Y no es cuestión baladí lo de rollo, que lo es. Tanto como bonito pueda ser el sentimiento y la motivación de querer proteger, curar y salvar vidas. Así que, sí, toda la vida queriendo ser veterinaria, deseándolo con todas mis fuerzas, mi sueño. ¡Pues ojito! Ojito con  lo que se quiere, desea y sueña. Que a veces se cumple. Y cuando te quieres dar cuenta…”¡Malagueñas las algarrobas!”.



De buenas a primeras te ves ahí, con tu título debajo del brazo. Una bata y un pijama con el Hominibus Vitalia Perfecit, Facultas Veterinaria Cordubensis bien bordadito en el pecho, un maravilloso Littmann colgado del cuello, un termómetro digital en el bolsillo, y un bloc de notas de Royal Canin en la mano. Bolígrafo de Hill’s en ristre estás dispuesta a comerte el mundo. ¡Dejad que los perros se acerquen a mí! De repente un toquecito en el hombro. Alguna suerte de Pepito Grillo o antiguo compañero de clase, ahora viejo chamán del desempleo, te susurra gentilmente al oído: Tranquila, amiga, mejor tómatelo con calma.



¡Ya está el amargado de turno!, piensas. Y decides tomártelo con filosofía. Emoción jipilonga y positiva donde las haya, que viene a durarte tanto como el brote eufórico por haber aprobado el último examen (esto puede variar desde dos días, si has terminado con Gestión, a dos semanas o dos meses, si te coronaste con Higiene o Enfermedades Infecciosas). Cual Bob Esponja en su happy-rutina mañanera tú “estás lista, estás lista, estás lista” (acojonada pero lista). Absolutamente convencida de que con tu sonrisa, tu arte y tu salero, y tus insaciables ganas de aprender y superarte cada día vas a encontrar pronto tu oportunidad en el gremio. Bueno, con eso y con tu humilde currículum, que en algún momento te pondrás a elaborar. Y mientras tanto ¡cursos, cursos, cursos!, al menos hasta que el bolsillo lo permita.



¡Qué alegría! ¡Qué alboroto! Otro recién licenciado con los huevos rotos. Sí, me vais a perdonar la ordinariez. Pero un lunes te levantas y te das cuenta de que llevas diez meses en el paro, 300 días desde aquel fantástico momento de tu vida en el que creías que lo habías conseguido. Y vaya que si has conseguido. ¡Un montón de cosas! Si el que no se consuela es porque no quiere ¿no? He conseguido encontrar el sentido de la vida (no, el de los Monty Python no, con ése al menos me habría reído), que en este caso viene a ser: desilusionarme/deprimirme/desmotivarme más a cada paso que doy.



Primero te apuntas al paro, a la orientadora y a todos los inventos de juventud, becas, ayudas e historias para la contratación de recién licenciados e inserción laboral de novatillos que hay disponibles. Todo con mucho espíritu y ganas. No te llaman ni para limpiar el polvo, la orientadora, en cuanto cubres tus dos horitas de rigor para el IPI, automáticamente se olvida de ti, y cuando cumples todos los requisitos para alguna beca hacen bomba de humo con tu solicitud o aparece algún enchufado oportuno que siempre es mejor opción que tú.



Por tu lado decides buscarte la vida de una forma más directa. Se te ocurre fotocopiar tu currículum en cantidades ingentes y personarte en toda clínica que aparezca en Google Maps y tenga la puerta abierta, por aquella leyenda urbana de que así causas mejor impresión y demuestras un claro interés que suele ser valorado positivamente. No deja de resultarme curioso que de los más de 100 currículum que he entregado en mano tan sólo dos de ellos han sido abiertos, leídos y comentados en mi presencia y por el veterinario responsable. ¿Cuánto supone eso? ¿El 2%? El resto os lo podéis imaginar. Recogidos por auxiliares o administrativos con cara de pocos amigos o, más decepcionante aún, por veterinarios hostiles que no se preocupan ni de guardar las formas. Puedo contar los “gracias”, “lo tendremos en cuenta” y “buenos días” con los dedos de una mano.



Por supuesto estás al loro de todas las ciberofertas. Forma parte de tu ejercicio matinal diario. Te levantas, desayunas y te pegas al portátil como un poseso buscando cualquier indicio de nueva oferta, ojo con esto, que puedas echar. Porque con el fantabuloso “3 años mínimo de experiencia demostrable” y el estupentástico “abstenerse de llamar si no cumplís con los requisitos”, como dice una amiga mía, te da el sol en toda la cara. Que te puedes quedar sentado esperando. Y hacer encaje de bolillo, que lo mismo con eso te sacas unas perrillas mientras tu moral se termina de secar. Total, las pocas a las que puedes escribir tampoco te contestan. Para qué ¿verdad? Eso de contestar está desfasado ya. Ni aunque tengas un súper hospital que ofrezca un súper internado no remunerado (pero que te sirve, importante, para coger mucha experiencia demostrable, amasarla y masticarla como un chicle con el que luego poder hacer pompas y escupírselas a la cara del que te quiera contratar gratis otra vez) para solicitar el cual pidas que te manden hasta una muestra de sangre y otra de orina y un montón de cartas de recomendación, motivación y acreditativas. Para qué te vas a molestar en contestar a esa horda de infelices chavales que se han molestado (ellos sí, pero que se molesten y se jodan, que es lo que les toca) en recopilar todos esos papelajos con los que tú con tu súper hospital te vas a limpiar tu, seguramente, súper culo. ¿Para qué? ¿Por cortesía? ¿Por educación? ¡Tonterías! No hay tiempo para eso. Para hacer las cosas bien.



Que bien mirado no sé qué es peor, si que te ignoren con ausencia total de respuesta o que te contesten con un cutre-mail sin forma ni estructura (la sangría debe ser un zumito y el tabulado un cóctel de alta graduación), con más faltas que un España-Corea del Sur, y que parece que va a autodestruirse en 5 segundos y después del último stop. Nada de mayúsculas al empezar una frase, ni puntos ni comas, ni saludos cordiales (ni normales), ni buenos días, ni gracias por su interés, ni falos en vinagre. Un panorama de lo más alentador.



A mí me alienta a pegarme un  tiro en la boca para comer algo caliente dentro de poco. Sarcasmo profundo aparte, cada día veo más lejana la supuesta luz al final del túnel. Es desesperante haber luchado tanto durante tantos años para ahora ver todas tus aspiraciones de futuro truncadas y frustradas de una manera tan vil. Si intentas trabajar de lo tuyo no te contratan en ningún sitio porque no tienes experiencia suficiente, pero para cualquier otro trabajo estás sobrecualificada y te quedas a dos velas igualmente. Si solicitas becas para las cuales cumples todos los requisitos ni siquiera te avisan cuando se resuelven, por lo que asumes que no te han cogido, y lo sigues intentando hasta que cumples 30 años y entonces olvídate, porque a partir de los 30 entras en un limbo laboral en el que automáticamente dejas de existir para este país. Si solicitas alguna oferta de empleo por correo no te contestan, si te plantas en la clínica (o cualquier otra empresa) aunque tengas la suerte de que te presten atención y hablen contigo, tampoco luego obtienes respuesta. Y para hacerte autónomo primero tienes que plantearte en cuánto podrían tasar tus riñones en el mercado negro.



Y así entras en un bucle de desmotivación y desidia, y todos los días se convierten en el de la marmota.



De vez en cuando me acuerdo de aquel pajarito que quise devolver a la vida, y de toda la tristeza acumulada finjo una media sonrisa y me resucito yo también un poco. Y aprovecho lo que me dura.





Raquel Alcaide



viernes, 18 de julio de 2014

UN GENTLEMAN DE BARRA DE BAR (o descripción de un hombre sencillo)


Es un hombre sencillo y tímido. Sus maneras reservadas no están exentas de una cierta candidez que enternece, y en él tampoco lo cortés quita lo valiente. Habla bajito, parece susurrar, como si no quisiera molestar (quizás no sabe que nunca lo hace). Caballero solitario, de agradable compañía y rica conversación.

A veces deja la cerveza a medias y sale a fumar. Me pregunto en qué piensa y cuántos mundos llevará dentro. Cuántas derrotas y cuántas certezas. Luego vuelve, tranquilo, y se une a la fiesta. A la barra del bar, donde urgen las copas y se despachan sonrisas que alivian las penas. A ratos se integra, a ratos se deriva. Sonríe cómplice, sereno y ausente. Con la mirada tan curiosa como cansada.

Llega sin hacer ruido y sin hacer ruido se marcha. Llenándote de alguna manera con su callada presencia, dejando un pequeño vacío cuando se va.

Un tipo singular al que, sin apenas conocer, te dan ganas de abrazar. Un gentleman de barra de bar.


Raquel Alcaide



jueves, 12 de junio de 2014

Libros

"De pronto parece joven y frágil, de no ser por su mirada, que en ningún momento titubea ni se desvía de los ojos del marino cuando éste se inclina sobre ella y la besa en la boca, muy despacio y sin violencia, como si le diese oportunidad de retirar el rostro. Pero ella no lo retira, y Pepe Lobo siente la suavidad deliciosa de sus labios entreabiertos, y el temblor súbito del cuerpo de la mujer, desvalido y firme a la vez, cuando lo rodea y estrecha entre los brazos. Permanecen así los dos unos instantes, cobijada ella en el dominó, del que ha caído la capucha sobre su espalda, envuelta en el abrazo del hombre, callada y muy quieta, sin cerrar los ojos ni dejar de mirarlo. Después se aparta y le pone una mano en la cara, con suavidad, ni para rechazarlo ni para atraerlo. La mantiene así, con la palma abierta y los dedos extendidos tocando el rostro y los ojos del hombre, igual que una ciega que quisiera retener sus rasgos en la mano tibia. Y cuando la retira al fin, lo hace lentamente. Como si le doliera cada pulgada de distancia interpuesta entre su mano y la piel del corsario.

- Es hora de regresar- dice, serena."

(El Asedio. Arturo Pérez-Reverte)

jueves, 22 de mayo de 2014

SOBRE EL INCIDENTE DE LA AVUTARDA





Siempre he creído más en la casualidad que en el destino, pero hay días en que los azares del cosmos se me antojan tan poco caprichosos que consiguen confundirme. Y éste era uno de ellos.

Allá que iba yo, tan ricamente acompañada, por una de las calles del madrileño barrio de Salamanca, cuando advertí un movimiento sospechoso por el rabillo del ojo. Un individuo estaba trasteando en una bolsa de basura que había a los pies de un árbol, y justo cuando dirigí mi mirada hacia él dejó lo que estuviera haciendo y se fue. Por inercia bajé los ojos a la maceta del árbol y descubrí a lo que me pareció un pollo de avestruz saliendo de la bolsa por un agujero de su mismo tamaño. Cuellilargo, patilargo y con los ojos abiertos como platos.

Con este cuadro tan bucólico ya os podéis imaginar que se me cayeron todos los palos del sombrajo. Los primeros segundos fueron de perplejidad ante el hallazgo, tenía dos cosas claras: una, estaba vivo, y dos, no había crecido allí como un tomate salvaje. No sé si el hombre que estaba momentos antes en el lugar había sido el autor del abandono o el que había abierto el boquete para que el pobre animal pudiera salir y respirar, pero lo de las indagaciones lo dejé para el CSI. Después de flipar un poco mirando a los ojillos al aturdido avestruzoide, como dos cabezas piensan más que una, empezamos a cavilar opciones (la de cogerlo cual gorrión huerfanito y llevármelo a casa para darle migajón y agua y calor de bombilla como hubiera hecho a los cinco años no la sopesamos, pero la intención hubiera sido igual de buena).

¡Ya me diréis a dónde llamas cuando pasan estas cosas! ¿A Pollos sin Fronteras? ¿A Gallináceas Anónimas? ¿O a la Embajada de Forasteros Plumíferos? Hay un número que siempre lleva a alguna parte, pero no teníamos claro si la situación revestía tal gravedad como para utilizarlo. En ocasiones como ésta la actitud de la gente es providencial para ayudarte a tomar decisiones rápidas y certeras. En otras palabras, los viandantes pasaban, se sorprendían al grito de “anda, mira, un pato”, se acercaban a cotillear, echaban su fotito con el móvil y se iban tan campantes, dejando al animal más estresado y desorientado de lo que ya estaba. Así que el 112 nos iba a hacer las veces de ONG aviar o íbamos a tener serios problemas con el público visitante.

No nos debieron tomar muy en serio, porque tardaron unos tres cuartos de hora en mandarnos refuerzos. Durante ese tiempo, que se nos hizo interminable, sólo una persona se detuvo al ver el panorama. Un personaje muy pintoresco (dejaré lo de su acento argentino para otra ocasión, chicas), pero el único que parecía tener sentido común y estar concienciado. Lo pusimos al tanto de lo que nos habían dicho por teléfono y, puesto que se unió a nuestro pequeño grupo improvisado de protección silvestre, montamos como pudimos un dispositivo de “señora por favor no se acerque que puede ser peligroso” y “haga usted el favor de controlar a su perro, gracias”.

Las reacciones de los transeúntes eran para escribir un libro aparte. El que menos pasaba ralentizando el paso, ponía cara de póker y seguía su camino. Los que más se paraban, se acercaban, hacían preguntas y cábalas sobre la especie -desde paloma hasta pavo, pasando casi todos por nuestro querido amigo el pato- sacaban también su instantánea e incluso alguno emitía sonidos de reclamo (huelga decir lo versados que se hallaban en materia de reclamos) para llamar su atención. Recuerdo a un señor que después de interrogarnos y mostrar el descubrimiento a sus adorables nietecitos nos dijo, muy guasón él: “Pues…pájaro que no vuela, a la cazuela” (le pensé algunas cosas a la cara). Pero la señora que realmente se ganó nuestro respeto y admiración más profundos fue una que se mostró muy interesada e inquisitiva, haciendo amplios ademanes de querer ofrecernos toda su colaboración en la identificación del animal. La buena mujer, después de sacar el móvil para inmortalizar la estampa y enviársela a su marido (que entendía mucho del tema), empezó a divagar en voz alta para que todos fuésemos partícipes de su sapiencia y capacidad deductiva, sobre todo de esto último, y nos iluminó con una frase que quedó grabada a fuego en mi memoria: “A ver… Un búho no puede ser, porque tiene pico”.

Después de esta exhibición tan gratuita de materia gris, a la que no sé cómo sobrevivimos sin hacer comentarios, aún tuvimos que mantener un buen rato el perímetro imaginario que habíamos creado para que el personal no pusiera todavía más en peligro a nuestro pollo.  El pobre hizo algún que otro amago de levantarse y ahuecar el ala (literalmente), no sabemos si por lo desconcertante que le resultaría estar totalmente fuera de su hábitat o por estar un poco hasta los orificios nasales de que lo tomasen por un pato. Aunque, debido a su aturdimiento, pasó la mayor parte del rato cual gallina empollando sus huevos, cada vez que se movía un milímetro nos tensábamos más que un cura en el bautizo de un gremlin. A cuento de esto se le ocurrió a nuestro tercero al mando ir a algún comercio a preguntar si nos podían dar una caja de cartón, sólo por si las moscas (o por si las plumas), para echársela gentilmente por encima si intentaba escapar a un lugar más seguro como la rueda de un coche o la rueda de otro.

Caja en ristre, músculos engarrotados, visión panorámica, periférica y retrodirigida activadas, allí seguíamos los tres paladines de la seguridad aviar viendo arrastrarse los segundos y desesperándonos un poco más. Tic tac…tic tac…tic tac. Nuestro amigo argentiguayo (no llegamos a saber si era argentino o uruguayo) se vio obligado a abandonar el barco, no sin antes dedicarme unas bellas palabras “che…yo creo que el animal debe saber que vos y yo lo quisimos ayudar” (en serio, chicas, en otro post). Y justo cinco minutos después llegaron nuestros hombres medioambientales con su coche oficial súper molón. Les hicimos señas, se bajaron y vinieron muy tranquilamente hacia nosotros (¡No hay prisa, señor agente!¡Sólo llevamos aquí 45 minutos protegiendo un perímetro de seguridad imaginario!) y, como dije antes, creo que pensaron que éramos unos frikis que habíamos encontrado una paloma mutante o un pato mareado, porque su reacción fue “¡¡Hostias tú!! ¡¡Pero si es una avutarda!!”.

Bueno, al fin nos quedó claro por qué no era un búho…¡Porque era una avutarda! ¡Qué cosas, eh! Nos dieron las gracias encarecidamente, con apretón de mano incluido (a mí no, pero eso forma parte del machismo social pasivo intrínseco del que ya hablaremos otro día, creo), metieron a nuestro pollito avutardero en la caja que teníamos preparada y se fueron muy contentos, no sin antes volver a darnos las gracias.

Final feliz. Menos mal. En cuanto se fueron pensé algunas cosas, como que me hubiera gustado dejarles mis datos para que me informaran del destino y estado del animal (no os riáis, que mi madre salvó a un mochuelo y luego le escribieron del CREA de Córdoba para contarle como estaba, y es muy reconfortante). También me dio un poco de pena por el argentiguayo, que se fue cinco minutos antes sin poder cerciorarse de que venían a por el pollo. Pero bueno, cabos sueltos en los que no caemos en el momento. Yo me quedo con lo importante.

Algún mentecato puso a un animal silvestre, que además está en peligro de extinción, en una acera en mitad de la gran urbe (no, no me olvido de lo de la bolsa de basura), y de todas las calles por las que podía haber pasado ese día fui a pasar precisamente por aquella. Como le dijo Gandalf a Frodo en las Minas de Moria: Es un pensamiento alentador ¿no?



Raquel Alcaide

sábado, 18 de mayo de 2013

Experimentos...

Mi experimento de hoy refuerza mi teoría pre-apocalíptica de la pérdida de sentidos vitales que produce el tabaquismo exacerbado de mi padre: Tras esconder la tapita de queso estratégicamente detrás del cacharrito de los palillos de pan que a su vez estaba detrás, en diagonal perfecta, del servilletero he podido observar durante varios minutos largos que el queso pasaba desapercibido para mi padre.Un rato después ha llegado mi madre que, ajena por completo a mi experimento de vital importancia, ha retirado sin pudor el servilletero y el cacharrito de los palillos para poner en su sitio un plato de ensalada...llano.Por lo que al quedar a pleno descubierto mi tesoro lácteo y detectable desde cualquier punto de la mesa, el rapaz ni corto ni perezoso (gratamente sorprendido por el feliz hallazgo pero sin exaltación) ha procedido a agenciarse la maravillosa mercancía. A la vista está que esto confirma mis sospechas: Sentido del olfato pésimo, si no hay contacto visual no se percata de la comida. Esto, además me deja clara otra cosa de no menos importancia: La próxima vez me como el queso en la cocina. 
 
 
RAV

jueves, 28 de febrero de 2013

Eh, amigo, tranquilo



Escuchando a mi madre parlamentar diplomáticamente con nuestro querido agaporni “Yupi”, se me vienen algunas historias a la mente que no merecen menos que ser plasmadas en papel para perdurar en la posteridad. Sobre el tema este que os digo. Lo de hablar pacíficamente con una psitácida psicópata con brotes psicóticos. ¿Trabalenguas? No. Empirismo.



No me gustaría aburrir con los detalles (tan escabrosos como verídicos) resultantes de mi estudio intensivo sobre este “inseparable” fenómeno. Así que para que os hagáis una idea de lo que se ha avanzado en el proceso de entendimiento para con los animales tengo que poneros en antecedentes. Esto viene a ser, los años de experiencia en este campo de mi señora madre.



Hubo un tiempo en el que se podía dar largos paseos por el campo (al menos en  mi pueblo y siempre que no estuviera abierta la veda) con toda la tranquilidad del mundo. Así que, cambiando el respetable deporte del silloning por un poquito de contacto con la naturaleza , nos fuimos un buen día, hará un año o poco más, mi madre, mi hermana y yo, a bajar el almuerzo saludablemente por esas lindes de la campiña cordobesa.



Cuando llevábamos cerca de una hora de caminata, y a falta de alternativas geográficas por las que continuar la expedición, a una servidora aquí presente se le ocurrió la feliz idea de volver a casa y por el mismo camino. Tanto más feliz sería la idea que, casi al mismo tiempo, aterrizó en la azotea de mi madre.”¡No! ¡Atajemos por ahí!” (Necesitaría un capítulo entero, probablemente de quince folios, para explicar la inmemorial e insana afición de mi madre por meterse en sitios que no conoce con tal de acortar el camino).



Así que, puesto que una vez que se le pela el cable y decide tirar por ahí o por allá todos los intentos por hacerla entrar en razón y lógica son inútiles, allí que fue Antonia de la jungla (y nosotras detrás) a adentrarse por un caminito aparentemente tranquilo y pacífico. En ello estábamos cuando mi ojo avizor, a la par que miope pero siempre sollispado en terreno desconocido y por lo tanto hostil, creyó ver un movimiento lateral en la distancia. Sin pararme todavía me giré hacia el punto donde se hallaba mi avistamiento y, frunciendo el ceño al estilo del tito Clint, solté la típica pregunta retórica y osada del que ve menos que un gato de yeso pero tiene que mantener la dignidad: ¿eso de allí qué es lo que es?

La contundencia de la respuesta no se hizo esperar.”Parece un perro”. Debo aclarar aquí un pequeño detalle insignificante. A un lado del camino había una alambrada que rodeaba una parcela de dimensiones importantes, en cuyo centro se encontraba la correspondiente casa/casita/casilla, más o menos a unos doscientos metros de la linde y de nosotras. Pues bien, vuelvo a los acontecimientos. Parece ser que en el momento pregunta-respuesta, sin que nos percatásemos de ello, se estableció una mágica conexión entre el objeto de mi visualización y los objetos de la visualización del susodicho, o sea, nosotras.



Más o menos a esa altura yo, que tengo un especial olfato para las situaciones peliagudas, ya había activado el protocolo de alarma y huida y quise, solidariamente, compartirlo con mi familia, para que sigilosamente…saliéramos de allí cagando leches. A lo que mi madre, muy en su línea de la jungla, alegó “Anda, ¿qué nos va a pasar?¿no ves lo lejos que está el perro? Además, está vallado, ¿qué va a hacer saltárselo?”.



¿Conocéis esa situación tensa en la que estás pensando con todas tus fuerzas “no lo digas, no lo digas, no lo digas”, y va y lo dice? Pues fue así exactamente. Todo lo que vino después de eso lo recuerdo nítidamente a lo matrix. Me paré en seco, y robóticamente enfilé al bicho con la mirada desde la distancia. En milésimas de segundo me percaté de que el bicho también me miraba a mí, y si hubiéramos tenido espuelas y revólver aquello hubiera sido la muerte tenía un precio. No se trataba de un simple perro, así a ojímetro calculé que era un basto cruce de mastín de Mordor con pastor morlaco del averno, quizás con algo de bóxer verraco de las cavernas. ¡Miedo es decir poco! Lo vi cuadrarse allí, en la otra punta, a tantísimos metros. Y yo ya había dado la vuelta con mi hermana cuando el endemoniado bicharraco echó a correr, cual caballo de Atila, quemando la tierra bajo sus pulpejos de hierro, hacia nosotras.



Mi madre, fiel creyente y practicante de la fé hippie de la diplomacia animal, se quedó clavada delante de la alambrada, desoyendo nuestros razonables e insistentes consejos de “vamos, cojones, que verás tú si nunca ha pasado nada en el pueblo y vamos a ser nosotras las protagonistas de la muerte más tonta de la historia”. Cualquiera puede pensar que la buena mujer, atenazada por el pánico e incapaz de mover un músculo, no podía salir corriendo de allí. Pero no, fue mucho mejor. La señora tuvo otra feliz idea, en este caso, la de esperar del otro lado al orco de Moria enfurecido, ladrando como un descosido, y soltando unos cuajarones de babas a diestro y siniestro con el galope tendido, para decirle cariñosamente (y cito literalmente): eh, amigo, tranquilo.



Después de decírselo dos veces y gesticular con las manos en un intento de conseguir que la bestia dejara de saltar asomando medio cuerpo por encima de la valla,  alargué mi mano maravillosa y le pegué un tirón del brazo a mi madre. Y en ese momento ya sí, salimos de allí a la velocidad de las cagaleras.



Fue un verdadero milagro de los Dioses que el sicario de Satanás no nos hiciera trizas. Llevábamos un buen trecho recorrido y lo seguíamos escuchando ladrar (el cancerberos al lado de eso era un castrati). Tiempo después, comentando la historia, nos enteramos de que no era la primera vez que tenían problemas con ese animal. Y que más de una vez se había saltado la alambrada… ¿Moraleja? Atajos de mi madre no, por favor. Y la diplomacia, si  no funciona en el congreso de los diputados, no va a funcionar en mitad del “campo pelao”.



Teniendo en cuenta todo esto no es difícil entender por qué le dice al pollo, suave y conciliadoramente, “no seas malito eh” cuando le pega unos picotazos que le abre un boquete en la oreja. Ante todo, diplomacia animal. Y mucha fé hippie. A ver con qué amorosa filosofía contraataca cuando le pique un ojo. Desde luego podéis estar seguros de que os lo contaré (si no me mata antes el plumífero para no dejar testigos).





Raquel Alcaide