jueves, 27 de junio de 2019

Crónicas de viaje: "Marcho que teño que marchar".





Sabes que has llegado porque atraviesas un portal. No es otra dimensión, pero es otro mundo. Los amarillos y ocres de encrespadas espigas, fiel atrezo y condimento del noble llano, dejan de recortarse sobre un cielo añil tan despejado como inclemente para dar paso a espesos laberintos de verde que se alzan y expanden, con espontánea soberbia, extendiéndose con su hechizo entre las brumas norteñas. Durante unos segundos de confusión podría uno pensar que acaba de descubrir Avalon, y no andaría muy lejos de la verdad, pues cierto es que se trata de Galicia.

Cuando pienso en sus tierras sólo puedo suspirar, siempre las echo de menos. Ésta no ha sido nuestra primera incursión -sobre las bellezas y placeres de A Costa da Morte ya escribiré en otra ocasión, aunque siempre es difícil competir en palabras con las imágenes que sus paisajes te graban en las retinas-, pero el destino de interior no ha dejado de suponer un agradable hallazgo. Si el objetivo es viajar la motivación para madrugar está más que asegurada, así que allí estábamos los dos, maleta en mano -mochila en hombro-, a las 6 de la mañana, prestos y sonámbulos, listos para coger el tren a nuestro próximo destino: Lucus Augusti.

El tedio de horas de viaje sin despegar las posaderas del asiento se vio gratamente aliviado en cuanto pusimos pie en la ciudad. Nuestro amigo Montaña y el indestructible Jimmy fueron cortésmente a recogernos a la estación (aquí aclararé que "el Jimmy" no es una persona al uso, pero sus sentimientos de transformer pueden ser heridos igualmente, así que consideradlo parte del equipo humano) y, después de dejar los bártulos en el hotel del casco antiguo donde nos hospedaríamos, fuimos a dar buena cuenta del churrasco, el raxo y el pulpo que harían de nuestro segundo desayuno una verdadera delicia. Sí, con el estómago a rebosar de condumio y felicidad, por fin sentí que habíamos llegado a nuestro destino. Ya lo dicen por ahí: Para comer, Lugo. ¡Amén a eso, hermano!

Con lo que soy yo haciendo planes, reconozco que esta vez intenté relajarme y dejarme llevar. Y digo bien, "intenté", porque la noche antes de salir me puse a apuntar, deprisa y corriendo, las sugerencias, consejos e indicaciones que una viajera dicharachera recomendaba en su blog tras haber exprimido la ciudad en una sola tarde y en compañía de una autóctona amiga. Nosotros con el amigo local ya contábamos, el resto lo dejamos a la improvisación y la aventura y, como dijo el otro (o la otra), "no me arrepiento de nada". No voy a hacer un listado de sitios, pero os diré que le sacamos mucho rendimiento al barrio antiguo. La imponente muralla romana es una auténtica gozada, tanto para el paseo de rigor a cualquier hora del día sobre sus hombros como para admirarla sencillamente desde abajo. Por las noches, al volver al redil, dan ganas de atravesar alguna de sus puertas a caballo y llegar por la plaza de Santa María hasta la catedral del mismo nombre donde, entre gótico y románico y piedras que laten de historia viva, uno tiene la sensación de hallarse ante un abrumador lance espacio-temporal. Entre sus calles angostas y empedradas se te ocurren paseos, brebajes y poesía. Y si llovizna, te mojas tan a gusto. Y ya te secarás en alguna taberna o mesón mientras anotas tus impresiones en un roído cuaderno de viaje, al suave fluir de las burbujas de una rica Estrella.

No os penséis que nos pasamos los cuatro días flotando entre románticos -y románicos- versos de Rosalía de Castro, es que me pongo bohemia con medio prólogo histórico y un cuarto de hora a la orilla del río Miño -que es precioso, por cierto-. Uno de los días también fuimos a hacer una escape room a la Sala Enigma (muy recomendable), y echamos un rato bastante bueno de risas y ganas de arrancar cabezas -esto último quizás fue un sentimiento más mío que de los demás, suele pasar cuando vas con dos gañanes multidisciplinares que se creen John McClane intentando salvar el Nakatomi Plaza-. Pero, con total seguridad, los mejores recuerdos que me llevo son los que acumulamos otra de las jornadas, campestre como ninguna. ¡Un día legendario!

Recuerdo que Montaña y el Jimmy vinieron a recogernos a eso de las 9 de mañana, y yo con más hambre que el perro de un ciego. "Ya pararemos a desayunar, no te preocupes" -me dijeron-, empecé a preocuparme cuando, por gracia de la fecha (aunque no fuera con nosotros la fiesta, seguía siendo jueves santo en el resto de España), los sitios que íbamos buscando aparecían cerrados. Yo es que si no ingiero alimento en cuanto echo los pies fuera de la cama, no soy persona ni nada que se le parezca. Paramos, al final, en Castroverde, en un bar muy apañado llamado "A lenda" donde pude mantenerme fiel a mis costumbres y entonar el cuerpo con un té negro con una cucharadita de miel (finústica que es una, oiga) y unos cuantos trozos de bizcocho de la casa que no estaban nada mal. Compramos tres señoras empanadas (de atún, de ternera y de manzana, ¡me relamo de recordarlas!, hasta me parece olerlas otra vez) y nos dejamos guiar a la aventura por nuestro buen amigo y chamán de los bosques.

Aquí es donde voy a empezar a buscar palabras para describir los alucinantes paisajes por los que anduvimos, y no las voy a encontrar... ¡Porque no existen! Y si existen no son suficientes. El verde es tan inmenso e interminable que, si no estás acostumbrado, te desborda los sentidos. Verde en cantidades industriales, verde oscuro, verde denso, verde fresco, fragante, degradado, rugoso y elevado. Verde salvaje, verde primario, verde por todas partes, susurrando cuentos entre los árboles, arrastrando con sus vientos llovizna tibia sobre nuestra frente. Verde despierto y osado, heredero de un trono abandonado, verde de conxuro, de meigas y trasgos, verde querido y olvidado. Verde sobre la tierra y sobre los hombres esclavos. El más puro canto de la naturaleza se dejaba oír, acariciando mejillas y pestañas, a cada paso que dábamos. Era imposible no dejarse transportar ante tal despliegue de solitaria calma y vida burbujeante. Disfrutamos como niños en la boca de una antigua mina donde la vegetación había crecido hasta abrazar casi por completo la entrada -garrapatas y arañas de tamaños fantasiosos estaban prestas para dar la bienvenida a quien quisiera adentrarse en su particular y húmeda morada-. En mi afán por sacar la mejor foto, hinqué rodilla en tierra y me fui a topar con una bella ortiga deseosa de compartir sus urticantes virtudes con mi fina piel de plebeya delicada. Aunque no iba a ser suficiente para enturbiar mi éxtasis campestre, tengo que reconocer que el consejo de nuestro amigo Montaña de frotarme yerbabuena en las ronchas me fue de inestimable ayuda en ese momento. ¡Y no sería lo único que aprenderíamos ese día! Nuestro valioso y leal compañero estaba también versado en flora y fauna y, sobre todo de lo primero, acabé haciendo una larga lista para no olvidar ningún nombre: pulmonaria, ranúnculo, prímula, serbal de los cazadores... ¡Una verdadera pasada!

Ya más o menos por el "Bosque de la Marronda", paramos junto a un pilón generoso a recuperar energías y rellenar el buche y sus compartimentos. Dimos buena cuenta de las tres empanadas y de unas latas de Estrella Galicia que habíamos comprado en un puesto ambulante por el camino y, mientras charlábamos y nos hermanábamos entre historias reales y mitología gallega, empezó a llover y nos molestó bien poco. Con toda la calma del mundo guardamos los archiperres, limpiamos las navajas, y volvimos al calorcito manso del Jimmy y a su traqueteo de pedales viejos y caminos silvestres justo antes de que el cielo lanzara un par de blasfemias en forma de chuzos de punta. Me sentía absolutamente feliz, no necesitaba más, y creo que era un sentimiento que se extendía a todos, incluido el Jimmy.

Aún quedaban unos cuantos kilómetros ese día para terminar nuestra ruta, hasta llegamos a dar una vuelta por Taramundi y todo, pero me eternizaría y os aburriría con descripciones repetitivas sobre síndromes de Stendhal recurrentes. Probablemente es el mejor jueves santo que recuerdo; aunque cansados y molidos, se nos hizo verdaderamente corto, y no dudaría en andarlo de nuevo mil veces. Si os parece que exagero, os invito a probar experiencia por el norte. Nunca defrauda.

Por desgracia, todo lo bueno se acaba pronto, y cuatro días pasan en un suspiro. Cuando te quieres dar cuenta ya estás sentada en el autobús con baño para hobbits de camino a casa, con musiquita, vídeos y gran diversidad de entretenimientos, pero viendo tristemente por la ventana cómo vuelve a cambiar el paisaje, dejando atrás ese vórtice de yerbas frías y nubes acogedoras hasta que el golpe de realidad te hace pensar que todo lo que viste y viviste apenas unas horas antes fue una mentira deliciosa de la imaginación. Ahí, simplemente, coges aire con melancolía y resignación y, como para tus adentros, susurras con la cabeza apoyada en el cristal: Marcho que teño que marchar.


RAV

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