Que levante la mano aquél que no se haya quedado sopa en su más tierna infancia bajo el frío yugo de una de tantas nanas maternas.
Que bonito ¿verdad? ¡Qué tiempos aquellos! ¿Alguien recuerda esa de Cocoguagua? Sí, sí, la de la gallinita, que decía “…cuando era pequeña su mamá se fue, y ella muy solita se quedó, y esta cancioncita no pudo aprender, y de tristeza llora en su rincón…” ¿No? (Bueno esa, según mis fuentes, nació en 1969, así que las probabilidades de que la hayáis escuchado son directamente proporcionales a la edad de vuestras madres). Pero seguro que os suena la de “…ya se murió el burro, el que acarreaba vinagre, Dios se lo llevó de esta vida miserable, que turu ruru rú que turu ruru rú…” ¿Tampoco? Vamos, esa es mítica, incluso tenía otra versión que hablaba de una tal “Tía Vinagre”, también con más años que Matusalén. La favorita de mi madre era una canción de Lole y Manuel que empezaba “Érase una vez una mariposa blanca, que era la reina de todas las mariposas del alba…”, no recuerdo cómo seguía la letra pero el caso es que al final la mariposa acababa en un museo o en manos de algún coleccionista, tan mona era ella.
Qué nostalgia ¡Oh, bella época de Peter Pan! ¿Para qué crecer? Es mejor dormir al arrullo de dulces historias… sobre gallinitas huérfanas, burritos que mueren explotados y maripositas que acaban pinchadas en un alfiler…!!!!! ¡Pero por Dios! ¡Por Tutatis! ¡Por Isis, Osiris y Apis! ¡Por el sagrado Fruco, y el truco del almendruco!... ¿Qué depravada y maníaca mente inventa esas sádicas estrofas y se las dedica a los niños? ¡Madre del amor hermoso y el espíritu santo! Qué vil manera de destrozar una infancia. La mía.
Y ahora os preguntareis ¿qué cojones tienen que ver tus traumas de cuna con que seas vegetariana? (Sí, cojones, ahora vienen los tacos, modo indignación ON) Pues muy sencillo, se va a entender perfectamente: ahí, a esa temprana edad de las nanas, comenzaron las muertes (si prestáis atención escucharéis la musiquita de psicosis, o en su defecto tiburón blanco).
Pero sigamos en el pasado, un poco más adelante, cuando ya correteabais además de berrear. Hurgad en vuestra memoria, un pequeño esfuerzo, desempolvad esos jueves de mercadillo (en mi pueblo siempre ha sido el jueves, en el vuestro no lo sé)…¿Qué era lo que más os gustaba del mercadillo aparte del puesto de las chuches? ¿No sería tal vez otro puesto, no menos llamativo, en el que había unas cajas llenas de bolitas suaves de colorines más conocidas como “pollito de mercadillo común”? ¿Ése que a veces también traía patitos, que eran de todo menos feos, y pececitos de colores que parecían hasta felices? No diréis que no os pirrabais por ese puesto, porque yo me pirraba (y vosotros también). Entonces es cuando tirabas del abuelo, la abuela, la tita, la mama, o la tata, o el pringao de turno que te tuviera que aguantar en ese momento crucial de tu vida, y pronunciabas las palabras mágicas: “yo quiero un pollito”.
Independientemente de todas las barbaridades que puede hacer un niño, en su supuesta inocencia, con un pollito hasta conseguir que muera entre terribles sufrimientos…¡Yo a mis pollitos los quería como a mis propios hijos! Reconozco que algunos se morían (la verdad, los rosas más que los verdes, a lo mejor me viene de ahí la aversión a ese color), y que mal rato pasaba yo cuando iba a buscar a mi pollito a su cajita de cartón y me lo encontraba tieso como la mojama y llenito de hormigas infinitesimales dándose el banquete a su costa…¡Qué cruel es la ley de la naturaleza! Pero más cruel es “la ley de la olla”…(cuántas rimas macabras y ordinarias se me ocurren a estas alturas de la vida). Si no la conocéis a lo mejor tendría que patentarla. Es muy sencillo, existe algo mucho peor que las hormigas infinitesimales: tu madre y tu abuela. Si el pollito no se te muere a temprana edad ¡no te preocupes! Allí estarán ellas. Recuerdo que se llamaba “Plumitas de Oro” (sí, a mí, a originalidad en los nombres no me ha ganado nunca nadie). No llegué a saber si era gallina o gallino…pero como el nombre que le puse era unisex, así creció, un tanto hermafrodita, que tiraba para todas partes y para ninguna. Toda una vida comiendo miajón mojao, más feliz que una perdiz, hasta que su felicidad alcanzó cotas de peso insospechadas y pasó a ocupar un lugar importante en la casa…el corral. Yo iba todos los días a verlo, no ponía huevos, pero tampoco tenía pinta de ser el macho-man de los pollitos. Lo miraba y pensaba…qué feliz debe ser, lo sé, lo intuyo, algo dentro me lo dice, llámalo equis… ¡Era feliz! ¡Yo lo sabía! En qué momento dejó de serlo…no lo sé, no podía saberlo, un día llegué a buscarlo y ya no estaba. Me habían arrebatado a mi pollito, mi pollo, mi superpollo, mi Plumitas de Oro, con lo gordito y lustroso que estaba, que era él el que se comía a las hormiguitas infinitesimales. ¡Qué orgullosa estaba yo de mi pollo! Había sobrevivido como ninguno, y me habría dado nietos si lo hubiera casado, lo sé. Esas cosas, una madre las sabe. Pero cuando pregunté a las autoridades competentes, véase mi madre y mi abuela, me dijeron que estaba malito y se había ido al cielo. Si en ese momento hubiera sabido despotricar como sé ahora, probablemente habría soltado…¡¡¡una polla como una olla!!!...Y por cierto, hablando de ollas, cómo olía el cocido de aquel lunes… ¡Ay, bendita inocencia!
Tiempo después vino mi patito Alfred J. Quack, más conocido como mi patito Alfred. Ése, ése era un máquina, un crak, un figura, un fenómeno…la envidia del barrio. Qué noches veraniegas nos pegábamos en la calle, yo buscándole grillos y él tragándoselos sin masticar… Me seguía como a su madre que era. Con esos andares de pato…mareao, con ese cuak que más que cuák parecía el mec mec del correcaminos…Si es que era un pato grande, con grandes aspiraciones en la vida…Era mi patito Alfred ¡mi pato! La triste (que rutinaria venía siendo) ley de la olla se cumplió de nuevo, y esta vez ni siquiera se había ido al cielo…sinceramente, fue mucho más creíble. Se fue a por tabaco. Ese día no me comí el cocido.
Que cada uno saque sus propias conclusiones, la mía desde luego es… ¿cómo se puede jugar así con las ilusiones de un niño? ¿ no venden los pollos ya hechos en la carnicería? (Dios mío, esta situación me plantea nuevas dudas…¿estaría mi familia en tan precaria necesidad que tuviera que matar a mis hijos para sobrevivir?) De cualquier forma…las muertes continuaban, creo que voy respondiendo a la pregunta del título. Primero te cantan canciones de animalitos muertos, después, para que veas que todo tiene su fundamento en esta vida y las canciones no salen de la nada, te los matan cuando ya tienen su propio nombre e identidad. La maldad y sadismo de los adultos no conoce límites. Allí donde haya un pollo veré a un Plumitas de Oro, y allí donde haya un pato veré a un Alfred J. Quack especialista en zampar grillos. Es duro, con esos pocos añitos, empezar a entender cuánta crueldad hay en el mundo.
Lo gracioso es que ahí no termina la cosa. Después de haber perdido a tu pollo y a tu pato, cuando aprendes a repudiar el cocido de tu abuela y las croquetas de tu madre (croquetas de Alfred… qué salvajismo, ¡cuánta impunidad!), en ese fatídico momento en el que asumes que han destrozado tu infancia, tu mundo de la piruleta en la calle gominola… es cuando deprimido buscas un remanso de paz y enciendes la tele.
“Soy un gnomo, y aquí en el bosque soy feliz, bajo un árbol vivo yo, junto a su raíz…” Oh, el pequeño gran David, ídolo de masas, siempre pingando por el bosque sin hacerle daño a nadie, cuidando de los animales… sin comérselos, ejem. Ese día seguro que le salva la vida a una cabra, mañana será a un tejón, y pasado a un pollo o a un pato… ¡seguro! Casi no ha terminado el capítulo y ya le viene pisando los talones…”Delfi es tu fiel amigo, Delfi es sensacional, Delfi estará contigo…”, y te das cuenta que ese delfín y su episodio duran más que el último pececito de colores que te compraron en el dichoso mercadillo (manda huevos). Momento triste, tantos recuerdos… Pero ¡eh! Aún queda lo mejor. Todavía hay tiempo para uno de los fruitis antes de comer…” Somos blancos, somos verdes, somos negros y amarillos, somos todos diferentes y estamos muy unidos”. Qué felices esa piña con sombrero, ese plátano con mochila y ese pro-higochumbo que se reía hasta de su sombra. Cuánta paz y armonía entre todos. Salvo cuando llegaban los jabalíes, que todo el mundo sabe que se alimentan de fruta y vegetales, ¿habéis visto algo más adorable? ¿no? Yo tampoco. Solamente me preguntaba… ¿y qué coño comerán los fruitis? Porque yo los veo a todos muy flamencos, siempre al pie del cañón, y pa vivir del aire no veas si tienen energía los jodíos…porque…vivían del aire, ¿no? Ahí es cuando piensas…coño, si David el gnomo es vegetariano y los fruitis viven del aire… ¿por qué no voy a hacer yo lo mismo? Espera, le preguntaré a mi madre…¡¡¡¡Mámaaaaaaaaaaaa!!!! (Sí, en mi pueblo es máma, nada de mariconadas y pijadas, el acento donde debe ponerse).
No recuerdo lo que contestó mi madre, pero ahí fue anidando un pensamiento y por aquel entonces no tendría yo mucho más de 4 o 5 años. Claro que todo esto es un resumen muy resumido (aunque parezca mentira) de las ideas que iban formándose en mi pequeña cabeza de bombilla (sí, qué pasa, es que cuando nací era mucha cabeza y poco pelo, al menos el médico no dijo eso de “si no llora es un tumor”). Dejaré para otra parrafada interminable la historia del diamante perdido, la de los gatitos abandonados y la del gorrión que alguien había pegado con un chicle a la pared, la del colorín muerto con el que me acosté a dormir la siesta para resucitarlo, y la de los ciervos volantes salvados de una muerte segura en mitad de la calle. El caso es que un día, estando ya un poco más crecida, fui a la carnicería con mi madre y me pareció que nunca me había fijado en los sesos, las orejas y las patas de cerdo, las liebres despellejadas y los pollos sin cabeza…y hallábame yo en esas profundidades cuando pensé en voz alta “pues qué pena me dan los animalitos”, y una voz en off (probablemente la de la carnicera) me respondió “pues si te dan pena no te los comas”…
¡Qué tontería! ¿No? Pues se ve que con la tontería se me accionó algún resorte que estaba por ahí a puntito de caramelo y me dije “pues va a tener razón”. Y como siempre he pensado que uno debe ser consecuente con sus ideas y principios, aquí sigo, después de siete años, luchando contra mis instintos.
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