domingo, 1 de marzo de 2015

LA DIALÉCTICA DEL JOVEN PADAWAN






Nunca me han llamado la atención los niños, no se me dan muy bien que digamos, me nace más instinto maternal con una camada de hurones hambrientos que con un bebé recién nacido. Las cosas de la vida.


Pero esta mañana, dando un paseo por el campo con la familia, me he entretenido charlando con Juanito, uno de mis primos pequeños, de ocho añitos, y me ha dejado pensando. Quizás no esté todo perdido, a lo mejor queda alguna esperanza para este mundo. ”¡Esos locos bajitos!”.


Es un renacuajo con carilla de duende travieso, de semblante tranquilo pero avispado y sagaz. Pregunta algunas cosas, y sabe muchas más, eso sí, nunca revela sus fuentes el muy truhán. Te gana por su sinceridad y sus ganas de aprender cosas. Durante el camino le he explicado lo que era “pegarse un topetazo” y “coger una liebre”, y hemos identificado a un ratonero bodeguero andaluz, un bretón español, un asno andaluz y uno zamorano-leonés (aprovechando que íbamos por el campo he barrido para mi terreno, por si algún día le llama la vocación, que nunca se sabe). Él no se sorprende por nada de lo que le dices, pero absorbe con todo detalle la información que le das. Es una esponja increíble.


La que no ha parado de sorprenderse he sido yo. Normalmente se me caen todos los palos del sombrajo cuando lo escucho hablar (se expresa de una manera muy correcta e impropia de los niños de su edad, con una pronunciación y unas palabras que dejan anonadado a cualquier adulto, y todo ello con una seguridad pasmosa), pero hoy, además, he alucinado con el tema de la conversación: la guerra de las galaxias.


Cuando piensas en el salto generacional de veinte años que hay de por medio te das cuenta de que la cosa tiene su miga. Y más o menos fue ésta:

-  ¿Pero cómo vas a conocer tú “La guerra de las galaxias”, Juan?. Si eso es más viejo que yo. -   La guerra de las galaxias, también conocida como Star wars- dice  sin inmutarse. 
-   Eh…sí, claro- intento que no se note que estoy alucinando en colores. 
-   Sale uno que es muy malo y dice “yo…soy…tu padre”- y para resultar más veraz pone voz de señor oscuro.
-   Ese es Darth Vader.
-   Sí, eso, Darth Vader. Y su hijo es Luke. Y también hay uno que es el que más sabe de todos y es de color verde, Yoda. 
-  Ajam…-yo sigo alucinando-. ¿Y sabes cómo se llama el “cuartel general” de Darth Vader? 
-  La estrella de la muerte- me dice, y se queda tan pancho.
- ¿Y si no has visto las películas, cómo sabes todas esas cosas, Juanito? 
-  Porque he visto la película de Lego.


¡Así que era eso! Como diría el gran detective Ford Farlaine: “te cagas, Moragas” (qué capacidad para absorber y retener información). Todavía seguimos un buen rato más hablando y debatiendo sobre el tema, y hasta tuvimos, a petición del joven padawan, una simulación de pelea con espadas láser imaginarias, que disfruté y perdí con toda la elegancia que pude. Me hizo tanta ilusión que le prometí que le regalaría las películas para que se terminara de documentar y hablara con más propiedad todavía, si es que eso es posible.


A la disertación friki siguieron otras conversaciones no menos interesantes, hablamos de animales, de música clásica, de lo cotidiano y del bien y el mal (el hilo de Darth Vader da para mucho). A ratos parecía murmurar cosas para sí mismo y moverse al son de una melodía que sólo él podía escuchar, así que no pude reprimir mi curiosidad y le pregunté qué cantaba o bailaba. Me respondió que cosas que él tiene en su cabeza. De repente , a mí que a friki no me gana nadie, se me ocurrió algo y le dije:

-   ¿Tú sabes quién es Sherlock Holmes?-   Claro, un detective.
-   No sé de qué me sorprendo. ¿Y cómo lo conoces?
-   He visto capítulos sueltos.
-  ¿De película o de dibujos animados?
-   De dibujos…
-   Ah…vale. Pues ¿sabes que Sherlock Holmes hace mucho esas cosas que haces tú de hablar contigo mismo? Lo llama su “palacio mental”, y allí se va a pensar en sus cosas y analizarlo todo.
-  Ajam- dice como distraído-. Pues en mi cabeza hay muchas cosas. Yo a veces pienso…y pienso cosas. Aquí – y se toca la cabeza con un dedo-, aquí dentro hay muchas cosas.




¡Vaya si hay cosas! ¡Ya lo creo que sí! Y espero que reciban los estímulos suficientes y adecuados para poder desarrollarse en algo maravilloso muy pronto. Después de la entretenida mañana divagando con el pequeño saltamontes, me quedé yo también en mi propio palacio mental. Qué buen rato y qué charlas más interesantes. Deberíamos dedicar más tiempo a disfrutar de estos imberbes insaciables que no se cansan de jugar ni de absorber conocimientos, ahora que son diamantes en bruto y que en su inocencia pueden ver el mundo con los mejores ojos, y con un poco de suerte,  dejarnos contagiar por esa alegría y por la sencillez de las pequeñas cosas,  que son las que dan la felicidad y las que en nuestras adultas vidas acostumbramos a olvidar.


Es más, deberían recetarlo los médicos: “una charla y media o cuarto y mitad de interacción filosófica con un niño tres veces en semana”. Tratamiento de por vida para enriquecimiento mutuo. Éxito garantizado. Alarga la vida. Testado emocional e intelectualmente.





Raquel Alcaide

lunes, 9 de febrero de 2015

De pasiones y letras



Tirante,
melancólica y jodida.
Hoy busco canciones
para arrancarme una espina.
Asideros
a los que encaramar el alma.
Llevarla hasta lo más alto
y, desde arriba, desplomarla.

Escribo a deshora
con tinta lasciva,
y lo hago sin motivo ni herida,
o quizás con demasiados.
Ni uno verdadero,
algunos suficientes,
bastantes olvidados.

Triste devenir
para un corazón cansado
y una mano valiente,
para el espíritu cobarde
que no se halla si no siente,
si no late desbocado
de los tobillos a la frente.
Que no cesa en su locura
y se enamora a diario,
iluso y ufano,
de las incertidumbres y miserias
del ser humano.

En las sienes mil batallas
que nunca terminan de librarse,
en los párpados, sueños y morralla,
discordia interminable,
te quieros y rencores,
abrazos amargos y seductores,
desidia
de última hora de la tarde.

De pasiones y letras
se me llenan los dedos.
Quién sabe cuándo escampará,
ni cuándo explotarán las minas.
Yo mientras tanto 
me contamino y  me bebo.




Raquel Alcaide

martes, 16 de diciembre de 2014

DE SANGRE, OVEJAS Y SUEÑOS EROTICOFESTIVOS




Comienzo a aficionarme a relatar mis historias empezando con una pregunta (ahora entiendo a los  monologuistas) y no sé si será bueno o malo, pero ésta es de necesidad, y si no ya me lo diréis. ¿Habéis ido alguna vez a donar sangre? Si sois buenos samaritanos imagino que sí ¿no? Y si habéis pasado la dura prueba del pinchazo en el dedo, no tenéis tatuajes ni más agujeros que los que vienen de fábrica, ni enfermedades infectocontagiosas como la gripe aviar o la estupidez suprema, y vuestras fornicaciones son siempre seguras, estables y dentro de la legalidad vigente, imagino también que os habrán leído otra lista interminable de cosas que no debéis hacer después de dejar que os chupen medio litro de sangre ¿cierto? ¿Las visualizáis? ¿Recordáis algunas de ellas?-esto de las preguntas se me está yendo de las manos-. Pues ya os digo yo que hay una que se les ha olvidado poner: Durante las 24 horas siguientes a la extracción es totalmente desaconsejable irse a una granja a inseminar ovejas.



Y es que, claro, si no se especifican las cosas la gente se vuelve loca y hace tonterías. Con lo contenta que estaba yo ese día, quién me iba a decir a mí el show que me esperaba. Por la mañana convencí a un amigo para que se animara a donar conmigo y, como era su primera vez, aproveché para cachondearme un poco y darle consejos de veterana (maldito karma). Luego me fui tranquilamente a casa, volví a comer y beber, me aseguré una siesta reparadora y me puse de nuevo en marcha hacia la facultad, donde tenía unas prácticas que hacer con unas ovejas y unos tampones que simulaban estar rellenos de hormonas.



Hasta ahí todo bien. Nada parecía augurar sucesos oscuros ni desgracia alguna. Mas, cuando empecé a subir con varios de mis compañeros la empinada cuesta que separa Mordor University de la granja experimental, noté cómo un súbito estertor intestinal me sacudía las profundidades así, sin venir a cuento, porque sí. Porque le vino bien, porque debió pensar que era un buen momento, porque el campo es de todos y qué mejor lugar para plantar un pino o para reventar como un ciquitraque en caso necesario, porque no había tenido tiempo en todo el día, porque se le había antojado manifestarse a las siete de la tarde, y sobre todo porque debió pensar que, como todo el mundo sabe, donar sangre te da ganas de cagar.



No os voy a deleitar con detalles escatológicos, aunque los que me conocen saben que me gusta y se me da bien (es la sociedad la que tiene un problema, no yo), sólo diré, para que os ambientéis, que terminando el último repecho del camino el sudor frío formaba parte de mi atuendo y que el pseudominibañocuadra de la granja no tenía luz ni papel ni pestillo, y no, no había dehesa ni bosque mediterráneo a cuyo follaje virginal acudir en busca de consuelo. Aguanté pues como una jabata los envites del temporal y me mantuve tan firme como pude.



Agradecí a los dioses que pasados unos interminables diez minutos la fuerza del lado oscuro dejara de presionarme y me permitiera centrarme en mi tarea reproductiva con las ovejas. Realmente no íbamos a inseminarlas, sólo a ponerles esponjas vaginales con hormonas para simular cómo sería una salida a celo programada, pero eso quedaba demasiado largo y el caso es que os hicierais una idea del asunto. Así que oveja para arriba y oveja para abajo, ahora me agacho, ahora me levanto, sujeto a la oveja y le doy media vuelta y si hace falta le hago un placaje, corre, salta, brinca, mete tampón, si la oveja aprieta tú empuja y si la oveja empuja tú aprieta, y saca tampón, y sécate el sudor (todo esto con la musiquita de Benny Hill).



Tras la entretenida parte práctica nos esperaba un pequeño receso teórico en una parte contigua de la nave, y allá que nos fuimos a escuchar pacientemente la lección. Llegados a este punto, y para que podáis entender, valga la redundancia, todos los puntos y comas de la anécdota, debo aclarar varias cosas. Primero, que mi cuerpo, con las reservas de hemoglobina seriamente afectadas, se había visto recientemente sometido a un esfuerzo titánico de represión esfinteriana para no liarla parda y, poco después, se había puesto a revolear ovejas como si fueran peso pluma. Y segundo, y no menos importante, que mis sistemas nervioso y hormonal andaban bastante revolucionados por la presencia de un profe de prácticas cuanto menos encantador al que yo tenía en mi pedestal particular.



Dicho esto y volviendo al meollo, allí estaba yo, de pie entre mis compañeros, firme y solemne, intentando bajarme de la nube y prestar atención a las palabras que salían de la boca de ese hombre tan adorable, con esos ojos azules y esa sonrisa arrebatadora, que hasta el mono y las botas le sentaban bien. Y venga a mentar hormonas, y procesos fisiológicos y reproductivos, y venga a mentar fármacos inyectables y tamponiles, y venga a... En cuestión de un milisegundo sentí un escalofrío y un sudor más frío todavía que me bajaba por el cogote, me quedé mirando fijamente al adonis veterinario que en ese momento sostenía un botecito sobre el que nos estaba hablando, se me nubló la vista hasta el negro oscuro y me fui hacia adelante como si hubiera cogido un ciego de caballo en plena feria de mayo (en un intercambio de opiniones posterior me enteré de que había parecido un zombie de los del Thriller de Michael Jackson). Recuerdo vagamente que el buen hombre, al ver que me tiraba literalmente encima de él (juro por los dioses que, aunque agradable, no fue intencionado, en todo caso la fuerza del destino) dijo algo así como “vaya, pues si que tiene interés esta chica en el botecito”. Después me terminé de desmayar de alguna manera y me tendieron en el suelo repleto de cagarrutas de oveja (sí, muy romántico).



Aunque para romántico mi despertar. Tras unos segundos en los que perdí el conocimiento, una amiga que reaccionó rápido me puso los pies en alto y la sangre me volvió a la cabeza como una feliz bofetada. Parpadeé apenas y me encontré al príncipe de Beckelar mirándome con ojillos tiernos y sonriéndome, con la mano apoyada en mi frente: “¿Estás bien?”. Responder a eso con la verdad habría sido delito seguro. Desde luego no era la idea que había alimentado en mis sueños erótico-festivos, pero a falta de pan…Me sentí abrumada y avergonzada, además de hipovolémica. Todo el grupo me miraba expectante, otra de mis amigas me había abierto el mono de trabajo hasta la cintura pensando que me asfixiaba (menos mal que tenía ropa debajo), el profe adorable no me dejaba levantarme, y lo peor de todo es que mi primer pensamiento post-pájara había sido “por favor, por todos los orcos de Mordor, que no se me haya ido el esfínter”.



¡¡Qué vergüenza!! ¡¡Tenía ganas de gritar eso de “Si me queréis, irse”!! Afortunadamente no me había ido de varetas, pero la situación era digna de un sketch de La Hora Chanante: yo despatarrada y despechugada en el suelo, “el Arrebola” (mi príncipe Encantador) frivolizando con frases tan acertadas como “Ey, pues ahora que estás así podíamos aprovechar y ponerte a ti las esponjas…”, una de mis amigas floja de la risa, la otra atacada de los nervios, y a mí lo único que se me ocurrió para salir del paso fue dirigirme a mi amigo el primodonante para decirle “Y el hijoputa éste, que está más chupao que la pipa de un indio, dona por primera vez y no le pasa na’, y a mí que estoy bien criá va y me da un chungo, hay que joderse”.



Menuda estampa para un cuadro. Un rato después, cuando me volvió el color a la cara, me ayudaron a levantarme y me trajeron una silla. El resto de la clase teórica la pasé mirando a un punto fijo que quedaba a la altura de mis ojos, no diré qué era para no escandalizaros, pero pensad mal. El apuesto rubiales dio prácticamente lo que quedaba de clase mirándome con especial interés y preocupación paternal, yo por mi parte intenté concentrarme en no derramar demasiadas babas. Y al término de la misma se acercó, servicial y correcto, a preguntarme si tenía coche para volver a casa. Llamadme loca, pero yo en ese momento me moría por contestarle “No, y si lo tuviera le rajaba ahora mismo una rueda. Móntame en tu caballo, príncipe de Beckelar”, de hecho, se lo pensé a la cara. Lamentablemente sí que tenía coche (gracias José Antonio, eres un buen amigo), mi gozo en un pozo, pero me quedé con aquella sonrisa de recuerdo y con unas estúpidas ganas de suspender la asignatura para tener que repetir las prácticas con mi caballero andante.



Así que, ya sabéis, si vais a donar sangre tened cuidado, que por menos de nada acabáis, sin saber cómo, con las patas para arriba y de mierda hasta las trancas. 




Raquel Alcaide

miércoles, 29 de octubre de 2014

De Maestros






En estos tiempos oscuros me acecha con frecuencia la melancolía, y una especie de vejez prematura se apodera de mis sentidos, dejándome absorta en aquellos maravillosos años, que quizás no lo fueron tanto. Aun así, volver la vista atrás me sirve para capear el temporal, porque en el pasado encuentro los pilares que sostienen toda mi existencia. Los motivos, las raíces, los comienzos duros y hasta los finales tristes.



De lo malo siempre he intentado quedarme con la lección, y de lo bueno, con lo mejor, con esas pequeñas luces que han guiado mi camino desde casi antes de empezar a andar, los marcapáginas de mi historia: los maestros, mis queridos maestros. Y no me refiero a esos que dan clase, sino a los que te enseñan, a los que te tocan los cimientos y marcan una parte de tu vida. A ellos vuelvo, en busca de consejo y consuelo, cuando me pierdo, cuando el futuro es incierto y el presente se tambalea bajo mis pies. Cuando necesito recordar quién soy, recuerdo quiénes eran. Y, todavía, son.



Todo empezó en el parvulario, en esa época en la que somos auténticas e inocentes esponjas. Doña Amparo era un nuevo descubrimiento para mí, con kilos de paciencia y cariño se dedicaba en cuerpo y alma a aguantarnos y educarnos, ejercía tal atracción sobre nosotros que a veces no la dejábamos tranquila ni durante el recreo. No era de extrañar que todas las madres estuvieran encantadas con ella, niño contento, mami contenta, todos felices. Maestra de maestras. Estoy segura de que aquellos de mis compañeros que acabaron estudiando magisterio la tienen como referente, y la tuvieron como señal inequívoca del destino y la vocación en nuestros tempranos años. Más de veinte han pasado ya y, cuando alguna vez nos hemos cruzado por la calle, aún se acuerda de mí. La sonrisa que me ensancha la cara en ese momento no se puede describir.



También mi “seño” doña Josefina me recuerda, y me lo demuestra afectuosamente siempre que nos encontramos. Tuve la suerte de caer en su grupo de clase cuando tenía ocho años, y tener que abandonarla con diez fue uno de los trances más duros de mi niñez. Rápidamente nos acostumbramos a lo bueno, a la dedicación, a la comprensión, al cariño incondicional y, una vez más, a la paciencia y tesón infinitos. Aprendí mucho de ella, no sólo de Lengua y Matemáticas. No solemos darnos cuenta de estas cosas, no las llevamos apuntadas en una lista, pero los maestros de verdad te dejan su marca impresa. Y su amor es tan sincero que cuando empiezas a volar en solitario no puedes evitar sentirte de algún modo huérfano, sin ellos.



La ternura y condescendencia del colegio terminarían pronto, a la vuelta de la esquina nos esperaba la vorágine desconocida del instituto (y no sé por qué pluralizo, quizás la única que sentía pavor por esa nueva valla en la carrera de obstáculos era yo). Otros profesores, otros horarios, otros compañeros, otro nivel, demasiados cambios en tan poco tiempo. El primer día de clase nos llamaron a filas en el patio y nos asignaron grupo, aula y tutor. El mío se llamaba Emilio, era un tipo menudo y tranquilo, con barba y pelo rubio oscuro al que, por algún motivo, todos conocían como "Prosinecki". Durante dos años seguidos nos enseñó Ciencias Sociales y guardo un grato recuerdo de él, quizás también porque fue la primera persona que se atrevió a traspasar esa barrera profesor-alumno para preguntarme si me pasaba algo, al ver cómo mis notas en su asignatura bajaban en picado de un curso a otro.



No volvería jamás a mi adolescencia, pero si algo la hizo menos dura fue sin duda toparme con buenos “senseis” por el camino. Como el susodicho, o como Paco Luque, el de Sociales de tercero, o Diana, la de Ética de cuarto, o Raimundo, el de Matemáticas de primero de bachillerato. Grandes personas y personajes que, al menos a mí, me calaron profundamente. Me arrepiento de no haber participado más en sus clases, cuando intentaban interaccionar con nosotros y acercarnos a la realidad y al mundo que había fuera de nuestra burbuja de cristal. Fueron un verdadero estímulo para mi mente y, aunque nunca lo sabrán, tienen mucho que ver en el carácter y la forma de ver la vida que tengo hoy día.



Les debo mucho. Como poco un abrazo sincero y un par de cañas. Y más que un deber es un deseo, del que no se escapan “Juan-Ri” ni Salvador, mis profes de Historia y Matemáticas de segundo de bachillerato. Honorables señores de ideas claras y profundos valores. Y no lo sé porque hablara con ellos sobre el tema, lo sé porque lo transmitían, porque enseñaban mucho más que una asignatura, enseñaban a hacerse preguntas, a pensar libremente, a tener actitud y personalidad, a ser mejor, a no conformarse. Enseñaban a vivir, si es que eso se puede enseñar. Me siento increíblemente afortunada por haber coincidido con ellos. Ahora que me voy acercando a los treinta me aprieta la nostalgia, y me apena ser consciente de que seguir adelante significa dejar etapas y personas atrás. Probablemente no vuelva a cruzarme con ninguno, pero sueño con esa cervecita con ellos, y con esa charla de joven Padawan a maestro Jedi.



Tampoco olvido a otros maestros que no son tales y que me han marcado como si lo fueran. Hay personas que nacen con el noble arte de saber enseñar y no saben que lo tienen, que son mejores que un libro abierto, que utilizan las palabras adecuadas, que transmiten sin proponérselo. César es una de ellas. Creo que habría terminado antes la carrera y habría entendido infinitas cosas más si me hubiese dado clase. Cuando te apasiona lo que haces consigues motivar y encandilar a los demás, y eso no te lo da ningún título. Quizás debería decírselo antes de que la vida y el tiempo impongan su distancia habitual y se olvide de mí, como todo maestro de sus tantísimos alumnos.



No es lo mejor que he escrito, ni remotamente. Pero tenía unas irresistibles ganas de dedicar unas letras a esas personas que me han dejado una huella imborrable en el corazón, elevando el significado de la enseñanza a su máxima expresión. Porque creo que se lo merecen, porque deben saberlo. Porque les admiro y porque les quiero.



Gracias, Maestros.





Raquel Alcaide

martes, 14 de octubre de 2014

Dentro del Laberinto



¿Nunca os ha mirado un libro? A mí sí. Aquellas tapas desgastadas de color azul añil intentaban comunicarse conmigo, hasta me pareció que el conejito grabado en oro de la portada salía de su fondo de cartón y me guiñaba un ojo: “¡Mírame! ¡Mírame! ¡Estoy aquí!”.

Fue exactamente ese tipo de momento en el que se para el tiempo, el corazón te da un vuelco, y te descubres de repente transportándote, por alguna suerte de delorean, a esa parte de tu vida tan a menudo olvidada. Ese pequeño rinconcito de paz, ancestral zona de confort, ese abrazo tierno que es la infancia. Como en esas cajitas de juguete en las que miras por un agujerito y van pasando fotogramas de una película, mi mente eclipsada atravesó los años y apartó los recuerdos, ensartando voraz con una lanza el que estaba inevitablemente ligado a ese libro. Los Cuentos Completos  de Beatrix Potter.

Tenía cuatro años cuando, de la mano de mi madre, conocí el lugar más maravilloso del mundo. Una biblioteca. Y digo una porque desde entonces cualquier biblioteca de cualquier lugar del planeta se convirtió para mí en un templo sagrado. Imposible olvidar aquel imponente lomo que destacaba en una de las estanterías metálicas por encima del resto de libros, como atraída por un imán me acerqué y lo señalé, supongo que debí pensar “cuanto más grande mejor” y me lo llevé a casa, sin darme cuenta  de que era él quien me había elegido a mí.

Al principio me lo leía mi madre, por la noche, antes de dormir. Con el tiempo, cuando crecí algo más y superé el Micho 2, esa costumbre pasó a ser mía, y cada día devoraba feliz uno de aquellos cuentos. En algún momento hicieron una serie de dibujos animados, lo que para mi tierna edad supuso el culmen de aquel vórtice de magia inagotable. El conejo Perico y su pequeño congénere Benjamín, el sapo Jeremías, la gatita Milagros, Samuel Bigotes… Creo que batí el récord sacando aquel libro de la biblioteca municipal, aún recuerdo las viejas fichas amarillas en las que repetía una y otra vez mi nombre y apellidos, un garabato, y mi número de socia,  el 1.069.

Y veinte años después ahí estaba, abrumada por un trombo de recuerdos y emociones que parecía a punto de estallarme dentro del pecho. Mirando la tapa sin sobrecubierta que asomaba entre montones de libros de segunda mano, reencontrándome con la felicidad en un afortunado giro del destino. Allí, en una librería anticuaria, como no podía ser de otra forma. Donde todo encaja, cada vieja página, cada lomo gastado, cada libro olvidado, donado o rescatado, donde te envuelve la estela de otro siglo y otros mundos, allí donde el inconfundible olor de las hojas repasadas por mil generaciones te llena los pulmones. Donde todo encuentra su lugar, allí, dentro del Laberinto.

El señor respetable de pelo cano que atendía aquella mañana metió un marcapáginas dentro de mi colección de cuentos y me la devolvió con una afable sonrisa.

-       Te llevas un libro muy bonito.
-       Lo sé - contesté-. Me enamoré de él cuando tenía cuatro o cinco años y volverlo a ver ha sido como un flechazo.
-       Entonces debes llevártelo, sin duda – dijo, mientras seguía sonriendo y parecía entender, sin necesidad de cruzar una sola palabra, todo el cúmulo de sensaciones que me brillaba en los ojos y me ensanchaba el alma.

Me quedé unos segundos así, acariciando el grabado de la portada desnuda, preguntándome cuántas vidas habría conocido y llenado antes que la mía. Y me fui, llevándome un poquito de esa magia debajo del brazo, con el absoluto convencimiento de que había vuelto a pasar. De entre todas las personas, me había vuelto a elegir a mí.



Raquel Alcaide

sábado, 26 de julio de 2014

YO DE MAYOR QUIERO SER VETERINARIA



Cuando tenía tres o cuatro años encontré un pajarito muerto, tipo gorrionita o jilgueroide. Me dio tanta pena que cuando me fui a echar la siesta lo metí entre las sábanas, conmigo, a ver si con el calorcito humano resucitaba.



Es uno de los primeros recuerdos, ligados a mi pasión por los animales, que guardo. Entre ese momento y el resto de mi vida no sé cuándo se produjo el acontecimiento del rayito (aparentemente iluminador) que atravesó mi mollera para quedarse por los siglos de los siglos. Efectivamente, me refiero al rollo ese de “yo de mayor quiero ser veterinaria”. Y no es cuestión baladí lo de rollo, que lo es. Tanto como bonito pueda ser el sentimiento y la motivación de querer proteger, curar y salvar vidas. Así que, sí, toda la vida queriendo ser veterinaria, deseándolo con todas mis fuerzas, mi sueño. ¡Pues ojito! Ojito con  lo que se quiere, desea y sueña. Que a veces se cumple. Y cuando te quieres dar cuenta…”¡Malagueñas las algarrobas!”.



De buenas a primeras te ves ahí, con tu título debajo del brazo. Una bata y un pijama con el Hominibus Vitalia Perfecit, Facultas Veterinaria Cordubensis bien bordadito en el pecho, un maravilloso Littmann colgado del cuello, un termómetro digital en el bolsillo, y un bloc de notas de Royal Canin en la mano. Bolígrafo de Hill’s en ristre estás dispuesta a comerte el mundo. ¡Dejad que los perros se acerquen a mí! De repente un toquecito en el hombro. Alguna suerte de Pepito Grillo o antiguo compañero de clase, ahora viejo chamán del desempleo, te susurra gentilmente al oído: Tranquila, amiga, mejor tómatelo con calma.



¡Ya está el amargado de turno!, piensas. Y decides tomártelo con filosofía. Emoción jipilonga y positiva donde las haya, que viene a durarte tanto como el brote eufórico por haber aprobado el último examen (esto puede variar desde dos días, si has terminado con Gestión, a dos semanas o dos meses, si te coronaste con Higiene o Enfermedades Infecciosas). Cual Bob Esponja en su happy-rutina mañanera tú “estás lista, estás lista, estás lista” (acojonada pero lista). Absolutamente convencida de que con tu sonrisa, tu arte y tu salero, y tus insaciables ganas de aprender y superarte cada día vas a encontrar pronto tu oportunidad en el gremio. Bueno, con eso y con tu humilde currículum, que en algún momento te pondrás a elaborar. Y mientras tanto ¡cursos, cursos, cursos!, al menos hasta que el bolsillo lo permita.



¡Qué alegría! ¡Qué alboroto! Otro recién licenciado con los huevos rotos. Sí, me vais a perdonar la ordinariez. Pero un lunes te levantas y te das cuenta de que llevas diez meses en el paro, 300 días desde aquel fantástico momento de tu vida en el que creías que lo habías conseguido. Y vaya que si has conseguido. ¡Un montón de cosas! Si el que no se consuela es porque no quiere ¿no? He conseguido encontrar el sentido de la vida (no, el de los Monty Python no, con ése al menos me habría reído), que en este caso viene a ser: desilusionarme/deprimirme/desmotivarme más a cada paso que doy.



Primero te apuntas al paro, a la orientadora y a todos los inventos de juventud, becas, ayudas e historias para la contratación de recién licenciados e inserción laboral de novatillos que hay disponibles. Todo con mucho espíritu y ganas. No te llaman ni para limpiar el polvo, la orientadora, en cuanto cubres tus dos horitas de rigor para el IPI, automáticamente se olvida de ti, y cuando cumples todos los requisitos para alguna beca hacen bomba de humo con tu solicitud o aparece algún enchufado oportuno que siempre es mejor opción que tú.



Por tu lado decides buscarte la vida de una forma más directa. Se te ocurre fotocopiar tu currículum en cantidades ingentes y personarte en toda clínica que aparezca en Google Maps y tenga la puerta abierta, por aquella leyenda urbana de que así causas mejor impresión y demuestras un claro interés que suele ser valorado positivamente. No deja de resultarme curioso que de los más de 100 currículum que he entregado en mano tan sólo dos de ellos han sido abiertos, leídos y comentados en mi presencia y por el veterinario responsable. ¿Cuánto supone eso? ¿El 2%? El resto os lo podéis imaginar. Recogidos por auxiliares o administrativos con cara de pocos amigos o, más decepcionante aún, por veterinarios hostiles que no se preocupan ni de guardar las formas. Puedo contar los “gracias”, “lo tendremos en cuenta” y “buenos días” con los dedos de una mano.



Por supuesto estás al loro de todas las ciberofertas. Forma parte de tu ejercicio matinal diario. Te levantas, desayunas y te pegas al portátil como un poseso buscando cualquier indicio de nueva oferta, ojo con esto, que puedas echar. Porque con el fantabuloso “3 años mínimo de experiencia demostrable” y el estupentástico “abstenerse de llamar si no cumplís con los requisitos”, como dice una amiga mía, te da el sol en toda la cara. Que te puedes quedar sentado esperando. Y hacer encaje de bolillo, que lo mismo con eso te sacas unas perrillas mientras tu moral se termina de secar. Total, las pocas a las que puedes escribir tampoco te contestan. Para qué ¿verdad? Eso de contestar está desfasado ya. Ni aunque tengas un súper hospital que ofrezca un súper internado no remunerado (pero que te sirve, importante, para coger mucha experiencia demostrable, amasarla y masticarla como un chicle con el que luego poder hacer pompas y escupírselas a la cara del que te quiera contratar gratis otra vez) para solicitar el cual pidas que te manden hasta una muestra de sangre y otra de orina y un montón de cartas de recomendación, motivación y acreditativas. Para qué te vas a molestar en contestar a esa horda de infelices chavales que se han molestado (ellos sí, pero que se molesten y se jodan, que es lo que les toca) en recopilar todos esos papelajos con los que tú con tu súper hospital te vas a limpiar tu, seguramente, súper culo. ¿Para qué? ¿Por cortesía? ¿Por educación? ¡Tonterías! No hay tiempo para eso. Para hacer las cosas bien.



Que bien mirado no sé qué es peor, si que te ignoren con ausencia total de respuesta o que te contesten con un cutre-mail sin forma ni estructura (la sangría debe ser un zumito y el tabulado un cóctel de alta graduación), con más faltas que un España-Corea del Sur, y que parece que va a autodestruirse en 5 segundos y después del último stop. Nada de mayúsculas al empezar una frase, ni puntos ni comas, ni saludos cordiales (ni normales), ni buenos días, ni gracias por su interés, ni falos en vinagre. Un panorama de lo más alentador.



A mí me alienta a pegarme un  tiro en la boca para comer algo caliente dentro de poco. Sarcasmo profundo aparte, cada día veo más lejana la supuesta luz al final del túnel. Es desesperante haber luchado tanto durante tantos años para ahora ver todas tus aspiraciones de futuro truncadas y frustradas de una manera tan vil. Si intentas trabajar de lo tuyo no te contratan en ningún sitio porque no tienes experiencia suficiente, pero para cualquier otro trabajo estás sobrecualificada y te quedas a dos velas igualmente. Si solicitas becas para las cuales cumples todos los requisitos ni siquiera te avisan cuando se resuelven, por lo que asumes que no te han cogido, y lo sigues intentando hasta que cumples 30 años y entonces olvídate, porque a partir de los 30 entras en un limbo laboral en el que automáticamente dejas de existir para este país. Si solicitas alguna oferta de empleo por correo no te contestan, si te plantas en la clínica (o cualquier otra empresa) aunque tengas la suerte de que te presten atención y hablen contigo, tampoco luego obtienes respuesta. Y para hacerte autónomo primero tienes que plantearte en cuánto podrían tasar tus riñones en el mercado negro.



Y así entras en un bucle de desmotivación y desidia, y todos los días se convierten en el de la marmota.



De vez en cuando me acuerdo de aquel pajarito que quise devolver a la vida, y de toda la tristeza acumulada finjo una media sonrisa y me resucito yo también un poco. Y aprovecho lo que me dura.





Raquel Alcaide



viernes, 18 de julio de 2014

UN GENTLEMAN DE BARRA DE BAR (o descripción de un hombre sencillo)


Es un hombre sencillo y tímido. Sus maneras reservadas no están exentas de una cierta candidez que enternece, y en él tampoco lo cortés quita lo valiente. Habla bajito, parece susurrar, como si no quisiera molestar (quizás no sabe que nunca lo hace). Caballero solitario, de agradable compañía y rica conversación.

A veces deja la cerveza a medias y sale a fumar. Me pregunto en qué piensa y cuántos mundos llevará dentro. Cuántas derrotas y cuántas certezas. Luego vuelve, tranquilo, y se une a la fiesta. A la barra del bar, donde urgen las copas y se despachan sonrisas que alivian las penas. A ratos se integra, a ratos se deriva. Sonríe cómplice, sereno y ausente. Con la mirada tan curiosa como cansada.

Llega sin hacer ruido y sin hacer ruido se marcha. Llenándote de alguna manera con su callada presencia, dejando un pequeño vacío cuando se va.

Un tipo singular al que, sin apenas conocer, te dan ganas de abrazar. Un gentleman de barra de bar.


Raquel Alcaide