Comienzo a aficionarme a relatar mis historias
empezando con una pregunta (ahora entiendo a los monologuistas) y no sé si será bueno o malo,
pero ésta es de necesidad, y si no ya me lo diréis. ¿Habéis ido alguna vez a
donar sangre? Si sois buenos samaritanos imagino que sí ¿no? Y si habéis pasado
la dura prueba del pinchazo en el dedo, no tenéis tatuajes ni más agujeros que
los que vienen de fábrica, ni enfermedades infectocontagiosas como la gripe
aviar o la estupidez suprema, y vuestras fornicaciones son siempre seguras,
estables y dentro de la legalidad vigente, imagino también que os habrán leído
otra lista interminable de cosas que no debéis hacer después de dejar que os
chupen medio litro de sangre ¿cierto? ¿Las visualizáis? ¿Recordáis algunas de
ellas?-esto de las preguntas se me está yendo de las manos-. Pues ya os digo
yo que hay una que se les ha olvidado poner: Durante las 24 horas siguientes a
la extracción es totalmente desaconsejable irse a una granja a inseminar
ovejas.
Y es que, claro, si no se especifican las cosas
la gente se vuelve loca y hace tonterías. Con lo contenta que estaba yo ese
día, quién me iba a decir a mí el show que me esperaba. Por la mañana convencí
a un amigo para que se animara a donar conmigo y, como era su primera vez,
aproveché para cachondearme un poco y darle consejos de veterana (maldito
karma). Luego me fui tranquilamente a casa, volví a comer y beber, me aseguré
una siesta reparadora y me puse de nuevo en marcha hacia la facultad, donde
tenía unas prácticas que hacer con unas ovejas y unos tampones que simulaban
estar rellenos de hormonas.
Hasta ahí todo bien. Nada parecía augurar sucesos
oscuros ni desgracia alguna. Mas, cuando empecé a subir con varios de mis
compañeros la empinada cuesta que separa Mordor University de la granja
experimental, noté cómo un súbito estertor intestinal me sacudía las
profundidades así, sin venir a cuento, porque sí. Porque le vino bien, porque debió
pensar que era un buen momento, porque el campo es de todos y qué mejor lugar
para plantar un pino o para reventar como un ciquitraque en caso necesario, porque
no había tenido tiempo en todo el día, porque se le había antojado manifestarse
a las siete de la tarde, y sobre todo porque debió pensar que, como todo el
mundo sabe, donar sangre te da ganas de cagar.
No os voy a deleitar con detalles escatológicos,
aunque los que me conocen saben que me gusta y se me da bien (es la sociedad la
que tiene un problema, no yo), sólo diré, para que os ambientéis, que
terminando el último repecho del camino el sudor frío formaba parte de mi
atuendo y que el pseudominibañocuadra de la granja no tenía luz ni papel ni
pestillo, y no, no había dehesa ni bosque mediterráneo a cuyo follaje virginal
acudir en busca de consuelo. Aguanté pues como una jabata los envites del
temporal y me mantuve tan firme como pude.
Agradecí a los dioses que pasados unos
interminables diez minutos la fuerza del lado oscuro dejara de presionarme y me
permitiera centrarme en mi tarea reproductiva con las ovejas. Realmente no
íbamos a inseminarlas, sólo a ponerles esponjas vaginales con hormonas para
simular cómo sería una salida a celo programada, pero eso quedaba demasiado
largo y el caso es que os hicierais una idea del asunto. Así que oveja para
arriba y oveja para abajo, ahora me agacho, ahora me levanto, sujeto a la oveja
y le doy media vuelta y si hace falta le hago un placaje, corre, salta, brinca,
mete tampón, si la oveja aprieta tú empuja y si la oveja empuja tú aprieta, y
saca tampón, y sécate el sudor (todo esto con la musiquita de Benny Hill).
Tras la entretenida parte práctica nos esperaba
un pequeño receso teórico en una parte contigua de la nave, y allá que nos
fuimos a escuchar pacientemente la lección. Llegados a este punto, y para que
podáis entender, valga la redundancia, todos los puntos y comas de la anécdota,
debo aclarar varias cosas. Primero, que mi cuerpo, con las reservas de
hemoglobina seriamente afectadas, se había visto recientemente sometido a un
esfuerzo titánico de represión esfinteriana para no liarla parda y, poco
después, se había puesto a revolear ovejas como si fueran peso pluma. Y
segundo, y no menos importante, que mis sistemas nervioso y hormonal andaban
bastante revolucionados por la presencia de un profe de prácticas cuanto menos
encantador al que yo tenía en mi pedestal particular.
Dicho esto y volviendo al meollo, allí estaba yo,
de pie entre mis compañeros, firme y solemne, intentando bajarme de la nube y
prestar atención a las palabras que salían de la boca de ese hombre tan
adorable, con esos ojos azules y esa sonrisa arrebatadora, que hasta el mono y
las botas le sentaban bien. Y venga a mentar hormonas, y procesos fisiológicos
y reproductivos, y venga a mentar fármacos inyectables y tamponiles, y venga
a... En cuestión de un milisegundo sentí un escalofrío y un sudor más frío
todavía que me bajaba por el cogote, me quedé mirando fijamente al adonis
veterinario que en ese momento sostenía un botecito sobre el que nos estaba
hablando, se me nubló la vista hasta el negro oscuro y me fui hacia adelante como
si hubiera cogido un ciego de caballo en plena feria de mayo (en un intercambio
de opiniones posterior me enteré de que había parecido un zombie de los del Thriller de Michael Jackson). Recuerdo
vagamente que el buen hombre, al ver que me tiraba literalmente encima de él
(juro por los dioses que, aunque agradable, no fue intencionado, en todo caso
la fuerza del destino) dijo algo así como “vaya, pues si que tiene interés esta
chica en el botecito”. Después me terminé de desmayar de alguna manera y me tendieron
en el suelo repleto de cagarrutas de oveja (sí, muy romántico).
Aunque para romántico mi despertar. Tras unos
segundos en los que perdí el conocimiento, una amiga que reaccionó rápido me
puso los pies en alto y la sangre me volvió a la cabeza como una feliz
bofetada. Parpadeé apenas y me encontré al príncipe de Beckelar mirándome con
ojillos tiernos y sonriéndome, con la mano apoyada en mi frente: “¿Estás
bien?”. Responder a eso con la verdad habría sido delito seguro. Desde luego no
era la idea que había alimentado en mis sueños erótico-festivos, pero a falta
de pan…Me sentí abrumada y avergonzada, además de hipovolémica. Todo el grupo
me miraba expectante, otra de mis amigas me había abierto el mono de trabajo
hasta la cintura pensando que me asfixiaba (menos mal que tenía ropa debajo),
el profe adorable no me dejaba levantarme, y lo peor de todo es que mi primer
pensamiento post-pájara había sido “por favor, por todos los orcos de Mordor,
que no se me haya ido el esfínter”.
¡¡Qué vergüenza!! ¡¡Tenía ganas de gritar eso de
“Si me queréis, irse”!!
Afortunadamente no me había ido de varetas, pero la situación era digna de un
sketch de La Hora Chanante: yo
despatarrada y despechugada en el suelo, “el Arrebola” (mi príncipe Encantador)
frivolizando con frases tan acertadas como “Ey, pues ahora que estás así
podíamos aprovechar y ponerte a ti las esponjas…”, una de mis amigas floja de
la risa, la otra atacada de los nervios, y a mí lo único que se me ocurrió para
salir del paso fue dirigirme a mi amigo el primodonante para decirle “Y el hijoputa éste, que está más chupao que la pipa de un indio, dona por
primera vez y no le pasa na’, y a mí
que estoy bien criá va y me da un
chungo, hay que joderse”.
Menuda estampa para un cuadro. Un rato después,
cuando me volvió el color a la cara, me ayudaron a levantarme y me trajeron una
silla. El resto de la clase teórica la pasé mirando a un punto fijo que quedaba
a la altura de mis ojos, no diré qué era para no escandalizaros, pero pensad
mal. El apuesto rubiales dio prácticamente lo que quedaba de clase mirándome
con especial interés y preocupación paternal, yo por mi parte intenté
concentrarme en no derramar demasiadas babas. Y al término de la misma se
acercó, servicial y correcto, a preguntarme si tenía coche para volver a casa.
Llamadme loca, pero yo en ese momento me moría por contestarle “No, y si lo
tuviera le rajaba ahora mismo una rueda. Móntame en tu caballo, príncipe de
Beckelar”, de hecho, se lo pensé a la cara. Lamentablemente sí que tenía coche
(gracias José Antonio, eres un buen amigo), mi gozo en un pozo, pero me quedé
con aquella sonrisa de recuerdo y con unas estúpidas ganas de suspender la
asignatura para tener que repetir las prácticas con mi caballero andante.
Así que, ya sabéis, si vais a donar sangre tened
cuidado, que por menos de nada acabáis, sin saber cómo, con las patas para
arriba y de mierda hasta las trancas.
Raquel Alcaide
