Esa sensación de haber
vivido ya algo, ¿sabéis a lo que me refiero? Una situación concreta, una escena
cotidiana sin mayor relevancia, un olor, una frase, una imagen… Cualquier cosa,
circunstancia o persona puede provocar esa reacción en el cerebro,
probablemente. Pero no él. Eso que llamamos déjà vu son, por lo visto, paramnesias del reconocimiento, y yo lo
reconocí al momento pero no lo había visto nunca hasta entonces. No hay
guiones ni tomas repetidas en este rodaje espontáneo, no hay nada escrito pues,
todo está por descubrir. Eso me hace pensar que, indudablemente, de todas las
posibilidades físicas y no estudiadas, mundos paralelos, líneas temporales y
fantasías alternativas varias, él es el principio y final sobre el que nace, se
desarrolla y vuelve a cerrar el bucle de mi vida. Es posible que lo que digo no
tenga ningún sentido, ya me dijeron por ahí que el amor no se puede definir.
Qué le vamos a hacer, hoy me he levantado con el capricho de escribir.
Resulta increíblemente
difícil expresar con palabras algo que no se te atraviesa en la garganta. Si no
quema, si no duele, si no desgarra, si no te hace daño no es fácil de
describir. Las cavernas propias suelen ser una buena fuente de inspiración, y
la tentación del desahogo, demasiado grande casi siempre. Las iras, los
fracasos, los anhelos y rechazos, algún platonismo casi olvidado, frustraciones
estacionales y dolor de huesos, todo eso. Si provoca oscuridad, permite
defenderse con todos los versos y con la prosa más contumaz que pueda iluminar
mínimamente el camino. Pero él no. Él provoca todo lo contrario, y ¿cómo hablar
sin caer en la mermelada, ni en los tópicos, ni en la diabetes de tipo II?
Máxime cuando, aun después de tantos años, sigues tan hasta las trancas como el
primer día. No, fácil no es.
El mar estaba relativamente
en calma cuando llegó para quedarse. Y eso que en el epicentro de mis sinapsis
hay siempre una posibilidad de absurda tormenta existencialista perfectamente
calibrada y configurada para desatarse sin previo aviso, devastando y tragando
a su paso como un agujero negro en mitad del océano, pero su barco, con bandera
blanca, fue extrañamente respetado. Vino para traerme la paz, con ruido de
revolución, sin prisas pautadas, sin diplomacia barata, sin alergias, maletas
ni estafas. Puso las cartas sobre la mesa, tenía las ideas claras, y yo, con
todos mis miedos y un billete de ida y vuelta, dije ¿por qué no? En los polos opuestos no tengo mucha fe, yo soy más de
los complementarios. Y ahora sé que somos piezas forjadas para completar
nuestro propio puzzle. Puede que lo haya sabido siempre pues, algo insólito en
mí, nunca he estado más segura de nada en mi vida.
Es mi kilómetro cero. Todo
lo demás cuenta, pero no importa, toma sentido solamente porque de alguna u
otra forma ha terminado contribuyendo a que mis pasos lleguen hasta él. No hay
fracasos ni dudas ni lamentaciones, en las buenas somos felices, y en las
malas, mejores. Es mi escudo contra la oscuridad, sonrisa para mis miedos, esponja
de mi locura. Es abrazo al final del día, tabla de salvación y eléctrica
descarga que activa mis sentidos. Me serena en la confusión, baila bajo el
huracán y lucha siempre conmigo cuando mi batalla es contra mí. Y piensa a
veces, con inocencia fingida y descarada osadía, que no me inspira a escribir. Quizás
aún no se han inventado palabras que endulcen tanto el papel como para hablar
de él, quizás tenga que aprender otros idiomas para decirle te quiero con alguna expresión más
exótica. Quizás, si le da por leer esto, sienta un puntito de vergüenza porque
esta vez la carta no es para él sino para todo el que la quiera leer.
Si alguien necesita
pincharse insulina, lo entenderé. Si alguien vomita un poco, me parecerá
exagerado. Si alguien se ha quedado hasta el final, es posible que también esté enamorado.
RAV

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