domingo, 2 de octubre de 2011

El Yonketa Común (también conocido como yonki poeta)


Cerveza. Ambrosía líquida, placer terrenal…cómo huir de lo que no se quiere escapar. El amor de mi vida y mi eterna debilidad. Así empieza el día y quién sabe cómo acabará.

Creo que voy a dejar las rimas o terminaré escribiendo algún tipo de poesía en lugar de lo que tenía en mente (aunque siempre hay que hacerle un hueco a lo imprevisto, bienvenidas sean las musas a cualquier hora). Así que todo empezó como empiezan las grandes historias…con cerveza. En realidad me acababa de comer un trozo de chocolate con almendras habiendo desechado ya la idea de bajarme al bar sola, pero las pasiones nos persiguen para que no las olvidemos y una oportuna, más que invitación, incitación vía sms a la que no podía negarme me llevó de nuevo al redil de la cebada (última y concretamente el bar de la esquina, Fleming, mi remanso de paz y alcohol en grados ostensiblemente decentes).

Yendo a lo esencial, en algún momento del espacio y el tiempo entre la primera y la segunda cerveza, cuyas coordenadas exactas no recuerdo, se acercó un chaval a dejar un papel sobre la mesa. Era joven, y afeitado seguro que hasta guapo, pero de aspecto dejado y desaliñado, tenía careto de resaca y/o colocón del quince, con su guitarra al hombro y unos papelillos en la mano que iba soltando  a los que estábamos por allí. Nos dejó tres más y se fue a la mesa de al lado, muy tranquilamente, muy despacito, sin prisa, a su ritmo. Eran poesías, en el lateral había escrito un título y un nombre de un supuesto autor, y eran buenas (al menos según mi humilde criterio de aficionada).

Creyésemos o no que era él quién las escribía el chico se merecía unas perrillas, al fin y al cabo amenizó el momento con aquella ocurrencia, y ¿quién va por ahí hoy día regalando poesías?...No sé, es arte, qué cojones, se merecía una cerveza, por original. Le soltamos algunos euros y los recogió sorprendido, pero sin bajarse de su parra, sin prisa, como antes, en la inopia de su colocón o lo que fuera que llevaba encima. Dio las gracias, sonrió y se fue.

Yo también me quedé con una sonrisa, más en los ojos que en los labios, mientras releía tranquilamente las cuatro poesías. Había una que hablaba de una sirena, y esa me gustó especialmente. Con tal inesperado tinte bohemio de la situación se me hacía inevitable volar un poco con la mente…

No sé, me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible- no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar.

Me pregunto si este chaval se estrelló en pleno vuelo, o si sólo era un poeta de bragueta y revolcón como dice la canción de Marea. Me pregunto qué hacía allí y por qué estaba así, y si eso será bueno o malo, y si buscará o esperará algo. Me recuerda a Oliverio Girondo en El Lado Oscuro del Corazón. De alguna manera el argentino también regalaba su poesía, intentaba sacarse unos pesos, pero asaltaba a la gente en la calle, en sus coches, en el tranvía…para recitarles versos y estrofas con toda la contundencia y la locura del que sólo vive por y para las emociones.

En un momento de absoluta paja mental hasta se me pasó por la cabeza devolverle el papel con Táctica y Estrategia detrás y mi número de teléfono. No lo negaré. Esa fibra soñadora y perroflaútica, que tengo a veces a flor de piel, saltó automáticamente. Sea como sea, el caso es que fue algo nuevo, curioso, y original. Y parar de pensar…ya se convirtió en misión imposible. Cabeza loca.

Cuando llegué a mi piso, aún en mi nube de situaciones extrañas pero cautivadoras, me dediqué a buscar por internet las poesías, el título y el autor supuestos. Al principio encontré un libro con ese título y ese nombre, así que lo primero que pensé fue que no eran de él, pero bueno, seguía siendo algo bonito, es como si yo fuera por ahí repartiendo poesías de Pablo Neruda,  no sé, estás regalando cultura, desinteresadamente (aunque sin despreciar una cervecita). Luego descubrí algo más, un video como de un recital de poesía, el chaval que salía le daba un aire al que acabábamos de ver, pero se veía con poca nitidez y no podía estar segura. Sólo quedaba algo que no había probado, buscar imágenes directamente. Y...¡equilicuá! Era él, el mismo, tenía un libro publicado y, por lo visto, también tuvo una cara más fresca y lozana…Lo cual me volvió a dejar pensando, pero esta vez aún más.

A saber si el chaval iba así por la vida o sólo había sido un día de resaca y quería seguir bebiendo. A saber si le dio todo lo que tenía a la poesía y la poesía, puta desagradecida, le pagó de aquella manera, o simplemente quería hacer algo distinto y alimentar la cultura del populacho. A saber… tantas cosas. No sé…Aún no he dejado de pensar. Lo único que tengo claro es que el hecho en sí me caló, y guardaré el recuerdo de un momento volátil pero trascendental.

Tal vez la situación no tuviera chicha como para darle más vueltas. Pero me da a mí que las únicas cosas importantes son aquellas que nos hacen pensar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario