miércoles, 27 de marzo de 2019

La de los pelotis, Hulk y el riesgo de leishmania


La de aquel veintitrés de diciembre había sido una jornada entretenida. Llegamos al pueblo por la mañana –madrugón del quince, tren y autobús a La Comarca; nos pusimos hasta las cejas de migas con chocolate en mi casa (sí, con chocolate, deberíais probarlas antes de poner esa mueca de asco) y, sin darnos tiempo a pensar siquiera en una posible digestión, nos fuimos a la calle a merendar con la facción dura de la familia: las “toritas” (no digo que no tengamos raíces vikingas, pero en este caso viene por el apellido). Todo genial, la verdad. Nos juntamos poco, pero cuando nos juntamos, nos juntamos. Al principio mucha infusión y protocolo británico, pero cuando se acabó el té nos pasamos a los pelotazos con ginebra que, para qué engañarnos, era la oscura intención de la mayoría desde el minuto uno. ¡Alegría! Cachondeo, risas, chascarrillos, fotos posando con los ojos cerrados, lo normal. Pues eso, buen ambiente en general. Viaje con nosotros…y disfrute.

Con esta introducción podéis pensar cualquier cosa pero, creedme, ni os acercáis al tema. Me gustaría enrollarme algo más, describirlo con nitidez para que lo podáis visualizar como a cámara lenta, darle más pompa y más bombo a la narración, pero sería tan absurdo como rápido fue lo que sucedió. Coged ese contexto, ese fondo festivo de reencuentros y diversión, y sentaos tranquilamente a leer la foto de este frío pasaje de Navidad –tampoco tengáis las expectativas muy altas, quizás me he venido arriba con el título, ya es lo que hay. La cuestión es que, entre pitos, flautas y vapores anisados, la compañía regresó a casa. Mi casa, ese remanso de paz que tan pocas veces ha sido, con sus viejas paredes y sus viejas historias. Narnia en invierno, Mordor en verano. Antigua y herrumbrosa, como un castillo encantado; limpia, por supuesto, pues mi madre es muy hacendosa; con naturaleza salvaje y partes en bruto, fauna invitada y un naranjo impoluto; piedras, macetas y algunos trastos; cocina pequeña, improperios y un sólo cuarto de baño. Hogar, no obstante, al que volver siempre, bien sea sobrio o algo lacasito -ligeramente. Muchos diréis, después de leer esto, que los acontecimientos no podían haberse desencadenado como efectivamente hicieron de no ser por haberme hallado yo en este último estado. ¡Qué fácil es juzgar a toro pasado! ¡Ahí os quería haber visto yo, en mi situación! ¡Bellacos!

Bien podría decir, como El sastrecillo valiente, que abatí a siete de un sólo golpe, y no andaría muy lejos de la verdad. El caso es que, modestia aparte, mi enemigo era menor en número pero bastante más hermoso de cuerpo que las moscas de aquel libro infantil. Lo avisté nada más entrar a mi habitación, tal era su tamaño –allí estaba él, inmenso, espléndido, elegante y asqueroso; parafraseando a Broncano: ¡Vaya bicho!–. ¡No sufráis! No os voy a enredar con misterios ni florituras innecesarias cuando todos sabemos que me refiero a un mosquito. Un maldito mosquito de esos que se pueden echar perfectamente a la ensalada de marisco y que pasarían desapercibidos en un cóctel de gambas. Uno de esos, sí. ¡Casi le pido la hora!

¡Piensa, Raquel! ¡Piensa! –así funciona mi cabeza por dentro en bretes de este calibre y bajo presión– ¡Piensa rápido! Tengo una perra con leishmaniosis y muy pocas ganas de que me la reinfecten (menudo cargamento debe llevar aquí mi amigo en su maquinaria de chupóptero); no me apetece ni remotamente pasarme la noche con la banda sonora que el hijoputa este me va a cantar al oído, ni levantarme por la mañana con las piernas a parches como si llevara unas medias de lunares; y…bueno, no encuentro una tercera razón ni me hace falta. Vas a morir, querido. Se siente. Este cuarto es demasiado pequeño para los dos. O tú o yo. Sólo puede quedar uno. It’s the final countdown tinonino tinoninoni… Vale, vale. Ya corto. No penséis que me recreé tanto. En momentos así el tiempo juega en contra y, mientras mi cerebro generaba estas frases para una futura entrada de blog, mi cuerpo tomaba el mando de la situación desde el instante uno, realizando la primera acción preventiva para garantizar una ofensiva eficaz: abrir los brazos en cruz esgrimiendo un tajante ¡atrás! para impedir el avance de ningún otro ser viviente que pudiera entorpecer las maniobras que iban a tener lugar y efecto en breve –a saber, mi pareja de análoga afectividad que, como ya me conoce, prefirió sabiamente retroceder y coger palomitas para ver desde una distancia prudencial el espectáculo–.

Describo escenario: cortinas burdeos, visillo blanco, gran ventanal con tres partes y vistas al campo, a la nocturnidad y alevosía silvestre. En medio de la translúcida tela central, como si descansara inmortalizado en un pegote de ámbar, el Señor Don Mosquito grácilmente posado, con todos sus miembros extendidos manteniendo el equilibrio y dando volumen a su cuerpo desmesurado. Suficiente. Hallándome en éstas, y habiendo sentenciado ya al acusado, paseé mi vista por la habitación valorando las distintas posibilidades a mi alcance para ejecutar la pena capital: muerte por aplastamiento. Descarté varias opciones. Libros no –ya los he usado para tal fin en el pasado y dejé de hacerlo porque me parecía una falta de respeto–; mi propia manaza, tampoco –poco higiénico y sensato, ¿y si en el último segundo se vuelve, me pica y me pasa la malaria por despecho?–; cajas reutilizadas de sujetadores en las que mi madre guarda las muestras de crochet, negativo –pesan poco y necesitarían mucha velocidad para provocar un impacto medio decente–. Cuando casi había perdido la esperanza de ganar esta batalla y empezaba a resignarme a que mi objetivo, aburrido de tantos prolegómenos, decidiera salir volando y convertir una tarea difícil en imposible, reparé en el arma perfecta.

Allí, encima del escritorio, había un objeto que podría servir. Era una caja de medicamentos, concretamente tenía dentro dos de esos sobres de medio kilo de polvitos para vaciarte las tripas y el alma el día previo a una buena lavativa (no para mi uso y disfrute particularmente, pero eso no viene al caso). Como estaba bastante cerca de la ventana y de mi amigo, me acerqué sigilosamente para cogerla y sopesar en mano si de verdad podía servirme. Calculé que tenía un peso adecuado, con lo que quizás produciría el efecto de “estampación” que yo estaba buscando, uno sin fisuras ni cabos sueltos, que no dejara testigos. Satisfecha con mi elección, terminé de cercar rápidamente al intruso y apoyé con firmeza la caja de laxante para caballos sobre el cristal, acompañando este movimiento –a lo que se ve– con una inusitada fuerza hulkaniana nunca antes experimentada por mi persona, pues lo que siguió me sigue pareciendo bastante inexplicable incluso así. No creáis que cogí carrerilla para hacer tiro de jabalina ni que jugué a la petanca contra la ventana, tampoco iba mecedora como para darle al mismo la mano dos veces, muy sobria estaba y bien que me acuerdo de lo que pasó. Por razones físicas, cósmicas y de la madre naturaleza que desconozco, el cristal cedió en el mismísimo instante en que abatí al invasor desprevenido con la cajita de polvo de hadas. Pero así, tal cual, sin preámbulos, sin avisar, sin un quejido, sin decir ni pío. Se rompió con un “crack” como los de los cómics y me vi con la mano, la caja, y el paté de hematófago, bailando en el aire y fresquito de la noche. Como no iba con impulso, no salí volando por el agujero (habría sido súper divertido cargarme también la mosquitera del exterior –mosquitera, sí, para morirse–), y como tuve más suerte que un quebrao, el visillo impidió que me dejara el brazo como el pie de Kunta Kinte. La ventana tuvo el detalle de partirse en trozos grandes y de quedarse los más enormes de estos colgados de la parte superior para poder dejarme a mí seguir haciendo uso de la diestra durante un precioso tiempo más.

¡Pues vaya mierda de ventana! –solté sin pestañear, aunque lo estaba flipando bastante. De hecho, mi primer pensamiento fue ¿He sido yo?, pero cuando vas de Blade por la vida no puedes soltar frases de Steve Urkel. Mi madre y mi hermana aparecieron al poco con aquello de “¿Qué ha pasado? Parecía un estornudo fuerte” –resfriado hulkaniano también, para mí el burro grande ande o no ande, siempre–, y mi novio se quedó con cara de liebre cuando le das las largas en mitad de la carretera comarcal. Pausa para los aplausos. No llegó a cundir el pánico, la situación estaba controlada, aunque no deja de ser curioso que aquello coincidiera con un terremoto con tsunami en no sé qué país lejano. Se llegó a hablar de onda expansiva. Que se lo digan al mosquito. Se quedó con cara de haber pasado mala noche.

¿Y ya está? ¡Pues sí! Ya dije yo al principio que no había mucha chicha que cortar, y con esa cara nos quedamos todos. Divertido, absurdo, surrealista e inesperado. Tapamos la ventana picassianamente con una caja de cartón duro despiezada –mi madre, en su infinita sabiduría y algo de nerviosismo, nos ofreció en un primer momento un cartón de cereales muy cuqui pero nada funcional para cubrir metro y medio de butrón–. Metros de cinta aislante estratégicamente colocados culminaron un cuadro imperfecto pero seguro para que pudiéramos dormir medio tranquilos en las previas a Nochebuena. ¡Travesura realizada! Mosquito muerto, perra a salvo, mi padre viendo el fútbol en el salón –podría haberme cercenado un antebrazo, que ni enteró–, el mundo seguía girando. Borracha o no, el caso es que los salvé a todos de vete tú a saber cuántas enfermedades infecciosas, y todavía estoy esperando que me lo agradezcan. ¡Qué dura es la vida de los héroes mundanos!



Nota: Adjunto imagen para aportar veracidad a los hechos.







RAV










No hay comentarios:

Publicar un comentario