sábado, 26 de julio de 2014

YO DE MAYOR QUIERO SER VETERINARIA



Cuando tenía tres o cuatro años encontré un pajarito muerto, tipo gorrionita o jilgueroide. Me dio tanta pena que cuando me fui a echar la siesta lo metí entre las sábanas, conmigo, a ver si con el calorcito humano resucitaba.



Es uno de los primeros recuerdos, ligados a mi pasión por los animales, que guardo. Entre ese momento y el resto de mi vida no sé cuándo se produjo el acontecimiento del rayito (aparentemente iluminador) que atravesó mi mollera para quedarse por los siglos de los siglos. Efectivamente, me refiero al rollo ese de “yo de mayor quiero ser veterinaria”. Y no es cuestión baladí lo de rollo, que lo es. Tanto como bonito pueda ser el sentimiento y la motivación de querer proteger, curar y salvar vidas. Así que, sí, toda la vida queriendo ser veterinaria, deseándolo con todas mis fuerzas, mi sueño. ¡Pues ojito! Ojito con  lo que se quiere, desea y sueña. Que a veces se cumple. Y cuando te quieres dar cuenta…”¡Malagueñas las algarrobas!”.



De buenas a primeras te ves ahí, con tu título debajo del brazo. Una bata y un pijama con el Hominibus Vitalia Perfecit, Facultas Veterinaria Cordubensis bien bordadito en el pecho, un maravilloso Littmann colgado del cuello, un termómetro digital en el bolsillo, y un bloc de notas de Royal Canin en la mano. Bolígrafo de Hill’s en ristre estás dispuesta a comerte el mundo. ¡Dejad que los perros se acerquen a mí! De repente un toquecito en el hombro. Alguna suerte de Pepito Grillo o antiguo compañero de clase, ahora viejo chamán del desempleo, te susurra gentilmente al oído: Tranquila, amiga, mejor tómatelo con calma.



¡Ya está el amargado de turno!, piensas. Y decides tomártelo con filosofía. Emoción jipilonga y positiva donde las haya, que viene a durarte tanto como el brote eufórico por haber aprobado el último examen (esto puede variar desde dos días, si has terminado con Gestión, a dos semanas o dos meses, si te coronaste con Higiene o Enfermedades Infecciosas). Cual Bob Esponja en su happy-rutina mañanera tú “estás lista, estás lista, estás lista” (acojonada pero lista). Absolutamente convencida de que con tu sonrisa, tu arte y tu salero, y tus insaciables ganas de aprender y superarte cada día vas a encontrar pronto tu oportunidad en el gremio. Bueno, con eso y con tu humilde currículum, que en algún momento te pondrás a elaborar. Y mientras tanto ¡cursos, cursos, cursos!, al menos hasta que el bolsillo lo permita.



¡Qué alegría! ¡Qué alboroto! Otro recién licenciado con los huevos rotos. Sí, me vais a perdonar la ordinariez. Pero un lunes te levantas y te das cuenta de que llevas diez meses en el paro, 300 días desde aquel fantástico momento de tu vida en el que creías que lo habías conseguido. Y vaya que si has conseguido. ¡Un montón de cosas! Si el que no se consuela es porque no quiere ¿no? He conseguido encontrar el sentido de la vida (no, el de los Monty Python no, con ése al menos me habría reído), que en este caso viene a ser: desilusionarme/deprimirme/desmotivarme más a cada paso que doy.



Primero te apuntas al paro, a la orientadora y a todos los inventos de juventud, becas, ayudas e historias para la contratación de recién licenciados e inserción laboral de novatillos que hay disponibles. Todo con mucho espíritu y ganas. No te llaman ni para limpiar el polvo, la orientadora, en cuanto cubres tus dos horitas de rigor para el IPI, automáticamente se olvida de ti, y cuando cumples todos los requisitos para alguna beca hacen bomba de humo con tu solicitud o aparece algún enchufado oportuno que siempre es mejor opción que tú.



Por tu lado decides buscarte la vida de una forma más directa. Se te ocurre fotocopiar tu currículum en cantidades ingentes y personarte en toda clínica que aparezca en Google Maps y tenga la puerta abierta, por aquella leyenda urbana de que así causas mejor impresión y demuestras un claro interés que suele ser valorado positivamente. No deja de resultarme curioso que de los más de 100 currículum que he entregado en mano tan sólo dos de ellos han sido abiertos, leídos y comentados en mi presencia y por el veterinario responsable. ¿Cuánto supone eso? ¿El 2%? El resto os lo podéis imaginar. Recogidos por auxiliares o administrativos con cara de pocos amigos o, más decepcionante aún, por veterinarios hostiles que no se preocupan ni de guardar las formas. Puedo contar los “gracias”, “lo tendremos en cuenta” y “buenos días” con los dedos de una mano.



Por supuesto estás al loro de todas las ciberofertas. Forma parte de tu ejercicio matinal diario. Te levantas, desayunas y te pegas al portátil como un poseso buscando cualquier indicio de nueva oferta, ojo con esto, que puedas echar. Porque con el fantabuloso “3 años mínimo de experiencia demostrable” y el estupentástico “abstenerse de llamar si no cumplís con los requisitos”, como dice una amiga mía, te da el sol en toda la cara. Que te puedes quedar sentado esperando. Y hacer encaje de bolillo, que lo mismo con eso te sacas unas perrillas mientras tu moral se termina de secar. Total, las pocas a las que puedes escribir tampoco te contestan. Para qué ¿verdad? Eso de contestar está desfasado ya. Ni aunque tengas un súper hospital que ofrezca un súper internado no remunerado (pero que te sirve, importante, para coger mucha experiencia demostrable, amasarla y masticarla como un chicle con el que luego poder hacer pompas y escupírselas a la cara del que te quiera contratar gratis otra vez) para solicitar el cual pidas que te manden hasta una muestra de sangre y otra de orina y un montón de cartas de recomendación, motivación y acreditativas. Para qué te vas a molestar en contestar a esa horda de infelices chavales que se han molestado (ellos sí, pero que se molesten y se jodan, que es lo que les toca) en recopilar todos esos papelajos con los que tú con tu súper hospital te vas a limpiar tu, seguramente, súper culo. ¿Para qué? ¿Por cortesía? ¿Por educación? ¡Tonterías! No hay tiempo para eso. Para hacer las cosas bien.



Que bien mirado no sé qué es peor, si que te ignoren con ausencia total de respuesta o que te contesten con un cutre-mail sin forma ni estructura (la sangría debe ser un zumito y el tabulado un cóctel de alta graduación), con más faltas que un España-Corea del Sur, y que parece que va a autodestruirse en 5 segundos y después del último stop. Nada de mayúsculas al empezar una frase, ni puntos ni comas, ni saludos cordiales (ni normales), ni buenos días, ni gracias por su interés, ni falos en vinagre. Un panorama de lo más alentador.



A mí me alienta a pegarme un  tiro en la boca para comer algo caliente dentro de poco. Sarcasmo profundo aparte, cada día veo más lejana la supuesta luz al final del túnel. Es desesperante haber luchado tanto durante tantos años para ahora ver todas tus aspiraciones de futuro truncadas y frustradas de una manera tan vil. Si intentas trabajar de lo tuyo no te contratan en ningún sitio porque no tienes experiencia suficiente, pero para cualquier otro trabajo estás sobrecualificada y te quedas a dos velas igualmente. Si solicitas becas para las cuales cumples todos los requisitos ni siquiera te avisan cuando se resuelven, por lo que asumes que no te han cogido, y lo sigues intentando hasta que cumples 30 años y entonces olvídate, porque a partir de los 30 entras en un limbo laboral en el que automáticamente dejas de existir para este país. Si solicitas alguna oferta de empleo por correo no te contestan, si te plantas en la clínica (o cualquier otra empresa) aunque tengas la suerte de que te presten atención y hablen contigo, tampoco luego obtienes respuesta. Y para hacerte autónomo primero tienes que plantearte en cuánto podrían tasar tus riñones en el mercado negro.



Y así entras en un bucle de desmotivación y desidia, y todos los días se convierten en el de la marmota.



De vez en cuando me acuerdo de aquel pajarito que quise devolver a la vida, y de toda la tristeza acumulada finjo una media sonrisa y me resucito yo también un poco. Y aprovecho lo que me dura.





Raquel Alcaide



6 comentarios:

  1. Hola, lo de "malagueñas las algarrobas" se dice mucho en mi pueblo, Montalbán (Córdoba), ¿por casualidad tu abuelo era de allí?. Saludos y enhorabuena por el blog.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Si sirve pedir disculpas por dos años y medio de retraso en la contestación...las pido (acabo de leerte). Pues soy de muy cerquita, de Santaella, pero esa expresión la cogí de mi padre, que es de La Rambla. ¡Si lees esta contestación, gracias y un saludo, paisano! :)

      Eliminar
  2. No sé qué coño hago leyendo eso cuando debería estar estudiando los apuntes de parasitarias de Setefilla... xD creo que me he desmotivado un poquito más, si es eso posible.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Parasitarias...¡Qué recuerdos! Está todo tan podrido en nuestro mundo laboral que, nunca creí que diría esto pero, ¡echo de menos la facultad!A estas alturas igual has acabado ya la carrera, si no es así, disfruta los últimos coletazos, compañero. ¡Un saludo!

      Eliminar
  3. Hola!!! No sé cómo te llamas ni siquiera si puedes aportarme tu correo electrónico, pero me gustaría escribirte para pedirte consejo. Voy a acabar la carrera en 1 mes si Dios quiere, también en córdoba, y me siento muy perdida (además en mitad de este caos llamado coronavirus)... Un saludo!!!

    ResponderEliminar
  4. ¡Hola Elena! Disculpa por responderte a estas alturas, sigo sin entender por qué no me llegan notificaciones cuando alguien me deja un comentario...No entro desde mayo por aquí, de ahí mi tardanza. Imagino que ya habrás acabado la carrera. ¡Enhorabuena! No soy yo muy sabia para dar consejos, pero si aún puedo ayudarte en algo puedes contactar conmigo por la página de facebook correspondiente a este blog: https://www.facebook.com/lamujerdenapalm ¡Un saludo!
    Mi nombre es Raquel, por cierto ;)

    ResponderEliminar