Casi todo está mejor fuera que dentro. Aquí escribo cosas, achico el agua para no hundirme tan deprisa. Todo depende del día y de las ganas.
lunes, 9 de febrero de 2015
De pasiones y letras
Tirante,
melancólica y jodida.
Hoy busco canciones
para arrancarme una espina.
Asideros
a los que encaramar el alma.
Llevarla hasta lo más alto
y, desde arriba, desplomarla.
Escribo a deshora
con tinta lasciva,
y lo hago sin motivo ni herida,
o quizás con demasiados.
Ni uno verdadero,
algunos suficientes,
bastantes olvidados.
Triste devenir
para un corazón cansado
y una mano valiente,
para el espíritu cobarde
que no se halla si no siente,
si no late desbocado
de los tobillos a la frente.
Que no cesa en su locura
y se enamora a diario,
iluso y ufano,
de las incertidumbres y miserias
del ser humano.
En las sienes mil batallas
que nunca terminan de librarse,
en los párpados, sueños y morralla,
discordia interminable,
te quieros y rencores,
abrazos amargos y seductores,
desidia
de última hora de la tarde.
De pasiones y letras
se me llenan los dedos.
Quién sabe cuándo escampará,
ni cuándo explotarán las minas.
Yo mientras tanto
me contamino y me bebo.
Raquel Alcaide
martes, 16 de diciembre de 2014
DE SANGRE, OVEJAS Y SUEÑOS EROTICOFESTIVOS
Comienzo a aficionarme a relatar mis historias
empezando con una pregunta (ahora entiendo a los monologuistas) y no sé si será bueno o malo,
pero ésta es de necesidad, y si no ya me lo diréis. ¿Habéis ido alguna vez a
donar sangre? Si sois buenos samaritanos imagino que sí ¿no? Y si habéis pasado
la dura prueba del pinchazo en el dedo, no tenéis tatuajes ni más agujeros que
los que vienen de fábrica, ni enfermedades infectocontagiosas como la gripe
aviar o la estupidez suprema, y vuestras fornicaciones son siempre seguras,
estables y dentro de la legalidad vigente, imagino también que os habrán leído
otra lista interminable de cosas que no debéis hacer después de dejar que os
chupen medio litro de sangre ¿cierto? ¿Las visualizáis? ¿Recordáis algunas de
ellas?-esto de las preguntas se me está yendo de las manos-. Pues ya os digo
yo que hay una que se les ha olvidado poner: Durante las 24 horas siguientes a
la extracción es totalmente desaconsejable irse a una granja a inseminar
ovejas.
Y es que, claro, si no se especifican las cosas
la gente se vuelve loca y hace tonterías. Con lo contenta que estaba yo ese
día, quién me iba a decir a mí el show que me esperaba. Por la mañana convencí
a un amigo para que se animara a donar conmigo y, como era su primera vez,
aproveché para cachondearme un poco y darle consejos de veterana (maldito
karma). Luego me fui tranquilamente a casa, volví a comer y beber, me aseguré
una siesta reparadora y me puse de nuevo en marcha hacia la facultad, donde
tenía unas prácticas que hacer con unas ovejas y unos tampones que simulaban
estar rellenos de hormonas.
Hasta ahí todo bien. Nada parecía augurar sucesos
oscuros ni desgracia alguna. Mas, cuando empecé a subir con varios de mis
compañeros la empinada cuesta que separa Mordor University de la granja
experimental, noté cómo un súbito estertor intestinal me sacudía las
profundidades así, sin venir a cuento, porque sí. Porque le vino bien, porque debió
pensar que era un buen momento, porque el campo es de todos y qué mejor lugar
para plantar un pino o para reventar como un ciquitraque en caso necesario, porque
no había tenido tiempo en todo el día, porque se le había antojado manifestarse
a las siete de la tarde, y sobre todo porque debió pensar que, como todo el
mundo sabe, donar sangre te da ganas de cagar.
No os voy a deleitar con detalles escatológicos,
aunque los que me conocen saben que me gusta y se me da bien (es la sociedad la
que tiene un problema, no yo), sólo diré, para que os ambientéis, que
terminando el último repecho del camino el sudor frío formaba parte de mi
atuendo y que el pseudominibañocuadra de la granja no tenía luz ni papel ni
pestillo, y no, no había dehesa ni bosque mediterráneo a cuyo follaje virginal
acudir en busca de consuelo. Aguanté pues como una jabata los envites del
temporal y me mantuve tan firme como pude.
Agradecí a los dioses que pasados unos
interminables diez minutos la fuerza del lado oscuro dejara de presionarme y me
permitiera centrarme en mi tarea reproductiva con las ovejas. Realmente no
íbamos a inseminarlas, sólo a ponerles esponjas vaginales con hormonas para
simular cómo sería una salida a celo programada, pero eso quedaba demasiado
largo y el caso es que os hicierais una idea del asunto. Así que oveja para
arriba y oveja para abajo, ahora me agacho, ahora me levanto, sujeto a la oveja
y le doy media vuelta y si hace falta le hago un placaje, corre, salta, brinca,
mete tampón, si la oveja aprieta tú empuja y si la oveja empuja tú aprieta, y
saca tampón, y sécate el sudor (todo esto con la musiquita de Benny Hill).
Tras la entretenida parte práctica nos esperaba
un pequeño receso teórico en una parte contigua de la nave, y allá que nos
fuimos a escuchar pacientemente la lección. Llegados a este punto, y para que
podáis entender, valga la redundancia, todos los puntos y comas de la anécdota,
debo aclarar varias cosas. Primero, que mi cuerpo, con las reservas de
hemoglobina seriamente afectadas, se había visto recientemente sometido a un
esfuerzo titánico de represión esfinteriana para no liarla parda y, poco
después, se había puesto a revolear ovejas como si fueran peso pluma. Y
segundo, y no menos importante, que mis sistemas nervioso y hormonal andaban
bastante revolucionados por la presencia de un profe de prácticas cuanto menos
encantador al que yo tenía en mi pedestal particular.
Dicho esto y volviendo al meollo, allí estaba yo,
de pie entre mis compañeros, firme y solemne, intentando bajarme de la nube y
prestar atención a las palabras que salían de la boca de ese hombre tan
adorable, con esos ojos azules y esa sonrisa arrebatadora, que hasta el mono y
las botas le sentaban bien. Y venga a mentar hormonas, y procesos fisiológicos
y reproductivos, y venga a mentar fármacos inyectables y tamponiles, y venga
a... En cuestión de un milisegundo sentí un escalofrío y un sudor más frío
todavía que me bajaba por el cogote, me quedé mirando fijamente al adonis
veterinario que en ese momento sostenía un botecito sobre el que nos estaba
hablando, se me nubló la vista hasta el negro oscuro y me fui hacia adelante como
si hubiera cogido un ciego de caballo en plena feria de mayo (en un intercambio
de opiniones posterior me enteré de que había parecido un zombie de los del Thriller de Michael Jackson). Recuerdo
vagamente que el buen hombre, al ver que me tiraba literalmente encima de él
(juro por los dioses que, aunque agradable, no fue intencionado, en todo caso
la fuerza del destino) dijo algo así como “vaya, pues si que tiene interés esta
chica en el botecito”. Después me terminé de desmayar de alguna manera y me tendieron
en el suelo repleto de cagarrutas de oveja (sí, muy romántico).
Aunque para romántico mi despertar. Tras unos
segundos en los que perdí el conocimiento, una amiga que reaccionó rápido me
puso los pies en alto y la sangre me volvió a la cabeza como una feliz
bofetada. Parpadeé apenas y me encontré al príncipe de Beckelar mirándome con
ojillos tiernos y sonriéndome, con la mano apoyada en mi frente: “¿Estás
bien?”. Responder a eso con la verdad habría sido delito seguro. Desde luego no
era la idea que había alimentado en mis sueños erótico-festivos, pero a falta
de pan…Me sentí abrumada y avergonzada, además de hipovolémica. Todo el grupo
me miraba expectante, otra de mis amigas me había abierto el mono de trabajo
hasta la cintura pensando que me asfixiaba (menos mal que tenía ropa debajo),
el profe adorable no me dejaba levantarme, y lo peor de todo es que mi primer
pensamiento post-pájara había sido “por favor, por todos los orcos de Mordor,
que no se me haya ido el esfínter”.
¡¡Qué vergüenza!! ¡¡Tenía ganas de gritar eso de
“Si me queréis, irse”!!
Afortunadamente no me había ido de varetas, pero la situación era digna de un
sketch de La Hora Chanante: yo
despatarrada y despechugada en el suelo, “el Arrebola” (mi príncipe Encantador)
frivolizando con frases tan acertadas como “Ey, pues ahora que estás así
podíamos aprovechar y ponerte a ti las esponjas…”, una de mis amigas floja de
la risa, la otra atacada de los nervios, y a mí lo único que se me ocurrió para
salir del paso fue dirigirme a mi amigo el primodonante para decirle “Y el hijoputa éste, que está más chupao que la pipa de un indio, dona por
primera vez y no le pasa na’, y a mí
que estoy bien criá va y me da un
chungo, hay que joderse”.
Menuda estampa para un cuadro. Un rato después,
cuando me volvió el color a la cara, me ayudaron a levantarme y me trajeron una
silla. El resto de la clase teórica la pasé mirando a un punto fijo que quedaba
a la altura de mis ojos, no diré qué era para no escandalizaros, pero pensad
mal. El apuesto rubiales dio prácticamente lo que quedaba de clase mirándome
con especial interés y preocupación paternal, yo por mi parte intenté
concentrarme en no derramar demasiadas babas. Y al término de la misma se
acercó, servicial y correcto, a preguntarme si tenía coche para volver a casa.
Llamadme loca, pero yo en ese momento me moría por contestarle “No, y si lo
tuviera le rajaba ahora mismo una rueda. Móntame en tu caballo, príncipe de
Beckelar”, de hecho, se lo pensé a la cara. Lamentablemente sí que tenía coche
(gracias José Antonio, eres un buen amigo), mi gozo en un pozo, pero me quedé
con aquella sonrisa de recuerdo y con unas estúpidas ganas de suspender la
asignatura para tener que repetir las prácticas con mi caballero andante.
Así que, ya sabéis, si vais a donar sangre tened
cuidado, que por menos de nada acabáis, sin saber cómo, con las patas para
arriba y de mierda hasta las trancas.
Raquel Alcaide
miércoles, 29 de octubre de 2014
De Maestros
En
estos tiempos oscuros me acecha con frecuencia la melancolía, y una especie de
vejez prematura se apodera de mis sentidos, dejándome absorta en aquellos maravillosos años, que quizás
no lo fueron tanto. Aun así, volver la vista atrás me sirve para capear el
temporal, porque en el pasado encuentro los pilares que sostienen toda mi
existencia. Los motivos, las raíces, los comienzos duros y hasta los finales
tristes.
De
lo malo siempre he intentado quedarme con la lección, y de lo bueno, con lo
mejor, con esas pequeñas luces que han guiado mi camino desde casi antes de
empezar a andar, los marcapáginas de mi historia: los maestros, mis queridos maestros. Y no me refiero a
esos que dan clase, sino a los que te enseñan, a los que te tocan los cimientos
y marcan una parte de tu vida. A ellos vuelvo, en busca de consejo y consuelo,
cuando me pierdo, cuando el futuro es incierto y el presente se tambalea bajo
mis pies. Cuando necesito recordar quién soy, recuerdo quiénes eran. Y,
todavía, son.
Todo
empezó en el parvulario, en esa época en la que somos auténticas e inocentes
esponjas. Doña Amparo era un nuevo descubrimiento para mí, con kilos de
paciencia y cariño se dedicaba en cuerpo y alma a aguantarnos y educarnos,
ejercía tal atracción sobre nosotros que a veces no la dejábamos tranquila ni
durante el recreo. No era de extrañar que todas las madres estuvieran
encantadas con ella, niño contento, mami contenta, todos felices. Maestra de
maestras. Estoy segura de que aquellos de mis compañeros que acabaron estudiando
magisterio la tienen como referente, y la tuvieron como señal inequívoca del
destino y la vocación en nuestros tempranos años. Más de veinte han pasado ya y,
cuando alguna vez nos hemos cruzado por la calle, aún se acuerda de mí. La
sonrisa que me ensancha la cara en ese momento no se puede describir.
También
mi “seño” doña Josefina me recuerda, y me lo demuestra afectuosamente siempre
que nos encontramos. Tuve la suerte de caer en su grupo de clase cuando tenía
ocho años, y tener que abandonarla con diez fue uno de los trances más duros de
mi niñez. Rápidamente nos acostumbramos a lo bueno, a la dedicación, a la
comprensión, al cariño incondicional y, una vez más, a la paciencia y tesón
infinitos. Aprendí mucho de ella, no sólo de Lengua y Matemáticas. No solemos
darnos cuenta de estas cosas, no las llevamos apuntadas en una lista, pero los
maestros de verdad te dejan su marca impresa. Y su amor es tan sincero que
cuando empiezas a volar en solitario no puedes evitar sentirte de algún modo
huérfano, sin ellos.
La
ternura y condescendencia del colegio terminarían pronto, a la vuelta de la esquina
nos esperaba la vorágine desconocida del instituto (y no sé por qué pluralizo,
quizás la única que sentía pavor por esa nueva valla en la carrera de
obstáculos era yo). Otros profesores, otros horarios, otros compañeros, otro
nivel, demasiados cambios en tan poco tiempo. El primer día de clase nos
llamaron a filas en el patio y nos asignaron grupo, aula y tutor. El mío se
llamaba Emilio, era un tipo menudo y tranquilo, con barba y pelo rubio oscuro al que, por algún motivo, todos conocían como "Prosinecki".
Durante dos años seguidos nos enseñó Ciencias Sociales y guardo un grato
recuerdo de él, quizás también porque fue la primera persona que se atrevió a
traspasar esa barrera profesor-alumno para preguntarme si me pasaba algo, al
ver cómo mis notas en su asignatura bajaban en picado de un curso a otro.
No
volvería jamás a mi adolescencia, pero si algo la hizo menos dura fue sin duda
toparme con buenos “senseis” por el camino. Como el susodicho, o como Paco
Luque, el de Sociales de tercero, o Diana, la de Ética de cuarto, o Raimundo,
el de Matemáticas de primero de bachillerato. Grandes personas y personajes
que, al menos a mí, me calaron profundamente. Me arrepiento de no haber
participado más en sus clases, cuando intentaban interaccionar con nosotros y
acercarnos a la realidad y al mundo que había fuera de nuestra burbuja de
cristal. Fueron un verdadero estímulo para mi mente y, aunque nunca lo sabrán,
tienen mucho que ver en el carácter y la forma de ver la vida que tengo hoy
día.
Les
debo mucho. Como poco un abrazo sincero y un par de cañas. Y más que un deber
es un deseo, del que no se escapan “Juan-Ri” ni Salvador, mis profes de
Historia y Matemáticas de segundo de bachillerato. Honorables señores de ideas
claras y profundos valores. Y no lo sé porque hablara con ellos sobre el tema,
lo sé porque lo transmitían, porque enseñaban mucho más que una asignatura,
enseñaban a hacerse preguntas, a pensar libremente, a tener actitud y
personalidad, a ser mejor, a no conformarse. Enseñaban a vivir, si es que eso
se puede enseñar. Me siento increíblemente afortunada por haber coincidido con
ellos. Ahora que me voy acercando a los treinta me aprieta la nostalgia, y me
apena ser consciente de que seguir adelante significa dejar etapas y personas
atrás. Probablemente no vuelva a cruzarme con ninguno, pero sueño con esa
cervecita con ellos, y con esa charla de joven Padawan a maestro Jedi.
Tampoco
olvido a otros maestros que no son tales y que me han marcado como si lo
fueran. Hay personas que nacen con el noble arte de saber enseñar y no saben que lo
tienen, que son mejores que un libro abierto, que utilizan las palabras adecuadas,
que transmiten sin proponérselo. César es una de ellas. Creo que habría
terminado antes la carrera y habría entendido infinitas cosas más si me hubiese
dado clase. Cuando te apasiona lo que haces consigues motivar y encandilar a
los demás, y eso no te lo da ningún título. Quizás debería decírselo antes de
que la vida y el tiempo impongan su distancia habitual y se olvide de mí, como
todo maestro de sus tantísimos alumnos.
No
es lo mejor que he escrito, ni remotamente. Pero tenía unas irresistibles ganas
de dedicar unas letras a esas personas que me han dejado una huella imborrable
en el corazón, elevando el significado de la enseñanza a su máxima expresión.
Porque creo que se lo merecen, porque deben saberlo. Porque les admiro y porque
les quiero.
Gracias,
Maestros.
Raquel Alcaide
martes, 14 de octubre de 2014
Dentro del Laberinto
¿Nunca os ha mirado un libro? A mí sí. Aquellas tapas desgastadas
de color azul añil intentaban comunicarse conmigo, hasta me pareció que el
conejito grabado en oro de la portada salía de su fondo de cartón y me guiñaba
un ojo: “¡Mírame! ¡Mírame! ¡Estoy aquí!”.
Fue exactamente ese tipo de momento en el que se para el tiempo,
el corazón te da un vuelco, y te descubres de repente transportándote, por
alguna suerte de delorean, a esa parte de tu vida tan a menudo olvidada. Ese
pequeño rinconcito de paz, ancestral zona de confort, ese abrazo tierno que es
la infancia. Como en esas cajitas de juguete en las que miras por un agujerito
y van pasando fotogramas de una película, mi mente eclipsada atravesó los años
y apartó los recuerdos, ensartando voraz con una lanza el que estaba
inevitablemente ligado a ese libro. Los Cuentos
Completos de Beatrix Potter.
Tenía cuatro años cuando, de la mano de mi madre, conocí el lugar más
maravilloso del mundo. Una biblioteca. Y digo una porque desde entonces
cualquier biblioteca de cualquier lugar del planeta se convirtió para mí en un
templo sagrado. Imposible olvidar aquel imponente lomo que destacaba en una de
las estanterías metálicas por encima del resto de libros, como atraída por un
imán me acerqué y lo señalé, supongo que debí pensar “cuanto más grande mejor”
y me lo llevé a casa, sin darme cuenta
de que era él quien me había elegido a mí.
Al principio me lo leía mi madre, por la noche, antes de dormir.
Con el tiempo, cuando crecí algo más y superé el Micho 2, esa costumbre pasó a ser mía, y cada día devoraba feliz
uno de aquellos cuentos. En algún momento hicieron una serie de dibujos
animados, lo que para mi tierna edad supuso el culmen de aquel vórtice de magia
inagotable. El conejo Perico y su pequeño congénere Benjamín, el sapo Jeremías,
la gatita Milagros, Samuel Bigotes… Creo que batí el récord sacando aquel libro
de la biblioteca municipal, aún recuerdo las viejas fichas amarillas en las que
repetía una y otra vez mi nombre y apellidos, un garabato, y mi número de socia,
el 1.069.
Y veinte años después ahí
estaba, abrumada por un trombo de recuerdos y emociones que parecía a punto de
estallarme dentro del pecho. Mirando la tapa sin sobrecubierta que asomaba
entre montones de libros de segunda mano, reencontrándome con la felicidad en
un afortunado giro del destino. Allí, en una librería anticuaria, como no podía
ser de otra forma. Donde todo encaja, cada vieja página, cada lomo gastado,
cada libro olvidado, donado o rescatado, donde te envuelve la estela de otro siglo
y otros mundos, allí donde el inconfundible olor de las hojas repasadas por mil
generaciones te llena los pulmones. Donde todo encuentra su lugar, allí, dentro
del Laberinto.
El señor respetable de pelo cano que atendía aquella mañana metió
un marcapáginas dentro de mi colección de cuentos y me la devolvió con una
afable sonrisa.
- Te llevas un libro muy bonito.
- Lo sé - contesté-. Me enamoré de él
cuando tenía cuatro o cinco años y volverlo a ver ha sido como un flechazo.
- Entonces debes llevártelo, sin duda
– dijo, mientras seguía sonriendo y parecía entender, sin necesidad de cruzar
una sola palabra, todo el cúmulo de sensaciones que me brillaba en los ojos y
me ensanchaba el alma.
Me quedé unos segundos así, acariciando el grabado de la portada
desnuda, preguntándome cuántas vidas habría conocido y llenado antes que la
mía. Y me fui, llevándome un poquito de esa magia debajo del brazo, con el
absoluto convencimiento de que había vuelto a pasar. De entre todas las
personas, me había vuelto a elegir a mí.
Raquel Alcaide
sábado, 26 de julio de 2014
YO DE MAYOR QUIERO SER VETERINARIA
Cuando tenía
tres o cuatro años encontré un pajarito muerto, tipo gorrionita o jilgueroide.
Me dio tanta pena que cuando me fui a echar la siesta lo metí entre las
sábanas, conmigo, a ver si con el calorcito humano resucitaba.
Es uno de los
primeros recuerdos, ligados a mi pasión por los animales, que guardo. Entre ese
momento y el resto de mi vida no sé cuándo se produjo el acontecimiento del
rayito (aparentemente iluminador) que atravesó mi mollera para quedarse por los
siglos de los siglos. Efectivamente, me refiero al rollo ese de “yo de mayor
quiero ser veterinaria”. Y no es cuestión baladí lo de rollo, que lo es. Tanto
como bonito pueda ser el sentimiento y la motivación de querer proteger, curar
y salvar vidas. Así que, sí, toda la vida queriendo ser veterinaria, deseándolo
con todas mis fuerzas, mi sueño. ¡Pues ojito! Ojito con lo que se quiere, desea y sueña. Que a veces
se cumple. Y cuando te quieres dar cuenta…”¡Malagueñas las algarrobas!”.
De buenas a
primeras te ves ahí, con tu título debajo del brazo. Una bata y un pijama con
el Hominibus Vitalia Perfecit, Facultas
Veterinaria Cordubensis bien bordadito en el pecho, un maravilloso Littmann
colgado del cuello, un termómetro digital en el bolsillo, y un bloc de notas de
Royal Canin en la mano. Bolígrafo de Hill’s en ristre estás dispuesta a comerte
el mundo. ¡Dejad que los perros se acerquen a mí! De repente un toquecito en el
hombro. Alguna suerte de Pepito Grillo o antiguo compañero de clase, ahora
viejo chamán del desempleo, te susurra gentilmente al oído: Tranquila, amiga,
mejor tómatelo con calma.
¡Ya está el
amargado de turno!, piensas. Y decides tomártelo con filosofía. Emoción jipilonga
y positiva donde las haya, que viene a durarte tanto como el brote eufórico por
haber aprobado el último examen (esto puede variar desde dos días, si has
terminado con Gestión, a dos semanas o dos meses, si te coronaste con Higiene o
Enfermedades Infecciosas). Cual Bob Esponja en su happy-rutina mañanera tú
“estás lista, estás lista, estás lista” (acojonada pero lista). Absolutamente
convencida de que con tu sonrisa, tu arte y tu salero, y tus insaciables ganas
de aprender y superarte cada día vas a encontrar pronto tu oportunidad en el
gremio. Bueno, con eso y con tu humilde currículum, que en algún momento te
pondrás a elaborar. Y mientras tanto ¡cursos, cursos, cursos!, al menos hasta
que el bolsillo lo permita.
¡Qué alegría!
¡Qué alboroto! Otro recién licenciado con los huevos rotos. Sí, me vais a
perdonar la ordinariez. Pero un lunes te levantas y te das cuenta de que llevas
diez meses en el paro, 300 días desde aquel fantástico momento de tu vida en el
que creías que lo habías conseguido. Y vaya que si has conseguido. ¡Un montón
de cosas! Si el que no se consuela es porque no quiere ¿no? He conseguido encontrar
el sentido de la vida (no, el de los Monty Python no, con ése al menos me
habría reído), que en este caso viene a ser:
desilusionarme/deprimirme/desmotivarme más a cada paso que doy.
Primero te
apuntas al paro, a la orientadora y a todos los inventos de juventud, becas,
ayudas e historias para la contratación de recién licenciados e inserción
laboral de novatillos que hay disponibles. Todo con mucho espíritu y ganas. No
te llaman ni para limpiar el polvo, la orientadora, en cuanto cubres tus dos horitas
de rigor para el IPI, automáticamente se olvida de ti, y cuando cumples todos
los requisitos para alguna beca hacen bomba de humo con tu solicitud o aparece
algún enchufado oportuno que siempre es mejor opción que tú.
Por tu lado
decides buscarte la vida de una forma más directa. Se te ocurre fotocopiar tu currículum
en cantidades ingentes y personarte en toda clínica que aparezca en Google Maps
y tenga la puerta abierta, por aquella leyenda urbana de que así causas mejor
impresión y demuestras un claro interés que suele ser valorado positivamente.
No deja de resultarme curioso que de los más de 100 currículum que he entregado
en mano tan sólo dos de ellos han sido abiertos, leídos y comentados en mi
presencia y por el veterinario responsable. ¿Cuánto supone eso? ¿El 2%? El
resto os lo podéis imaginar. Recogidos por auxiliares o administrativos con
cara de pocos amigos o, más decepcionante aún, por veterinarios hostiles que no
se preocupan ni de guardar las formas. Puedo contar los “gracias”, “lo tendremos
en cuenta” y “buenos días” con los dedos de una mano.
Por supuesto
estás al loro de todas las ciberofertas. Forma parte de tu ejercicio matinal diario.
Te levantas, desayunas y te pegas al portátil como un poseso buscando cualquier
indicio de nueva oferta, ojo con esto, que puedas echar. Porque con el
fantabuloso “3 años mínimo de experiencia demostrable” y el estupentástico
“abstenerse de llamar si no cumplís con los requisitos”, como dice una amiga
mía, te da el sol en toda la cara. Que te puedes quedar sentado esperando. Y
hacer encaje de bolillo, que lo mismo con eso te sacas unas perrillas mientras
tu moral se termina de secar. Total, las pocas a las que puedes escribir tampoco
te contestan. Para qué ¿verdad? Eso de contestar está desfasado ya. Ni aunque
tengas un súper hospital que ofrezca un súper internado no remunerado (pero que
te sirve, importante, para coger mucha experiencia demostrable, amasarla y
masticarla como un chicle con el que luego poder hacer pompas y escupírselas a
la cara del que te quiera contratar gratis otra vez) para solicitar el cual
pidas que te manden hasta una muestra de sangre y otra de orina y un montón de
cartas de recomendación, motivación y acreditativas. Para qué te vas a molestar
en contestar a esa horda de infelices chavales que se han molestado (ellos sí,
pero que se molesten y se jodan, que es lo que les toca) en recopilar todos
esos papelajos con los que tú con tu súper hospital te vas a limpiar tu,
seguramente, súper culo. ¿Para qué? ¿Por cortesía? ¿Por educación? ¡Tonterías!
No hay tiempo para eso. Para hacer las cosas bien.
Que bien mirado
no sé qué es peor, si que te ignoren con ausencia total de respuesta o que te
contesten con un cutre-mail sin forma ni estructura (la sangría debe ser un
zumito y el tabulado un cóctel de alta graduación), con más faltas que un
España-Corea del Sur, y que parece que va a autodestruirse en 5 segundos y
después del último stop. Nada de mayúsculas al empezar una frase, ni puntos ni
comas, ni saludos cordiales (ni normales), ni buenos días, ni gracias por su
interés, ni falos en vinagre. Un panorama de lo más alentador.
A mí me alienta
a pegarme un tiro en la boca para comer
algo caliente dentro de poco. Sarcasmo profundo aparte, cada día veo más lejana
la supuesta luz al final del túnel. Es desesperante haber luchado tanto durante
tantos años para ahora ver todas tus aspiraciones de futuro truncadas y
frustradas de una manera tan vil. Si intentas trabajar de lo tuyo no te
contratan en ningún sitio porque no tienes experiencia suficiente, pero para
cualquier otro trabajo estás sobrecualificada y te quedas a dos velas
igualmente. Si solicitas becas para las cuales cumples todos los requisitos ni
siquiera te avisan cuando se resuelven, por lo que asumes que no te han cogido,
y lo sigues intentando hasta que cumples 30 años y entonces olvídate, porque a
partir de los 30 entras en un limbo laboral en el que automáticamente dejas de
existir para este país. Si solicitas alguna oferta de empleo por correo no te
contestan, si te plantas en la clínica (o cualquier otra empresa) aunque tengas
la suerte de que te presten atención y hablen contigo, tampoco luego obtienes
respuesta. Y para hacerte autónomo primero tienes que plantearte en cuánto
podrían tasar tus riñones en el mercado negro.
Y así entras en
un bucle de desmotivación y desidia, y todos los días se convierten en el de la
marmota.
De vez en
cuando me acuerdo de aquel pajarito que quise devolver a la vida, y de toda la
tristeza acumulada finjo una media sonrisa y me resucito yo también un poco. Y
aprovecho lo que me dura.
Raquel Alcaide
viernes, 18 de julio de 2014
UN GENTLEMAN DE BARRA DE BAR (o descripción de un hombre sencillo)
Es un hombre sencillo y tímido. Sus maneras reservadas no están exentas de una cierta candidez que enternece, y en él tampoco lo cortés quita lo valiente. Habla bajito, parece susurrar, como si no quisiera molestar (quizás no sabe que nunca lo hace). Caballero solitario, de agradable compañía y rica conversación.
A veces deja la cerveza a medias y sale a fumar. Me pregunto en qué piensa y cuántos mundos llevará dentro. Cuántas derrotas y cuántas certezas. Luego vuelve, tranquilo, y se une a la fiesta. A la barra del bar, donde urgen las copas y se despachan sonrisas que alivian las penas. A ratos se integra, a ratos se deriva. Sonríe cómplice, sereno y ausente. Con la mirada tan curiosa como cansada.
Llega sin hacer ruido y sin hacer ruido se marcha. Llenándote de alguna manera con su callada presencia, dejando un pequeño vacío cuando se va.
Un tipo singular al que, sin apenas conocer, te dan ganas de abrazar. Un gentleman de barra de bar.
Raquel Alcaide
jueves, 12 de junio de 2014
Libros
"De pronto parece joven y frágil, de no ser por su mirada, que en ningún momento titubea ni se desvía de los ojos del marino cuando éste se inclina sobre ella y la besa en la boca, muy despacio y sin violencia, como si le diese oportunidad de retirar el rostro. Pero ella no lo retira, y Pepe Lobo siente la suavidad deliciosa de sus labios entreabiertos, y el temblor súbito del cuerpo de la mujer, desvalido y firme a la vez, cuando lo rodea y estrecha entre los brazos. Permanecen así los dos unos instantes, cobijada ella en el dominó, del que ha caído la capucha sobre su espalda, envuelta en el abrazo del hombre, callada y muy quieta, sin cerrar los ojos ni dejar de mirarlo. Después se aparta y le pone una mano en la cara, con suavidad, ni para rechazarlo ni para atraerlo. La mantiene así, con la palma abierta y los dedos extendidos tocando el rostro y los ojos del hombre, igual que una ciega que quisiera retener sus rasgos en la mano tibia. Y cuando la retira al fin, lo hace lentamente. Como si le doliera cada pulgada de distancia interpuesta entre su mano y la piel del corsario.
- Es hora de regresar- dice, serena."
(El Asedio. Arturo Pérez-Reverte)
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
