En el pueblo te crías así, con el lomo ancho. Durante toda tu vida has visto a tu madre echándoselo todo a la espalda; la casa, los niños, los abuelos, el marido y -si lo hubo- también el perro. Buen dorso, costillas recias, esa mujer está hecha de madera de roble y ramón de olivo. Le gusta leer y aprendió sola a hacer ganchillo. Dejó pronto los estudios y no tiene carnet de conducir, pero no hay lámpara, enchufe ni persiana que se le resista. A veces grita y nadie la entiende, despotrica, patalea y vuelve al punto de partida. La has visto tragar carros y carretas, mordiéndose la lengua; padecer lo propio y lo ajeno, perdonando sus errores y los de todos; la has visto comerse los retoños del cocido que tú no querías, aguantando sin rechistar tantísima tontería. Y ahí está perenne y jodida, como una mula de carga. Desde las seis de la mañana, cuando se levanta para ir al campo o a jalbegar casas, hasta las doce de la noche, cuando apaga el brasero y la luz del comedor y se va por fin a dormir -la última- con la inquietud de que en la cocina queda algún plato sin fregar y que tu padre -mira las horas que son- no ha llegado aún del bar. No se permite el lujo de soñar demasiado. Pronto sonará el despertador y tendrá que poner en marcha los engranajes oxidados de una casa de tantas, de un pueblo de muchos, de un país que bosteza a diario.
En el colegio y en el instituto tuve algunas buenas maestras. A una de ellas la maltrataba su marido; a otra, los alumnos de trece años. Las dos hacían borrón y cuenta nueva, ponían el marcador a cero y sonreían cada lunes. No sé cómo podían, pero lo hacían. Supongo que apretando puños y dientes, y resignándose cada jornada a una batalla perdida con siglos de polvo y solera. Con todos sus estudios y la luz de un nuevo milenio, soñando con que sus hijas pudieran escapar de otro destino impuesto y obsoleto. Con su sacrificio invisible y su lucha silenciosa. Por los demás pero sin ellos. A menudo solas.
Una chica, que sólo conocía de vista, dejó la universidad durante el primer año porque su novio de toda la vida le dijo que era él o los estudios. No se lo pensó. Ahora parece feliz con sus tres hijos y su marido. Él siempre tiene mala cara, pero ella sonríe por los dos y da los buenos días. Una familia sin tacha, una madre y esposa como Dios manda.
En ocho años tuve tiempo para conocer a mucha gente. Hice amigos pero, sobre todo, amigas (en mi Facultad es lo que había). Chavalería insensata -que no imberbe-, la mayoría con sus locuras, sus intereses y sus historias. Muchas de ellas levantan ahora, día a día, un trocito de esta península, con sudor y lágrimas y el hierro de su sangre. Otras hacen frente a la vida en el extranjero, se juegan los cuartos vendiendo cara la piel en un idioma que aprendieron por cojones, porque a la fuerza ahorcan. Algunas consiguieron, no sin pagar un alto precio y errar mil veces el tiro, un puesto estable que les acabó permitiendo vivir con dignidad, solteras o con sus respectivas parejas, y poder hacer planes de futuro. No pocas lo llevan algo peor, y ahí andan, tragando mierda a espuertas, con horarios y atribuciones incompatibles con la vida propia y con la familiar, luchando por no perder el norte ante tanta decepción. Y aún quedan las que contra y viento y marea siguen guerreando por alcanzar la cima de un sueño, su sueño, por el que quizás han renunciado a enamorarse, a viajar o a tener los hijos y gatos que siempre quisieron. Porque todo -bien sabido es- no se puede tener. O eso dicen. A todas ellas las admiro, y a todas las quiero.
Estos párrafos sin hilo ni conexión son historias sin más. Perfiles, sombras, rostros de mujeres. Hembras que vienen al mundo -como todos, sin pedirlo- a curtirse en verdades, a bramar, llorar, sonreír y batallar. A querer y a odiar, a madrugar, a parir, a callar y gritar y sangrar, a apagar la luz y a encender hogueras. A levantar con su santo coño la vida y el pan sobre los cimientos de la tierra. Mujeres defectuosas, con cuerpos imperfectos, contradicciones y mochila al hombro. Mujeres con frecuencia en el olvido, pero siempre, y todas a su manera, en la lucha y en el camino.
RAV
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