Opíparo almuerzo habíamos despachado aquel día. Aún tenía el sabroso recuerdo de las navajas en la lengua, y el aroma abrumador de aquel filete de un kilo de carne de wagyu se había quedado a vivir en mi nariz. Todo estaba saliendo redondo (sobre todo mi barriga), ¡qué difícil es sentirse mal en tierras gallegas! Siguiendo con nuestra ruta turística por los faros de Costa da Morte, fuimos a bajar la comilona al siguiente punto de nuestro mapa: cabo Touriñán.
Una pequeña mueca de contrariedad nos torció el gesto al ver que el faro estaba en obras, pero eso iba a fastidiarnos algunas fotos, no disfrutar del relajante paseo y las vistas impresionantes. Volví un momento al coche para coger prestada una sudadera, el viento soplaba bien por allí arriba y a mí me encanta creer que es invierno, fue entonces cuando lo escuché. No fui la única ni fui la primera en oírlo, me pareció claramente un gato, un maullido chillón e intenso, pensé que podrían ser una o varias crías, o alguno más mayor. Alguien dijo que sólo eran pájaros, debatimos en el aire y decidimos seguir nuestro camino. Encontramos las ya familiares huellas de unos piececitos verdes* en unas rocas, al principio del camino circundante al faro, y nos pusimos en marcha. Tardamos una media hora o cuarenta minutos en volver al punto de partida, el camino seguía y se perdía de la vista al doblar un recodo del paisaje, pero empezaba a dolerme la cabeza por el vendaval y no me quedaba mucha sangre en el cerebro para emprender grandes gestas ese día (no sospechaba por entonces que me esperaban digestiones mucho más duras antes de terminar la semana). Al pie del faro aquel maullido/graznido seguía sonando con fuerza. Fuera gato o gaviota no podía irme de allí sin averiguarlo.
Había una casita con unos escalones y un pequeño porche a unos metros del faro. Tenía un coche aparcado en la puerta, por lo que supuse que estaría habitada, pero lo que a mí me parecía un maullido interminable provenía de esa zona, así que con una mezcla de fatiga y vergüenza me acerqué hasta allí, subí los escalones y rodeé el porche esperando alguna sorpresa (buena o mala) para mi curiosidad. Tenía unas orejas enormes y el pelo tricolor, gritaba más que maullaba levantada sobre las cuatro patas, con insistencia y desesperación. A veces hay un cable suelto en la cabeza que te hace contacto y no te das ni cuenta. Sin pensarlo ni medio segundo me fui hacia la gatita ofreciéndole mis brazos de loca insensata de los gatos (tantos estudios ¿para qué?). Me quedé atónita cuando se me subió encima, se acurrucó y se calló. Tal vez atónita no sea la palabra que mejor podía definir mi cara en se momento, a lo mejor se me caía la baba literalmente y era visible para los demás. Tampoco lo pregunté, me di la vuelta por donde había venido y aparecí frente a mis acompañantes con el regalito y una frase en plural que automática y adorablemente los metía a todos en el ajo: ¿Y ahora qué hacemos?
Sinceramente, en el acto de cogerla pasó como un rayo por mi mente poco lúcida la idea de estar acogiendo en mi ser a algunos invitados extra a la fiesta, llámalos tiña, pulgas o garrapatas, en cantidades industriales. Por el motivo que sea se conoce que ese pensamiento quedó relegado a un segundo plano, imagino que una estrategia del subconsciente para garantizar el éxito de nuestra empresa, que desde ese momento se convertía en encontrarle un hogar a la minúscula orejuda. ¡Comenzaba la verdadera aventura! No hace falta conocerme mucho para saber que desde el minuto primero yo quería quedarme aquel bichejo despeluchado, pero el sentido común se impone en mi vida más de lo que me gustaría y no me quedó más remedio que jugar a ser Frank de la jungla. Empezamos por la casa del porche, llamamos a las dos puertas y en el acto mismo nos dimos cuenta de que no tenían cerradura, sonaba a hueco profundo en el interior, no sé de quién sería el coche de fuera pero por allí hacía tiempo que no aparecía ni el apuntador. Buscamos por los alrededores pensando que pudiera haber alguna camada de mininos, una madre, un primo o un familiar lejano. Nada. Un poquito de desesperación y nerviosismo (al menos por mi parte), ideas peregrinas: “¿Y si preguntamos a esa familia de ahí antes de que se vaya?”, total, no teníamos nada que perder. Una pareja con un niño pequeño estaba subiéndose a su coche para emprender la vuelta, ni corta ni perezosa me arrimé a la ventanilla del conductor e intenté endosarles a la pobre Estrellita (por supuesto yo ya la había bautizado a los dos segundos de cogerla, ¿alguien lo dudaba?). Que muy bonita y todo eso, pero que ya tenían uno en casa y que venían de Toledo, que también estaban de vacaciones y no habían previsto paquetes extra, que muchas gracias y mucha suerte. Recuerdo que el marido, haciendo un gran alarde de agudeza mental con objeto indudable de ayudarnos a esclarecer las ideas, nos soltó “hombre, ese animal ha tenido que salir de otro animal, quiero decir, que no habrá aparecido aquí de la nada”. Claro que sí, lumbreras, un pin para ti y para tu doctorado en lógica aplastante, aplausos y todo eso. Ya habíamos buscado en primera instancia a esa gata progenitora que hubiera hecho las veces de matrioshka, pero allí sólo faltaba que apareciese un estepicursor de las pelis del lejano oeste y nos hiciera un corte de manga. Además, por la facilidad con que me hice con la gatita era más que evidente que de salvaje tenía poco, estoy convencida de que algún imbécil (perdón por el eufemismo) fue y la dejó allí a su suerte. Pues su suerte fuimos nosotros, y estaba claro que ni para Toledo ni para Madrid iba a marcharse, así que mientras barruntábamos un necesario plan B, el paquete se vino con nosotros al coche. Carretera y manta.
Tres mentes piensan más que una y más que dos (“¡Opciones, Kowalski!”). Lo primero que se nos ocurrió fue buscar una protectora de animales, móvil en ristre valoramos rápidamente las alternativas que teníamos en la zona que, a decir verdad, no eran muchas. Llamamos a varios sitios, algunos sólo admitían perros, en otro nos dieron el teléfono de una clínica a la que recurrimos buscando ayuda y en respuesta nos dieron el número de una asociación protectora que al marcarlo nos decía que no existía. Volvimos a llamar a la clínica para ver si tenían otro contacto y nos dijeron que lo intentáramos por Facebook (¡¡grandes!!). También hablamos con algún amigo autóctono pero no pudo ayudarnos demasiado, y adoptar un nuevo animal así por las bravas no es cuestión baladí. Pudo pasar tranquilamente una hora o algo más mientras decidíamos qué hacer, yo rezaba para mis adentros para que las pulgas de mi amiga encontraran más mullido su tiernecito cuerpo que los asientos del coche. Al final nos salimos por una tangente muy rara, una idea cogida con muchas pinzas, escepticismo y humor, pero nuevamente, no teníamos nada que perder (o quizás sí). Buscamos en el mapa el puesto de la Guardia Civil más cercano con la intención de que allí nos dieran algún teléfono o dirección que sí existiese. Pusimos rumbo a Corcubión y cruzamos los dedos.
Y aquí es cuando entran en escena los azares del destino, ¿o casualidad?, quién sabe. De camino a Corcubión pasamos por otro pueblecito llamado Cee, desde la carretera vi la fachada de una clínica veterinaria, “¡para el coche!”, tenía que intentarlo (o como poco, desparasitar a nuestro saco de inquilinos non gratos). Saludé al chaval que estaba en recepción y empecé a contarle nuestra historia, no había dicho ni media frase cuando me cortó con un “¡Hostia! ¡Tú eres de mi tierra!”. Bien, pensé, entonces nos vamos a entender perfectamente. Lo primero era lo primero, pastilla, pipeta y comida, que la pobre Estrella debía tener más hambre que aquel que se perdió en la isla. A la pastilla no puso reparos, y a la latita para cachorros mucho menos, lo de la pipeta decidimos dejarlo para después. Ronroneaba mientras zampaba que daba gusto oírla, tan preciosísima y tierna ella que estuvimos muy cerca de conseguir que se la quedara una clienta que estaba allí con su perrito. Casi hecho lo teníamos, pero la señora al final hizo un mohín de reticencia y dijo que lo sentía mucho pero que no se animaba. El cartucho de “¿pero por qué no os la quedáis vosotros?” tenían que quemarlo, lo sé, soy compañera de profesión, dato que aproveché para desvelar esperando un poquito de comprensión. Fue más que bienvenido, me presentaron al resto del personal y me enseñaron gustosos las instalaciones, y el ambiente, que ya era bueno, lo fue aún más por aquello del paisanaje y del “colegueo”. Nos comentaron que conocían a una vecina del pueblo que acogía a los animales que podía hasta que les encontraba una familia definitiva, que podían llamarla e intentarlo. Ahí sí que cruzamos los dedos. En principio la respuesta fue negativa, pero pidió una foto de la gatita, y vimos un rayito de esperanza. Segundos después del envío de imágenes el compañero nos confirmaba que la mujer venía a por Estrellita, que si no nos importaba esperar tardaría unas dos horas. Dos horas si conseguíamos dejarla en buenas manos no me parecía mucho tiempo, al contrario, superaba todas nuestras expectativas, así que esperaríamos con mucho gusto. Ahora lo duro iba a ser despedirse de ella, yo ya me había encariñado, qué duda cabía. Aunque quizás se hizo menos duro cuando pasadas casi las dos horas decidí ponerle la pipeta para que la buena mujer se llevará al animal ya desparasitado…¡¡Otra idea brillante aquel día!!
No habían pasado ni cinco minutos desde la aplicación cuando me vi la primera pulga en la manga de la sudadera. Me la fui a quitar con la mano que tenía libre pero ya no era una, eran dos…tres, cuatro, cinco…¡¡fiesta!! No pasa nada, si caen ya medio muertas, me dije. En ese “medio” estriba el vuelo de la mariposa que cambia el curso de los acontecimientos. O dicho de otra forma, sin tanta poesía ni parafernalia: ¡Mierda! Pedí corriendo una caja para meter a la gata, y raudo y veloz el chaval que me había atendido al entrar me sacó una caja y una bolsa, la primera para la gatita y la segunda para mi sudadera. A Estrella la engañamos con su latita de comida y a las pulgas no las dejamos ni pensar. Psicológicamente me empezó a picar hasta el alma. Bueno, a mí y a todos los presentes. Un puntito de aventura para cerrar aquella anécdota que ya creíamos que terminaba. Como la señora tardaba en llegar, los chicos de la clínica nos dijeron que se hacían cargo de la pulgosa hasta que vinieran a recogerla, que nos fuéramos tranquilos. Un detalle más por su parte, dimos las gracias unas tropecientas veces e intercambiamos los teléfonos para seguir en contacto y conocer el destino y suerte de Estrellita.
La historia iba llegando a su fin, los picores no. Al llegar al piso y meternos de cabeza en la ducha, mándandolo todo a la lavadora por supuesto, me vi una picadura en la pierna. La paranoia buena comenzaba, pero no voy a escribir otras seis páginas con ese tema (¡qué noche de psicosis pulguil pasé!). Lo resumiré diciendo que no pudimos tener más suerte aquel día, pues a la mañana siguiente no había indicios de nuevas picaduras, ni al montarnos de nuevo en el coche sufrimos el ataque masivo de las chupasangres campestres. Los chicos de Cee nos escribieron al móvil para decirnos que la gatita no sólo había sido recogida la noche anterior por la vecina solidaria, sino que ya tenía una nueva familia. ¡Marchando una remesa de cerveza artesana gallega! Que es de bien nacidos ser agradecidos. Unos días después nos pasamos a verlos para agradecerles de nuevo la gran ayuda que nos habían prestado y lo bien que se habían portado con nosotros y la enana, les llevamos unas birritas lucenses bien ricas y de paso les dimos recuerdos de una amiga mía que al contarle yo la anécdota reconoció el nombre de la clínica y, sorprendida y entusiasmada, me contó que habían sido compañeros de trabajo hacía poco más de un año en tierras pacenses. ¿Más azares del destino? Nunca fue más cierto aquello de que el mundo es un pañuelo.
Final feliz después de todo. Una anécdota bonita y picante que no olvidaremos, con dosis ingentes de suerte y pulgas, gente muy buena y casualidades geniales, en un marco espectacular como es la maravillosa costa gallega. Nuestra gatita ya tiene su sitio en el mundo y yo me bebo una Estrella Galicia a su salud mientras la recuerdo escribiendo estas líneas.
*Las huellas de piececitos verdes dan para escribir unas cuantas páginas más. Investigando descubrimos que marcan una ruta: O Camiño dos Faros. Pero las encontramos varias veces antes de saberlo y empezó a convertirse en una aventura, pues llegábamos a todos los sitios que teníamos previsto visitar buscando directamente las huellas verdes. Sea como sea disfrutamos como niños chicos. Esto no es una crítica en tripadvisor, pero aprovecho para decir que Galicia es una experiencia increíble que repetiría siempre. Como cantaba Siniestro Total: “¡Miña terra galega, donde el cielo es siempre gris! ¡Miña terra galega, es duro estar lejos de ti!”.
R.A.V.




