sábado, 26 de julio de 2014

YO DE MAYOR QUIERO SER VETERINARIA



Cuando tenía tres o cuatro años encontré un pajarito muerto, tipo gorrionita o jilgueroide. Me dio tanta pena que cuando me fui a echar la siesta lo metí entre las sábanas, conmigo, a ver si con el calorcito humano resucitaba.



Es uno de los primeros recuerdos, ligados a mi pasión por los animales, que guardo. Entre ese momento y el resto de mi vida no sé cuándo se produjo el acontecimiento del rayito (aparentemente iluminador) que atravesó mi mollera para quedarse por los siglos de los siglos. Efectivamente, me refiero al rollo ese de “yo de mayor quiero ser veterinaria”. Y no es cuestión baladí lo de rollo, que lo es. Tanto como bonito pueda ser el sentimiento y la motivación de querer proteger, curar y salvar vidas. Así que, sí, toda la vida queriendo ser veterinaria, deseándolo con todas mis fuerzas, mi sueño. ¡Pues ojito! Ojito con  lo que se quiere, desea y sueña. Que a veces se cumple. Y cuando te quieres dar cuenta…”¡Malagueñas las algarrobas!”.



De buenas a primeras te ves ahí, con tu título debajo del brazo. Una bata y un pijama con el Hominibus Vitalia Perfecit, Facultas Veterinaria Cordubensis bien bordadito en el pecho, un maravilloso Littmann colgado del cuello, un termómetro digital en el bolsillo, y un bloc de notas de Royal Canin en la mano. Bolígrafo de Hill’s en ristre estás dispuesta a comerte el mundo. ¡Dejad que los perros se acerquen a mí! De repente un toquecito en el hombro. Alguna suerte de Pepito Grillo o antiguo compañero de clase, ahora viejo chamán del desempleo, te susurra gentilmente al oído: Tranquila, amiga, mejor tómatelo con calma.



¡Ya está el amargado de turno!, piensas. Y decides tomártelo con filosofía. Emoción jipilonga y positiva donde las haya, que viene a durarte tanto como el brote eufórico por haber aprobado el último examen (esto puede variar desde dos días, si has terminado con Gestión, a dos semanas o dos meses, si te coronaste con Higiene o Enfermedades Infecciosas). Cual Bob Esponja en su happy-rutina mañanera tú “estás lista, estás lista, estás lista” (acojonada pero lista). Absolutamente convencida de que con tu sonrisa, tu arte y tu salero, y tus insaciables ganas de aprender y superarte cada día vas a encontrar pronto tu oportunidad en el gremio. Bueno, con eso y con tu humilde currículum, que en algún momento te pondrás a elaborar. Y mientras tanto ¡cursos, cursos, cursos!, al menos hasta que el bolsillo lo permita.



¡Qué alegría! ¡Qué alboroto! Otro recién licenciado con los huevos rotos. Sí, me vais a perdonar la ordinariez. Pero un lunes te levantas y te das cuenta de que llevas diez meses en el paro, 300 días desde aquel fantástico momento de tu vida en el que creías que lo habías conseguido. Y vaya que si has conseguido. ¡Un montón de cosas! Si el que no se consuela es porque no quiere ¿no? He conseguido encontrar el sentido de la vida (no, el de los Monty Python no, con ése al menos me habría reído), que en este caso viene a ser: desilusionarme/deprimirme/desmotivarme más a cada paso que doy.



Primero te apuntas al paro, a la orientadora y a todos los inventos de juventud, becas, ayudas e historias para la contratación de recién licenciados e inserción laboral de novatillos que hay disponibles. Todo con mucho espíritu y ganas. No te llaman ni para limpiar el polvo, la orientadora, en cuanto cubres tus dos horitas de rigor para el IPI, automáticamente se olvida de ti, y cuando cumples todos los requisitos para alguna beca hacen bomba de humo con tu solicitud o aparece algún enchufado oportuno que siempre es mejor opción que tú.



Por tu lado decides buscarte la vida de una forma más directa. Se te ocurre fotocopiar tu currículum en cantidades ingentes y personarte en toda clínica que aparezca en Google Maps y tenga la puerta abierta, por aquella leyenda urbana de que así causas mejor impresión y demuestras un claro interés que suele ser valorado positivamente. No deja de resultarme curioso que de los más de 100 currículum que he entregado en mano tan sólo dos de ellos han sido abiertos, leídos y comentados en mi presencia y por el veterinario responsable. ¿Cuánto supone eso? ¿El 2%? El resto os lo podéis imaginar. Recogidos por auxiliares o administrativos con cara de pocos amigos o, más decepcionante aún, por veterinarios hostiles que no se preocupan ni de guardar las formas. Puedo contar los “gracias”, “lo tendremos en cuenta” y “buenos días” con los dedos de una mano.



Por supuesto estás al loro de todas las ciberofertas. Forma parte de tu ejercicio matinal diario. Te levantas, desayunas y te pegas al portátil como un poseso buscando cualquier indicio de nueva oferta, ojo con esto, que puedas echar. Porque con el fantabuloso “3 años mínimo de experiencia demostrable” y el estupentástico “abstenerse de llamar si no cumplís con los requisitos”, como dice una amiga mía, te da el sol en toda la cara. Que te puedes quedar sentado esperando. Y hacer encaje de bolillo, que lo mismo con eso te sacas unas perrillas mientras tu moral se termina de secar. Total, las pocas a las que puedes escribir tampoco te contestan. Para qué ¿verdad? Eso de contestar está desfasado ya. Ni aunque tengas un súper hospital que ofrezca un súper internado no remunerado (pero que te sirve, importante, para coger mucha experiencia demostrable, amasarla y masticarla como un chicle con el que luego poder hacer pompas y escupírselas a la cara del que te quiera contratar gratis otra vez) para solicitar el cual pidas que te manden hasta una muestra de sangre y otra de orina y un montón de cartas de recomendación, motivación y acreditativas. Para qué te vas a molestar en contestar a esa horda de infelices chavales que se han molestado (ellos sí, pero que se molesten y se jodan, que es lo que les toca) en recopilar todos esos papelajos con los que tú con tu súper hospital te vas a limpiar tu, seguramente, súper culo. ¿Para qué? ¿Por cortesía? ¿Por educación? ¡Tonterías! No hay tiempo para eso. Para hacer las cosas bien.



Que bien mirado no sé qué es peor, si que te ignoren con ausencia total de respuesta o que te contesten con un cutre-mail sin forma ni estructura (la sangría debe ser un zumito y el tabulado un cóctel de alta graduación), con más faltas que un España-Corea del Sur, y que parece que va a autodestruirse en 5 segundos y después del último stop. Nada de mayúsculas al empezar una frase, ni puntos ni comas, ni saludos cordiales (ni normales), ni buenos días, ni gracias por su interés, ni falos en vinagre. Un panorama de lo más alentador.



A mí me alienta a pegarme un  tiro en la boca para comer algo caliente dentro de poco. Sarcasmo profundo aparte, cada día veo más lejana la supuesta luz al final del túnel. Es desesperante haber luchado tanto durante tantos años para ahora ver todas tus aspiraciones de futuro truncadas y frustradas de una manera tan vil. Si intentas trabajar de lo tuyo no te contratan en ningún sitio porque no tienes experiencia suficiente, pero para cualquier otro trabajo estás sobrecualificada y te quedas a dos velas igualmente. Si solicitas becas para las cuales cumples todos los requisitos ni siquiera te avisan cuando se resuelven, por lo que asumes que no te han cogido, y lo sigues intentando hasta que cumples 30 años y entonces olvídate, porque a partir de los 30 entras en un limbo laboral en el que automáticamente dejas de existir para este país. Si solicitas alguna oferta de empleo por correo no te contestan, si te plantas en la clínica (o cualquier otra empresa) aunque tengas la suerte de que te presten atención y hablen contigo, tampoco luego obtienes respuesta. Y para hacerte autónomo primero tienes que plantearte en cuánto podrían tasar tus riñones en el mercado negro.



Y así entras en un bucle de desmotivación y desidia, y todos los días se convierten en el de la marmota.



De vez en cuando me acuerdo de aquel pajarito que quise devolver a la vida, y de toda la tristeza acumulada finjo una media sonrisa y me resucito yo también un poco. Y aprovecho lo que me dura.





Raquel Alcaide



viernes, 18 de julio de 2014

UN GENTLEMAN DE BARRA DE BAR (o descripción de un hombre sencillo)


Es un hombre sencillo y tímido. Sus maneras reservadas no están exentas de una cierta candidez que enternece, y en él tampoco lo cortés quita lo valiente. Habla bajito, parece susurrar, como si no quisiera molestar (quizás no sabe que nunca lo hace). Caballero solitario, de agradable compañía y rica conversación.

A veces deja la cerveza a medias y sale a fumar. Me pregunto en qué piensa y cuántos mundos llevará dentro. Cuántas derrotas y cuántas certezas. Luego vuelve, tranquilo, y se une a la fiesta. A la barra del bar, donde urgen las copas y se despachan sonrisas que alivian las penas. A ratos se integra, a ratos se deriva. Sonríe cómplice, sereno y ausente. Con la mirada tan curiosa como cansada.

Llega sin hacer ruido y sin hacer ruido se marcha. Llenándote de alguna manera con su callada presencia, dejando un pequeño vacío cuando se va.

Un tipo singular al que, sin apenas conocer, te dan ganas de abrazar. Un gentleman de barra de bar.


Raquel Alcaide



jueves, 12 de junio de 2014

Libros

"De pronto parece joven y frágil, de no ser por su mirada, que en ningún momento titubea ni se desvía de los ojos del marino cuando éste se inclina sobre ella y la besa en la boca, muy despacio y sin violencia, como si le diese oportunidad de retirar el rostro. Pero ella no lo retira, y Pepe Lobo siente la suavidad deliciosa de sus labios entreabiertos, y el temblor súbito del cuerpo de la mujer, desvalido y firme a la vez, cuando lo rodea y estrecha entre los brazos. Permanecen así los dos unos instantes, cobijada ella en el dominó, del que ha caído la capucha sobre su espalda, envuelta en el abrazo del hombre, callada y muy quieta, sin cerrar los ojos ni dejar de mirarlo. Después se aparta y le pone una mano en la cara, con suavidad, ni para rechazarlo ni para atraerlo. La mantiene así, con la palma abierta y los dedos extendidos tocando el rostro y los ojos del hombre, igual que una ciega que quisiera retener sus rasgos en la mano tibia. Y cuando la retira al fin, lo hace lentamente. Como si le doliera cada pulgada de distancia interpuesta entre su mano y la piel del corsario.

- Es hora de regresar- dice, serena."

(El Asedio. Arturo Pérez-Reverte)

jueves, 22 de mayo de 2014

SOBRE EL INCIDENTE DE LA AVUTARDA





Siempre he creído más en la casualidad que en el destino, pero hay días en que los azares del cosmos se me antojan tan poco caprichosos que consiguen confundirme. Y éste era uno de ellos.

Allá que iba yo, tan ricamente acompañada, por una de las calles del madrileño barrio de Salamanca, cuando advertí un movimiento sospechoso por el rabillo del ojo. Un individuo estaba trasteando en una bolsa de basura que había a los pies de un árbol, y justo cuando dirigí mi mirada hacia él dejó lo que estuviera haciendo y se fue. Por inercia bajé los ojos a la maceta del árbol y descubrí a lo que me pareció un pollo de avestruz saliendo de la bolsa por un agujero de su mismo tamaño. Cuellilargo, patilargo y con los ojos abiertos como platos.

Con este cuadro tan bucólico ya os podéis imaginar que se me cayeron todos los palos del sombrajo. Los primeros segundos fueron de perplejidad ante el hallazgo, tenía dos cosas claras: una, estaba vivo, y dos, no había crecido allí como un tomate salvaje. No sé si el hombre que estaba momentos antes en el lugar había sido el autor del abandono o el que había abierto el boquete para que el pobre animal pudiera salir y respirar, pero lo de las indagaciones lo dejé para el CSI. Después de flipar un poco mirando a los ojillos al aturdido avestruzoide, como dos cabezas piensan más que una, empezamos a cavilar opciones (la de cogerlo cual gorrión huerfanito y llevármelo a casa para darle migajón y agua y calor de bombilla como hubiera hecho a los cinco años no la sopesamos, pero la intención hubiera sido igual de buena).

¡Ya me diréis a dónde llamas cuando pasan estas cosas! ¿A Pollos sin Fronteras? ¿A Gallináceas Anónimas? ¿O a la Embajada de Forasteros Plumíferos? Hay un número que siempre lleva a alguna parte, pero no teníamos claro si la situación revestía tal gravedad como para utilizarlo. En ocasiones como ésta la actitud de la gente es providencial para ayudarte a tomar decisiones rápidas y certeras. En otras palabras, los viandantes pasaban, se sorprendían al grito de “anda, mira, un pato”, se acercaban a cotillear, echaban su fotito con el móvil y se iban tan campantes, dejando al animal más estresado y desorientado de lo que ya estaba. Así que el 112 nos iba a hacer las veces de ONG aviar o íbamos a tener serios problemas con el público visitante.

No nos debieron tomar muy en serio, porque tardaron unos tres cuartos de hora en mandarnos refuerzos. Durante ese tiempo, que se nos hizo interminable, sólo una persona se detuvo al ver el panorama. Un personaje muy pintoresco (dejaré lo de su acento argentino para otra ocasión, chicas), pero el único que parecía tener sentido común y estar concienciado. Lo pusimos al tanto de lo que nos habían dicho por teléfono y, puesto que se unió a nuestro pequeño grupo improvisado de protección silvestre, montamos como pudimos un dispositivo de “señora por favor no se acerque que puede ser peligroso” y “haga usted el favor de controlar a su perro, gracias”.

Las reacciones de los transeúntes eran para escribir un libro aparte. El que menos pasaba ralentizando el paso, ponía cara de póker y seguía su camino. Los que más se paraban, se acercaban, hacían preguntas y cábalas sobre la especie -desde paloma hasta pavo, pasando casi todos por nuestro querido amigo el pato- sacaban también su instantánea e incluso alguno emitía sonidos de reclamo (huelga decir lo versados que se hallaban en materia de reclamos) para llamar su atención. Recuerdo a un señor que después de interrogarnos y mostrar el descubrimiento a sus adorables nietecitos nos dijo, muy guasón él: “Pues…pájaro que no vuela, a la cazuela” (le pensé algunas cosas a la cara). Pero la señora que realmente se ganó nuestro respeto y admiración más profundos fue una que se mostró muy interesada e inquisitiva, haciendo amplios ademanes de querer ofrecernos toda su colaboración en la identificación del animal. La buena mujer, después de sacar el móvil para inmortalizar la estampa y enviársela a su marido (que entendía mucho del tema), empezó a divagar en voz alta para que todos fuésemos partícipes de su sapiencia y capacidad deductiva, sobre todo de esto último, y nos iluminó con una frase que quedó grabada a fuego en mi memoria: “A ver… Un búho no puede ser, porque tiene pico”.

Después de esta exhibición tan gratuita de materia gris, a la que no sé cómo sobrevivimos sin hacer comentarios, aún tuvimos que mantener un buen rato el perímetro imaginario que habíamos creado para que el personal no pusiera todavía más en peligro a nuestro pollo.  El pobre hizo algún que otro amago de levantarse y ahuecar el ala (literalmente), no sabemos si por lo desconcertante que le resultaría estar totalmente fuera de su hábitat o por estar un poco hasta los orificios nasales de que lo tomasen por un pato. Aunque, debido a su aturdimiento, pasó la mayor parte del rato cual gallina empollando sus huevos, cada vez que se movía un milímetro nos tensábamos más que un cura en el bautizo de un gremlin. A cuento de esto se le ocurrió a nuestro tercero al mando ir a algún comercio a preguntar si nos podían dar una caja de cartón, sólo por si las moscas (o por si las plumas), para echársela gentilmente por encima si intentaba escapar a un lugar más seguro como la rueda de un coche o la rueda de otro.

Caja en ristre, músculos engarrotados, visión panorámica, periférica y retrodirigida activadas, allí seguíamos los tres paladines de la seguridad aviar viendo arrastrarse los segundos y desesperándonos un poco más. Tic tac…tic tac…tic tac. Nuestro amigo argentiguayo (no llegamos a saber si era argentino o uruguayo) se vio obligado a abandonar el barco, no sin antes dedicarme unas bellas palabras “che…yo creo que el animal debe saber que vos y yo lo quisimos ayudar” (en serio, chicas, en otro post). Y justo cinco minutos después llegaron nuestros hombres medioambientales con su coche oficial súper molón. Les hicimos señas, se bajaron y vinieron muy tranquilamente hacia nosotros (¡No hay prisa, señor agente!¡Sólo llevamos aquí 45 minutos protegiendo un perímetro de seguridad imaginario!) y, como dije antes, creo que pensaron que éramos unos frikis que habíamos encontrado una paloma mutante o un pato mareado, porque su reacción fue “¡¡Hostias tú!! ¡¡Pero si es una avutarda!!”.

Bueno, al fin nos quedó claro por qué no era un búho…¡Porque era una avutarda! ¡Qué cosas, eh! Nos dieron las gracias encarecidamente, con apretón de mano incluido (a mí no, pero eso forma parte del machismo social pasivo intrínseco del que ya hablaremos otro día, creo), metieron a nuestro pollito avutardero en la caja que teníamos preparada y se fueron muy contentos, no sin antes volver a darnos las gracias.

Final feliz. Menos mal. En cuanto se fueron pensé algunas cosas, como que me hubiera gustado dejarles mis datos para que me informaran del destino y estado del animal (no os riáis, que mi madre salvó a un mochuelo y luego le escribieron del CREA de Córdoba para contarle como estaba, y es muy reconfortante). También me dio un poco de pena por el argentiguayo, que se fue cinco minutos antes sin poder cerciorarse de que venían a por el pollo. Pero bueno, cabos sueltos en los que no caemos en el momento. Yo me quedo con lo importante.

Algún mentecato puso a un animal silvestre, que además está en peligro de extinción, en una acera en mitad de la gran urbe (no, no me olvido de lo de la bolsa de basura), y de todas las calles por las que podía haber pasado ese día fui a pasar precisamente por aquella. Como le dijo Gandalf a Frodo en las Minas de Moria: Es un pensamiento alentador ¿no?



Raquel Alcaide

sábado, 18 de mayo de 2013

Experimentos...

Mi experimento de hoy refuerza mi teoría pre-apocalíptica de la pérdida de sentidos vitales que produce el tabaquismo exacerbado de mi padre: Tras esconder la tapita de queso estratégicamente detrás del cacharrito de los palillos de pan que a su vez estaba detrás, en diagonal perfecta, del servilletero he podido observar durante varios minutos largos que el queso pasaba desapercibido para mi padre.Un rato después ha llegado mi madre que, ajena por completo a mi experimento de vital importancia, ha retirado sin pudor el servilletero y el cacharrito de los palillos para poner en su sitio un plato de ensalada...llano.Por lo que al quedar a pleno descubierto mi tesoro lácteo y detectable desde cualquier punto de la mesa, el rapaz ni corto ni perezoso (gratamente sorprendido por el feliz hallazgo pero sin exaltación) ha procedido a agenciarse la maravillosa mercancía. A la vista está que esto confirma mis sospechas: Sentido del olfato pésimo, si no hay contacto visual no se percata de la comida. Esto, además me deja clara otra cosa de no menos importancia: La próxima vez me como el queso en la cocina. 
 
 
RAV

jueves, 28 de febrero de 2013

Eh, amigo, tranquilo



Escuchando a mi madre parlamentar diplomáticamente con nuestro querido agaporni “Yupi”, se me vienen algunas historias a la mente que no merecen menos que ser plasmadas en papel para perdurar en la posteridad. Sobre el tema este que os digo. Lo de hablar pacíficamente con una psitácida psicópata con brotes psicóticos. ¿Trabalenguas? No. Empirismo.



No me gustaría aburrir con los detalles (tan escabrosos como verídicos) resultantes de mi estudio intensivo sobre este “inseparable” fenómeno. Así que para que os hagáis una idea de lo que se ha avanzado en el proceso de entendimiento para con los animales tengo que poneros en antecedentes. Esto viene a ser, los años de experiencia en este campo de mi señora madre.



Hubo un tiempo en el que se podía dar largos paseos por el campo (al menos en  mi pueblo y siempre que no estuviera abierta la veda) con toda la tranquilidad del mundo. Así que, cambiando el respetable deporte del silloning por un poquito de contacto con la naturaleza , nos fuimos un buen día, hará un año o poco más, mi madre, mi hermana y yo, a bajar el almuerzo saludablemente por esas lindes de la campiña cordobesa.



Cuando llevábamos cerca de una hora de caminata, y a falta de alternativas geográficas por las que continuar la expedición, a una servidora aquí presente se le ocurrió la feliz idea de volver a casa y por el mismo camino. Tanto más feliz sería la idea que, casi al mismo tiempo, aterrizó en la azotea de mi madre.”¡No! ¡Atajemos por ahí!” (Necesitaría un capítulo entero, probablemente de quince folios, para explicar la inmemorial e insana afición de mi madre por meterse en sitios que no conoce con tal de acortar el camino).



Así que, puesto que una vez que se le pela el cable y decide tirar por ahí o por allá todos los intentos por hacerla entrar en razón y lógica son inútiles, allí que fue Antonia de la jungla (y nosotras detrás) a adentrarse por un caminito aparentemente tranquilo y pacífico. En ello estábamos cuando mi ojo avizor, a la par que miope pero siempre sollispado en terreno desconocido y por lo tanto hostil, creyó ver un movimiento lateral en la distancia. Sin pararme todavía me giré hacia el punto donde se hallaba mi avistamiento y, frunciendo el ceño al estilo del tito Clint, solté la típica pregunta retórica y osada del que ve menos que un gato de yeso pero tiene que mantener la dignidad: ¿eso de allí qué es lo que es?

La contundencia de la respuesta no se hizo esperar.”Parece un perro”. Debo aclarar aquí un pequeño detalle insignificante. A un lado del camino había una alambrada que rodeaba una parcela de dimensiones importantes, en cuyo centro se encontraba la correspondiente casa/casita/casilla, más o menos a unos doscientos metros de la linde y de nosotras. Pues bien, vuelvo a los acontecimientos. Parece ser que en el momento pregunta-respuesta, sin que nos percatásemos de ello, se estableció una mágica conexión entre el objeto de mi visualización y los objetos de la visualización del susodicho, o sea, nosotras.



Más o menos a esa altura yo, que tengo un especial olfato para las situaciones peliagudas, ya había activado el protocolo de alarma y huida y quise, solidariamente, compartirlo con mi familia, para que sigilosamente…saliéramos de allí cagando leches. A lo que mi madre, muy en su línea de la jungla, alegó “Anda, ¿qué nos va a pasar?¿no ves lo lejos que está el perro? Además, está vallado, ¿qué va a hacer saltárselo?”.



¿Conocéis esa situación tensa en la que estás pensando con todas tus fuerzas “no lo digas, no lo digas, no lo digas”, y va y lo dice? Pues fue así exactamente. Todo lo que vino después de eso lo recuerdo nítidamente a lo matrix. Me paré en seco, y robóticamente enfilé al bicho con la mirada desde la distancia. En milésimas de segundo me percaté de que el bicho también me miraba a mí, y si hubiéramos tenido espuelas y revólver aquello hubiera sido la muerte tenía un precio. No se trataba de un simple perro, así a ojímetro calculé que era un basto cruce de mastín de Mordor con pastor morlaco del averno, quizás con algo de bóxer verraco de las cavernas. ¡Miedo es decir poco! Lo vi cuadrarse allí, en la otra punta, a tantísimos metros. Y yo ya había dado la vuelta con mi hermana cuando el endemoniado bicharraco echó a correr, cual caballo de Atila, quemando la tierra bajo sus pulpejos de hierro, hacia nosotras.



Mi madre, fiel creyente y practicante de la fé hippie de la diplomacia animal, se quedó clavada delante de la alambrada, desoyendo nuestros razonables e insistentes consejos de “vamos, cojones, que verás tú si nunca ha pasado nada en el pueblo y vamos a ser nosotras las protagonistas de la muerte más tonta de la historia”. Cualquiera puede pensar que la buena mujer, atenazada por el pánico e incapaz de mover un músculo, no podía salir corriendo de allí. Pero no, fue mucho mejor. La señora tuvo otra feliz idea, en este caso, la de esperar del otro lado al orco de Moria enfurecido, ladrando como un descosido, y soltando unos cuajarones de babas a diestro y siniestro con el galope tendido, para decirle cariñosamente (y cito literalmente): eh, amigo, tranquilo.



Después de decírselo dos veces y gesticular con las manos en un intento de conseguir que la bestia dejara de saltar asomando medio cuerpo por encima de la valla,  alargué mi mano maravillosa y le pegué un tirón del brazo a mi madre. Y en ese momento ya sí, salimos de allí a la velocidad de las cagaleras.



Fue un verdadero milagro de los Dioses que el sicario de Satanás no nos hiciera trizas. Llevábamos un buen trecho recorrido y lo seguíamos escuchando ladrar (el cancerberos al lado de eso era un castrati). Tiempo después, comentando la historia, nos enteramos de que no era la primera vez que tenían problemas con ese animal. Y que más de una vez se había saltado la alambrada… ¿Moraleja? Atajos de mi madre no, por favor. Y la diplomacia, si  no funciona en el congreso de los diputados, no va a funcionar en mitad del “campo pelao”.



Teniendo en cuenta todo esto no es difícil entender por qué le dice al pollo, suave y conciliadoramente, “no seas malito eh” cuando le pega unos picotazos que le abre un boquete en la oreja. Ante todo, diplomacia animal. Y mucha fé hippie. A ver con qué amorosa filosofía contraataca cuando le pique un ojo. Desde luego podéis estar seguros de que os lo contaré (si no me mata antes el plumífero para no dejar testigos).





Raquel Alcaide




jueves, 29 de marzo de 2012

De autobuses urbanos y otras movidas


No sé quién inventó la sauna pero, desde luego, el autobús urbano es la forma más moderna y menos elegante que conozco de perder tres kilos en medio minuto. Pura deshidratación corporal y, por qué no decirlo, social. Porque entre tanta masa humana y sudor obligado no sólo se respira lo que queda de oxígeno, sino también lo que sobra de estupidez. Que podría llamarlo ignorancia y quedar tan bien, pero sería una falta de honestidad por mi parte y, las cosas claras y el chocolate espeso, esa chica era estúpida.

De tantos comentarios, cuanto menos curiosos, de personajes anónimos y en situaciones cotidianas que puedo escuchar a lo largo del día hay algunos que, inevitablemente, me hacen sonreír. Otros, fruncir el entrecejo o torcer el gesto. Los mejores me sacan una mirada furtiva y cómplice incluso, y los peores casi me indignan, cuando no lo consiguen por completo. Éste que voy a referir fue, hablando coloquialmente, un auténtico puntazo (nótese la ironía).

En la lata de sardinas en que se había convertido el autobús había un grupo de chicas que, por lo que pude deducir, estudiaban Historia (me aventuro a pensar que no tendrían más de dieciocho años, porque de otra forma la cosa me hubiera parecido bastante más grave). Charlaban sobre los trabajos que tenían que hacer en Semana Santa y los exámenes que les esperaban a la vuelta misma (indignadas cual estudiante de veterinaria de septiembre a septiembre, me vais a permitir la patadita). Y entonces escuché el chiste más bueno de la historia, valgan todas las redundancias que se os puedan ocurrir, cuando una de ellas dijo “Pues yo estoy apañá, a ver cómo lo hago, que me han mandado un trabajo de espías, no lo entiendo”. A lo que, comprensible y campechanamente, con férreo autoconvencimiento, respondió su compañera “Ya ves tú, ¿qué tendrán que ver los espías con la Historia?”. Que cada cual saque sus propias conclusiones. A mí, personalmente, se me cayeron todos los palos del sombrajo.

Pero las anécdotas humorísticas (entiéndase del reír por no llorar) no iban a quedar ahí. Aunque la pintoresca situación que vino después me tocó bastante más la moral, por no decir que me despertó los más nobles y primitivos instintos del “como me líe a palos me quedo solo”, y ya lo he dicho.

Al bajar humeante de la incubadora de pollos tuve que sortear por la acera a un grupito de felices adolescentes franceses que caminaban zigzagueantes con coronas de cartón del Burguer King en la cabeza y el pavo habitual de la edad. Ya en ese momento algún resorte en mi cabeza  hizo “clic” pero, optimista de mí, no quise darle mayor importancia hasta que, cómo no, sentí el retumbar de su eco cuando al ponerme en la cola para comprar el ticket escuché la avalancha de guiris que se cernía sobre mí. Lo suyo hubiera sido detrás de mí, pero no, nada de detrás. Sobre, encima y tal que así. Veinte niñatos de pies grandes y ese acento que parece que te van a escupir de un momento a otro me flanqueaban y empujaban sin vergüenza ni decoro. Y ahí sí que empecé a resoplar y a taladrar con la mirada, creyendo yo en mi inocencia que ciertas cosas son universales y que a buen entendedor pocas palabras bastan. Craso error el mío.

Aguantando tropezones con mi maleta y atropellos a mi mochila hurgaba yo en la memoria buscando algún improperio en francés, y en esas estaba cuando conseguí llegar a la taquilla y comprar mi billete. Lo bueno venía ahora. Si no eran veinte, eran diecinueve, pero de ser ser, eran. Y unos cuantos, además. Eché mano para coger la vuelta y el papelito y, como si les fuera la vida en ello, de repente los tenía encima, literalmente. Dos a la derecha, tres a la izquierda, y el resto apiñados detrás. Que de haberlo visto yo desde fuera hubiera pensado que un crispado “Mon Dieu!” venía al pelo pero, muy lejos de aquello, la ira negra corría por mis palpitantes venas españolas y lo único que podía pensar era que la del 2 de Mayo iba a ser aguardiente dulce al lado de la que iba a liar yo allí como me diera por destapar la caja de las galletas.

 ¡Putos gabachos! Y lo digo con el ánimo de ofender justo y necesario, que lo era de seguro. Tuve que abrirme paso a empujones, y con toda la compostura y educación que pude reunir solté un “¡cojones, con el ansia puta!” que se escuchó en media estación. Me habría quedado más a gusto que un rucho si en vez de eso me hubiera cagado en Dios con todos los respetos, pero me temo que habría rebotado exactamente igual en los pabellones auriculares  de los puñeteros enfants de la patrie. No así en los oídos de la gente decente de este país, que me miraba con claro reproche ante mi conducta tan poco ética ni civilizada. Hay que joderse.

Recuerdo yo una vez que pisé el país vecino y me habían repetido tropecientas veces que en Francia eran muy educados y teníamos que comportarnos debidamente y decir “merci” a todo. Y así lo hice y lo hicimos. Aunque el “de nada” también es gratis y yo nunca lo escuché. Ni desde luego un solo “pardonne moi” por los atropellos varios en la cola de los tickets. ¡Tuvo bemoles la cosa! Y más que los había de tener cuando llegó el autobús que se los llevaba a Fernán-Núñez y empezaron a gritar como cosacos y a jalear al conductor. Una excursión de parvularios hubiera pasado desapercibida al lado de aquello. Por supuesto me pasé el viaje a mi pueblo intentando que la música del mp3 sonara más alta que mis propios pensamientos de indignación y agresividad contenidas. Autocontrol, autocontrol. Si ya había pasado lo peor.

Y me entró la risa mientras cavilaba en monólogo interno, al recordar al chaval que acababa de bajarse en Aldea Quintana y venía sentado a mi lado. El pobre tuvo que pensar con qué clase de loca se habría topado al escucharme hablar por teléfono con mi madre relatando la historia y soltando el antes reprimido “me cago en Dios”. Pegó un respingo en el asiento y me miró asustado. Pero todavía mi risa debía verse frustrada por un último toque de pelotillas al llegar a mi destino y, no terminada de desahogar aún, volver a repetir en persona lo que había espurreado por el móvil.

No puedo llamarlo improperio, pues no me parece políticamente correcto, ya que no es un insulto. En todo caso es la máxima expresión del arte de la violencia verbal ibérica, desatada por diversas situaciones estresantes e indignantes a las que nuestra persona se ve sometida de manera relativamente frecuente en el ir y venir diario. O eso humildemente me parece a mí. Sea como sea es una necesidad humana la pura y sana acción del despotrique ante eventos como el que me ocupo en relatar. Y para tales ocasiones se precisan palabras que llenen la boca e insuflen el espíritu. Como siempre ha sido en estas latitudes el castizo y reverencial “me cago en Dios” (y a mi señal ira y fuego, que diría Máximo Décimo Meridio).

El caso es que volví a exclamar, con toda la potencia y saña de mis arterias, las tres benditas palabras de camino a mi casa. Con tal suerte que un vecino oportuno como un embarazo de penalti en una familia gitana se nos fue a cruzar por la calle, y aunque el susodicho estaba entrando a su coche no pudo reprimir el noble impulso de chistar como le chistaría a su hijo de tres años por decir mierda en lugar de caca. Cosa que, como es comprensible, me terminó de bloquear las sinapsis, me rompió los pocos chacras que me quedaban, y me cabreó sobremanera. Le quedó gracioso, o eso pensaría él mientras mi señora y cortés madre le sonreía y decía “niiiiiña…”, pero yo volví a activar las miradas taladradoras y en la vena de mi frente se leía claramente: esto es lo que me quedaba por ver hoy ¡cipote!.

Algo me ha quedado claro y meridiano entre tanta tontería, y es que está muy  mal visto en esta España nuestra que una mujer suelte palabras que de toda la vida los hombres vocean en el bar y en su casa. Que si no es por el fútbol es por las fanegas de tierra y si no, por un vino aguado o un ajuste de cuentas. Pero aquí hay cosas que son de los hombres, y no me las toque usted. Una señorita, dónde se ha visto eso. Modales e hipocresía. Pero de eso, creo, ya hablaré otro día. 


Raquel Alcaide